El cambio tendrá que esperar

Con algo más de ocho millones de votos, la Colombia Humana de Gustavo Petro no pudo alcanzar la presidencia de la República.

Gustavo Petro durante su discurso tras las elecciones presidenciales (foto tomada de El Espectador)

Con una participación del 53,04 % del electorado, un 0,34 % menos que en la primera vuelta, Colombia ha elegido presidente de la República al señor Duque. Enhorabuena a Petro y a su equipo y, sobre todo, a los ocho millones de ciudadanas y ciudadanos libres que votaron por el cambio, por la ilusión de otra Colombia posible.

Esta vez no pudo ser, el miedo terminó venciendo a la esperanza. Colombia no se hubiera convertido en otra Venezuela, pero tampoco será, de momento, Uruguay y mucho menos Suecia; el país no hubiese caído en manos de la guerrilla, porque la guerrilla, la más grande y antigua del continente, entregó las armas y aceptó la lucha democrática con la palabra; Colombia seguirá, al menos durante los próximos cuatro años, siendo la misma de siempre: goda, desmemoriada e ignorante.

Con todo el respeto por esas personas que han creído al candidato del miedo, sé que es difícil abstraerse de esas manipulaciones y creencias falsas que llevan décadas calando en el imaginario colectivo, pero esta era una oportunidad histórica. Esperemos que haya otras y que la gente que no ha votado, el 46,96 % de la población, tenga tiempo de recapacitar y unirse a la fuerza de la ilusión, el cambio y la esperanza.

Un país rico y diverso, pleno de naturaleza y de culturas y habitado por gentes queridas, trabajadoras y en su mayoría honestas, ha dejado pasar este tren.

Sabemos que no vale de nada arrepentirse de lo ya sucedido, pero ¿se imaginan qué hubiera pasado si en la primera vuelta las fuerzas progresistas hubiesen acudido unidas? Y ¿cómo sería el panorama si la coalición se hubiera dado para las legislativas? La Cámara de Representantes y el Senado no tendrían ese giro tan tirado a la derecha. Pero eso es política ficción. Ya no hay marcha atrás, lamentablemente.

También pasó en el plebiscito, la reacción llegó tarde, después de que la indiferencia permitiera que el No obtuviese más votos que el SÍ. Primero la actitud apática y después el arrepentimiento. Una manera muy piadosa de caminar por la vida, “pecamos que luego nos perdonarán”. Pues esta vez, la oportunidad para el perdón tendrá que esperar hasta la próxima convocatoria a elecciones.

Una gran parte de la población se ha movilizado y ha votado por el cambio. Ha sido una victoria amarga, porque tan numeroso respaldo no ha permitido alcanzar el objetivo. Pero creo que queda latente que sí se puede. Deberemos aprender de esta experiencia y apostarle a una coalición unida para intentarlo, ya que los otros siguen siendo muchos. Ahora toca seguir trabajando juntas y juntos para ir preparando el abordaje en 2022. Gracias a las abejas que votaron humanismo e inclusión, y gracias a Petro, por su resistencia, por su apuesta por la paz y por la diversidad.

Mientras, seguiremos creyendo en la Colombia Humana, la de las manos limpias.

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En busca del sueño perdido

Hoy me he levantado con ganas de salir a caminar. De recorrer las calles nuevamente con la ilusión de que se puede delirar, porque he tenido un sueño: que nadie tiene derecho a quitarnos las esperanzas ni a cortarnos las alas que la vida nos pone.

Tengo un sueño

Hoy, seguramente, habrá nacido un nuevo niño en la calle. Pero en mi sueño, ese niño podrá crecer en paz y esa niña crecerá sin violencia. Habrá una infancia alegre que será la etapa previa a una adolescencia cuidada, a una juventud animada, a una adultez con opciones, con salud, con educación y con justicia social. En mi sueño, habrá vida digna en una tierra solidaria, comprometida y memoriosa.

He soñado y he caminado la ciudad buscando ese “paraíso” de J.M. Arango “infancia / vuelta a encontrar, al morder la fruta / en su sabor olvidado”. Creo que lo puedo cumplir si se le da una oportunidad a la Colombia Humana.

Queremos, podemos, votemos, soñemos y mañana, cuando despertemos, la Colombia por la que vivimos será más humana, tendrá un dinosaurio que represente a la gente tanto tiempo silenciada, tendrá millones de corazones esperanzados que le habrán dicho sí al cambio, que le habrán apostado al futuro con ilusiones renovadas.

No será fácil, nadie ha dicho que lo sea. Pero será distinto, será otra la letra y otra la música, las letras y las músicas, las voces y los sonidos, las narrativas de la Colombia Humana, de la Colombia diversa.

Dejemos “que entren la noche y el día / y la lluvia azul, la tarde, / el rojo pan de la aurora; / la luna, mi dulce amante. / Que la amistad no detenga / sus pasos en mis umbrales, / ni la golondrina el vuelo, / ni el amor sus labios. Nadie. / Mi casa y mi corazón / nunca cerrados; que pasen / los pájaros, los amigos, / el sol y el aire.” (Marcos Ana).

Que los sueños se hagan realidad y la libertad nos alcance. Ese es mi sueño, ojalá sea el de todas y todos y se cumpla.

La maquinaria es la gente

Es necesaria la movilización popular y votar mayoritariamente por el cambio

“El público al que me dirijo es la gente corriente que lucha por ser más humana”. Eso decía Zygmunt Bauman en The Guardian en 2003. Quince años más tarde, el candidato presidencial Gustavo Petro está haciendo eso con su Colombia Humana.

Por la Colombia Humana

Tal vez la noche del sábado sea la de un duro día, pero si se vota por el cambio, al día siguiente nos sentiremos muy bien. Puede que la selección no sea campeona de fútbol, pero Colombia puede darle un ejemplo al mundo. El domingo 17 de junio puede ser un gran día, plantéatelo así. Que se consiga depende en gran parte de ti.

No es tiempo de abstenciones, es tiempo de tomar partido, de comprometerse y votar para darle una oportunidad a la paz y abordar un nuevo período para el país. Una ocasión para apostarle a la transformación social.

A quienes piensan votar en blanco, que recapaciten. Si lo hacen por convicción, no es momento de tibiezas, ni de botar el voto. Y si lo hacen por seguir las consignas de De la Calle y de Fajardo, recuerden que el “coherente” exalcalde de Medellín y exgobernador de Antioquia decía durante la campaña que “la corrupción vive de la abstención”. Pues en estos momentos, votar en blanco es abstenerse, así que más claro el agua, es darle el voto a la corrupción. No coman cuento, no traguen entero, voten por una posibilidad de cambio.

Y reflexionen, es mucho más lo que se puede perder. Lo que se pueda ganar está por ver, pero no le entreguen el ejecutivo al “nefasto”. Si creen en la democracia y en la división de poderes no hagan que se quede con la presidencia. Ya tiene en su poder el Senado y la Cámara, si junta dos de los tres poderes terminará quedándose con el tercero. La “Justicia” se reducirá a la “justicia”, las libertades y garantías quedarán mermadas y condicionadas a que no nos salgamos de las “normas” de esa extrema derecha. Y este país se someterá, nuevamente, a una dictadura disfrazada de democracia. Sí, la más antigua del continente pero, probablemente, la más corrupta y menos libre.

Si se quiere vivir en democracia hay que darle una opción al cambio. Porque creemos que para la Colombia Humana cuentan todas y todos. Es el momento de que se unan los del polo y los del verde, los de la fuerza de la esperanza, los de un país donde quepamos todas y todos, los movimientos sociales y cristianos, los indigenistas y afrocolombianos. Desde el respeto por las otredades y las identidades. Con compromiso, con coherencia, porque Colombia nos necesita a todas, porque ser coherente es apostarle a un país en paz.

En la Colombia Humana cabemos todas las personas, las que creen y las que no, las que piensan y las que sueñan, las que viajan y las que se quedan, las que opinan diferente, las que sienten distinto, las heterogéneas, las disímiles, las opuestas y las diversas. Es tiempo de que juntemos todas las manos, las negras, las blancas y las mestizas, de construir juntas una muralla contra la corrupción, una tierra abierta a las diversidades y a los derechos humanos y cerrada a la violencia y la exclusión.

La maquinaria es la gente (video 1) ya ha hecho su selección, ahora le toca elegir a usted, y a usted, y a usted también.

Piensen, ¿cuántos años debe la gente existir para que se prohíban las balas, para poder mirar el cielo, para saber que ya ha muerto demasiada gente? La respuesta, en este caso, no está en el viento, sino en las urnas. Votando por el cambio, por la Colombia Humana.

El 17 de junio, por la Colombia Humana

Para que no nos digan “si podemos estar o no, que quien es usted, que donde nací, que entonces no puede venir por aquí, que de que color es…” Para que no dudemos “si somos conquistados o si somos conquistadores… no queremos ser lo uno ni lo otro, simplemente soñar con una vida mejor.”

La gente quiere ser ciudadanía libre para decidir “porque no quieren seguir siendo las sobras de lo que dejaron quienes nos robaron”. Porque quieren ser un “Frente de frío en el medio del verano. Ser el amor en los tiempos del cólera, ¡mi hermano! Ser el sol que nace y el día que muere, no quieren ser la fotografía de un desaparecido. Quieren ser lo que les enseñó su padre, y querer a su patria como a su madre. Ser de Colombia y de una América Latina que camina.”

La gente quiere que se sepa “que no le pueden comprar el viento. No le pueden comprar el sol, ni la lluvia, ni el calor. Que nadie les puede comprar las nubes, ni los colores, ni la alegría, ni sus dolores.”

“Que este pueblo trabaja con orgullo, que comparte pero no se ahoga, que perdona pero no olvida. Que quiere seguir caminando, cantar para que se le escuche, y seguir de pie y que su vida no está en venta, y que vivan Colombia y nuestra América”. Colombia es también parte de Abya Yala.

El domingo Colombia tiene que dar “un canto de los de andamios, para intentar alcanzar las estrellas, porque el canto tiene sentido cuando palpita en las venas.” Ya va siendo hora de que suene otra canción, con otra letra. “Una canción contra los talabosques, contra los armaguerras, contra los cazapatos, contra los bajanota, contra los malavibra. Una canción nueva que traiga otro punto de vista.”

En la sabana, en las montañas, en los mares, en la selva, en los ríos y en los parques. En las calles, en las escuelas, en las comunas, en la academia, en las plazas y en las tabernas. En un país bañado por dos mares y ríos como océanos, de café y de frutas tropicales, que se pueda cumplir que “vivir en esta tierra es una maravilla. Gaitán, Galán, Rojas Pinilla. Bambucos, torbellinos, cumbias, guabinas. Te vas, te vas y no la olvidas”. Y que se pueda romper con esa “pobre Colombia irredenta. Desnuda fría y hambrienta. Y a diario tan descontenta. Con la crisis turbulenta”.

Con la gente

Que podamos pensar que esto puede ser “un verdadero paraíso, muchas lunas fue así. Bailábamos la danza de la lluvia, fumábamos la pipa de la paz, hablábamos con la naturaleza, buscábamos la senda del jaguar”.

Si queremos, dentro cabemos todas, hay sitio para todos, pero con corazón abierto. El próximo domingo es la gente la que cuenta, son quienes tienen la palabra. La gente quiere ser dueña de su destino y elegir lo que ha decidido: si es vivir en un país con esperanza, es votar por una Colombia Humana.

Porque la maquinaria es la gente (video 2). Por ti, por mí, para ellas y para ellos, con nosotras y nosotros, con la gente. Lo del domingo no es un partido cualquiera, puede ser el partido más importante de Colombia.

Participa, vota. Por el cambio y contra el miedo. Sí, se puede. Podemos, hagámoslo.

No te quedes al margen, te invitamos, participa, sé parte de tu futuro, vota por una Colombia en paz.

Por una Colombia más humana.

Periodismo honesto

La campaña mediática contra el candidato de la Colombia Humana saca a la luz lo peor del rancio y godo periodismo colombiano

El periodismo debe ser, al menos, honestamente subjetivo, pero nunca torticeramente tendencioso. La posición declarada del grupo editorial El Tiempo es una muestra de que cada vez es más raro el periodismo honesto y que muchas y muchos profesionales se venden por un plato de sopa. Que si hay hambre es comprensible, pero si no es difícilmente justificable.

Portada y editorial de la edición de El Tiempo del domingo 10 de junio de 2018

El medio históricamente liberal de la prensa colombiana ha girado su rumbo para pegarse sectariamente a las filas de uno de los candidatos para las elecciones presidenciales del próximo domingo. Solamente hay que echarle un vistazo a la portada, el editorial y las columnas de opinión de la edición del domingo 10 de junio de este medio impreso, uno de los periódicos de mayor difusión y mayor poder en la información nacional colombiana.

Este medio no tomó tan claramente partido por la paz, cuando el plebiscito de octubre de 2016, como ahora lo hace, y de manera descarada, por el candidato del Centro Democrático, un rótulo eufemístico alejado de la verdadera posición ideológica del partido y sus miembros. El CD es una agrupación política a imagen y semejanza de su principal ideólogo, que es quien realmente lo gobierna. Los de la mano firme y el corazón grande tienen la mano grande para dar hostias a todo lo que no case con sus pretensiones y el corazón duro para no dejar entrar a lo que no sea blanco, capitalista, heterosexual y cristiano, todo ello a su manera.

Dice el editorial que apoya a la marioneta “uriduque” porque su “programa de gobierno es serio y quien representa una esperanza de moderación y cambio generacional, deseable en la coyuntura”. Añadiendo que “Solo alguien con poco equipaje será capaz de tender puentes y enterrar odios que entorpecen la marcha hacia un futuro mejor”. ¿Ceguera?, ¿hipocresía?, ¿ignorancia? En cualquier caso, desinformación. Parece que tenía razón Kapuscinski cuando decía que los periodistas modernos, el periodismo, parece no tener problemas éticos ni profesionales y ya no se hacen preguntas.

El periódico de Bogotá ha perdido el Sur, ese que alguna vez tuvo. Como cuando libraba batallas editoriales a favor del liberalismo de Olaya Herrera, o contra la censura que le llevo a ser clausurado por el Gobierno de Rojas Pinilla, o cuando conformó aquel “Frente Unido” para denunciar la violencia contra el periodismo en los años 80 del siglo pasado.

Un medio que hoy está en poder de la fortuna más grande de Colombia, el señor Sarmiento Ángulo, y cuyos intereses, sobre todo económicos, han incidido sobremanera en su línea editorial. El Tiempo es el diario de información general más leído de Colombia y fue, durante siete años, los que duró la crisis de El Espectador, el único de circulación nacional. Pueden hacerse una idea de su poder de construir imaginarios sociales a semejanza de sus utilidades espurias.

Si bucean en sus intríngulis verán que la organización empresarial de Sarmiento Ángulo controla el ciento por ciento del periódico a través de sus variadas empresas: Inversiones Vistahermosa, Inversegovia, Seguros de Vida Alfa, Liinus Van Pelti e Inverprogreso. Entre sus propiedades, las ediciones de ADN de las principales ciudades colombianas, las revistas Portafolio y Aló, el canal televisivo City TV.

No voy a discutir que la libertad de expresión, recogida por la Constitución Política colombiana de 1991 en su artículo 20, les permite decir lo que quiera sin censura previa, pero apuesta tan terciada y desvergonzada por el candidato de la guerra, el que no aprueba los acuerdos de paz de La Habana; el que no defiende la diversidad, de ningún tipo, en un país tan diverso; el que sigue llamando públicamente presidente a quien ya no lo es, dejando claro que él es un títere en manos del otro; el que recibe sin reparos el respaldo de asesinos paramilitares; al que solamente le cabe un tipo de familia; el que se mueve con un elenco de corruptos y sindicados; el que mantendría el extractivismo que está acabando con los recursos naturales del país y que cada vez más están en manos de multinacionales extranjeras; el que quiere acabar con la judicatura y concentrar todos los poderes en sus manos, esa apuesta es una jugada contra la paz y una vuelta a la “seguridad democrática” que trajo los falsos positivos y otro montón de injusticias y delitos. Es jugarle sucio a la democracia.

El periodismo honesto es el que le apuesta a la paz

Señoras y señores de El Tiempo, ustedes podrán ser lo que quieran, pero con ediciones como la que han publicado nunca podrán llamarse un medio de información serio y decente. Y sus profesionales, opinadores sin escrúpulos, nunca podrán tildarse de periodistas. También era el fallecido periodista polaco quien afirmaba que el verdadero periodismo es una manera de y una razón para vivir, una identidad que ustedes parecen haber perdido.

Señores y señoras de El Tiempo, periodistas fueron y son Antonio Nariño, García Márquez, Alfredo Molano, Castro Caycedo, Guillermo Cano, María Jimena Duzán, María Teresa Herrán, Javier Darío Restrepo, Patricia Lara, Antonio Caballero, Gloria Pachón de Galán, Jineth Bedoya, Daniel Samper, María Teresa Ronderos, Gloria Castrillón o Juanita León, entre otras y otros muchos en un país de cronistas alimentados por el realismo mágico para narrar.

Gente de El Tiempo, por supuesto que éste es tan solo mi punto de vista. Habrá quienes estén de acuerdo con su propaganda. Pero intenten construir país, dar cabida a todas las tendencias y presentar todas las propuestas aunque se casen con alguna.

Casa Editorial El Tiempo, voten por quien quieran, es su derecho, pero intenten informar y formar decentemente, es un derecho que tiene la ciudadanía colombiana. Es un deber del periodismo honesto.

Esperemos que sus portadas, editoriales y columnas de opinión no provoquen más violencia y extremismos. Siempre será mejor que nos pase como a García Márquez cuando se dio cuenta y escribió que con los Beatles había cambiado todo. En mi opinión, con el delfín todo seguirá igual o peor. El día 17 de junio no será uno más en la vida, será un día en el que deberemos intentar hacer algo para que esto funcione (“we can work it out”).

Como García Márquez con el cambio que supusieron los Beatles, demos una opción a esa posibilidad de transformar el país,  esperando que sus mujeres y hombres, mayoritariamente, le den una oportunidad a la paz (“give peace a chance”); que imaginen (“imagine”) otra Colombia posible; que le entreguen el poder a la gente (“power to the people”); porque es el momento de abrir las alas y volar para empezar de nuevo (“starting over”); porque es tiempo de poder envejecer juntos (“grow old with me”) y reconciliados; porque podremos, como ese “beautiful boy” (chico bonito), cerrar los ojos, sin tener miedo y pensar que el monstruo de la guerra se ha ido; pensar que los verdaderos héroes sean las y los colombianos, todas y todos, incluidos los de la clase obrera (“working class hero”), el campesinado y las poblaciones afro e indígenas, y que se puedan soñar con que las próximas navidades sean felices (“happy Christmas!”), en paz, con esperanza y sin miedo, para los débiles y los fuertes, para los ricos y los pobres, al negro y al blanco, al amarillo y a los rojos, y que termine de una vez el conflicto armado.

Con el cambio tendrán sentido e importancia de verdad palabras como paz, mujer, imaginación, madre, amor, dios…

La verdadera maquinaria es la gente, así que voten por el cambio, para no decepcionar (“don´t let me down”) a la población ni al país.

Mahates y el son de negros

El sentimiento y la solidaridad en una comunidad caribeña colombiana

La vida nos enseña que quienes menos tiene son quienes más dan. En Mahates, Bolívar (Colombia), los cimarrones del son de negros nos dieron todo lo que tenían, que es mucho. Sobre todo nos entregaron su sonrisa, su arte y su pasión: el baile del son de negros.

Son de negros “Cimarrones de Mahates”

Las historias casi nunca acaban como uno piensa. Son tantas las circunstancias que nos median que no podemos tener el control de las múltiples situaciones que nos podemos encontrar. Por suerte, todavía tenemos capacidad de sorprendernos y comprobar cómo en nuestro recorrido siempre es más lo que recibimos que lo que damos.

 

Por eso escribo esto, para intentar devolver a esa comunidad caribeña algo de lo que me llevé, nos llevamos, cuando nos invitaron a compartir. Mahates es un municipio del departamento de Bolívar perdido en un mapa donde se pierden territorios e identidades y que solamente salen a la luz cuando sucede algo extraordinario. Pero lo realmente extraordinario son sus gentes, encontradas en una tierra a la que están unidas por las raíces de la historia, de la tradición y de la lucha.

Llegamos allá invitados por Wilfran Barrios, líder del grupo Atabaques. Quería que pusiéramos en práctica alguno de los talleres que componen nuestro proyecto de investigación interinstitucional, UTadeo – Uniminuto, “Pedagogía, arte y ciudadanía”. Mis compañeras, Beatriz Múnera y María Fernanda Peña, y compañero, Carlos E. Sanabria, ya habían estado allá en otras ocasiones cooperando con diversas actividades. Para mí, era la primera vez. Todo un reto.

La madrugada había estado lluviosa y la mañana nos recibía con las huellas del agua sobre la tierra en forma de charcos. Agua para la existencia y la resistencia. Una casa al borde de la carretera nos abrió sus puertas para entrar en sus vidas. La casa se agrandaba en su interior con un patio que hacía las veces de comedor comunitario y de escenario vital. Sus vidas agrandaban las nuestras según les íbamos conociendo.

La casa de Cimarrones de Mahates

Con toda amabilidad y sin dobleces nos invitaron a desayunar para ir abriendo boca a lo que vendría después. Fueron habilitando el porche de la entrada para convertirlo en un espacio de reunión. Colgaron una tela en forma de toldo para cubrir el lugar, aparecieron varias decenas de sillas, colocaron una pantalla blanca, una mesa con un computador y un proyector.

En pocos minutos aquello se llenó, unas sesenta personas esperaban pacientemente con una sonrisa en los labios. Ya no tenía excusa, estaba el espacio, el material y lo más importante: la gente. Prestaban toda la atención aguardando a ver qué les iba a enseñar. No tenía claro que pudiera siquiera ilustrarles en algo. Tamaña responsabilidad me situaba como el actor ante el público del teatro el día del estreno o como el portero de fútbol ante el penalti en una final de copa con el estadio a rebosar.

Grandes y pequeños, ellas y ellos habían llegado hasta allí convocados por el gestor cultural del municipio y anfitrión en este evento. Todo el mundo había colaborado para preparar el escenario, y niñas, niños y personas adultas eran los verdaderos protagonistas de la historia.

Mientras le iba dando vueltas a cómo abordar mi charla elegí un partenaire de entre ese grupo de seres expectantes. JF, siete años, tímido, quiere ser futbolista, tiene unos ojos grandes negros y almendrados y una sonrisa de piñón que le cubre media cara. Él sería mi cómplice en este encuentro de comunidad para compartir y conversar sobre ciudadanías. Esas identidades otras eran una parte del proyecto utópico que nos inventamos hace año y medio para construir tejido social desde las pedagogías, distintas, que rompieran, como hoy, el salón de clases; las ciudadanías, diversas, incluyentes y universales, y el arte, los artes propios de las culturas populares.

Por suerte contaba con la caja mágica, herramienta que era sostenida por mi joven ayudante como si fuera el tesoro más preciado. Esa urna nos sirvió para romper un hielo que la temperatura del día y el calor de todas y cada una de las personas allí reunidas hubieran derretido de haber existido. El interés y la curiosidad por saber su contenido nos juntaron e hicieron que siguieran mi conversación con atención.

Durante el taller en Mahates

La pequeña caja de madera era el primer paso para conocernos y reconocerNOS. Para hablar de quiénes somos, de cómo estar en comunidad nos permite ser y porqué es necesario saberse importante a pesar de lo pequeños que somos en un universo casi infinito. Todo ello para tomar conciencia y no ser considerados “los nadies” de la historia, porque SOMOS alguien, mucho más que las balas que nos matan. Las palabras se van juntando con las canciones para respaldar las propuestas.

Luis Pastor nos coreaba “En las fronteras del mundo”:

“Soy tú, soy él… y muchos que no conozco / en las fronteras del mundo / (…) Nosotros y todos ellos / esclavos del nuevo siglo / obligados al destierro / (…) Acuarela de colores / humano de muchas razas / olor de muchos sabores / (…) Soy tú, soy él…” Y ellas.

Para seguir luchando para transformar realidades y cambiar los imaginarios, por dignidad, por el buen vivir con nosotras y nosotros mismos, con los demás y con la madre Tierra. Para continuar soñando la utopía y buscando el cambio social que haga que otro mundo sea posible y mejor para las mayorías que ahora están en minoría.

Para soñar y compartir los sueños, las ilusiones y las esperanzas, nos cantaba Sam Cooke de ese cambio por venir:

“Vivir es muy duro, pero tengo miedo de morir / Porque yo no sé qué hay más allá del cielo / Ha sido mucho el tiempo en llegar, un largo tiempo en llegar, / Pero yo sé que un cambio va a venir”.

Reconociendo que estamos, que tenemos nuestro lugar en el mundo y que en este planeta el Sur también existe, como escribiera Benedetti y recitara Serrat. Existimos y resistimos, con sueños eternos de deseos incumplidos pero con las esperanzas siempre vivas:

“pero aquí abajo, abajo / cerca de las raíces / es donde la memoria / ningún recuerdo omite / y hay quienes se desmueren / y hay quienes se desviven / y así entre todos logran / lo que era un imposible / que todo el mundo sepa / que el Sur también existe.”

Buscando la pregunta para encontrarnos, porque respuestas hay muchas pero lo que nos hacen falta son preguntas, preguntas que sirvan a muchas respuestas. Y que éstas no sean las que nos venden sino las que queramos comprar, para creer en lo que queramos creer: “Mi reino por una pregunta”

Para terminar, José Saramago nos cuenta esa bella y mínima historia de la flor más grande del mundo:

“¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo venimos enseñando?”

Hasta ahí lo poco que les tenía para mostrar. Mantuvieron la atención con juicio hasta que el proyector se apagó, a pesar del olor a comida que había invadido el aire. Se fundió a negro la luz del proyector y se encendió la de las ganas de almorzar. A partir de ese momento, la desbandada. Volvimos al patio a degustar lo que nos alimentaría el estómago: un sancocho comunitario cocinado a fuego lento por Ana Beltrán y agua panela para beber. El alimento para el espíritu vendría después.

Sancocho comunitario

En Mahates, Bolívar, el son de negros es la vida. Este municipio, fundado en abril de 1533 por el mismo que fundara Cartagena de Indias, es conocido hoy, más que por su historia pasada, por su historia de futuro. En ella se radica “Cimarrones de Mahates”, una agrupación de son de negros en la que se juntan la tradición de pescadores del atlántico con la música, el canto y el baile que recogen su coraje y dignidad.

Mahates es un palenque, un refugio de y para cimarrones, aquellas personas que huían de la esclavitud. Es una comunidad que conserva las memorias de las luchas negras, de las resistencias y de la búsqueda de la libertad. Una emancipación expresada con rebeldía en el son de negros “una declaración de orgullo, de gozo, una celebración de la vida, la música y el movimiento”.

Los músicos y bailarines del son de negros “SON”, de ser, de sonido y de ritmo. Lo llevan en la sangre y lo expresan con una corporalidad y una estética que asombra a quienes los ven y escuchan.

En la danza del son de negros solamente hay hombres, género mayoritario entre los esclavos. Pero uno de ellos se disfraza para representar a una mujer, la “Guillermina”. En el son de negros se conjugan las artes y la vida, una cultura popular de resistencia y para la existencia. Como dicen en el grupo Atabaques: “La danza es para nosotros la mejor manera de reivindicar nuestro ser individual y colectivo, es nuestra manera particular de resistir, de crear y recrear nuestras realidades, en este espacio; como legan los indígenas koguis en su saber popular; bailamos para no morir.”

Danza del son de negros

Los tambores, las guacharacas y las tablas, una especie de clave, ponen los sonidos que acompañan a las voces que narran sus historias. En el son de negros se juntan el baile, la danza, la música, la literatura, el teatro y las artes plásticas. Baile como movimiento libre de los bailarines y danza como coreografía dirigida por el cacique del grupo. Los ritmos de la rama de tamarindo, del bullerengue o de los versos componen unas interpretaciones nacidas en las almas y los corazones de estos herederos del África: el maestro Eugenio Ospino es la voz y la memoria, Álvaro Beltrán, nuestro anfitrión, es la dirección artística y la gestión cultural, Pacho Sarabia es la historia y el mencionado Wilfran y sus atabaques le ponen la vida a difundir todo esto. Sin olvidar, por supuesto, a ese maravilloso grupo de bailarines, los mayores y los más pequeños.

Una comunidad que se caracteriza, como muchas otras a lo largo y ancho de este país, por las ganas y el sentimiento con que le apuestan a lo que hacen. Y sobre todo, la alegría, una felicidad representada en una sonrisa de dientes blancos que resaltan más bajo esa mano de polvo negro con el que se pintan. Resistir frente a la esclavitud de la modernidad, contra la exclusión, haciendo de su color bandera y de su identidad fortaleza. Cultura como expresión de su condición, sin aceptarla ni someterse, sino para reivindicarla y expresar su independencia y libertad.

Esto es un pequeño y subjetivo resumen de lo que nos dieron en esta visita. Hago aquí un reconocimiento muy especial a todas las personas que nos acompañaron, las aquí mencionadas y las que no aparecen pero que, igualmente, nos dieron lo que tenían.

Para quienes esto lean, espero que hayan podido viajar con la imaginación hasta aquel lugar, que se les haya dibujado una sonrisa en el rostro o que una lágrima haya mojado sus mejillas. Y si no, pónganle música a su vida, bailen al ritmo del son de negros.

La rama del tamarindo

Por una Colombia más humana

Gustavo Petro alcanza la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia

En la primera vuelta, con una participación del 53,38 %, diecinueve millones seiscientas treinta y seis mil setecientas catorce personas han votado en unas elecciones que dejan al exalcalde de Bogotá, Petro, y al delfín del líder del Centro Democrático, Duque, como candidatos a la presidencia de la República.

Imagen del periódico de campaña de G. Petro

El líder del Movimiento Colombia Humana le ha dado otro color a unas elecciones en las que la mayor parte del territorio colombiano se ha teñido de ese azul “de la mano firme y el corazón grande”. Petro ha ganado en los departamentos de La Guajira, Atlántico, Sucre, Córdoba, Chocó, Cauca, Nariño, Putumayo y Vaupés, y Fajardo ha sido el candidato más votado en el distrito capital. Las urnas han recogido 7.569.693 votos para Duque, el 39,14 %, y 4.851.254 sufragios, el 25,08 %, para Petro.

Ahora la ocasión la pintan calva. Por una vez en la historia de Colombia hay posibilidades de que acceda a la presidencia de la República un candidato de izquierdas. Una oportunidad que se ha demorado demasiados años y para la que habrá que ver si el país está ya preparado.

Es el momento de que todas aquellas personas que creen que otra Colombia mejor para la mayoría es posible arrimen el hombro y le apuesten al cambio. Si los candidatos y sus fórmulas vicepresidenciales no quieren, la población sí debe remar unida para contrarrestar al otro aspirante. Habrán de agachar las orejas los seguidores de quienes no han pasado de ronda y apoyar a un candidato que le apuesta a la paz y que promueve luchar contra la violencia y la exclusión.

Enfrente tendrá toda la maquinaria del Centro Democrático, un partido que busca el enfrentamiento, no sólo dialéctico, que ha dinamitado los acuerdos de paz de La Habana y que juega con la ventaja del poder y la política del miedo.

Colombia se merece un presidente que le dé otra mirada a la realidad, que afronté un cambio profundo en sus estructuras para luchar contra la corrupción y la inequidad social. Hace falta un humanismo mestizo en un territorio diverso y pluricultural. No es hora de retroceder en la historia y entregar el mando a un personaje que no se ha declarado abiertamente a favor de la paz y que le juega a los clientelismos.

Resultados elecciones presidenciales de 27 de mayo de 2018 en la web de la Registraduría de la República

Toca hacer fuerza para empujar hasta el Palacio de Nariño a alguien que le cree a la paz sin ambages, a alguien que, en lo que podría ser su primer discurso como candidato a la segunda vuelta, le dice al país que defenderán toda la diversidad de Colombia, incluida la política.

Si Petro llegara a la presidencia, la composición del Senado y de la Cámara no le permitirían mucho margen de maniobra, pero su propuesta, tal vez utópica pero deseable, merece ser tenida en cuenta: educación pública, universal, gratuita y de calidad; salud para la vida, no para el negocio; economía productiva, no extractivista, buscando enriquecer a las personas empobrecidas, no empobrecer a las ricas; una política libre de corrupción; una justicia independiente, libre de presiones políticas, y el reconocimiento y el respeto por un país diverso y multicolor que necesita superar las discriminaciones.

La ciudadanía tiene la palabra, la que ha votado por Petro pero, sobre todo, la que lo ha hecho por Fajardo y De la Calle y ese cuarenta y seis por ciento que no ha acudido a las urnas. Queda por delante un reto fundamental, elegir entre retroceder a la falacia de la “seguridad democrática” o darle una oportunidad a una Colombia más humana, solidaria y equitativa.

El próximo 17 de junio la población colombiana tendrá que votar por su futuro y el de su país. Creo que la paz se merece un chance y Colombia necesita un cambio.

Un solo hueso

La masacre de Barrancabermeja

En Barrancabermeja, el 16 de mayo de 1998, tuvo lugar otra de las masacres perpetradas por algunos de los trágicos protagonistas de ese eufemismo colombiano llamado conflicto armado. En esta ocasión, un grupo de paramilitares, con la connivencia de ejército y policía locales, incursionaron en esta población y llevaron a cabo otra de sus macabras acciones “de limpieza social”. El resultado que queda, al margen de las víctimas directas, son el dolor, la congoja y la incertidumbre de las familias y sus sobrevivientes.

“Nunca más jóvenes para la guerra”, pintada en una calle de Barrancabermeja

Tras una incursión paramilitar en la capital de la región del Magdalena Medio, quedaron atrás siete personas muertas y veinticinco desaparecidas, de las que los asesinos dejaron como rastro un único hueso. O al menos eso es lo que se ha podido recuperar veinte años después de la matanza. Raro y doloroso, pero cierto. Como muchos de los hechos de un país donde la realidad de su historia supera, por desgracia con creces, el realismo mágico de sus narraciones.

De entre las personas asesinadas y desaparecidas, solamente una mujer que no quiso dejar solo a su hermano que era obligado a subir al camión en el que los sacaron del lugar. Ambos desaparecieron y nunca más se supo.

Tampoco tiene noticias de su hijo, dos décadas después de los hechos, don Jaime Peña. Al joven Jaime Yesid Peña Rodríguez se lo llevaron con apenas dieciséis años, pasando por la puerta de su casa sin que su padre se imaginara la tragedia. Cuando al rato salió a buscarle ya no lo encontró, lo habían cargado en una de las dos camionetas en las que se llevaron a veinticinco jóvenes inocentes.

Conocí la historia y al señor Peña a través de una de mis estudiantes de la maestría. Él me confesó, en una entrevista, que todavía le quedaban lágrimas, que le apesadumbraba la indolencia del Estado y que le servía de terapia conversar sobre aquello aunque le volviera un sufrimiento que nunca se había ido. Recordándolo, las palabras le fluían más y le ayudaban a seguir viviendo y a coger fuerzas para luchar por la dignidad de su hijo y de todas las personas desaparecidas y muertas en aquel ataque. No busca venganza ni condenas, quiere, como muchas otras familias de víctimas de la violencia en Colombia, que se sepa la verdad, que se haga justicia conforme al Derecho Internacional Humanitario, que se dé la reparación integral y que no se vuelva a repetir nunca.

Don Jaime vive resistiendo y persistiendo en la pelea y en la vida. Aquella noche de mayo de 1998, él estaba viendo un programa de televisión que se llamaba “Sábados felices”. Qué paradoja, aquel fin de semana a una parte de la población de Barrancabermeja les robaron la felicidad y la tranquilidad, les marcaron para siempre y les quitaron un pedazo importante de su existencia.

Retrato de Jaime Yesid en la casa de sus padres

En su búsqueda de una explicación sobre los hechos, aquella misma noche recorrió el barrio El Campín para encontrar a su hijo Yesid y al resto. Solamente recibió largas y palabras huecas, inoperancia y falta de compromiso y de acción por parte de las fuerzas de seguridad y de las instituciones públicas.

También le duele al señor Peña la doble moral con las víctimas, la falta de decisión política para dar solución a un problema tan grave y tan triste que mancha la historia de un país y una ciudadanía que buscan la paz mientras una parte de la clase política hace negocio con la continuación de la guerra.

Aquella noche de mayo los paramilitares pudieron entrar con toda tranquilidad en ese sector de Barrancabermeja porque tenían la connivencia del ejército y la policía. Después se supo que la única condición que las fuerzas del orden pusieron a los victimarios es que hicieran lo que fueran a hacer en media hora y sin dejar cadáveres en la población.

El Colectivo 16 de mayo, creado a raíz de los hechos y al que pertenece Jaime Peña, sigue luchando por la paz y la verdad. “Un colectivo que le apuesta a la conservación, enaltecimiento y reconstrucción de la memoria”. Dicen que es la memoria la que les “ayuda al esclarecimiento de la verdad de los hechos que nos convirtieron en víctimas, pero también a generar espacios y lenguajes desde las víctimas, a tender brazos de unidad y solidaridad.” No buscan una reparación económica, sino justicia y dignidad. Desde esa organización, según explica don Jaime, renunciaron a una indemnización de unos dieciocho o veinte millones que les ofrecían a plazos. Cree que la Ley 1448 de Víctimas ha sido positiva a pesar de haber echado a todas las personas damnificadas en el mismo saco.

Para él, la desaparición forzada hiere a toda la comunidad y a la sociedad en su conjunto. En su colectivo “no han tragado entero” con la Unidad de Víctimas porque les exigen declarar de nuevo y piensan que eso supone una revictimización. Tampoco está conforme con una sentencia del Tribunal Administrativo de Santander (departamento al que pertenece Barrancabermeja) que condenó a la Fuerza Pública, pero reconociendo como víctimas solamente a madres y esposas. El caso se elevó al Consejo de Estado.

El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, vigente desde el 1 de julio de 2002, reconoce la desaparición forzada de personas como crimen de lesa humanidad y así lo recoge en su artículo 7.1. i) y lo define en el apartado 2.i) del mismo artículo como “la aprehensión, la detención o el secuestro de personas por un Estado o una organización política, o con su autorización, apoyo o aquiescencia, seguido de la negativa a admitir tal privación de libertad o dar información sobre la suerte o el paradero de esas personas, con la intención de dejarlas fuera del amparo de la ley por un período prolongado.”

La sala de la casa de los Peña Rodríguez con el retrato de Jaime Yesid

Jaime Peña, como otras personas del Colectivo 16 de mayo y de otras asociaciones de víctimas, estuvo presente en los diálogos de La Habana entre el Gobierno y las FARC-EP. Ellos creen que su organización cumplió con su meta al “poner nuestro grano de arena para que la terminación del conflicto armado incluya el reconocimiento y realización de los derechos de las víctimas. Así demostramos nuestra opción por la paz con verdad, justicia y reparación integral.”

Ahora falta que el Estado cumpla. Aplauden la creación de la “Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición” (CEV) y la de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado (UBPD); pero, después de todo este proceso, la pregunta que se sigue haciendo este padre, y muchas de las víctimas de esta guerra absurda, es ¿cuánta justicia se va a sacrificar en aras de la paz? Porque así los culpables pagaran cien años de cárcel, nadie les va a devolver a sus hijos.

Una parte llamativa de esta historia es que al señor Peña le llamó “el Panadero”, uno de los cabecillas de la masacre, para pedirle perdón. Él le respondió que le diera las coordenadas del lugar en que se encuentra el cuerpo de su hijo y de las demás personas desaparecidas. Está convencido de que si luchan pueden perder, pero si no lo hacen están perdidos, y reconoce que solamente descansará el día que le devuelvan los restos de su hijo, cuyo espíritu le da las fuerzas necesarias para seguir viviendo y luchando. Pero eso no cree que se llegue a dar nunca.

Mientras, él y su esposa, igual que hacen miles de personas en el país, mantienen viva la memoria por dignidad y contra el olvido. Porque la memoria es un instrumento de incidencia política en la búsqueda de la verdad y la justicia. Las familias de las víctimas siguen esperando conocer la verdad, que se imparta justicia y que se haga la necesaria reparación. Por eso don Jaime reconoce que es fundamental que “la historia que se cuente sea la vivida por las víctimas; pues esa será la verdad real de lo que ha pasado, y no la historia interpelada por los victimarios que, con sus argumentos querrán entrar a justificar sus crímenes.”

Para Jaime Peña, como también para una parte importante de la población colombiana, la paz no es solamente el silencio de los fusiles; es necesario acabar con la corrupción y con tanta inequidad social.

Pueden encontrar algo de la historia de la masacre del 16 de mayo de 1998 en Barrancabermeja en el libro “Memoria de la infamia. Desaparición forzada en el Magdalena Medio” (págs. 380 y ss.). Ese texto es un informe elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH, 2017) que recoge ciento veintiocho casos de desapariciones forzadas ocurridas entre 1970 y 2013 en diez de los municipios de ese territorio colombiano en las márgenes de uno de sus grandes ríos. Esas poblaciones pertenecen a cuatro departamentos de la región: en Antioquia, Yondó y Puerto Berrío; en Bolívar, san Pablo y Cantagallo; en Cesar, Aguachica, y en Santander, Barrancabermeja, Cimitarra, Puerto Wilches, Sabana de Torres y san Vicente de Chucurrí.

Portada del informe del CNMH sobre desapariciones forzadas en el Magdalena Medio

El documento constituye el sexto trabajo del CNMH en su afán por dar a conocer los hechos y las víctimas del delito de desaparición forzada, una violación del derecho que tuvo que esperar hasta el año 2000 para ser tipificado con la Ley 589. En la sentencia C-317 de la Corte Constitucional del año 2002 se define dicho delito: “El particular que someta a otra persona a privación de su libertad cualquiera que sea la forma, seguida de su ocultamiento y de la negativa a reconocer dicha privación o de dar información sobre su paradero, sustrayéndola del amparo de la ley”.

Anteriormente, el CNMH publicó los informes: “Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia”, “Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)”, “Entre la incertidumbre y el dolor: impactos psicosociales de la desaparición forzada”, “Balance de la acción del Estado colombiano frente a la desaparición forzada de personas”, todos ellos en 2014, y “Hasta encontrarlos. El drama de la desaparición forzada en Colombia”, en 2016, en el que se informa que en los últimos cuarenta y cinco años de esta guerra sin sentido 60.630 personas han sido desaparecidas en Colombia.

En el discurso de presentación del informe “Nunca más”, elaborado en 1984 en Argentina por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), el escritor Ernesto Sábato, presidente de ese organismo, señalaba que las personas víctimas de ese delito pasaban “a formar parte de una categoría fantasmal: los ´desaparecidos`”. Y afirmaba: “Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimiento y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.”

El doctor Christian Salazar Volkman, en su intervención como representante de la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, recogida en el documento “La desaparición forzada” como presentación de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, manifestó que es un delito que constituye “una de las violaciones de los derechos humanos más graves y terribles. Viola varios derechos, incluyendo el derecho al reconocimiento como persona ante la ley, el derecho a la libertad y a la seguridad de la persona y el derecho a no ser sometido a la tortura u otro trato o castigo cruel, inhumano o degradante, y también viola o constituye una grave amenaza al derecho a la vida.”

En 2017, cuando se cumplieron diecinueve años de la masacre de Barrancabermeja, el Colectivo 16 de mayo hizo público un comunicado en el que declaraban: “Si queremos que los horrores del pasado no se vuelvan a repetir, se tendrá que destapar todo lo que está detrás de esa línea oscura que trazó la política de enemigo interno, enseñada desde los cuarteles de Estados Unidos a nuestros militares, que hizo volver las armas de la república contra sus propios ciudadanos.”

Recordar los sucesos acaecidos en Barrancabermeja hace ahora veinte años debería contribuir a que la sociedad colombiana en su conjunto demande justicia y reclame que se conozcan las historias ocultadas. El Colectivo 16 de mayo cree que es inexcusable e importante recordar “Porque la impunidad se alimenta del olvido, el silencio y la indiferencia.”

Recuperar la memoria es un ejercicio necesario para salir del silencio y la apatía. Para resistir y, parafraseando a Mejía Vallejo, no extraviar los primeros recuerdos de tanto andar a solas y evitar morir porque nos hayan olvidado.

Espero que a don Jaime Peña y a su esposa les ayude a seguir existiendo, a mantener vivo el espíritu de Yesid y a continuar luchando para que algún día se conozca toda la verdad.

Por la dignidad de las víctimas y sus familias, nunca más contra nadie, nunca más desapariciones forzadas.

El río Magdalena a su paso por Barrancabermeja

“La muerte va borrando / el nombre de los hombres

como borra el océano / la memoria de los grandes ríos.

También el olvido se paga en las letras de las viejas tumbas.

El hombre –sólo el hombre– / sabrá que ni siquiera

quedará memoria del olvido.”

(Manuel Mejía Vallejo)

“Seamos realistas, sigamos pidiendo lo imposible”

50 años del mayo francés

La “noche de las barricadas”, el 10 de mayo de 1968, fue la constatación de que las calles pueden ser de la ciudadanía. Una nueva Comuna de París casi un siglo después de aquella primera en la que un movimiento popular llegó a gobernar la capital francesa.

Todavía hoy podemos y debemos soñar las utopías que nos mantienen vivos medio siglo después de unos hechos que las pintadas marcaron en la historia y que buscaban un cambio social que aún permanece encerrado bajo los adoquines.

La realidad hoy es tan dura como virtual, por ello es pertinente continuar soñando. Es tiempo de creer en ideales que nos sitúen en un horizonte de ilusión para combatir la indecencia de un sistema que nos oprime mientras nos hace creer que tenemos algo. Pero ese algo nos cuesta tanto que no merece la pena contar con ello. Nos venden humo y compramos quimeras, por eso es mejor perseguir las utopías que hace ahora cincuenta años movilizaron una sociedad que se negaba a seguir tragando anzuelos.

“Somos la gente que resiste”

Aunque los poderes nos lo sigan negando, hay que continuar insistiendo. Porque somos las ciudadanías de las resistencias y las insistencias. En un mundo que se pliega en banda ignorando las injusticias y las exclusiones, en sociedades que protegen al poderoso mientras persiguen al oprimido, hay que persistir y gritar “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder” y todas aquellas arengas de las que ahora se cumplen cinco décadas y que supusieron un grito contra las autoridades, el sistema y el poder establecido.

Podemos poner en cuestión los resultados y las consecuencias, pero el significado de aquél movimiento estudiantil y obrero en un París adormecido y aburguesado, y sus reflejos en otras latitudes, son parte destacada de la historia del mundo. Allá se juntaron el “a las barricadas” anarquista de la Guerra Civil española con el “cambiar la vida” de Rimbaud y con el “transformar la sociedad” de Marx. El mayo francés fue un oasis en un desierto. Un lugar en donde la belleza estaba en la calle y en el que los muros hablaban. Pintadas y más pintadas inundaban las paredes exclamando y gritando consignas políticas y eslóganes sociales, pero también poemas y canciones libertarias y reivindicativas que propugnaban otra existencia y una manera distinta de vivir.

En ese mes de movilizaciones hubo una “semana rabiosa” de trece días en la que se concentraron la mayoría de los eventos destacados de las acciones estudiantiles que contaron después con el apoyo de la clase trabajadora y con la simpatía y respaldo de la ciudadanía en general. La movilización inicia el 3 de mayo en el patio de la Universidad de La Sorbona en solidaridad con sus compañeros de la de Nanterre.

Plaza de La Sorbona de París

El lunes 6 de mayo más de medio millón de estudiantes secunda la huelga general convocada. El martes 7 se produce una multitudinaria manifestación tras una pancarta que reza “Viva la Comuna”, el barrio Latino está en estado de sitio, los sindicatos comienzan a “pellizcarse” y la solidaridad con el movimiento crece tanto en el interior del país como en el extranjero.

Al principio, la propia izquierda no entendía al movimiento estudiantil. Marchais, del Partido Comunista Francés, los denunciaba en L´Humanite y pedía “Es necesario combatirlos y aislarlos…, se trata, en general, de hijos de grandes burgueses… son pseudo revolucionarios.”

Daniel Cohn-Bendit, entonces uno de los líderes estudiantiles de la Universidad de Nanterre, donde comenzó todo, declaraba a Le Nouvel Observateur que “Es al sistema en conjunto al que atacamos en nuestras reivindicaciones: al poder político, al capitalismo, a su concepción de la Universidad.”

El día 10 de mayo de 1968 es recordado como “la noche de las barricadas”, un punto de inflexión en un conflicto que venía palpitando desde que se creara en la citada universidad el “Movimiento 22 de marzo” en contra de las reformas universitarias y que contenía el malestar de una juventud estudiantil que veía con asombro y preocupación cómo la Francia gaullista iba decayendo social, económica y políticamente. La represión policial fue contundente y la resistencia de las y los manifestantes heroica. Según datos oficiales de la época hubo más de quinientos detenidos, cerca de mil personas heridas y el barrio Latino quedó prácticamente arrasado. Fue la mecha que prendió el movimiento popular favorable al estudiantado y sus propuestas.

Para el lunes 13 de mayo se plantea una huelga general en toda Francia. Ese día tuvo lugar la manifestación más grande desde la Liberación al finalizar la Segunda Guerra Mundial, casi un millón de personas desfilaron por las calles de París desde la plaza de la República hasta la de Denfert-Rochereau.

El encierro de trabajadores de la fábrica Renault en sus instalaciones, el miércoles 15 de mayo, da mayor fuerza al movimiento de huelga. Esa factoría se convierte en la “Nanterre obrera”. Sin la coordinación sindical de las grandes centrales, Francia se paraliza al unirse al paro diez millones de trabajadoras y trabajadores.

“La imaginación al poder”

Por esos días, Herbert Marcuse declaraba a Le Monde y a Le Nouvel Observateur “Me identifico con las motivaciones profundas de una lucha estudiantil que ataca no sólo a las estructuras perimidas de la Universidad, sino a todo un orden social, donde la prosperidad y la cohesión tienen por fundamento la incentivación de la explotación, la competencia brutal y una moral hipócrita.” Y un grupo de escritores e intelectuales de la época, entre los que se encontraban Gorz, Lacan o Sartre, hacían una declaración pública en la que sostenían “Estamos dispuestos a afirmar que, frente al sistema establecido, el movimiento estudiantil es de una importancia capital y quizás decisiva, ya que, sin hacer promesas y, por el contrario, descartando toda afirmación prematura, opone y mantiene una potencia de rechazo capaz, creemos nosotros, de abrir un porvenir.”

Cinco décadas después, la pregunta podría ser ¿qué nos queda de aquél mayo francés del 68? Tal vez, como se afirma en la contraportada del libro de Serrat Crespo “Sed realistas, pedid lo imposible” (Barcelona, Edhasa 2008) “El recuerdo de un espectáculo de gritos y carreras y de imaginación desbordada que denunciaba una manera de ver la política y la vida.” Si asumimos que eso fue así, y que, por desgracia, sigue siendo así, la vida y la política actuales ameritan que sigamos gritando e imaginando que otro mundo es posible, mejor, por supuesto, y que tenemos que continuar la lucha hasta encontrarlo. No sabemos bien si será debajo de los adoquines, tras las fronteras que nos excluyen, al otro lado del océano o en la Luna. Pero en algún sitio está y la tarea es seguir buscando esa utopía.

Nos queda, en cualquier caso, la memoria y la esperanza de que sí se puede. Lo decían la juventud y el proletariado, lo recogieron las paredes en aquellas pintadas creativas y reivindicativas y está escrito en la historia: “La imaginación al poder”, “Quieren haceros creer que el ser es el tener”, “Amnistía: acto por el que los soberanos suelen perdonar las injusticias que ellos han cometido”, “Nadie llega a comprender si no respeta, conservando su propia naturaleza, la libre naturaleza del otro”, “La revolución debe hacerse en los hombres antes de realizarse en las cosas”, “El sueño es realidad”, “Desabrochad vuestro cerebro tan a menudo como vuestra bragueta”, “Solo puede haber revolución donde hay conciencia”, “Cambiad la vida, transformad su modo de empleo”, “No a la revolución con corbata”.

La imaginación, la creatividad y la rebeldía al servicio de la ilusión y la esperanza pintando la vida con los deseos perseguidos. Poesía y política para la reflexión y la acción. Esos muros franceses gritaban, y todavía hoy muchas paredes alrededor del mundo siguen clamando, por un cambio social que, por una vez y para siempre, favoreciera a esa mayoría que no cuenta, sean estudiantes, trabajadoras, obreros, pensionistas u otros colectivos explotados.

“las paredes tienen orejas, pero hay orejas que tienen paredes”

Dicen que las paredes tienen oídos, pero lo peor es que algunos oídos siguen teniendo paredes. Recordar sucesos y movimientos como el acaecido en aquel mayo francés continúa siendo necesario para la transformación de la realidad y la toma de conciencia, para seguir creyendo que lo que protestaban los muros es posible.

Antes y después del mayo francés hubo muchos movimientos sociales, luchas políticas y reivindicaciones: de Ghandi a Martin Luther King pasando por la revolución cubana, la primavera de Praga, los movimientos de liberación del denominado Tercer Mundo, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam o el movimiento estudiantil de México en ese mismo año. El París de 1968 puso ese poso de esperanza obrera y juvenil que alimentó las propuestas de lucha contra el capital y el liberalismo como los movimientos ecologistas, feministas o altermundistas, de los 15M al Ocuppy Wall Street pasando por Yosoy132 o la mal llamada primavera árabe.

Sin más bandera que la imaginación, la creatividad y la ilusión por cambiar un mundo que se sigue resistiendo a ser modificado; con la insistencia y la resistencia de las rebeliones populares de los de abajo, de quienes no son escuchados y quedan afónicos gritando sus ansias de libertad, independencia y soberanía, fue una semilla importante y para nada baladí en una época de indignación y reclamos sociales, desde las universidades a las fábricas.

Una gran parte de ese movimiento quedó plasmado en los muros de París al llenarlos de proclamas y demandas: “Las barricadas cierran las calles pero abren los caminos”, “Tomen sus deseos por realidades”, “El patriotismo es un egoismo de masa”, “Si lo que ven no es extraño, la visión es falsa”, “Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre”, “Yo me propongo agitar e inquietar a las gentes. No vendo el pan, sino la levadura (Unamuno)”, “La libertad de los otros prolonga la mía hasta el infinito (Bakunin)”, “La revuelta y solamente la revuelta es creadora de la luz, y esta luz no puede tomar sino tres caminos: la poesía, la libertad y el amor (Breton)”, “Si usted piensa por los otros, los otros pensarán por usted”.

Las pintadas y aquella poética de las paredes inundaron una ciudad adormecida que despertó con las barricadas estudiantiles y con la recuperación de la utopía, buscando la arena de la playa bajo los adoquines. Como canta Ismael Serrano pidiendo a su papá que le narre esas luchas, las de los que siempre han perdido pero han resistido los embates de la historia, las peleas por la dignidad humana y por el reconocimiento.

Fue muy dura la derrota, todo lo que se soñaba / Se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas

Y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos ya no hay parias / Pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza

Queda lejos aquel mayo, queda lejos Saint Denis / Que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos aquel París

Sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual / Las hostias siguen cayendo sobre quien habla de más

“La beauté est dans la rue”, en la Alianza Francesa de Bogotá

En París, en mayo de 1968, la belleza estaba en la calle y las demandas en las paredes. La fuerza de las pintadas, que siguen siendo parte de esa comunicación ciudadana, reivindicativa pero también festiva, política y callejera, social y popular, que nos transmite lo que una parte importante de la población piensa y siente y plasma en sus muros, en esos espacios públicos a la vista de todas aquellas personas que las quieran leer.

En Bogotá, en la sede centro de la Alianza Francesa han estado expuestos durante mes y medio, casualmente cerraron la exposición antes de que llegara el mes de mayo, los grafitis de tres artistas colombianos en conmemoración de ese mes de las flores en el París de hace medio siglo. Bajo el título “La beauté est dans la rue”, Keshava, Chócolo y Toxicómano han plasmado su particular homenaje a aquel momento histórico. Tres maneras distintas de abordar un hecho que nos dejó mucha historia precisamente en las pintadas, en los grafitis que poblaron las calles de la ciudad de la luz. Los juegos de palabras críticas de Keshava junto al humor negro de Chócolo y las propuestas transgresoras de Toxicómano. Tres contestarios de hoy para mantener viva la protesta de hace medio siglo. Junto a sus pinturas, una pequeña selección de algunos de los carteles más destacados de la movida de entonces: “L´etat cest chacun de nous” (el estado somos cada uno de nosotros), “La police s´affiche aux beaux arts, les beaux arts affichent dans la rue” (la policía se muestra en las bellas artes, las bellas artes se exhiben en la calle) o “Sois jeune et tais toi” (sé joven y cállate).

Tal vez fue casi una derrota y se perdieron muchos sueños y algunas esperanzas. Pero lo cierto es que una juventud inconforme y rebelde rompió el cascarón y llenó las calles de belleza buscando otra manera de estar y ser en el mundo. No encontraron la playa, pero movieron las arenas y las conciencias.

Pintada de Keshava en la Alianza Francesa de Bogotá

Para que nada dé igual y las hostias no sigan cayendo sobre los de siempre, salgamos a esas calles y llenémoslas de pintadas, embellezcámoslas con gritos que pidan lo imposible.

La lucha continúa.

La historia de mi barrio

Un barrio de los de antes

Este barrio, el mío, me vio crecer entre los tres y casi los diecinueve años. Era, entre otras cosas, los arcos, el solar, la plazoleta de José de Villareal, la calle de Embajadores y el paseo de las Delicias, el pilón de la plaza Rutilio Gacis, Legazpi, un poco más allá de sus límites el parque de la Arganzuela, la iglesia de la Beata y el Goype.

Mi visión del barrio, y la que el barrio tenía de mí, cambió el 4 de mayo de 1972. Ese día, coincidiendo con mi cumpleaños, se inauguró el Goype, el bar que mi padre y mi tío Paco cogieron en subarriendo en la plaza de Rutilio Gacis n° 2 de Madrid. Los dos estaban tan elegantes con su chaquetilla blanca, su camisa blanca y su corbata negra. Mi tío no sabía nada de hostelería, había sido toda su vida pintor de brocha gorda. De los de antes. Eso sí, mini empresario con su propia cuadrilla. Aquello era un reto para él. Mi padre, en cambio, había mamado el negocio desde chiquito, pasando por todos los puestos: repartidor, mozo, camarero y encargado; en definitiva, un hostelero de los de antes. Casi siempre en las antiguas bodegas “el Maño”, de las de antes.

Letrero de la plaza de Rutilio Gacis de Madrid (foto: internet)

Este año se cumplen cuarenta y seis años de aquella apertura con nuevos dueños. Ahí empezó una nueva historia de mi vida, pasé de ser privado a ser público. Era el hijo de Ignacio, el del Goype. Un bar de los de antes, que estuvo en manos de Goyo y su sobrino Pedro, de ahí lo de Goype. Lo regentaban junto a la madre de Pedro, hermana de Goyo, que se encargaba de la cocina. Cuando entraron mi tío y mi padre, Goyo y su hermana se jubilaron y Pedro puso unos billares, de los de antes, en otro local de la plaza.

Esa plaza ya no existe, no como entonces. Era una plaza de las de antes, con mucha vida, con gente pasando a todas horas, chiquillería jugando y con un buen número de negocios: la peluquería, la churrería, la imprenta… Sigue estando al lado de la iglesia de la Beata María Ana de Jesús, pero ya no es lo mismo. La vida en sí no es lo mismo. La plaza antes tenía un pilón en el centro, las más de las veces sin agua, y jugábamos al fútbol esquivando, además del pilón, a la gente que se cruzaba. Yo iba al colegio del mismo nombre que la iglesia, pero en la versión pública ya que había otra que pertenecía a la parroquia. Esta parroquia estaba en manos de don Eusebio, un cura de los de antes, y de Ignacio, el sacristán, de los de antes. Ambos ejercían su poder, sobre todo el sacristán, en el despacho parroquial. Allí hice mi primera comunión y la confirmación, de las de antes. Antes de que me desencatara y descreyera de lo poco o mucho en lo que había creído, hoy creo en otras cosas y en algunas personas. En la pila bautismal de esa iglesia bautizaron a mi sobrina española.

La iglesia de la Beata merece mención especial por su cura. El compañero historiador José Luis Salas ha escrito hace poco en nueva tribuna sobre aquel personaje. Le llama “el último héroe de la clase obrera”. Para mí, más que un héroe era un cura de los de verdad; es decir, de los que se dedican a los demás y no a ensalzar la institución eclesiástica. No era un cura rojo porque no le recuerdo muy político; pero sí muy social, muy entregado a la gente y a intentar resolver sus desgracias de la manera más humana y con ayudas también humanas, como las de mi padre. Creo que tenía claro que no podía esperar otra ayuda divina que la de tener fuerzas para acometer tamaña tarea.

Él y mi padre formaban un buen dúo para el auxilio a personas necesitadas, ayudaban a los habitantes de calle de entonces. Las personas buscaban la ayuda del cura en la sacristía y él les daba un “vale” (una nota manuscrita y firmada por don Eusebio en la que decía que ese papel valía por “un café y un bocadillo”) que llevaban al bar de mi padre para su conversión en los productos mencionados. Creo que ya he contado alguna vez que la mayoría de esas personas solicitaban cambiar el café por vino. Mi padre se negaba en redondo, o café con leche o un vaso de leche y el bocadillo, casi siempre de tortilla de patatas (aquellas tortillas que mi madre, y luego María, que aprendió su técnica, bordaban).

Mi padre y don Eusebio eran como una sociedad, casi un destino en lo universal. Lo digo porque la mayoría de las veces mi padre no veía ni un duro de la deuda contraída por el cura. Así que, por lo general, el uno ponía las buenas intenciones, primer paso indispensable, y el otro la mercancía, sustento necesario. Cuando don Eusebio murió, quedaron pendientes de pago bastantes cafés y bocadillos. Supongo que como don Camilo y Pepón, andarán por algún lado discutiendo sobre todo eso. Dos personajes de los de antes.

La iglesia de la Beata Ma. Ana de Jesús (Zaratema Creative Commons CC0 1.0 Universal Public Domain Dedication)

Casualmente, como las historias de los personajes de Guareschi que fueron llevados a la gran pantalla, la iglesia sirvió varias veces como escenario de algunas películas españolas de los años setenta y ochenta del siglo pasado, de las de antes. Personajes del cine, José Orjas y Aurora Redondo entre otros, pasaban de la iglesia al Goype en los descansos de los rodajes.

Los locales de la sacristía de la iglesia eran lugar de reunión en el que nos encontrábamos creyentes y no tanto para pasar las tardes, conversar, bailar y, si se terciaba y te gustaba, echar un pitillito o beber un trago (estas dos cosas al escondido). Allá hicimos nuestras primeras fiestas, de las de antes, con música de tocadiscos, refrescos y patatas fritas. Los recuerdos son difusos y los nombres borrosos. Estaban un grupo de hermanas vascas, de las que recuerdo algunos nombres pero no los apellidos, Anemiren y Amaya eran dos de ellas; los hermanos Cuadrado y los Sarría, éstos también vascos, José Luis, Iñaki y Patxi eran algunos de ellos. También, aunque unos años menores, el citado José Luis, Juli, Alberto (de apellido Olivares, recuerdo a su hermana, pero no su nombre, y que me prestó un disco de Barry White que no sé si llegué a devolverle), y muchas y muchos más que los años han ido aparcando en algún rincón poco accesible de la memoria. Sí recuerdo que algunas y algunos de ellos formaban parte de los grupos que amenizaban con su música la misa de los domingos.

En la calle de Guillermo de Osma se ponía el mercado del barrio, de los de antes, con sus carretas para vender lo que llegaba de las huertas y del cercano mercado de Legazpi, plaza central de abastos de frutas y verduras. Después construyeron el mercado de dos plantas en la calle Miguel Arredondo, en lo que fue por mucho tiempo “la montaña” un refugio para jugar, esconderse y divertirse en aquellos lugares, de los de antes, que hoy ya no encuentras en esas tierras. El mercado se siguió llamando de Guillermo de Osma, creó que fue “bendecido” en su inauguración precisamente por don Eusebio, y hoy ya no es lo que era.

En la parte de atrás de mi casa todavía había chabolas con fuentes públicas, de las de antes. Callejuelas perfectas para jugar al escondite y a todos esos juegos de los de antes. El solar, parte trasera de los talleres Juliá, era el sitio ideal para jugar a las chapas, ya fueran carreras o partidos de fútbol; los arcos para pídola, churro-media manga-manga entera o al pingüino, y la plazoleta de José de Villarreal, de las de antes porque casi no pasaban coches, para jugar fútbol. Eso sí, teniendo cuidado con Manolo, el de la farmacia, y con Juanito, el lechero. Innumerables los balones, de los de antes, que nos quitaron en esos años. También estaba el zapatero, remendón, de los de antes, que creo que había sido, o era, en sus ratos libres policía o guardia civil. En esa plazuela, con nombre de un maestro albañil del siglo XVII, estaba el taller de televisores, de los de antes, que reparaban y producían y que nutría a todo el barrio. Ah, y ahí vivía Jomi (José Miguel), todo un personaje. Un amigo, de muy baja estatura, con un gran corazón y con una memoria de elefante, tan pequeño como gran forofo del Real Madrid. Él se reunía en el Goype con Palomeque, hijo de los porteros de ese número 2 de Rutilio Gacis; Andrés, al que llamaban el marqués por lo señorito; Paco, el del atleti, y otro montón de gente para jugar al dominó, al mus, al mentiroso u otros juegos de mesa, de los de antes.

Fachada del mercado de Guillermo de Osma (Malopez 21 – Trabajo propio CC BY-SA 4.0)

En ese mi barrio estaban el matadero y la nave de patatas, de los de antes, y la torre del reloj, hoy tenencia de alcaldía y centro cultural. Por allá contábamos con el cine Embajadores, en la calle del mismo nombre, y el América, en el paseo de las Delicias. Estaban el metro, la pastelería póker y la de la china y un montón de bares, el manzanares, el viñas (antes había sido un tinte encima del cual estaba mi colegio). Y el barrio de la China, hoy sede de la Caja Mágica, y toda la zona industrial con calles de nombres sonoros por lo metálicos: plomo, cromo, hierro, bronce. Ahí quedaba la sede de Enpetrol, antecesora de Repsol, y donde iba a jugar al hockey sala con mi amigo Daniel, hijo de la portera de General Ricardos donde vivían mi abuela y mis tíos. Acudí juiciosamente, de ocho a diez de la noche, hasta que en una ocasión una bola (macizas aunque forradas) me dio duro en el dedo gordo de un pie, no recuerdo cual de los dos, y ese deporte pasó a mejor vida.

También había probado antes con la natación en las instalaciones municipales de La Latina, cercana al Rastro, el barrio de casi toda la vida laboral de mi padre antes de adquirir el Goype. Allá nos hicieron pasar unas pruebas a mis amigos y vecinos de edificio, Manolo, no recuerdo su apellido, y Jorge Sánchez Morales (tal vez para compensar de este recuerdo los dos, o quizás porque fuimos muy amigos mucho tiempo). Después de hacer dos largos de aquella pileta de veinticinco metros, solamente me aceptaron a mí. Me seleccionó un entrenador cachas como él solo al que llamábamos Sancho Gracia por su parecido con el actor. Creo que mis tareas académicas en el Instituto Nacional de Bachillerato Cervantes, junto con la pereza de ir solo, me quitaron las ganas y me cortaron las aletas.

Pues sí, mi padre y don Eusebio, el Goype y la iglesia de la Beata. Personajes y lugares que, entre otros muchos con menor impacto en mi historia, daban vida a mi barrio, un barrio de los de antes. Luego me marché a Vallekas, otro barrio de los de antes al que considero también, por muchas y poderosas razones, mi barrio. Pero eso será otro relato, de los de antes.

Comuna 13

Una comunidad de vida

El color, el sabor, el olor y el sonido de un barrio que sigue apostando por sobrevivir frente a las embestidas de una realidad que se empeña en hundirles.

Por estos días la Comuna 13 de Medellín vuelve a ser noticia. Y como casi siempre, por temas de violencia. Se ha vuelto a recrudecer la sensación de inseguridad en la zona como consecuencia de los tiroteos con fuego cruzado por parte de las bandas criminales que dominan la comuna y que responden así a las intervenciones que desde la alcaldía se están llevando a cabo para intentar asestar un golpe a la delincuencia organizada.

La Comuna 13 de Medellín

Todo esto no es nuevo. La historia ha sido muy cruel con este sector de la ciudad de Medellín, lo que no es decir mucho puesto que la realidad ha violentado gran parte del territorio colombiano. La Comuna 13 tiene una particularidad, fue asaltada por el ejército y la policía con la ayuda de miembros del paramilitarismo, o por estos con la connivencia de aquéllos, que tanto da. Aunque eso tampoco añade mucho más, ya que eso se ha producido, por desgracia, en otro montón de lugares de Colombia. Pero en esta parte del país hubo cuatro de esas operaciones de asalto en el mismo año.

En el año 2002, el año de la llegada a la presidencia de la República del promotor de la “seguridad democrática”, sufrió cuatro “operaciones” perpetradas por el ejército con la ayuda de grupos de las llamadas autodefensas unidas de Colombia (simple y llanamente paramilitares) para, supuestamente, limpiar las calles y las casas de malhechores. La “Mariscal” en mayo, la “Potestad” en junio, la “Antorcha” en agosto y la “Orion” en octubre iban a pacificar el barrio.

Dieciséis años después, a la Comuna 13 no ha llegado esa paz que prometían quienes promovieron toda aquella violencia. Siguen produciéndose delitos de todo tipo y todavía hay temores para decir lo que se piensa y obstáculos para vivir sin sobresaltos. La supuesta paz que buscaban quienes apoyaron aquellas operaciones militares no ha llegado del todo y la población civil padece los rescoldos de una violencia injustificada. Las bandas criminales, de diverso pelaje y similar procedencia, unas escindidas de otras y en su mayoría formadas por paramilitares, mantienen una lucha por el poder y el negocio del crimen en un sector conocido por su mala fama, por las fronteras invisibles y la peligrosidad.

La Comuna 13 tiene esperanza

En mis dos visitas al barrio san Javier de esa comuna he encontrado otras realidades, lo que no quiere decir que no sean ciertas las violencias directas que no hacen sino opacar las otras violencias, las estructurales, las que mantienen las injusticias y repiten los esquemas de exclusión y marginalidad. Allá he visto, como en muchos barrios de otras ciudades del mundo, gente del común que nada tiene que ver con bandas ni violencias y que lo único que desean es vivir en paz, que aman su barrio popular y que luchan por romper el imaginario de delincuencia y criminalidad que les ha marcado. Que quieren dejar atrás un pasado de luto para poder mirar con tranquilidad esos azules cielos del valle de Aburrá.

En ese lugar hay otra realidad diametralmente distinta. Han pasado más de tres lustros desde aquellas trágicas intervenciones y la situación es otra. No sé si me atrevería a decir mucho mejor, pero sí muy distinta. No es un remanso de paz, pero le ha cambiado un mucho la cara y un poco el alma. O tal vez al revés, que es como decir todo y nada. Pero es diferente porque son distintas las miradas de sus gentes, una mayoría pacífica que le da sentido a los sentidos y cuya apuesta por la vida es tan grande que pareciera que cuanto más duro les dan, con más fuerza se levantan.

La Comuna 13 de Medellín no es única, existen muchas otras “comunas 13”. En Bucaramanga y Cali (Colombia) o en Buenos Aires (Argentina), pero la paisa es otra cosa. Es una de las dieciséis en las que está dividida la ciudad. De pronunciadas pendientes, sus escarpadas calles y los colores de sus casas pueden recordar a las favelas de Río de Janeiro. Con casi ciento cuarenta mil habitantes, según los datos del último censo oficial del DANE de 2005, hoy seguramente muchos más, es la más poblada de Medellín al tener cerca de veinte mil habitantes por kilómetro cuadrado. Más del sesenta por ciento de su población es menor de 40 años. Sus poco más de siete kilómetros cuadrados, distribuidos en veintiún barrios, se localizan a mil seiscientos cincuenta metros sobre el nivel del mar en el centro occidente de la ciudad.

Las pintadas para la convivencia

Vida en las calles y en las pintadas de la Comuna 13

En contraposición a toda la violencia vivida, el barrio tiene color de vida, sonidos de resistencia, olores de confraternidad, miradas de solidaridad y sabores de paz. Pintadas, músicas, eslóganes, bebidas, comidas y, sobre todo, humanidad. Una parte de ese “levantamiento” son los murales de sus calles. Las pintadas que embellecen las paredes y dan cuenta de esas ganas de vivir. Colectivos culturales del propio barrio se han empeñado en cambiarle el aspecto a una parte de la Comuna 13. Y lo han hecho apostándole a su recuperación, creando tejido social a partir de movimientos como el hip hop y todo lo que ello conlleva. A eso se han sumado tres intervenciones municipales que han ayudado a ese cambio de imagen de las lomas de la comuna: un parque, seis tramos de escaleras mecánicas y el corredor que, al final de las mismas, enlaza este barrio de san Javier con otros del sector.

Pese a que la población civil sigue llevando sobre sus hombros la pesada carga de los asesinatos, desapariciones, detenciones arbitrarias, desplazamientos y todo tipo de violación de derechos que han soportado, todavía tienen una ventana de esperanza para la recuperación del territorio. La de los colectivos que realizan los murales y los grafitis en un lugar que necesita de los colores para salir de la oscuridad a la que los poderes le han sometido. Pese a que siguen sin esclarecerse los hechos de entonces y no parece que nadie pague por lo que les hicieron, la gente desea pasar página para sobrevivir, dando sentido a ese habitus que conforman las callejuelas empinadas de su espacio vital. Una muestra de cómo un no lugar, por lo estigmatizado y excluido, puede convertirse en uno de los sitios más visitados por el turismo que llega a Medellín (lo que también conlleva sus pros y sus contras).

Esos grupos promueven su barrio, narrando otras historias a partir de las pintadas y dando a conocer otra perspectiva de la comuna y sus habitantes. Entre esos está “la cuatro trece”, una asociación que nos muestra la comuna de otra manera, para entenderla desde dentro y darla a conocer fuera sin recurrir a contar de la violencia y sus protagonistas, sino promoviendo la solidaridad y la construcción de tejido social para la paz. Lo que no significa que se ignore la historia, sino que creen que es mejor resaltar lo positivo y trabajar por un futuro con menos estigmatización.

“La cuatro – trece”, son calle de la comuna

“La cuatro trece” son un grupo de jóvenes que nacen en el barrio y lo viven desde la música, los grafitis, el baile, la fotografía y la cocina. Son hip-hop en estado puro, asumiendo las mezclas porque en la diversidad está la riqueza. Con su propuesta de “grafiti-tour” enseñan el barrio y cuentan sus cambios, recorren las lomas de un sector que es más visitado por extranjeros que por nativos. Esa es una de sus quejas, ¿cómo vamos a construir país si nuestras gentes no conocen sus calles?

A lo largo de ese camino cuesta arriba puedes disfrutar de una paleta de mango biche con sal y limón o de una limonada de café, mientras admiras los murales del recorrido, en el que también puedes adquirir recuerdos como postales, gorras o camisetas, y en el que te tienes que permitir el lujo de ser empapado por esas otras realidades que no cuentan los medios. Las existencias de un colectivo humano que sigue peleando por subsistir, que resiste y promueve un cambio social intentando salir de ese marca de “peligrosidad social”.

La gente de la Comuna 13 no quiere que se les pregunte por la guerra, quieren hablar de paz y que se les deje disfrutarla. Quieren ser escuchados y conocidos no por la espectacularidad de las noticias sobre violencia que se dan del barrio, casi siempre sin contexto, sino por el entorno y los sentidos de sus propias narrativas.

Cocinan, venden, producen, cantan y pintan conspirando por la paz, para que la busquemos dentro de cada uno y luego salgamos a compartirla en comunidad. Rapean por la unidad, la justicia, la fuerza, la resistencia, la memoria, el grafiti o el amor… en definitiva, comunidad y hip hop. Como dicen las letras de algunos de los rap de la comuna “La paz tiene un comienzo y se llama tolerancia; si respetas te respetan, todo empieza en casa”.

Menos intervención y más transformación. Ustedes pueden leer, oír o ver mucho sobre esa comuna, y puede que muchas cosas sean ciertas, pero otras no tanto. Porque no nos hablan de las gentes sencillas, de las cosas comunes, de las vecinas guisando o cantando, de los perros subiendo las escalas, de los gatos en las ventanas o de los mensajes en sus fachadas. Por eso “no coman cuento” y vayan a visitarla dispuestos a mojarse en ella. No la critiquen sin conocerla.

Esta nota no quiere ser una invitación al turismo, aunque bienvenido sea si contribuye a su conocimiento y difusión más allá de lo “chic” de haber estado en un lugar proscrito. Lo que se pretende es dar a conocer un poquito de aquella otra realidad, la de un barrio y sus gentes. Gentes de barrio, con sus riquezas y sus miserias, las propias, no las impuestas; personas que quieren ser y estar en su barrio, con sus iniciativas para soñar, con sus ganas para vivir.

Nuestra América en la Comuna 13

Merece la pena llegar en metro hasta la estación san Javier para continuar en un colectivo hasta donde el barrio más se empina. Desde ahí una caminata por una comuna de colores, de los colores de la gente y de sus paredes. Lugar de visita obligada para amantes de las pintadas, los grafitis te gritan sus alegorías y metáforas. Un barrio del color que da la vida, del color de la alegría que es vivirla para superar, sin olvidar, las desgracias padecidas. Y no es que todo sea de color rosa, la realidad sigue teniendo una paleta de colores tristes por las injusticias y las inequidades. Las violencias continúan manchando de rojo las calles, pero los corazones de las gentes de este barrio se siguen pintando de verde esperanza.

Son personas de las calles del barrio, como los de la 4-13. Por eso trabajan por recuperarlas y construir ciudadanía y justicia social. Hoy siguen luchando por la memoria y por la vida, marchan por la paz y la justicia y gritan sus deseos por una convivencia pacífica. Entre las palabras tal vez más escuchadas hay una que retumba por encima de otras: “quisiera”. Un pasado imperfecto que quieren superar en forma de un subjuntivo que sigue manteniendo el deseo en mera virtualidad, en algo todavía inalcanzable, pero hacia lo que se arriesgan a caminar.

Así nos lo cantó Kbala, uno de los miembros de “la cuatro trece”, con su rap

Kbala-lo-que-quisiera

el mundo entero sin hambre y sin miserias

que las noches terminen sin balaceras

que los niños puedan jugar en las aceras

esto es lo que quisiera, esto es lo que quisiera

quisiera que el amor gobernara nuestro mundo

quisiera ver el odio acabarse en un segundo

quisiera que la paz no sea una ilusión perdida

quisiera no haya muerte y que reine aquí la vida

quisiera que los hombres despertaran al presente

el ambiente en el que vivimos está vivo y se siente

quisiera la intolerancia olvidada en el pasado

quisiera que el perdón como don sea entregado

quisiera que fronteras entre naciones no haya

quisiera que por fin hablen los que siempre callan

quisiera que quisieras todo lo que yo quisiera

y que juntos tú y yo hoy cambiáramos la Tierra

Quisieran, quieren y querrán. Ganas de vivir y de transformar llenando las fachadas de pintadas plenas de color, de memoria, de deseo e ilusión. Las pintadas, como medio de comunicación ciudadana que son, pueblan las paredes de sus calles, sus particulares medios de expresión, en las que demandan ser, formar parte de y tener el reconocimiento y la paz que todo ser humano se merece. Eso también es la Comuna 13.

Esperemos que la luz de la luna ilumine de paz las calles y, sobre todo, las cabezas.

 

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