Siempre es 26

Cuba nuevamente en la palestra de la actualidad como objetivo mediático

(publicado en Mundo Obrero el 27 de julio de 2021)

La ideología es motor para avanzar y vencer y en cuanto a la ideología para nosotros siempre es 26. Como reza la canción de Carlos Puebla, siempre es 26; y Cuba siempre es motivo de crítica, independientemente de la fecha, y cualquier ocasión es aprovechada para intentar tumbar la resistencia al capitalismo, o lo que sea que lleva haciendo la revolución desde 1959.

(foto: Iñaki Chaves)

Que si dictadura, que si el único reducto del socialismo, que si falta de libertades, que un ejemplo en la salud y la educación, que si sí o que si no. Cualquier motivo es bueno para volver la mirada a la isla y atacar su actuar, sobre todo si con ello desviamos la atención sobre otros asuntos.

Con Cuba todo es un choque. Para los que seguimos creyendo en otro mundo posible y mejor, el país que tumbó a un dictador y sus prácticas de lujo y de explotación y que fue capaz de rechazar una invasión de su vecino del norte sigue siendo un referente, con todos sus peros, de que las cosas se podrían hacer de otra manera.

Hoy parece que es trasnochado defender a Cuba y su revolución, o lo que queda de ella, o a su sistema político y social, tan al margen de las otras formas de gobernar de los países “demócratas”.

Opiniones

Dice Zibechi que ya no es tiempo de revoluciones como la cubana, que ahora se necesita contar con los otros protagonistas: juventud, colectivos medioambientales, grupos lgbti… todo eso “alternativo” a lo habitual. Puede que esté en lo cierto.

Por otro lado, Frei Betto afirma que la ruleta de las urnas, depositando un voto cada cuatro o x años no garantiza la democracia. Puede que tenga razón.

Y Pascual Serrano escribe que “Hemos pasado de unas dictaduras donde se ocultaba la información en nombre de la seguridad del Estado a unas ´democracias` donde se difunde información falsa en nombre de la ´libertad`. Lo que es bastante certero.

Lo que sí creo es que no podemos utilizar los raseros de medir en función de los intereses particulares y de los tiempos concretos que hagan que se ajusten a lo que queremos. Cuba resiste, pese a todo, en las condiciones que casi todo el mundo conoce, y el que no, se las inventa según lo que quiera respaldar.

Los hechos

En Cuba hay un bloqueo que dura seis décadas, eso es innegable que afecta al “normal” funcionamiento de cualquier colectividad. Además de ser una “excusa” para quienes defienden la revolución y una “casualidad” para quienes la atacan. Los primeros quieren que desaparezca el embargo para poder funcionar con “libertad”, y los segundos le apuestan a que el bloqueo se levantará cuando la mayor de las islas del Caribe acepte las elecciones “libres y democráticas”.

Entre tanto, producen vacunas contra la actual pandemia, pero no cuentan con suministros para inyectarlas. Esta carencia es “culpa” de la revolución, el logro médico no es un triunfo del sistema.

Durante años el personal médico cubano ha estado prestando su apoyo en cualquier lugar del mundo sin pedir plata a cambio. Que algún miembro de sus equipos sanitarios aproveche la misión para pedir asilo es una muestra de que la revolución no funciona. Que los demás regresen y se sigan formando como especialistas reconocidos mundialmente no es un valor del régimen socialista cubano.

Los medios

A estos, por lo general, hay que darles de comer aparte. Es aparecer un tema relacionado con Cuba en la palestra informativa y se lanzan como aves carroñeras a ver qué pueden arrancar y cómo acaban con la revolución desde sus púlpitos. Pero, la mayoría de las veces sin criterio y sin poner en contexto las realidades.

Por ejemplo, una frase en The New York Times edición digital del 13 de julio de 2021 al hilo de las “numerosas” y “nutridas” manifestaciones en la isla contra sus gobernantes:

“En todo caso, como reporta desde Washington nuestra colega Lara Jakes, la inestabilidad en la región obliga a la Casa Blanca a encarar los desafíos a las democracias vecinas”.

¿La Casa Blanca “obligada”, por culpa de los “desafíos” de las “democracias vecinas”? El mundo está lleno de políticos ambigüos y sus sesudos eufemismos con los que suavizan lo que quieren o agravan lo que no les gusta. Y no lo digo por las “democracias vecinas”, tal vez se les ha ido una errata al meter en esas democracias a Cuba, sino por esas otras “democracias oficiales”, miren a su alrededor, que cada vez lo son más en el papel, pero no para sus gentes y en las calles.

Otra frase de tintes poéticos: “Ya llegó la temporada de huracanes y el Caribe se ha convertido en escenario de un vendaval de inestabilidad y tormentas políticas”.

Algunas con medias verdades: “Haití sigue intentando averiguar quién está detrás del asesinato de su presidente, Jovenel Moïse, ocurrido la semana pasada, mientras distintas facciones políticas se disputan el control del país”. ¿Pero no hay ya detenidos varios militares colombianos? Perdón, exmilitares. ¿Se acuerdan de las cortinas de humo de la película Wag the dog, o de las estrategias de manipulación masiva de Tymsit?

O con afirmaciones tendenciosas: “Cuba, por su parte, es escenario de protestas inéditas: las manifestaciones del domingo, una expresión de descontento ante la escasez de alimentos y medicinas, rápidamente fueron reprimidas por la policía”.

¿Dónde quedan las manifestaciones, mucho más numerosas, de quienes respaldan la Revolución?, ¿dónde el reconocimiento a la labor médica cubana con, incluso, sus dos propias vacunas para la covid-19?, ¿qué hay de esa educación pública, gratuita y de calidad para cualquier cubana y cubano?, ¿qué efecto tendría en otro lugar el bloqueo interminable, como la historia de Ende, y del que nos olvidamos cuando interesa?

Esperen, que hay otra frase más fuerte: “Joe Biden, expresó su solidaridad con los ciudadanos al declarar: ´Apoyamos al pueblo cubano y su clamor de libertad y alivio del yugo de la pandemia y de décadas de represión y sufrimiento económico al que ha sido sometido por el régimen autoritario de Cuba`”.

Eso en el país en el que puede ocupar la presidencia, y eso significa que la población le ha votado porque allá si hay una “verdadera” democracia, aunque no sea el pueblo el que elige directamente a su presidente, cualquier descerebrado negacionista, tanto del cambio climático como de la pandemia; en el que un grupo de “ciudadanos cabales” asalta el Congreso disfrazados; en el que un huracán muestra sus carencias y su falta de sanidad pública de calidad para las personas menos favorecidas; en el que siguen promoviendo el racismo con el que no dejan respirar, sobre todo a la población afro y menos aún a los pocos miembros de los indígenas originarios que quedan, y en el que el uso de armas se ve como un derecho aunque causen decenas de muertes de gente inocente todos los años. Ah, y que acepta como si nada los daños colaterales; que invade otros países independientes por la más mínima sospecha de que cuentan con armamento del que ellos venden; que tortura en sus bases repartidas por todo el mundo; que tumba regímenes por no ser, en su opinión, “democráticos”, para instaurar otras dictaduras; que ve enemigos en aquellos países que tienen petróleo bajo las arenas de ellos… en fin, todo un ejemplo. Y a eso se añaden los adláteres, que son muchos, que en el mundo siguen sus diatribas y tejemanejes.

Las cifras

En el mismo medio de información: “Por estos días, el país vive unos de los momentos más críticos de la pandemia: el viernes rompió su récord de casos y el día de las protestas, el domingo, volvió a romperlo. Ahora la isla registra más de 34.000 casos activos del coronavirus”.

Según datos de la Johns Hopkins University, para nada sospechosa de revolucionaria, y uno de los organismos que ha hecho un seguimiento juicioso a la pandemia y su evolución en todo el mundo desde sus inicios; a las 10:48 hora de Colombia, 17:48 hora española del lunes 26 de julio, los casos mundiales de coronavirus eran de 194.354.288, las muertes en todo el planeta alcanzaban la cifra de 4.163.220. Por territorios, en EE. UU. había 34.453.851 positivos por covid-19 con 610.912 personas fallecidas; mientras que, en Cuba, las afectadas eran 332.968 y las muertas 2.351. Hagan sus cuentas del número de muertes por el número de afectados y verán en qué país golpea más duro la pandemia.

Claro que dirán que las cifras en la isla estarán manipuladas por los diablos comunistas. En fin: ¡Viva la paz, pero la que implanten ellos!; ¡viva la libertad, pero no la de los demás!

El otro 18 de julio

Día Internacional Nelson Mandela

Publicado en Mundo Obrero el 19 de julio de 2021

Ese día de 1918 nacía en Mvezo (Sudáfrica) Nelson Rolihlahla Mandela, también conocido como Madiba.

En 2009, mediante la resolución 64/13, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió nombrar el 18 de julio como el Día Internacional Nelson Mandela para rendir tributo a un defensor de la paz, la democracia y la libertad. Madiba fue, durante toda su larga vida, un ciudadano universal y un servidor y defensor de las libertades públicas, la paz y los derechos humanos.

Un estadista de talla mundial y un humanista que fue capaz de mirar a sus enemigos a los ojos y ponerse en su lugar para tratar de comprenderlos. Un líder que poseía, como escribió Todorov, “una extraordinaria combinación de sentido político y virtud moral” y un político capaz de reconocer que no lograría sus objetivos, difíciles, de paz y reconciliación si tomaba el camino, fácil, de la venganza.

Él ha sido uno de mis “navegantes”, una de las personas que ha marcado las rutas de mi travesía y que le ha aportado sus valores intangibles al ideal de construcción de una sociedad más libre, más respetuosa y socialmente más justa. Con su lucha y sus acciones inspiró y llevó a cabo un verdadero cambio social, una metamorfosis que consiguió tumbar el racista y excluyente sistema político del apartheid sudafricano, que se convocaran elecciones libres y ser elegido el primer presidente negro de Sudáfrica.

A pesar de los veintisiete años que permaneció en prisión, Mandela estaba convencido de que: “Lo más fácil es romper y destruir. Los héroes son los que firman la paz y construyen”. Me atrevo a sugerir que ese es el camino del que debían tomar ejemplo muchos países, incluida España, con esa deriva fascista que se está imponiendo en las calles y en cierta parte de la política y de los medios, y también Colombia, cuyo acuerdo de paz de 2016 está siendo continuamente pisoteado y cuya sociedad sigue expuesta a la exclusión y al arbitrio de unos gobernantes ciegos y sordos frente a las realidades de su país.

Para alcanzar la paz social son necesarias la memoria y el diálogo

Mandela hizo de la cultura del diálogo el eje central de su actividad política, poniendo la reconciliación y los principios por encima de la venganza y el poder. Eso es lo que su figura ha inspirado a miles de personas en el planeta, su apuesta por la esperanza por encima del miedo y por el desarrollo equitativo para su país por delante de las prisiones a las que le condenaron en el pasado.

A Colombia parece que no le ha servido de mucho, o de casi nada, el premio Nobel de la Paz concedido en 2016 al anterior presidente de la República. Algo muy en la línea con ese particular realismo mágico colombiano, con esa realidad maravillosa y trágica que supone dar un premio a la paz al mandatario de un país en guerra.

Menos mirar el patio del vecindario para criticar y más tomar conciencia de lo que hay en el jardín de tu propia casa. Mandela es el ejemplo; por eso, celebremos el otro 18 de julio.

Desobediencia

La resistencia pacífica frente a la violencia del poder

(publicado en Mundo Obrero el 14 de junio de 2021)

La desobediencia civil forma parte intrínseca del ejercicio de la ciudadanía como un derecho, una manera de estar en contra de las leyes injustas; aquellas que excluyen, marginan y mantienen la desigualdad latente en la sociedad. También forma parte de la lucha contra la inacción, la omisión o la dejación de funciones para activar políticas incluyentes e igualitarias.

Las manifestaciones que se llevan dando en Colombia desde el pasado 28 de abril se pueden considerar desobediencia civil porque cumplen con las dos premisas que señalaba Fernández Buey de que se ejerza públicamente y que se haga de manera pacífica. Aunque se les acuse de vandalismo como estrategia comunicativa para poner en su contra a esa población mediáticamente analfabeta. Además, las personas y colectivos en lucha son conscientes de sus acciones y están comprometidas con la sociedad colombiana. Su comportamiento no está “movido por el egoísmo personal o corporativo, sino por el deseo de universalizar propuestas que objetivamente mejorarán la vida en sociedad”.

Aceptan la democracia, pero no esa que están poniendo en práctica sus gobernantes. Ejercen la desobediencia civil y la resistencia como parte esencial de esa supuesta democracia participativa reconocida en la Constitución Política de 1991:

“El pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano (…) y con el fin de fortalecer la unidad de la nación y asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo”.

Las acciones ciudadanas en marcha son una manera de poner en la calle el artículo 95.5 de su constitución (Participar en la vida política, cívica y comunitaria del país) y de profesar lo establecido en el 95.4 (Defender y difundir los derechos humanos como fundamento de la convivencia pacífica).

El Gobierno colombiano, por el contrario, parece desconocer su propia carta magna y se enroca en ser un poder sordo sostenido contra toda decencia democrática por un brazo armado que conculca sistemáticamente los derechos civiles. Un Gobierno que se ha encontrado con la fuerza de una movilización ciudadana que, pese a las acusaciones infundadas sobre vínculos guerrilleros, castrochavistas o revolucionarios, está cimentada en la solidaridad y el compromiso del pueblo con la lucha por una vida digna.

Apelar al deterioro de las fuerzas de producción por culpa del Paro Nacional es ignorar que esas fuerzas son (Sacristán dixit) más de destrucción (de la dignidad de la clase trabajadora, del empleo decente o de la naturaleza, entre otras) que de creación de verdaderas condiciones para el crecimiento de la población y del país.

De H.D. Thoreau, pasando por L. Tolstoi, M. Gandhi o M. Luther King, hasta llegar a A. Haidar y a la joven G. Thunberg, la ciudadanía colombiana movilizada está dando muestras de su desobediencia civil legítima y justa. La plataforma El Derecho a No Obedecer, “de iniciativas ciudadanas para explorar nuevas formas de participación desde la desobediencia”, ha creado, con motivo de estas acciones ciudadanas, la campaña Expulsar para Soñar cuyo objetivo es “conversar sobre la importancia de los símbolos y las nuevas narrativas como una acción de Expulsión No Obediente”, proponiendo dejar de lado las agresiones y los egoísmos para construir solidaridades que transformen la sociedad.

Un proyecto de “formación política no electoral” que se inspira en la obra de Fernando González, el brujo de otra parte, el caminante a pie que afirmaba que “en Colombia hay muchos doctores, muchos poetas, muchas escuelas y poca agricultura y pocos caminos”, lo que hacía que faltara pensamiento crítico “Los pueblos en los que la juventud no piensa, por miedo al error y a la duda, están destinados a ser colonias”.

El denominado paro nacional que lleva vigente en Colombia desde hace ya cuarenta y cinco días es una muestra palpable de que, por fin, el pueblo ha decidido pensar y poner en marcha lo que su pensamiento le está diciendo, que hay que luchar contra las injusticias, que ya está bien de crímenes de Estado, de desapariciones forzadas, de violación de derechos y de desigualdad social.

Camus respaldaba, con su defensa a ultranza de un periodismo libre, el derecho de la ciudadanía a construir su propia libertad. El autor argelino ponía la desobediencia como uno de los requisitos para ejercer libremente el periodismo “Frente a la creciente marea de la estupidez, es necesario también oponer alguna desobediencia”, defendiendo “servir a la verdad en la medida humana de sus fuerzas” o “al menos rechazar lo que ninguna fuerza le podría hacer aceptar: servir a la mentira”.

Desobediencia en las calles colombianas

Por su parte, Fernández Buey, al analizar la propuesta desobediente de Gandhi, afirmaba que: “la desobediencia civil no comporta anarquía sino crecimiento social, siempre que el Estado reprime la desobediencia civil lo que en realidad está haciendo es tratar de aprisionar la conciencia”. Para el autor español, la desobediencia civil es “una forma excepcional de participación política en la construcción de la democracia”.

Un recuerdo para un desobediente colombiano que nos ha dejado: don Raúl Carvajal, un ciudadano que se pasó meses con su furgoneta aparcada en la carrera séptima con la actual avenida Misak denunciando y reclamando justicia por la muerte de su hijo soldado por no acceder a entrar en la práctica criminal de los falsos positivos.

Tal vez la pregunta que todo el mundo debería plantearse es la que el maestro Gonzalo Arango se hizo, y le hizo, a Desquite “¿No habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?”

¡GRACIAS, JMB!

Al Jesús, al maestro que no se va y al amigo que no nos deja

Pensé dejarlo solamente así, un grande, sencillo y contundente ¡GRACIAS!, pero creo que a él le debo explicárselas, puesto que fue lo último que me escribió en un correo electrónico: “Muuuuuuuuchaaaaaaaaaas gracias, Iñaki”.

Gracias a ti, al Jesús

Por tu mestizaje fruto de la circunspecta meseta castellana y la abierta sabana bogotana

Por sentir ese escalofrío epistemológico que te llevó a pensar que había que cambiar el lugar desde el que nos hacemos las preguntas

Por mezclar tu alma filosófica con tu corazón comunicador

Por tus palabras y tus acciones

Por meterle país a la universidad

Por tus cartografías nocturnas para construir sentidos

Por ser ese guerrero que nos invitó a soñar, o sea a reinventar el mundo y la vida

Por tu poesía crecida al frío de las cartillas de racionamiento y al calor de tu madre

Por haber clavado los cordeles de tu tienda, junto a Elvira, en las tierras colombianas

Por enseñarnos que el amor es el revés del tiempo

Por tus collages viajeros y sus historias, desde Benjamin a Ricoeur, anclados en tu estudio

Por preguntarnos ¿A qué sabe algo que tiene el sabor de muchos años?

Por todas tus mediaciones que han articulado tanto y han influido a tantas y tantos

Por todo lo que nos has enseñado en tu fructífero y machadiano caminar

Por devolverme “un chorro de luz latinoamericana” para que trazara “caminos sobre la mar”

Por respaldarme, por trabajar conmigo, por prologar mi libro…

Por estar ahí, por ser un MAESTRO, por ser un AMIGO

Gracias, sin más y sin punto final

Hasta siempre, el Jesús

Las nuevas narrativas

Son las voces y las imágenes de la nueva Colombia

Las voces del cambio están en las calles de todo el país. Siempre habían estado ahí, pero ahora lo hacen con el protagonismo que merecen, no en un papel de sumisión, de adormecimiento o de sufrida resiliencia, sino de lucha y resistencia.

Imagen tomada de las redes virtuales

Son las narrativas de primera línea: de jóvenes, de indígenas, de sanitarios, de madres e, incluso de abogados y de curas. Sí, definitivamente, algo está cambiando. Los cuerpos cansados de aguantar salen a las calles a marchar arriesgando su vida para que se les escuche. Para que gobernantes sordos y enquistados se den cuenta que el mundo se metamorfosea y ellos siguen en sus cuevas de “gente de bien”, con sus carros imponentes e inútiles, sus joyas tan lujosas como sosas, sus trabajos a los que no van, pero les rinden y sus casas que no llenan porque les sobran.

Mientras, en las calles, son las otras identidades, tan excluidas de la sociedad como desconocidas por el poder, las que reclaman libertades y derechos, pacíficamente, sin más armas que sus cuerpos y sus carteles y sus ganas de tener una vida digna. Van armadas y armados de esperanza. Son las otras gentes, las que no tienen ni carros, ni joyas ni casas, pero tienen compromiso y solidaridad para revertir una situación que se hace eterna e insostenible.

Esas personas ponen sus cuerpos y sus voces a las nuevas narrativas con las que, conformadas en asambleas populares, expresan lo tantas veces no escuchado. Todas ellas creen que otro mundo es posible y mejor, y que la paz, que como el verde es de todos los colores y sabores, está ahí para alcanzarla, para que deje de ser esa quimera esquiva, esa asíntota a la que llevan años acercándose sin llegar a obtenerla.

Es el momento de cambiar la historia. Estos son algunos de sus gritos para conseguirlo:

Si no puedes abrir tu mente, cierra la boca.

No somos los de antes, somos los de hoy en adelante.

La paz es de la gente, y no precisamente “la de bien”

Vamos a pintar hasta que escuchen

Si aquí la gente para, el Estado dispara por la orden del para

La dignidad no tiene precio

Quienes solo tienen aspiraciones individuales, jamás entenderán una lucha colectiva

Nunca seré tombo

Viva el paro, no más paras

El pueblo no se rinde, carajo

Fuerza, pueblo

Juntos sin miedo.

La lucha es un poema colectivo

Nos recordamos en los corazones

Como señala la revista Hekatombe, Colombia es “un estallido social contra el no futuro”.

La colombianidad se ha tomado las calles para llenarlas con pintadas, carteles, música, poesía, cultura popular de las y los de abajo que se han cansado de ser figurantes y quieren ser protagonistas de su historia y la de su país, le pese a quien le pese y le duela a quien le duela.

Ellas y ellos son las voces que faltaban en los discursos, son las manos que levantan ilusiones y demandas y que también tomarán las papeletas para alcanzar el cambio.

No más abstencionismo, no más pasotismo. La vida es con todas ellas y tienen mucho que decir. Son las nuevas narrativas de la nueva Colombia, la que siempre ha estado ahí: mestiza, afro, indígena, femenina, lesbiana, marica, heterosexual, ciudadana y política. El pueblo entero. ¡Fuerza, fuerza!

Las nuevas narrativas

Sin ética ciudadana

La realidad sigue superando a la ficción en los sucesos que se viven estos días en Colombia

A la falta de ética de los poderes públicos y de las fuerzas del orden se suma la ausencia de la misma entre una parte de la población, mínima pero poderosa, que con sus acciones fomenta el odio y los enfrentamientos.

Manifestante durante las marchas de enero de 2020 en Bogotá (foto: Iñaki Chaves)

Mientras la población más vulnerable y vulnerada del país se manifiesta firmemente, desde hace ya viente días, por sus derechos ignorados desde la colonia, existe esa otra parte de gente que aplaude las actuaciones asesinas del esmad y que quisiera acabar no solo con los paros y las manifestaciones, sino con las personas que los realizan y apoyan.

Dos casos de extrema gravedad se han dado en el país en este fin de semana.

En Barranquilla, capital del departamento del Atlántico, un grupo de personajes en el anonimato ha hecho circular un panfleto en el que piden incendiar sedes de organizaciones sociales, a líderes y lideresas civiles y a docentes que se hayan manifestado a favor de la Minga indígena y del paro nacional en marcha. Entre las instituciones señaladas y en peligro está el Foro Costa Atlántica.

En Cali, departamento del Valle del Cauca, una doctora ha tuiteado su deseo de que las autodefensas, grupos paramilitares al margen de la ley pero que históricamente han actuado con la connivencia del Estado, maten a unos mil indios, unos poquitos según esta docta señora, para acabar con las marchas indígenas.

Después de que Noticias Uno lo denunciara, la galena ha pedido que se respete su intimidad y no se difunda su nombre. Pero no se ha retractado. Olé su código deontológico (por cierto, se ha sabido que su apellido es Rojas, para que no pidan cita con ella).

Mientras tanto, la Policía, el Ejército y los escuadrones antidisturbios siguen actuando impunemente y con excesos de todo tipo frente a la población desarmada y pacífica. Y el Gobierno continúa haciendo mutis por el foro e ignorando su responsabilidad en todos estos actos desproporcionados e incívicos más propios de cualquier dictadura de esas a las que les gusta señalar y que no quieren que contamine su “limpia y pura” democracia.

Internacionalmente algo se está moviendo, con marchas ciudadanas y acciones, hasta ahora con poca repercusión, de personajes públicos que piden parar estas masacres. Estados Unidos, el único ente al que los gobernantes colombianos rinden pleitesía y que podría parar todo esto, y Gran Bretaña han pedido suspender parte de la ayuda que destinan a Colombia. Pero no es suficiente, hay que seguir denunciando estas situaciones (también la que se vive en Palestina), presionando a los países y organizaciones internacionales y promoviendo una ética mundial y una paz verdadera, que es mucho más que la ausencia de guerra.

Una vez más la ciudadanía da una lección de madurez, de inteligencia colectiva y de compromiso con la vida, las libertades y los derechos. A ver si los gobiernos aprenden.

A parar para avanzar, ¡viva el paro nacional! Aunque en Colombia protestar sea de alto riesgo.

¡A parar para avanzar!

Toda la contundencia en una frase que sintetiza las acciones políticas de la ciudadanía colombiana en estas dos semanas de movilización social

A la violencia policial se ha sumado en estos últimos días la civil, la de aquellos que creen que el país es de ellos, del innombrable y su cohorte de súbditos, y que hay que acabar con el “comunismo” que vive dentro del colectivo estudiantil y con la “ignorancia” que anida en la población indígena. Pero eso tampoco mina la moral de las y los manifestantes; al contrario, les da más fuerza porque se demuestra que sus quejas tienen motivos suficientes para arriesgar la vida, por la paz. Están saliendo a la luz la identidad de quienes explotan y asesinan, con o sin uniforme, a una población que se ha cansado de aguantar.

Imágenes tomadas de cuentas de Instagram que siguen las movilizaciones

En esas acciones pacíficas destaca, por su compromiso y alegría en la desgracia, una juventud que debe ser ejemplo de dignidad, resistencia y lucha para muchas otras. Es tiempo de creer en ideales que nos sitúen en un horizonte de ilusión para combatir la indecencia de un sistema que nos oprime mientras nos hace creer que tenemos algo.

Por eso quiero mostrar, desde la palabra escrita, todo mi apoyo a las movilizaciones que se siguen produciendo, contra viento y marea, en Colombia. “Si abrí los labios para ver el rostro / puro y terrible de mi patria, / si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra” (Blas de Otero).

Hay en esas manifestaciones un respaldo especial y emocional a toda la movilización social en marcha: la creatividad artística de la población. Las pintadas, los carteles y demás expresiones gráficas ciudadanas dan empuje y ánimo a las demandas. Convirtiéndose, además, en objetivo obligado de la prensa, tanto nacional como internacional, que tiene en esos afiches un compendio de sabiduría, información y memoria. “Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir” (José Saramago).

En Colombia, la moneda de la ruleta de la vida siempre cae del lado del sello (cruz). La cara queda para los poderosos y sus secuaces. Pero en esta ocasión no importa el valor, el color o el rostro de la moneda. Lo que importa es la motivación para seguir lanzándola al aire, aunque muchas veces salga del lado que no queremos.

Imágenes tomadas de cuentas de Instagram

Al igual que en el mayo francés de 1968 o en el mayo español de 2011, el mayo colombiano de 2021 está vivo en las calles con las pintadas que acompañan las marchas. Grafitis contra balas, carteles contra escudos y palabras contra cabezas huecas y sordas. Colombia está despertando, está parando para avanzar, para que paren las masacres y para que nos encontremos en los corazones.

Hay que reivindicar la identidad ancestral de las poblaciones originarias y el mestizaje de la mayoría silenciosa colombiana. Señores gobernantes, como escribiera el gran Arturo: están en el país donde el verde es de todos los colores. No es solamente blanco o negro, y hoy las gentes están mostrando toda la gama de grises que conviven y que quieren hacerlo en paz, con esperanza de futuro. “(…) pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia, / hoja sola en que vibran los vientos que corrieron / por los bellos países donde el verde es de todos los colores, / los vientos que cantaron por los países de Colombia” (Aurelio Arturo).

Caen tópicos y falsedades a la vez que se derrocan estatuas que ensalzan el sufrimiento infligido a la población desde la época del encubrimiento de los otros “La modernidad (…) nació cuando Europa pudo confrontarse con ´el otro` y controlarlo, vencerlo, violentarlo; cuando pudo definirse como un ´ego` descubridor, conquistador, colonizador de la alteridad” (Enrique Dussel).

En esas han de derrumbarse las falacias del poder y democratizar la sociedad desde abajo. No queda otra si se quiere acabar con la desigualdad, con la inequidad y con las brechas sociales que actuaciones como las que se combaten con estos paros no hacen más que agrandar.  

Imágenes tomadas de Instagram

Colombianas y colombianos, estudiantes, sindicalistas, docentes, afrodescendientes, indígenas, mujeres, hombres, colectivos lgbti, jóvenes y no tanto: sean realistas, sigan pidiendo lo imposible hasta que se pueda realizar; no se dejen quitar los sueños, que no caben en sus urnas ni en sus bolsillos; prohíban prohibir, mejor deseARTE paz; que la belleza está en las calles, en sus gentes y en sus expresiones; que no hay arepa pa´ tanto chorizo (corrupto); que al pueblo se le respeta, carajo; sigan sembrando rebeldía para recoger dignidad; guardia, guardia, fuerza, fuerza.

A parar para avanzar.

Otro crimen más

Un nuevo asesinato, y van 37 documentados por la ONG Temblores en los ocho días de manifestaciones.

Durante las jornadas de protesta en Colombia contra el Gobierno y las actuaciones de la Policía una de las personas que ha muerto asesinada es Lucas Villa, estudiante, ciudadano y manifestante.

En la esquina superior derecha una imagen de Lucas Villa.

“Nos están matando en Colombia”. “Nos recordamos en los corazones”. Son dos frases premonitorias, dos frases para la historia y la memoria. Las dijo Lucas Villa, estudiante asesinado por civiles desde un carro en Pereira (Colombia) el 5 de mayo durante una de las movilizaciones de estos días. Era una persona pacífica a la que se veía en manifestaciones animando y bailando, saludando al ESMAD, haciendo pedagogía de la paz y de la situación del país en los buses. Se le puede ver y escuchar en multitud de videos que ahora circulan por las redes.

Una persona más asesinada por las fuerzas del orden y sus adláteres, disfrazados o infiltrados; cuesta llevar la cuenta. Este es el desorden en el que quieren convertir el país para justificar la violencia y acabar con la rebeldía de las gentes que ya se cansaron de la resiliencia y quieren existencia, digna y en paz; derechos civiles, pan y trabajo, y libertades públicas, entre ellas de manifestación y de expresión.

Recordemos que las marchas no sólo son contra la reforma tributaria del Gobierno, ya retirada para volver, seguramente, disfrazada e igual de injusta, sino también contra la violencia policial; contra la desigualdad e inequidad presente en todos los ámbitos de la sociedad; contra el incumplimiento de los acuerdos de paz de La Habana de 2016, que nunca fueron del gusto de la derecha gobernante, y contra el asesinato sistemático de líderes y lideresas sociales.

La citada organización social, que se ha reunido con la Misión de Verificación de las Naciones Unidas para solicitarle la creación de una comisión de seguimiento de los casos de violencia policial y que realice un informe que respalde la petición al Gobierno de que cesen los actos violentos de las fuerzas de seguridad, contabiliza, además de las personas fallecidas, más de 80 desaparecidas, 831 detenciones arbitrarias, 222 víctimas de violencia física  y 10 de violencia sexual, entre otros desmanes policiales. Pero los vándalos son los manifestantes.

También recomienda a la ciudadanía volver a sus casas antes de las 18:00 h., seguir sus guías para documentar casos de violencia y que utilice sus canales de denuncia y de asesoría legal: https://www.temblores.org/grita, info@temblores.org, +57 313 677 9720.

No más violencia policial. No más muertes sinsentido. No más guerra contra el pueblo.

¡Vergüenza!

¿Dónde están las democracias y sus demócratas?

Colombia está pasando por uno de los momentos más vergonzantes de su historia reciente y no hay una reacción internacional denunciándolo con contundencia. ¿Dónde están las Naciones Unidas? Apenas algunas declaraciones tibias y tardías.

¡Ay, si fueran Cuba o Venezuela!

El país del sagrado corazón está asesinando y desapareciendo el cuerpo y el alma de su valor más importante: la juventud. Una juventud educada pero ignorada, una juventud pacífica pero violentada, una juventud crítica pero criticada. Para el Gobierno colombiano solamente son una panda de vándalos.

Frente a una reforma tributaria regresiva e injusta, de momento retirada, que es solamente la punta de un iceberg de las graves injusticias sociales que se viven en el país, la población, pese a los riesgos de la pandemia, ha salido a las calles a marchar y a protestar pacíficamente. Sí, en paz. Aunque los medios, nacionales y los pocos internacionales que hablan de ello, se fijen únicamente en los desmanes de unos pocos y sean más importantes los contenedores y las vidrieras que las vidas y los crímenes del Estado y sus secuaces contra la ciudadanía inocente.

Según datos de la ONG Temblores durante estos días de movilizaciones que iniciaron el 28 de abril, y hasta el 4 de mayo, se han producido 1.443 casos de violencia policial, 31 asesinatos, 814 detenciones arbitrarias de manifestantes, 216 víctimas de violencia física y 10 de violencia sexual por parte de la fuerza pública. A eso habría que sumar las personas desaparecidas. Son cifras que alarmarían a cualquiera si los hechos fueran de cualquier “dictadura” o república bananera.  

Lo que está pasando en Colombia no es nuevo. En una tierra hermosa llena de buena gente, se ha instaurado una falsa democracia desde hace doscientos años que mantiene los privilegios de unos pocos y excluye a los muchos; se vive una guerra encubierta camuflada bajo el eufemismo de “conflicto armado”, y se sufre el asesinato sistemático de líderes y lideresas, sociales, políticas, sindicales, campesinas… Si hay un país inequitativo e injusto, y violento contra los suyos, ese es Colombia.

La nación que siempre mira al norte, al gran hermano, y sigue políticas neoliberales en lo económico y neofascistas en lo social y político. No es que nunca haya mirado al sur, al este o al oeste, es que nunca ha mirado hacia dentro; nunca se ha preocupado por los suyos, por los campesinos, por los indígenas, por los afrodescendientes, por los criollos… por sus mayores, por sus mujeres ni por sus jóvenes.

Solamente explotar y vender sus recursos para beneficio de las élites, solamente firmar tratados de libre comercio que empobrecen al país y a sus gentes, solamente gastar en armamento y olvidar la educación, la salud y la justicia. Pero la culpa es del castrochavismo, de las guerrillas, de las izquierdas en general que “quieren acabar con el país”. No, no y mil veces no. Me duele Colombia y me duele la indiferencia.

Como canta Piero, “las cosas se cuentan solas”, pero hay que contarlas, y solamente “hay que saber mirar”, pero no para otro lado. Abran los ojos los de fuera y, sobre todo, abran los ojos los de dentro. A Colombia la está matando su clase dirigente, sus familias poderosas, sus políticos corruptos y sus políticas neofascistas y mafiosas. Y la está matando las balas que sus fuerzas ¿del orden? disparan contra una población que está harta de salarios de mierda, de educación costosa, de sanidad precaria y de justicia injusta. Que está harta de estarlo, que no come más cuento y que quiere un futuro con ilusiones, esperanzas y en paz.

La desigualdad, la inequidad, la injusticia social no se arreglan mirando para otro lado y militarizando las calles del país. No se arreglan con violencia, y menos si es la del Estado y sus brazos armados. La gente ha dicho ¡basta ya! Basta ya de violencia estructural, basta de falta de oportunidades, basta de exigir esfuerzos a la ciudadanía mientras los ricos mantienen sus privilegios, basta de gastar la plata en armamento y en glifosato mientras la población tiene que sobrevivir de la economía informal y el rebusque, basta de señalar a las víctimas y disculpar a los victimarios, ¡basta ya de tanta vergüenza nacional!

Hoy la bandera tricolor colombiana está cabeza abajo: tiene menos amarillo, menos azul y mucho más rojo por la sangre derramada. Y no confundan, ni dentro ni fuera del país, el perdón con el olvido. Colombia necesita un cambio profundo adentro y también un cambio radical en la mirada de los de afuera. Hoy por hoy no es una democracia, aunque haya elecciones periódicas; no es una sociedad abierta y diversa porque se mata por ser distinto y por pensar diferente. No lo olviden cuando tengan que votar. Me duele Colombia.

Ahora, si quieren ser demócratas, firmen por un cambio y denuncien, en los medios, en las calles, en las aulas, en las empresas, en los parques, en el transporte público, en sus casas… denuncien que en Colombia los están matando y no pasa nada.

¡Vergüenza!

Hace treinta años que tengo treinta años

¡Qué curiosidad! Sí, nada y mucho. Seis décadas, doce lustros, veintiún mil novecientos quince días, contando los quince bisiestos. Sé todos los que he vivido y desconozco, por suerte, los que me quedan por vivir.

Fa trenta anys que tinc trenta anys, parafraseando a Serrat y “explotando” ese gran éxito suyo que le ha permitido seguir cantando sin dejar de cumplir, o lo que es lo mismo, pero distinto, continuar cumpliendo sin renunciar a cantar.

A esta edad ya uno sabe muchas cosas, o al menos eso se cree. Sabemos a ciencia cierta, si es que eso existe, quienes son las verdaderas amistades. Esas que están ahí, aunque no aparezcan más que para felicitarte por tu cumpleaños, si se acuerdan, y para felicitarte por el año nuevo que es más fácil de recordar. ¡Qué curiosidad!

Ya has plantado un árbol; ya has criado un hijo (a), o has cuidado una mascota, y ya has escrito un libro o algo parecido a un diario del viaje de tu vida. Ya no dices por decir, ya no evitas llamar a las cosas por su nombre ni guardas la compostura para no molestar. Ya no te miras en el espejo esperando ver qué tal estás, reconoces las arrugas que tienes, que te hablan de los caminos recorridos, y sabes que es más corto lo que te queda por recorrer, pero también cómo lo has de afrontar.

Como recita y canta el noi del poble sec en “fa vint anys que tinc vint anys” : “aún tengo fuerza, y no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Y aún me siento capaz de cantar si otro canta” y nos reafirmamos con él en querer “cantar a las piedras, a la tierra, al agua, al trigo y al camino que voy pisando. A la noche, al cielo, a este mar tan nuestro, y al viento que por la mañana viene a besarme el rostro”. Hace treinta años que tengo treinta años, “y el corazón, aún, se me dispara, por un instante de amar, o al ver un niño llorar… Quiero cantar al amor”.

Queremos, como el Nano, “levantar la voz, por una tempestad, por un rayo de sol, o por el ruiseñor que ha de cantar al atardecer”. Y también, ¡qué curiosidad!, gritar bien alto que queremos una Colombia en paz, sin esos que ustedes saben y sin el esmad, y una España sin fascismos, solidaria y respetuosa de la diversidad.

He reído, he llorado… he leído y he cantado… he dicho y he escuchado… he querido y quiero seguir queriendo. He pensado y debatido, he defendido la razón y le he dejado espacio al sentimiento. He creído en la solidaridad y he combatido la intolerancia. En fin, que he querido estar queriendo ser, para terminar habiendo sido.

He dejado la huella sin pisar, para que el mar la borre si quiere y la vuelva a dibujar una ola despistada que no sabe que no se puede dejar dos veces la misma pisada ni tocar dos veces la misma agua.

Hoy, creo que la primera tercera parte de esta existencia se pasó sin más, y con menos, con altibajos no todos malos, no todos buenos; la segunda tercera porción se escurrió y en el camino nacieron una hija y un hijo y algunas otras cosas que marcaron mi cabeza y tal vez mi corazón, y en la tercera de las tres, que espero no sea la vencida, encontré a mi compañera, la de pa´las que sean, la de pa´siempre, que me trajo la calma después de una tormenta estival en una noche en el Caribe frente al mar. A partir de ahí, puedo decir que he ido creciendo al caminar, siendo Quijote sin lanza o un discurso de Marx, de Groucho o de Karl, ¡qué curiosidad!

Al llegar a esta edad, confirmo mi terquedad y sigo pensando que el hogar está donde esté ella, y mi gata y mi sombrero y una almohada para soñar. Siempre me siento en casa cuando estoy con ella y exiliado cuando lejos está. ¡Qué curiosidad!

Nacemos para vivir, vivimos para morir y en el camino soñar. Confieso que he tenido la suerte de nacer y también la de vivir. Que en esta vida he soñado y que algún día, no sé cuándo, soñaré que viví, que nací y que morí; y en ese recorrido, me han acompañado ella, y la palabra, y la música, y ella, siempre ella.

Por eso, además de la canción de Serrat, les quiero compartir una canción poema obra de Alberto Cortez que dice:

Les invito a que celebren haber nacido, a pesar de los pesares que pesan en este mundo tan mal parido. Porque no importa dónde estén, piensen en la suerte, buena o mala suerte tal vez, que hemos tenido de nacer y, sobre todo de crecer. Por eso también les invito a leer el siguiente poema-canción atribuido al querido y admirado José Saramago:

¿Qué cuántos años tengo?

¡Qué importa eso!

¡Tengo la edad que quiero y siento!

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…

Pues tengo la experiencia de los años vividos

y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo!

¡No quiero pensar en ello!

Pues unos dicen que ya soy viejo

otros “que estoy en el apogeo”.

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,

sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,

para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir:

¡Estás muy joven, no lo lograrás!…

¡Estás muy viejo, ya no podrás!…

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,

pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños,

se empiezan a acariciar con los dedos,

las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor,

a veces es una loca llamarada,

ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.

y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Qué cuántos años tengo?

No necesito marcarlos con un número,

pues mis anhelos alcanzados,

mis triunfos obtenidos,

las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas… ¡Valen mucho más que eso!

¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!

Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.

Para seguir sin temor por el sendero,

pues llevo conmigo la experiencia adquirida

y la fuerza de mis anhelos

¿Qué cuántos años tengo?

Eso… ¿A quién le importa?

Tengo los años necesarios para perder ya el miedo

y hacer lo que quiero y siento

Qué importa cuántos años tengo.

o cuántos espero, si con los años que tengo,

¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!!

Ah, por cierto, y para terminar, por si no lo he dicho claro: hace treinta años que tengo treinta años. ¡Qué curiosidad! Así que, resumiendo, como escribiera Benedetti: “estoy jodido y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa”.

Y recuerden: “la vejez empieza cuando se pierde la curiosidad”.

¡Salud! Y feliz año.

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