Maratón del Sahara

Correr en solidaridad con la causa del pueblo saharaui

Una camiseta, un pañuelo, el dorsal y el libro Una huella en el desierto son los elementos de la campaña que acompaña la celebración del maratón del Sahara 2021 y que se entregan a aquellas personas que hayan aportado su pequeño grano de arena inscribiéndose en la carrera.

Anverso y reverso de la camiseta del Sahara marathon 2021

El Sahara marathon es una iniciativa que se viene celebrando de manera consecutiva desde 2001 y que pone el atletismo como excusa para respaldar la causa saharaui y llamar la atención sobre un conflicto que lleva 45 años enquistado y sin solución y con los diferentes gobiernos españoles mirando para otro lado y eludiendo su responsabilidad.

Este año, debido a la covid-19, la carrera se ha adaptado a las circunstancias y se ha convocado para realizarla de manera no presencial en el desierto como en años anteriores. Cada quien la llevará a cabo desde dónde esté y con la posibilidad de completarla en una o varias de las cuatro distancias diferentes permitidas: 5 kilómetros, 10 kilómetros, media maratón y maratón completa y a lo largo de la semana del 22 al 28 de febrero.

Dado que se siguen incumpliendo las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas para la convocatoria del referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui, el compromiso debe estar en poner en marcha iniciativas internacionales como este Sahara Marathon, que coincide en el calendario con la fecha de proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), o el Fisahara, que este año tendrá lugar en el mes de octubre. Todo ello con la finalidad de poner el foco de atención en una realidad ignorada que atenta contra los derechos humanos de esta población de hijas e hijos del desierto.

La frase “42 kilómetros de nuestro esfuerzo por 42 años de vuestra resistencia” encabeza el libro Una huella en el desierto, una publicación del año 2018 que formaba parte del programa cultural solidario SAHARA42 y que fue posible gracias a las ayudas a la creación del Ayuntamiento de Madrid. Ese año se cumplían cuarenta y dos del exilio saharaui y de ahí el texto solidario. “Si el valor de un pueblo se midiera por su compromiso, su lucha y su solidaridad el pueblo saharaui sería paradigmático”, escribí en Nueva Tribuna con motivo de la octava edición del Festival de Cine del Sahara, celebrada en 2011 en Dajla.

Para que la causa saharaui no caiga en el olvido, hágamos fuerza con la cultura y el deporte para que el viento del desierto lleve la voz del pueblo saharaui por todo el mundo.

Camilo, mucho más que un cura o un guerrillero

Una memoria necesaria para un país que sigue buscando hacer de la paz su camino

Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 3 de febrero de 1929 – Patio Cemento, Santander, 15 de febrero de 1966) fue un intelectual crítico, un activista político, un sacerdote comprometido con los de abajo y un guerrillero en sus últimos días. Su figura sigue vigente en el imaginario colombiano como un referente que promovió unificar las bases populares para luchar por la transformación social.

55 aniversario de la muerte de Camilo Torres

Para muchos una cruz de luz y un unificador de los sentimientos de identidad de un pueblo sometido. Más allá de la mítica, el cura Camilo fue mucho más que un cura o un guerrillero, fue un servidor cristiano, un defensor de los derechos humanos y las libertades y contrario al empobrecimiento, material e intelectual, de un pueblo oprimido por las internas clases políticas dirigentes y explotado por las externas multinacionales económicas. 

Conocido y reconocido como el cura guerrillero, este calificativo solamente sirve para opacar sus grandes cualidades humanas y académicas y para que quienes le siguen muestren el valor de su lucha y quienes le denuestan le señalen y proscriban por eso mismo.

Para Camilo Torres el cristianismo tenía que luchar junto al marxismo promoviendo una verdadera transformación social. Un símbolo de una revolución nunca lograda y de una resistencia que aún hoy, medio siglo después, sigue siendo necesaria para no perder la dignidad ni la identidad, aunque siga costando la vida tal como le ocurrió al propio Camilo.

En este mes de febrero se han cumplido 55 años de la muerte de Camilo Torres Restrepo, en acto de servicio. Sí, el servicio que decidió prestar para cumplirle a su país y a sus gentes luchando contra los políticos y sus políticas y denunciando a una iglesia católica ultraconservadora siempre situada del lado del poder y no de los oprimidos.

Camilo fue más que un cura y tiene que seguir siéndolo. En estos tiempos de crisis sanitaria, debe ser otra vacuna más, tan necesaria como las inyectables, para mantener viva la lucha, la resistencia y la reExistencia frente a las otras pandemias, las que asolan Colombia y gran parte del territorio latinoamericano.

Camilo cura y Camilo guerrillero (fotos: archivo “Camilo vive”

Formado en el Liceo Cervantes, tal vez por eso fuera otro de los Quijotes de la historia enfrentándose a gigantes y molinos, estudió en la Universidad Nacional de Colombia, de la que fue capellán, profesor y promotor de los estudios de Sociología junto a Fals Borda, y en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Su activa labor social y académica le llevó a estudiar las desigualdades y el empobrecimiento en el ámbito rural y en los barrios de la capital. Sin ser uno de los firmantes, contribuyó con su trabajo al libro La violencia en Colombia, uno de los mejores estudios sobre la realidad colombiana obra del propio Fals Borda junto al jurista Eduardo Umaña Luna y al también sacerdote Germán Guzmán Campos (autor del texto El padre Camilo Torres).

Camilo Torres construyó un relato de su vida y de su tiempo y las demás personas han ido edificando el suyo propio a partir del personaje y sus hitos y mitos. Por eso se dice que no hay un solo Camilo, sino cientos.

Encontró que en el centro del cristianismo estaba el amor al prójimo y que valía la pena comprometerse con ese amor y por eso se hizo sacerdote, para convertirse en “un servidor del amor al prójimo a tiempo completo”. Afirmaba con convencimiento que “Lo que me hace fundamentalmente sacerdote es hacer que mis hermanos se amen entre sí y en una forma eficaz y yo creo que la eficacia del amor no se logra sino con la revolución”.

En sus enseñanzas destacaba la importancia de amar más, por encima de rezos y plegarias. Su cristianismo era más social y comprometido con los demás que con la institución eclesiástica. A las preguntas que siempre se hizo sobre ¿Por qué tantas diferencias sociales?, ¿por qué tantas desigualdades y tanta opresión? encontró respuesta en el marxismo y su papel en la lucha por el cambio social. De ahí que defendiera que los cristianos deberían estar al lado de los marxistas para pelear juntos por esa transformación de la sociedad.

En política propulsó la creación del Frente Unido del Pueblo, un escenario de encuentro y de política, de acción, simbólica y comunicativa, para la construcción fraterna de la colombianidad y una alternativa política a la oligarquía tradicional colombiana que se ha repartido el poder históricamente. Además, defendió la expropiación de los bienes de la iglesia. Frente Unido fue también el nombre del periódico que fundó y dirigió en sus trece ediciones, que aparecían los jueves según el afiche de su lanzamiento, y que estaba dirigido a las clases populares. La suma de todo esto le puso en una situación complicada recibiendo amenazas que le llevaron a tomar partido por el recién constituido Ejército de Liberación Nacional. Como miembro de esa guerrilla le encontró la muerte el 15 de febrero de 1966. En esa unión, dicen que Camilo se hizo elenista y los guerrilleros se volvieron camilistas.

Portada del primer número del periódico Frente Unido

Su madre, Isabel Restrepo, afirmaba en una entrevista: “Yo dije, me lo van a matar en una esquina y va a morir tontamente (…) es mejor que vaya a lo que él quiere… a que lo maten por defender sus ideas y por defender al pueblo”.

Cincuenta y cinco años después, su imagen y su labor siguen vivas en una parte importante de la población colombiana que sigue viendo en el cura Camilo un referente humano, social, ético y comprometido. Con su desaparición perdieron todos: la iglesia, la política, la academia y el país en general.

Jesús Antonio Mejía, exmilitante del Frente Unido y que compartió con Torres Restrepo, apunta: “Si uno examina obra, trabajo, pensamiento y acción de Camilo Torres todo está orientado a la luz de un espíritu social nuevo para nuestro país, porque él no pensó sino en el bienestar de su gente”.

Por su parte, Fredy Ramírez, sacerdote capellán de la Universidad Industrial de Santander (UIS, Colombia) declara respecto a la obra de Camilo que “En nuestra patria son muy hábiles para que todo lo que suene liberador inmediatamente mandarlo a un lugar donde no cobre mucho valor”.

Camilo Torres fue señalado por los medios de la época de no decir nada nuevo, a lo que él respondía: “Si lo que digo es viejo, si el decir que el poder está concentrado en pocas manos y que los que tienen el poder no lo están utilizando para las mayorías, si eso es viejo, entonces son tanto más culpables los que conocen el problema y no son capaces de solucionarlo”.

Como aviso para navegantes de lo que estamos viviendo hoy, esta frase suya: “Mientras la clase dirigente minoritaria pero todo poderosa se une para defender sus intereses, los dirigentes de izquierda se atacan entre sí, producen desconcierto en la clase popular y representan en forma más fiel los criterios tradicionales, sentimentales, especulativos y de colonialismo ideológico”.

Si quieren conocer más sobre su persona visiten “Camilo vive”; lean la biografía escrita por el colombo-australiano Walter J. Broderick Camilo, el cura guerrillero, otro excura interesado por la problemática entre cristianismo y revolución, o vean la memoria visual de su historia de vida en El revolucionario sonriente obra de Lorena López y Nicolás Herrera.

Camilo no fue un líder que quisiera ser caudillo, sino un despertador y unificador de conciencias, un defensor de la justicia social. Es una memoria necesaria para construir ciudadanía civil crítica y comprometida. Su afán de insistir en aquello que nos une y prescindir de lo que nos separa sigue siendo vigente en un país que continúa buscando hacer de la paz su camino. Camilo Torres Restrepo, mucho más que un cura o un guerrillero.

Garavito

El único verdadero selenita colombiano

Julio Garavito Armero fue el primer latinoamericano en tener un lugar en la Luna. Un cráter del satélite lleva su nombre en honor a sus estudios y aportes a la astronomía.

El matemático e ingeniero colombiano nació en Bogotá en 1865 y falleció en la misma ciudad en 1920. El pasado 5 de enero se cumplía el ciento cincuenta y seis aniversario de su nacimiento y el 2 de diciembre de este año se cumplirán los veinticinco de la emisión del billete de veinte mil pesos que lleva su imagen y que fue el primero con ese valor. Un homenaje del Banco de la República a uno de los grandes, y poco conocidos hasta su inclusión en el papel moneda, científicos del país.

En el anverso del billete azul aparece su cara junto a una imagen de la Luna, en el reverso, una imagen de la Tierra vista desde su satélite junto a figuras geométricas utilizadas por el propio Garabito que acompañan al edificio del Observatorio Astronómico situado dentro de los terrenos de la Casa de Nariño, lugar de la residencia oficial de la presidencia de la República.

Graduado como ingeniero y matemático de la Universidad Nacional de Colombia, fue director del Observatorio Astronómico Nacional, primero de los construidos en América, en el que llevó a cabo numerosos “trabajos sobre el cálculo de probabilidades, óptica matemática y el movimiento de la Luna”, desde 1891 hasta su muerte. Inventó su propio método para el cálculo de la latitud de Bogotá y fundó la Oficina de Longitudes, entidad que con el tiempo se convertiría en el Instituto Geográfico Agustín Codazzi.

Sus trabajos fueron reconocidos y citados en uno de los más importantes manuales de Astronomía escrito por Dirk Brouwer y Gerald M. Clemence, Methods of Celestial Mechanics (del que este año se cumplen cincuenta de su publicación). En 1970, la Unión Astronómica Internacional le reconoció sus aportes dando su nombre a un conjunto de cráteres, hoy cinco identificados con las letras S, C, D, Q e Y, situados en el lado oculto de la Luna en los 47,6 º de latitud Sur y los 156,7 º de longitud Este, el principal con una anchura aproximada de ochenta kilometros.

Dicen que un día, siendo niño, recibió como regalo el libro La pluralidad de los mundos habitados de Flammarion y que un cura del colegio donde estudiaba se lo quitó y lo quemó; lo que provocó que el futuro científico jurara convertirse en “ímpio de tuerca y tornillo” porque no quería tener nada que ver con los enemigos de la literatura astronómica.

Parece que al sabio del billete de veinte mil pesos no le gustaban los halagos ya que afirmaba que “las gentes de estudio, las que aman la verdad, las que se preocupan por descubrir y comprender las leyes naturales, no deben buscar otra cosa que la verdad misma. Investigar la naturaleza para conquistar honores es una labor negativa”.

Sirva este breve texto como un pequeño y merecido reconocimiento al maestro Garavito.

2 0 2… 1

Dicen que va a empezar un nuevo año que borrará lo vivido en un pandémico 2020.

Pintada en la exposición “Por la causa latinoamericana” (foto: Iñaki Chaves)

Imágenes y sonidos para una memoria pixelada, sentida a través de una pantalla. Se acaba el año del confinamiento y ya pedimos que lo que venga pueda ser al aire libre y con contacto para olvidar tanto encierro.

Pero yo no quiero borrar nada, porque he vivido aprendiendo cada día que cualquier noche podría ser la última y que al amanecer del siguiente día me quedaba una nueva jornada por delante para entender y valorar todo lo que tengo, que es mucho.

Tengo una compañera que es un lujo y un tesoro; tengo una hija y un hijo y una nieta; tengo dos hermanxs de sangre y apellido y siete cuñadas y cuñados que son más que eso por todo lo compartido; cuento con un montón de sobrinas y sobrinos; con una gata que me acompaña, que me quiere y a veces araña; con una suerte de maestras, colegas y estudiantes, y tengo también un puñado de buenas amigas y amigos, alguno tan hermano como los que les he dicho.

¿Cómo iba yo a borrar todo esto que también ha estado presente en el año del coronavirus? Para nada, 2020 se va con todo lo que nos ha herido, pero esas cicatrices nos dirán todo lo que hemos vivido.

Y a seguir luchando por la utopía de la justicia social y climática en un mundo desigual, injusto y distópico.

Carteles en la exposición “Por la causa latinoamericana” (foto: Iñaki Chaves)

2021 llega ya y lo que yo solamente le pido: que me deje seguir viviendo para continuar disfrutando de lo que nos une y pelear contra lo que nos separa.

Que… amanece, que no es poco…

Que… a vivir, que son dos días…

Que… a soñar, con esta vida…

La otra, si existe, llegará cuando le diga. De momento, le diré que no es tiempo todavía; que me queda mucho por aprender y más por compartir con quienes llenan mi vida.

Salud, suerte y pa’lante, amigxs.

Ya tengo alma de boquerón

Una familia músico poética de raíces populares heterogéneas que nos pide sonreír para llevarlo mejor.

Chapas del grupo y de su nuevo trabajo

En estos tiempos tan inciertos, apoyar la cultura, como ahora reclaman las y los profesionales del sector, es una tarea tan necesaria como gratificante. Así ha sido como ha visto la luz el último trabajo del grupo catalán Alma de Boquerón. Ellos agradecen el esfuerzo de sus micromecenas y yo quiero agradecerles a ellos la tarea y el empeño para sacar adelante su obra.

Por fin he podido disfrutar de las canciones del cd “Sonrían, por favor” que titula el último disco y que engloba catorce piezas con un, a mi entender, denominador común: la alegría de vivir. Letras y música de ilusión y esperanza para convencernos, a ritmo de esa rumba catalana que tan bien interpretará el desaparecido Peret, de que la vida merece, al menos, una sonrisa.

Uno (unos y unas) se puede identificar con los versos de algunas de las canciones del disco. Podemos ser esos “maduros vintage” que crecimos con el “esto no me mola” y “mamando” la música en radiocasete (los vinilos están de vuelta y de moda. Cara, eso sí); pero también ser de esos locos a los que en algún momento les aprieta la vida y a los que les dan pena (y vergüenza) los telediarios, que creen que la sociedad es un drama y que somos manipulados y engañados.

Además, compartir, con ese “alma de boquerón” que llevamos dentro, aquello de que la vida es “sorda y tozuda” y que la música, en este caso la rumba, “cura las penas y nos lleva momentos de felicidad”. Pese a que la vida siga igual, que “los malos andan ganando”, que “el odio campa a sus anchas”, no queriendo que “maten en nuestro nombre” ni que “sus miserias peinen nuestras canas”.

Así que, si no saben que fer, amb tant esdeveniment i tanta bogeria, pues canten con alma de boquerón. Un grupo que se encuentra en la música (siempre) y en la barra de los bares (cuando se pueda).

Y sonrían, por favor.

21N, un día para no perder la memoria

También en la “nueva normalidad” debemos mantener viva la memoria y ahuyentar los miedos.

El 21N se convirtió, en 2019 en Colombia, en una fecha para recordar. Un día para conmemorar a los seres humanos con nombres y rostros, con sus historias y narraciones para que, al menos, no perdamos la memoria y la de quienes se fueron nos ayude a seguir luchando.
Cartel elaborado con datos del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP)
Cartel convocando a conmemorar el 21N en 2020 elaborado con datos del CINEP

Uno de esos seres para recordar es Dilan Cruz, el estudiante que fue asesinado por un agente del Esmad en una de las manifestaciones en Bogotá que sucedieron al paro nacional convocado para el 21N de 2019.

Un nombre más que sumar a la larga lista de crímenes en un país que asiste impávido a las masacres con las que nos levantamos día sí y día también. Una fecha más para no perder la memoria porque los motivos que promovieron aquellas acciones políticas pacíficas y reivindicativas de la ciudadanía siguen vigentes. Según informaba hace un año la Agencia de Información Laboral (AIL) las razones eran estas diez:

Protestar Contra la reforma laboral / Manifestarse contra la reforma pensional / Hacerse escuchar en contra del holding financiero / Protestar en contra de las privatizaciones / Quejarse sobre el tarifazo nacional (subida de los costos de los servicios básicos) / Manifestarse contra la corrupción / Comunicar la posición sobre la reforma tributaria / Demandar un (nuevo y mejor) salario mínimo / Exigir el cumplimiento de los acuerdos con FECODE (Federación Colombiana de Trabajadores -as- de la Educación) / Luchar por la defensa de la protesta social.

Doce meses después, a pesar de todos los miedos, pandemia incluida, la ciudadanía resiste y reexiste, quiere recordar esa fecha y seguir en la lucha. Pero eso no es tarea fácil, porque en estos tiempos inciertos lo cierto es que vamos perdiéndolo casi todo: el tiempo, la felicidad, la dignidad, los derechos, la ilusión, la memoria y hasta la propia vida.

Un año después de aquel 21 N hemos entrado en una “nueva” normalidad tan fea como la de antes. Una nueva “realidad” tan grave y llena de tanta disfunción social como siempre. Nada, o casi nada, ha cambiado sobre las demandas y sus difíciles logros. Y los pocos cambios habidos han sido para peor.

La gente muere violentamente, pero la violencia está instaurada en el poder y en muchas conciencias. El fatídico “algo habría hecho” persiste y llena muchas bocas que tragan y justifican las muertes.

Los asesinatos siguen llenando las estadísticas y endureciendo los corazones; el empobrecimiento de la población pobre continúa aumentando a la par que la riqueza de los ricos; las mujeres, presas de su género, sufren violencias y pierden derechos; el campesinado sobrevive explotado; a los colectivos indígenas no les permiten superar la marginación; las personas afros deben pelear por una esquiva equidad; el estudiantado consciente y crítico sigue siendo señalado como violento y transgresor; sus familias necesitan gastar grandes sumas de dinero para aumentar sus posibilidades en un futuro que no le garantiza poder ejercer su profesión ni recuperar la inversión; si alguien discrepa y lo manifiesta es tildado como revolucionario y enviado al “paredón”, y así podríamos llenar una lista casi infinita.

El medio ambiente se deteriora a pasos agigantados y ni el acuerdo de Escazú en el país ni la protección de la naturaleza en el planeta avanzan; los derechos humanos son violados a diario y los acuerdos de paz se siguen incumpliendo; las intolerancias anidan en todas las almas y las religiones siguen siendo la droga que las nutre; el mundo se alegra de la derrota del “Trampismo” y el país (su Gobierno) se preocupa por haberlo respaldado, como si a la ciudadanía común el inquilino de la blanca casa (en un territorio en que sus aborígenes eran de piel cobriza) nos fuera a cambiar significativamente la vida, y las ciudadanías que reclaman y luchan por la justicia social son sentenciadas por la “justicia” institucional.

Nada de eso importa, la vida sigue igual. Igual de triste y gris para las mismas personas que ya lo era antes de que la covid-19 tiñera todo de color virus. A las que se suman las muchas que se han visto afectadas en la economía y en la salud por la pandemia.

Pero la economía, la política y la justicia están al margen de todo eso, su realidad es otra. Las grandes empresas aumentan sus ingresos, los mismos políticos se reparten los gobiernos, los pocos conglomerados mediáticos nos siguen vendiendo los muchos miedos, la misma explotación laboral y humana que en los peores tiempos, la misma violencia estructural que nos viene matando desde hace siglos, tribunales que dictan sentencias contra toda lógica, como la de anular la prohibición del uso de gases lacrimógenos en las marchas.

Grafiti de DjLu/Juegasiempre en Bogotá

Ya lo escribió Dickens hace más de siglo y medio “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto” (Historia de dos ciudades, 1859).

Pero aún así, debemos seguir luchando y conmemorando los 21N, los 8M, los 25N y aquellas fechas que nos sirvan para recordar a todas las víctimas. Porque ninguna persona merece merece morir antes de que le llegue su hora ni ser borrada del recuerdo.

Aunque solamente sea por salud mental, porque todos los días son necesarios para mantener viva la memoria y espantar los miedos.

ERES

A Beatry

ERES

eras ERES eros

sURES

soy porque ERES

Mi consuelo y mi refugio

Eres mi puerto en la tormenta

mi pañuelo en el llanto

mi sonrisa en la tristeza.

Eres mi motor en esta vida incierta

la utopía de mi existencia

mi ilusión más cierta.

Eras en la distancia

ERES en la presencia

Eros en la ausencia

Todxs mis SURES

ERES

Palabras y números

Poemas y fórmulas

Tiempos y espacios

Nuestros compartires

desde 1999 / en 2003 / por 2020

tu octubre  / mi mayo / nuestro abril

tus 54 / los 21 / nuestros 17

los tinticos / una escoba / nuestros achuchones

mi cocina /  nuestra cama  / el estudio

nuestra fotografía /  la comunicación / mi retórica

Nuestras complicidades

La ética en el ejercicio del periodismo

Publicada la Guía de transición ecosocial y principios éticos para nuestros medios, obra colectiva firmada por el profesor Manuel Chaparro y las profesoras Lara Espinar Medina, Ámal El Mohammadiane Tarbift y Lidia Peralta García.

Portada de la Guía de transición ecosocial

El libro ha sido editado en papel por Fragua y tendrá más adelante una versión digital que estará accesible en la web del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina – CIESPAL con sede en Quito (Ecuador).

Un texto más que necesario para intentar desaprender algunas “rutinas” que pueblan el ejercicio periodístico al abordar temáticas socialmente sensibles. Cuando la web, las redes virtuales, algunos medios, muchos políticos y una parte importante de la población dan pábulo a falsas verdades y a bulos que “contaminan” la acción formativa de la información, esta guía se puede convertir en una herramienta de referencia a la que dirigir la mirada antes de escribir y publicar.

A lo largo de sus 274 páginas recoge una serie de propuestas e invitaciones para hacer una información más ética y respetuosa de las diversidades sobre temas relevantes y de actualidad que no siempre son todo lo respetado que sería deseable. Asuntos como la propia transición ecosocial que da título al libro; las discapacidades y sus relatos; las y los menores de edad; las migraciones, y los discursos del odio que muchas veces conllevan; los grupos “minorizados” (y no por ello minoritarios); las personas de los grupos incluidos en las siglas LGBTIQ, o el lenguaje sexista y excluyente; las violencias, y las perspectivas de género tienen cabida en un texto que incluye un anexo con una guía de redacción más un glosario de términos y unas recomendaciones finales.

La guía presenta, además de una agenda fundamentada en las tres E (economía, ética y ecología), todo un reto de futuro con unos planteamientos y unas apuestas para que contemos “la realidad desde una narratividad que se rebele ante el adoctrinamiento del sistema” y para que emprendamos esas necesarias metamorfosis que nos hagan luchar contra el “cambio climático y la injusticia derivada de la aceptación de un pensamiento y una ideología distópicos”.

Pueden ver una reseña completa en el último número de la revista Análisis de la Universidad Santo Tomás de Colombia.

Sin Quino y con Mafalda

La niña más universal se ha quedado huérfana

Después de dos días de pensarlo mucho y preguntarme “¿y ahora qué?”, me he respondido “pues habrá que seguir”. Y he querido publicar esto.

A Quino (foto: Iñaki Chaves)

Joaquín Lavado se ha marchado, pero nos ha dejado a su hija rebelde y con ella Quino estará siempre entre nosotras. Mafalda, cual aquel Oscar protagonista de El tambor de hojalata, no creció en los 56 años transcurridos desde su primera aparición “oficial” el 29 de septiembre de 1964. En parte para que, como decía Quino, la dictadura no la desapareciera.

Aunque nunca creció físicamente, se desarrolló intelectualmente como pocos personajes de comic en la historia y con ella nos despabilamos muchas de las personas que creímos que alguna vez el mundo tendría arreglo y otro mejor sería posible. Ella, pese a vivir “en activo” solamente nueve años, lleva acompañándonos con sus tiernas diatribas más de medio siglo.

La labor de Quino y sus personajes a favor de la vida y los valores humanos no tiene, al menos a mi entender, parangón en el arte. Sí, porque el comic es un arte. Dibujar y crear textos que en no más de cuatro cuadrículas de una sola tira cómica nos dieran verdaderas lecciones de humanismo, de ética, de responsabilidad y de crítica social es una habilidad que el autor argentino dominaba como pocos.

Ya no habrá nuevas sopas que tragar ni planetas que arreglar, pero siempre nos quedarán las enseñanzas y sarcasmos de una niña que intentaba, como afirma el propio autor, “resolver el dilema de quiénes son los buenos y quiénes los malos en este mundo”. Un mundo que ella veía de una manera muy particular y al que siempre hizo una crítica constructiva, cítrica y emotiva a partes iguales.

Quino, el tipo que no creía en nada, creó a la niña más creyente en la humanidad pese a su escepticismo. El sujeto que decía no tener ideas políticas diseccionó como nadie la condición humana en trabajos como “Quinoscopio”.

Ya no tendremos a Quino, pero contaremos con Mafalda para que nos siga mostrando, con una sonrisa y música de The Beatles, el largo y tortuoso camino que tantas veces nos llevó hasta su puerta.

Contundente varapalo de la Justicia

La sentencia de la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema de Justicia de Colombia publicada ayer reconoce el uso excesivo de la violencia por parte de la Fuerza Pública y reclama del Gobierno su neutralidad, el respeto por la ciudadanía y la garantía del ejercicio del derecho a la protesta pacífica.

Violencia policial del Esmad contra la ciudadanía (foto: Héctor Fabio Zamora. El Tiempo)

En un acto histórico, la Justicia saca los colores al Poder Ejecutivo de la República de Colombia por su negligencia en el respeto de los derechos y libertades públicas y por su tácito respaldo a la violenta actuación de las fuerzas de seguridad, a las que reclama mesura y que cumplan sus funciones de mantenimiento del orden sin violar las libertades y los derechos.

La sentencia STC7641-2020 de fecha 22 de septiembre de 2020 da respuesta a la demanda planteada por 49 ciudadanas y ciudadanos contra el  presidente de la República, los ministros de Defensa e Interior, la Alcaldía Mayor de Bogotá, el director general de la Policía, el comandante general de  la Policía Metropolitana de la capital del país, la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría General de la Nación solicitando “la protección de sus prerrogativas a la protesta pacífica, participación ciudadana, vida, integridad personal, debido proceso, ´no ser sometidos a desaparición forzada`, y a las libertades de expresión, reunión, circulación y movimiento, presuntamente amenazadas por las autoridades accionadas”.

En un documento preciso y exhaustivo de ciento setenta y una páginas, la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema de Justicia, con Luis Armando Tolosa Villabona como magistrado ponente, ordena a las personas y entes encausados que “en lo sucesivo, se abstengan de incurrir en conductas como las que dieron lugar a esta acción”, dictaminando que los demandados deberán “dentro de las cuarenta y ocho (48) horas siguientes a la notificación de la presente decisión, insertar y facilitar la descarga del contenido completo y legible de este pronunciamiento, en la parte principal de sus respectivas páginas web y redes sociales, en un lugar visible y fácilmente identificable”.

Con esta sentencia la Justicia le exige al Gobierno y a la Fuerza Pública el respeto de la ley y de los derechos y las libertades públicas consagradas en la Constitución Política de 1991.

Para la sala, y eso que en el fallo ahora emitido no se han tenido en cuenta los trágicos sucesos de los días 9 y 10 de septiembre ya que la tutela sobre la que se pronuncia el alto tribunal fue presentada con anterioridad, existen elementos comunes de un uso equivocado de la fuerza para ejercer el control de las movilizaciones.

Adelanta la necesidad de establecer protocolos que se deberán recoger en un “Estatuto de reacción, uso y verificación de la fuerza legítima del Estado, y protección del derecho a la protesta pacífica ciudadana”, algo que, de alguna manera, viene a dar la razón a la petición de la alcaldesa de Bogotá de la necesidad de reestructurar el cuerpo de Policía para adaptarlo a un verdadero sistema democrático y desvincularlo de su carácter militar.

La sentencia ordena que desde ya se suspenda el uso de las escopetas calibre 12 manejadas por los Escuadrones Móviles Antidisturbios de la Policía Nacional (ESMAD); que el Gobierno Nacional sea neutral, incluyendo la no estigmatización de las protestas y sus protagonistas; que se conforme una “mesa de trabajo” para reestructurar las directrices del uso de la fuerza, y que el ministro de Defensa presente disculpas por los excesos que se han venido registrando desde la movilización del 21 de noviembre de 2019.

En su repaso a las actuaciones de la Policía, la sala revisa, entre otras muchas acciones excesivas, el caso del estudiante Dilan Cruz, fallecido a manos del Esmad por disparo de “arma no letal” en noviembre de 2019, determinando la sentencia que “no se evidencia que fuera necesario utilizar el arma larga para disuadir o evitar una antijuricidad de carácter relevante, irremediable, inminente e impostergable para salvaguardar un bien jurídicamente tutelado haciendo uso de ese instrumento para herir al ciudadano”.

Demandas ciudadanas tras el asesinato del estudiante Dilan Cruz (foto: Iñaki Chaves)

La Sala termina afirmando que “una nación que busca recuperar y construir su identidad democrática no puede ubicar a la ciudadanía que protesta legítimamente en la dialéctica amigo–enemigo; izquierda y derecha, buenos y malos, amigos de la paz y enemigos de la paz, sino como la expresión política que procura abrir espacio para el diálogo, el consenso y la reconstrucción no violenta del Estado Constitucional de Derecho”.

Aceptando la tutela y disponiendo que se remita el expediente a la Procuraduría General de la Nación y a la Fiscalía General de la Nación para que inicien las investigaciones correspondientes y que rindan informes mensuales a la Sala Civil del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá sobre el avance de las actividades desplegadas para el cumplimiento de los fines establecidos en la sentencia.

Toda una llamada de atención al Gobierno, con su presidente y su ministro de Defensa a la cabeza, y a sus fuerzas de seguridad para que respeten a la ciudadanía y sus derechos democráticos.

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