Asesinatos

Once personas muertas por violencia policial

Lo sucedido estos días de septiembre en Bogotá es muy triste y doloroso, porque no es una película, ni de gánsteres, ni un espagueti western, ni una que se haga eco de las numerosas guerras que violentan el planeta. No es ciencia ficción, no. Es la puta y pura realidad de un país que parece que tiene en sus fuerzas del “orden” y la “seguridad” el peor enemigo del pueblo.

Joven con pancarta de protesta (imagen que circula por las redes virtuales)

Es la historia repetida de un territorio harto de violencia y de que sea inocente la sangre derramada, ya venga de falsos positivos, de guerras encubiertas, de desplazamientos forzados o de “homicidios colectivos”. Para mas inri, el 9 de septiembre se celebra el día nacional por los derechos humanos en honor del cura jesuita Pedro Claver. Unos derechos que han vuelto a ser pisoteados.

Ahora no sirven eufemismos, ¿como van a llamar a estos crímenes? No sirven metáforas ni ninguna otra figura retórica que lo único que buscan es intentar voltear la tortilla para hablar solamente de vandalismo, tal como se le ocurre al ministro de Defensa (del que por cierto hay campaña en las redes pidiendo su dimisión). Lo acaecido son asesinatos, ni más ni menos. Crímenes de Estado, sí, porque han sido cometidos por obra y gracia de la violencia policial, de quienes están uniformados y representan, o eso se supone, la ley y el orden.

El Gobierno dice que no se puede generalizar al hablar de la policía y del ejército y decir que todos son malos, son “solamente unas manzanas podridas”, pero ¿por qué no aplica la misma medida a la ciudadanía a la que debe proteger? Porque si una parte de esa ciudadanía (a investigar si esa fracción no está financiada y animada por poderes ocultos, vean este video) se toma la justicia por su mano, es que toda la población es vandálica y no respeta lo público. El valor del mobiliario y de la propiedad privada por encima del valor de la vida humana, de los derechos y las libertades públicas.

La respuesta ciudadana viene motivada por la acción violenta y desproporcionada de unos policías engreídos de poder y criminales en potencia que acaban con la vida de un ciudadano indefenso. Da igual la profesión que ejerciera o la formación que tuviera, no importa si estaba ebrio o solamente se estaba divirtiendo con sus amigos, era un ser humano inocente al que asesinaron a golpes, físicos y eléctricos.

En la noche siguiente, la policía continuó con sus prácticas de tiro ilegales y desmedidas disparando a diestro y siniestro como si asaltaran un poblado del salvaje oeste (vean un video que lo muestra). ¿Qué fuerzas del orden son esas? Son las fuerzas del miedo y la represión. Según el informe Silencio oficial de la ONG Temblores, son treinta y cuatro las personas asesinadas por acciones del escuadrón especial de la policía (Esmad) entre 1999 y 2019.

Los resultados de las acciones policiales en estos días son once personas asesinadas. Además del fallecimiento de Javier Ordoñez, siete personas muertas en Bogotá: Julieth Ramírez Mesa (18 años), Jaider Alexander Fonseca (17), Germán Smith Fuentes (25), Julián Mauricio González (27), Andrés Felipe Rodríguez (23), Angie Paola Baquero (19) y Fredy Alexander Mahecha (20); y tres en Soacha: Cristian Hernández Yara (27), Cristian Meneses (27) y Marcela Zúñiga (36); y más de sesenta heridas como consecuencia de los disparos indiscriminados de un grupo de policías motorizados que abusaron de su poder.

Las autoridades se quedan con el vandalismo ejercido por unos pocos, para nada justificable, con los buses quemados, los puestos de policía incendiados y las tiendas y negocios asaltados. Y los medios masivos de difusión de noticias, salvo raras y honrosas excepciones que siempre las hay, le siguen el discurso y criminalizan a toda la ciudadanía en lugar de buscar ese material invaluable que circula por las redes y preguntarse qué está pasando, quién está detrás de estos actos violentos y hasta cuándo va a seguir la guerra contra la población inocente de este país; ya sean mujeres, jóvenes, campesinos, indígenas, gais, transexuales, afros, líderes sociales o defensoras de derechos. Se supone que todas y todos ellos ciudadanas y ciudadanos con los mismos derechos según la Constitución Política de 1991.

Uno de los puestos de policía reconvertido en biblioteca popular (imagen que circula por las redes virtuales)

La mayoría de la gente de este país solamente quiere paz, educación, salud y justicia social. Y lo demuestran convirtiendo rápidamente alguna de esas estaciones de policía en bibliotecas públicas para todas.

Por desgracia, y como decía en mi anterior entrada, han pasado solamente unos días y hay que volver a gritar ¡basta ya!

Eufemismos

Una sociedad dormida frente a la retórica del poder

El eufemismo se ha convertido en una figura más de la retórica, una argucia de la oratoria política para pintar su inacción.

Viñeta de Matador sobre esos eufemismos que matan

En Colombia es hora de que dejemos de creernos los cuentos del poder y sus mentiras envueltas en papel mojado. No más eufemismos en los discursos políticos, sobre todo cuando matan. No más ambigüedades para ocultar las verdades.

El mes de agosto de 2020 no será recordado como el de la vuelta a la “nueva realidad” tras el primer pico de la pandemia, sino por la cruda realidad de un país que sigue asistiendo impávido a los crímenes perpetrados contra la población por el simple hecho de ser (ser joven, ser indígena, ser afro, ser mujer, ser campesino, ser lideresa social, ser docente, ser sindicalista). Ser, pensar, decir, actuar diferente.

Hablar desde el Gobierno y sus medios acólitos de “homicidios colectivos” es continuar con los discursos manipulados para seguir tratando a la ciudadanía como si fuera idiota. Hay un doble eufemismo en esa expresión: uno, querer suavizar lo violento de los crímenes y dos, dar categoría penal al delito. No serían homicidios, en todo caso son viles asesinatos.

El lenguaje construye imaginarios y en este caso su burda manipulación intenta destruir lo evidente: son masacres. Y son seres humanos las víctimas, no cifras ni números en una tabla estadística.

Colombia no puede seguir siendo un cuento de terror, porque la sangre de las masacres nos salpica a todas y a todos. Proteger la vida no es un eufemismo, es un derecho humano universal.

¡Basta ya! No más crímenes, no más gobiernos inútiles, corruptos y delincuenciales. Si nos están masacrando, nos tenemos que levantar y elevar un grito por la paz, por la vida, por Colombia y las y los colombianos. Porque como cantó Neruda “no es hacia abajo ni hacia atrás la vida”, y como afirmaba Saramago “somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”.

Cartel de la convocatoria “Hasta que amemos la vida”

No podemos, no debemos, no queremos tener que volver a gritar lo mismo en unos meses. Contra ese inexorable olvido que seremos, porque uno se muere de verdad cuando le olvidan. El domingo 30 de agosto de 2020, hasta que amemos la vida, un canto por las vidas de todas y todos, un canto por la paz.

#UnCantoXColombia

#HastaQueAmemosLaVida

Morada al Sur

Setenta y cinco años de la publicación del poema de Aurelio Arturo

Morada al Sur es, además del título de su único libro publicado, el nombre de su poema más reconocido. Vio la luz por primera vez en el número 3 (1945) de la Revista Trimestral de Cultura Moderna (jun-jul-ago.) de la Universidad Nacional de Colombia ocupando las páginas 102 a 108.

Retrato de Aurelio Arturo y portada de su libro Morada al Sur

Aurelio Arturo, maestro poeta, nació en La Unión, departamento de Nariño, el 22 de febrero de 1906 y murió en Bogotá el 24 de noviembre de 1974. El recuerdo de sus padres y de su infancia quedó reflejado en esa breve obra maestra de la literatura colombiana en la que, en veintiocho estrofas, se recogen sus sueños bucólicos y terrenales. Su poesía se centra en la tierra, en su conexión con su identidad cultural y con una mirada espiritual a los sentimientos que subyacen.

Cuando contaba 18 años fallece su madre, Raquel Martínez Caycedo, y eso trunca la tranquilidad de su existencia y su idilio con su tierra. Lo que le lleva a viajar a caballo hasta Bogotá, a escondidas de su padre. En la capital entra a estudiar Derecho en la Universidad del Externado. Fue, además de poeta, abogado y magistrado de la Corte Militar y de la Corte de Trabajo.

Editado en 1963 por el Ministerio de Educación Nacional con catorce de sus creaciones poéticas, Morada al Sur le valió el premio nacional de poesía Guillermo Valencia. Pese a no haber publicado más libros, sus poemas llenaron durante años las páginas de periódicos y revistas del país.

De Morada al Sur se ha dicho, parafraseando a Walt Whitman, que quien lo lee no está leyendo un libro sino leyendo a un hombre. Según el maestro Rafael Maya, director en 1932 de “Crónica Literaria” en el periódico El País de Bogotá, los versos de Arturo “no se parecían a nada de cuanto se había escrito en Colombia hasta ese momento”. Para Jaime Ibáñez, fundador de los cuadernos Cántico, “a Aurelio Arturo no se le puede leer sin encantamiento”.

Tal como afirmaba José Raúl Arango en su artículo “Aurelio Arturo, maestro del sueño”, publicado en 1962 en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, en su obra “la metáfora le viene a las manos con la misma naturalidad de la vida y con ella nos salva de la tiniebla diaria”, construyendo una “poesía de asombrados silencios”.

El filósofo Danilo Cruz Vélez declaró en su momento que el fallecimiento de Aurelio Arturo significaba el hundimiento “por segunda vez en la sombra de la promesa de un poeta colombiano de significación universal. La primera vez fue en 1896, año en que muere Silva”. Uno de los mejores poetas y críticos de la llamada “generación sin nombre” Henry Luque Muñoz era rotundo al afirmar que, pese a no ser tenido en cuenta como uno de los más destacados autores de la corriente piedracielista, Arturo es “más importante con su breve obra, que no llega a exceder las 1.300 líneas, todas memorables, tanto por su eficacia lírica como por su repercusión en las nuevas generaciones” que todo lo que el grupo Piedra y Cielo escribió individual y colectivamente.

Portada, índice y primera página de su poema “Morada al Sur” en la revista de la Universidad Nacional de Colombia

En 2018, el Ministerio de Cultura publicaba, bajo el sello de la Biblioteca Nacional, Poesía completa de Aurelio Arturo un recurso disponible en línea que recoge, junto a los versos de Morada al Sur, los poemas publicados en prensa y en varias antologías más otros inéditos, uno atribuido y un último hallazgo. En la presentación de dicha obra, William Ospina asegura que “en ningún poeta hispanoamericano que yo conozca se han fundido tanto una lengua y un territorio como en Aurelio Arturo”; y le incluye, al lado de César Vallejo y Pablo Neruda, en ese grupo de autores hispanoamericanos, “que necesitaban con urgencia que esa lengua tan nueva arraigara poderosamente en la tierra y la erigiera en morada”.

Este país necesita, también urgentemente, más poesía y menos balas.

¡No a las masacres ni a los eufemismos políticos!

Fragmento del poema “Morada al Sur”:

Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,

yo subí, yo subí a las montañas donde un grito

persiste entre las alas de palomas salvajes:

Te hablo de días circuidos por los más finos árboles:

te hablo de las vastas noches alumbradas

por una estrella de menta que enciende toda sangre:

te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria

que cae eternamente en la sombra, encendida:

te hablo de un bosque extasiado que existe

sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa

violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,

entre millares de hojas inquietas, de una sola

hoja:

pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,

hoja sola en que vibran los vientos que corrieron

por los bellos países donde el verde es de todos los colores,

los vientos que cantaron por los países de Colombia.

Te hablo de noches dulces, junto a las aguas, junto a cielos,

que tiemblan temerosos entre alas azules:

te hablo de una voz que me es brisa constante,

en mi canción, moviendo toda palabra mía,

como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente:

toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

La fotografía

En el 181 aniversario del arte que hoy invade las redes virtuales

El lunes 19 de agosto de 1839 el francés Luis Daguerre presentaba ante la Academia de Ciencias de Francia el invento con el que daría comienzo la fotografía: el daguerrotipo.

A partir de ese día el mundo cambió. Es cierto que lo hace a diario, permanentemente, pero la aparición de la fotografía supuso una metamorfosis trascendental para la historia y para la memoria del ser humano y del planeta.

La primera fotografía submarina: Emil Racovitza fotografiado en 1899 por Louis Boutan en el Observatorio de Oceanografía de Banyuls-sur-Mer, en Francia.

Fue en 2007 cuando el fotógrafo australiano Korske Ara tomó la iniciativa de instaurar el Día Mundial de la Fotografía, que se celebra desde 2009, para conmemorar el invento de Daguerre. Entonces decidió crear un concurso mundial de fotografía que en su primera edición reunió a 250 participantes y diez años después reunió a miles de personas en todo el mundo.

Hoy socializamos más fotografías que nunca, gracias a las nuevas tecnologías y también, en estos últimos meses, por el aislamiento obligado al que nos hemos visto sometidos. Socializamos a través de las imágenes parte de lo que vivimos compartiendo nuestra soledad, la intimidad de nuestro encierro o lo que vemos desde nuestras ventanas. Porque como decía Susan Sontag parafraseando a Mallarmé parece que “Hoy todo existe para culminar en una fotografía”.

Hemos pasado del instante decisivo del que nos hablaba Cartier Bresson a los días inciertos, registrando en imágenes la nueva realidad que nos ha tocado vivir. Capturamos las pantallas de nuestros computadores en las charlas virtuales con amistades, con la familia o con las y los estudiantes y las lanzamos a la nube para dejar constancia de cómo nuestras relaciones sociales, nuestros encuentros, se han reducido a instantes detenidos en un screenshot.

El número de grandes fotógrafas y fotógrafos ha ido creciendo a la par que la memoria fotográfica. Además de los “padres” de la fotografía, hay un sinnúmero de profesionales que le han dado a su historia carácter de ARTE, con mayúsculas. Seguro que todas y todos tienen en sus mentes el nombre de muchas de ellas.

También ha ido aumentando exponencialmente la cantidad de personas que, desde la teoría, la historia, la investigación o la sociología visual, entre otros muchos abordajes, se han dedicado a pensar la imagen.

“La fotografía es un documento social que narra por sí misma y que construye tejidos de relatos”, así se recoge en el libro La fotografía, un documento social (Múnera y Chaves). En Colombia, como afirma Jesús Abad Colorado, es “un ejercicio de narración para luchar contra el olvido y por la memoria”.

“Las incontables imágenes producidas a partir de 1840, de los microaspectos captados de diferentes contextos sociogeográficos, han preservado la memoria visual de innumerables fragmentos del mundo, de sus escenarios y sus personajes, de sus eventos continuos, de sus constantes transformaciones” (Boris Kossoy, Fotografía e historia).

“La fotografía es la única ´lengua` comprendida en el mundo entero, y al acercar todas las naciones y culturas enlaza a la familia humana. Independiente de la influencia política, refleja con veracidad la vida y los acontecimientos, nos permite compartir las esperanzas y angustias de otros, e ilustra las condiciones políticas y sociales. Nos transformamos en testigos presenciales de la humanidad e inhumanidad del género humano” (Helmut Gernsheim, Creative Photography).

“Cuando sentimos miedo disparamos. Pero cuando sentimos nostalgia, hacemos fotos” (Susan Sontag, Sobre la fotografía).

Sería importante aprovechar un día para la historia como este para repensar la imagen y para repensar la sociedad. ¿Qué estamos registrando de nuestra vida hoy y cómo lo estamos comunicando?

 

La otra pandemia

Contra las violencias que asolan el territorio colombiano

En los últimos días las cifras de delitos violentos en el país han aumentado de manera alarmante. Asesinatos de jóvenes, de mujeres, de defensoras y defensores de derechos humanos, de indígenas o de excombatientes son más graves, si cabe, que las muertes causadas por el coronavirus.

Un grito en Colombia: #NosEstánMasacrando

Es hora de volver a gritar ¡basta ya!, tal como rezaba el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) de 2013 que recogía una parte de la historia de violencia de Colombia. De poner nuevamente en el orden del día de todas las instituciones y colectivos una demanda cívica contra todas las violencias que desangran este país. Un grito sordo, a lo que parece por el poco caso prestado desde las autoridades, para atajar los delitos contra la vida.

Es hora de terminar con los crímenes que señalan a Colombia como una nación violenta. No se puede seguir cayendo en el delito de silencio, como escribió Mayor Zaragoza “Ha llegado, por fin, el momento de los pueblos, de las mujeres y hombres del mundo entero de tomar en sus manos las riendas de su destino. Ha llegado el momento de no admitir lo inadmisible. De alzarse. De elevar la voz y tender la mano”.

En la guerra contra el coronavirus están quedando en la cuneta las otras luchas, las de las gentes de abajo, las de quienes nunca cuentan, salvo que se conviertan en portada de noticieros por el drama que suponen. Está volviendo, si es que alguna vez se fue, la violencia extremista de la derecha más recalcitrante del continente.

Nada justifica un asesinato. No sirve el “algo habría hecho”, no es pertinente aludir a la condición social o sexual de las víctimas. Matan a las mujeres por su género, a las y los jóvenes por serlo, a excombatientes por haberlo sido. No vale afirmar que “se llegará al fondo del asunto”, no se necesitan palabras huecas, falsos discursos y vanas promesas. Se requiere un cambio profundo, de mentalidad, de actitud y de manera de ver y entender el mundo. Y sobre todo, un cambio de política de Estado.

El presidente está más pendiente de cómo intentar cambiar la justicia a favor de los suyos que de legislar para que se aplique y se cumpla la ley. Ni la firma de los acuerdos de La Habana ni ninguna otra resolución “oficial” y burocrática podrá instaurar la paz si el Gobierno no se pone a trabajar en serio y se compromete con ella de verdad.

El papel de los medios masivos de difusión de noticias, los tradicionales, es penoso -de lástima y de vergüenza-, dedicándole más tinta a la situación del preso número x, aislado en su finca mansión, o a la farándula que a los crímenes contra la población civil.

Una ciudadanía a la que se pide guardar una cuarentena para cuidar su salud mientras otros se dedican a quitársela a tiros. El aislamiento favorece que el poder no se sienta presionado por la sociedad y así seguir haciendo lo que quiera. Es decir, NADA.

El informe del CNMH empezaba con una cita de Todorov que dice “El mal sufrido debe inscribirse en la memoria colectiva, pero para dar una nueva oportunidad al porvenir”. Hoy en Colombia, el presente y el futuro pintan oscuros y tristes por esta otra pandemia.

Justicia

Un día histórico para Colombia

En los libros de historia del país tendrá que ocupar un lugar destacado el día en que la Justicia decidió la detención del senador Uribe.

Apoyo a la Corte Suprema de Justicia

Junto a la fecha, 3 de agosto de 2020, día del comunicado del presidente de la Sala de Instrucción, deberán subrayarse los nombres de los cinco jueces que firmaron unánimemente tal decisión: César Reyes (ponente), Francisco Javier Farfán, Misael Rodríguez, Héctor Alarcón y Marco Antonio Rueda. Nombrarlos puede contribuir a mantenerlos a salvo, porque su acción dará mucho que hablar por mucho tiempo.

Como casi todos los asuntos políticos en este país, y más si afecta a alguien que no perdona contrariedades, la decisión traerá cola. Se radicalizará una polarización que viene de muy lejos y a la que contribuyó sobremanera el ahora encausado al plantear siempre en sus acciones políticas que solamente había dos opciones “o conmigo o contra mí”.

Una parte de la población aplaudirá la medida y pedirá que se lleve hasta sus últimas consecuencias. Otra, empezará a despotricar y a ver una mano negra “comunista” (o progresista, que parece que ahora también es sinónimo de peligro) detrás de la decisión contra su líder.

Pero, por encima de todo eso lo que debe primar es el respeto a la justicia, la observancia a la división de poderes y el acatamiento de la ley. Porque para los furibundos (as) uribistas si las decisiones judiciales les favorecen es justicia, en caso contrario es venganza o un compló castrochavista.

El hoy senador se ha adelantado al comunicado oficial de la Corte y ayer 4 de agosto ya difundió por sus redes virtuales la decisión judicial. Por lo que ha adoptado asumir el papel de víctima, rol que tanto ha denostado de quienes sufrieron violencia por parte de su “seguridad democrática” y algunas otras de sus prácticas.

Pero la providencia de la Sala Especial de Instrucción de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia de 3 de agosto es clara y ajustada a derecho, determinando por unanimidad de sus cinco miembros “medida de aseguramiento de detención preventiva” como presunto autor de los delitos de “soborno de testigo en actuación penal y fraude procesal”.

Medida adoptada “con base en un riguroso estudio jurídico sobre la realidad procesal” que permite señalar “riesgos de obstrucción de la justicia” con fundamento en gran material probatorio recaudado y analizado por la sala.

Que la Corte haya tomado esta decisión es un gran paso a favor de la democracia y de la justicia. Que el fallo vaya contra un expresidente del Gobierno es una muestra de que no todo está corrompido en el país. El político antioqueño, al que muchos colegas siguen llamando “presidente” como si el cargo fuera vitalicio, o será porque es el que ejerce como tal tras bambalinas, es destacado como uno de los más populares. Título que no se ajusta al personaje. Porque popular, sin entrar en interpretaciones baratas sino simplemente recurriendo al diccionario, es aquello perteneciente o relativo al pueblo; que es peculiar del pueblo o procede de él; perteneciente o relativo a la parte menos favorecida del pueblo; que está al alcance de la gente con menos recursos económicos o con menos desarrollo cultural. Ninguna de las anteriores, nada más lejos de la realidad.

Daría tal vez para la última de las acepciones, “que es estimado o, al menos, conocido por el público en general”. Pero ese conocimiento tiene mucho que ver con los esfuerzos políticos, económicos y mediáticos para hacerse notar, para imponer su ley y dejar un lastre de violencias en una población que lleva demasiado tiempo pidiendo paz. Es más reconocido por sus fechorías, aunque haya gente que le ponga el cartel de santo varón y defensor de la patria, que por sus logros sociales o políticos. Nadie más alejado de su pueblo que el ahora “encarcelado” en su mansión.

Día Internacional Nelson Mandela

En memoria del paradigmático defensor de los derechos humanos

Cartel del Día de Mandela 2020

“He dedicado toda mi vida a esta lucha del pueblo africano. He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. He alimentado el ideal de una sociedad libre y democrática en la cual todas las personas vivan juntas en armonía y con iguales posibilidades. Es un ideal por el cual vivo y que espero alcanzar. Pero si es necesario, es un ideal por el cual estoy dispuesto a morir”.

Con esa cita comienza el libro Un ideal por el cual vivo, una suerte de historia personal, que no biografía, de cincuenta años en la vida de Madiba. Nelson Rolihlahla Mandela, también conocido como Madiba, nació el 18 de julio de 1918 en la pequeña aldea de Mvezo (Sudáfrica), hijo de Nonqaphi Nosekeni y de Nkosi Mphakanyiswa Gadla Mandela, consejero principal de la tribu thembu, hermano de los otros doce hijos de sus cuatro esposas.

En el año 2009, mediante la resolución 64/13, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió nombrar el día de su nacimiento como el Día Nelson Mandela, un Día Internacional por la paz, la democracia y la libertad. Fue, durante toda su larga vida, un ciudadano universal y un servidor y defensor de las libertades públicas, la paz y los derechos humanos.

La hija de Mandela, Zindzi, recientemente fallecida, el 29 de agosto de 1985 en el campus de la Universidad de Ciudad del Cabo (foto: Gideon Mendel / AFP / Getty Images)

Un hombre que con su acción inspiró y llevó a cabo un verdadero cambio social, una metamorfosis que consiguió tumbar el racista y excluyente sistema político del apartheid sudafricano. Él ha sido uno de mis “navegantes”, una de las personas que ha marcado mi rumbo en este viaje por la vida y que me ha servido como referente al aportar sus valores intangibles a mi construcción como ser humano.

En una carta que publiqué por su 95 cumpleaños, y que como se pueden imaginar él nunca leyó, le declaraba mi respeto y admiración por “haber promovido y enseñado al mundo la paz desde uno de los lugares más excluidos y olvidados de la Tierra, hasta que su labor lo puso en el mapa; por haber sido un gran desobediente civil y un gran ciudadano del mundo, porque con su trabajo nos mostró el ´largo camino hacia la libertad`”.

Ya lo he dicho antes y hoy, en el día en que cumpliría 102 años, lo repito “Madiba me enseñó la palabra Ubuntu, esa que deberíamos aprender, asumir y practicar todas y todos para cumplir con los derechos”. Así lo escribí en Nueva Tribuna en 2018, Mandela fue “la personificación de la Ubuntu africana, (…) la humanidad y la fortaleza, la concesión sin rendición, el perdón sin el olvido. Ubuntu es una verdad universal, un modo de vida: el respeto, la comunidad, compartir y confiar”.

Para el filósofo y crítico Todorov, en su artículo de 2014 “El ejemplo de Mandela”, el dirigente sudafricano tenía una personalidad que le situaba en otro nivel entre los mandatarios que en el mundo han sido al poseer “una extraordinaria combinación de sentido político y virtud moral” y cuyo éxito tuvo mucho que ver con su capacidad para reconocer la humanidad de su enemigo “al que trata de comprender y ver como el enemigo se ve a sí mismo”.

Según John Carlin, periodista, corresponsal en Sudáfrica para The Independent de Londres, entre 1989 y 1995, y autor del libro Playing the enemy (El factor humano en su versión en castellano) con el que pretendió “humildemente, reflejar un poco la luz de Mandela”, lo más destacable del líder sudafricano era precisamente su factor humano, lo que le hizo actuar inteligentemente y anteponer los intereses de su país por encima de la rabia que sentía; entendiendo que “no iba a lograr el objetivo de la democracia si iba por el camino de la venganza”.

Mandela ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 22 de junio de 1990 (foto: Don Emmert / AFP / Getty Images)

Su labor en pro de la paz, de los derechos y de la igualdad en Sudáfrica, su “revolución negociada”, es un ejemplo que ilustra y guía las teorías sobre resolución de conflictos que muchos países deberían seguir para superar las diferencias y alcanzar la paz desde el respeto y el reconocimiento del otro.

En dos de sus, en mi opinión, más destacados discursos, con lo difícil que es elegir solamente un par de entre tantos que nos regaló, sus palabras quedaron resonando no sólo por su claridad y contundencia, sino por el simbolismo del momento y el espacio en el que las compartió.

Uno es el que ofreció ante la ONU en septiembre de 1998 y en el que, después de reconocer que sería probablemente la última vez que tuviera el honor de estar en esa asamblea, con toda rotundidad pero con absoluta humildad, afirmó “Si todas estas esperanzas [que a nadie se le niegue la libertad; que a nadie se le convierta en refugiado; que a nadie se le condene a pasar hambre; que a nadie se le prive de su dignidad humana] se pueden traducir en un sueño realizable y no en una pesadilla que atormente las almas de los viejos, entonces tendré paz y tranquilidad, entonces la historia y los miles de millones en todo el mundo proclamarán que valió la pena soñar y esforzarse por dar vida a un sueño realizable”.

Y el otro es con el que abrió el concierto Live 8, “Africa Standing Tall Against Poverty”, en Johannesburgo en julio de 2005, donde aseguró, tras reconocer que no debería estar ahí puesto que ya había anunciado formalmente su retirada de la vida pública, que “mientras la pobreza, la injusticia y la gran desigualdad persistan en nuestro mundo, ninguno de nosotros puede descansar realmente”.

Por primera vez en 2015, las Naciones Unidas concedieron el premio de carácter honorario Nelson Rolihlahla Mandela, consagrado al recuerdo de Madiba y que será entregado cada cinco años a aquella mujer y aquel hombre que hayan trabajado por la comunidad siguiendo el legado del premio Nobel de la Paz. En su primera edición recayó en la doctora Helena Ndume, oftalmóloga de Namibia dedicada a combatir la ceguera en África, y en el ex presidente de Portugal Jorge Fernando Branco Sampaio, luchador contra la dictadura en su país y defensor de presos políticos.

En 2020 el galardón les será otorgado a Marianna V. Vardinoyannis, filántropa griega y defensora mundial de los derechos humanos que lleva más de 30 años luchando por un mundo sin fronteras en la salud y por la protección y el bienestar de niñas y niños, y al doctor Morissanda Kouyaté, médico guineano defensor del fin de la violencia contra las mujeres y las niñas en África, especialmente en contra de la mutilación genital femenina.

Nelson Mandela le entrega la copa de Campeón del Mundo de Rugby al capitán de la selección de Sudáfrica François Pienaar en Johannesburgo el 24 de junio de 1995 (foto: Jean-Pierre Muller / AFP / Getty Images)

Este 18 de julio tendrá lugar la decimoctava conferencia anual Nelson Mandela que contará con la participación y el discurso del secretario general de la ONU António Guterres. El evento será en línea y tendrá por título “Abordar la pandemia de la desigualdad: un nuevo contrato social para una nueva era”.

Todo eso y más produce el navegante Nelson Mandela, un ser humano que nos enseñó que todo “Siempre parece imposible hasta que se hace”; que nuestros viajes por un mundo socialmente injusto podían tener la esperanza de alcanzar finales menos malos de los que por lo general cierran las historias. Mandela, como reza el poema de W.E. Henley, fue el amo de su destino y el capitán de su alma.

Los monstruos y la ética

En estos tiempos difíciles de aislamiento por la pandemia puede que sean más visibles los monstruos que llevamos dentro y los que nos asaltan afuera.

“Nuestros monstruos” (foto: Iñaki Chaves)

La monstruosidad no se contagia, pero sí puede ser transmitida por los medios y condicionar nuestros imaginarios ya de por sí sensibles a ser afectados por lo que nos dicen. Por ello sería pertinente demandar el valor de la ética y reclamar su papel en la producción in-formativa, en las acciones económicas y en las decisiones políticas que afectan a la colectividad.

“Las representaciones alrededor de personalidades complejas, tal vez físicamente deformes, psicológicamente desviadas o de comportamientos ´crueles`, han contribuido a la construcción de ciertos imaginarios sobre esos ´monstruos` para intentar mantenernos al margen de sus actos y pensamientos, para no ´contagiarnos`. Como si los demás no fuéramos también, de alguna manera, ´monstruos`.

El temor a lo extraño, a lo diferente, a lo que se sale de la ´normalidad` impuesta, nos hace comportarnos también como monstruos frente a las personas distintas, ya lo sean por su físico, su religión, su ideología, sus opciones sexuales o cualquier otro atributo que los haga disímiles”.

Una reflexión en torno a los monstruos que parte de la siguiente pregunta: “¿por qué dialogar en torno a la ética de los monstruos?” Y que se intenta responder a partir de “cómo esos monstruos, famosos la mayoría, han colaborado a la construcción de un imaginario colectivo y eso tiene, o debería tener, un trasfondo ético. Algo que, desde los medios y, sobre todo, desde la academia deberíamos plantear a la sociedad y a nuestros estudiantes para poder dialogar sobre la ética de los monstruos, o de la ausencia de esta”.

Pueden leer y descargar el artículo completo “La ética de los monstruos” en la revista Mediaciones Sociales de la Universidad Complutense de Madrid.

Morricone en el paraíso

Allá dónde quiera que esté sonará la buena música del maestro de las bandas sonoras

Foto de Ennio Morricone en el libro de C. Aguilar sobre Sergio Leone

La semana pasada, escuchando esa bella composición para la película Cinema Paradiso, de Tornatore, pensé en escribirle una entrada. Ahora el escrito tiene ciertas notas tristes porque su autor se ha ido y seguirá componiendo en otras alturas.

El cine de los últimos cincuenta años no sería el mismo sin las bandas sonoras realizadas por el genio italiano de Ennio Morricone. Escuchar su música es trasladarse al escenario de la película a la que acompañaba. Así, he podido pisar el lejano Oeste, aunque fuera en desérticos escenarios de Almeria, cada vez que oía los sonidos de algunas de sus más logradas obras; siendo observador privilegiado de esos duelos a muerte en los que las miradas y los gestos dan sentido a la partitura que los describe, haciéndome silencioso protagonista de los personajes de Clint Eastwood, Lee Van Cleef, Gian Maria Volonté o Eli Wallach a través de la música del compositor transalpino.

Con su batuta lo mismo te transportaba al Chicago de la ley seca con los gánsteres y los intocables; a las aventuras del salvaje Oeste con aguerridos vaqueros cazarrecompensas y “traviesos” delincuentes; a las selvas latinoamericanas con sus misiones religiosas para salvar al mundo, que a la ilusión de un niño frente a la belleza del séptimo arte.

Trabajó con los más grandes del cine mundial, pero, sobre todo, formó una pareja casi perfecta de baile cinematográfico con su paisano Sergio Leone, al que acompañó musicalmente en seis de sus siete películas. Una unión de resultados sublimes en la que los elementos conceptuales del cine del uno “el barroquismo escenográfico, la discordancia del ritmo, la geografía delirante, la solemnidad y la ironía, el erotismo elíptico y la violencia frenética, los personajes peculiares y las no menos peculiares que establecen, el aliento mítico, la trascendencia del pasado, la nostalgia, la muerte”, encontraban “su interpretación musical idónea, puesto que nacen de ella” (Aguilar, 2009, p. 79). Leone afirmaba que “si es cierto que yo he creado un nuevo tipo de western, es Ennio Morricone quien le ha dado vida”. Para Giuseppe Tornatore, “egli non è solo un grande compositore film che è un grande compositore”.

Imagen promocional de la gira “The 60 years of music tour” de Morricone

Obtuvo un Óscar honorífico por toda su obra en 2006 y, finalmente, el otorgado a mejor banda sonora original diez años después por la música para The hateful eight de Tarantino. Este año había sido reconocido con el princesa de Asturias de las Artes junto a John Williams, otro compositor de lujo. En 2016 inició la que iba a ser su última gira musical, The 60 years of music tour, que se alargó durante más de tres años y en la que  estaba acompañado de doscientas personas entre músicos y cantantes.

Ese era Ennio Morricone, creador de música celestial para el cine. Nació en Roma el 10 de noviembre de 1928 y ha muerto en la ciudad eterna el 6 de julio de 2020. Que las notas le acompañen en el paraíso al que haya ido como tantas veces su música nos ha embriagado de sueños.

Concierto en la Arena de Verona el 28 de septiembre de 2002

Un tal Alonso Quijano

Don Quijote rompe la larga cuarentena dictada por el coronavirus

La película Un tal Alonso Quijano se estrena en línea y de forma gratuita el 1 de julio de 2020 por el canal de YouTube de la Universidad Nacional.

Cartel promocional de la película Un tal Alonso Quijano

El primer largometraje colombiano en ser presentado gratis a través de las redes virtuales es una producción de la Universidad Nacional (UNAL) bajo la dirección de la profesora Libia Stella Gómez que cuenta con la participación de estudiantes de dicha universidad, de la Escuela Superior de Artes de Bogotá (ASAB) y de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

La película surge como parte de un proyecto de investigación de su directora, docente del programa de Cine y Televisión de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, quien ha llevado al cine su personal visión de la obra trayendo a la Bogotá del siglo XXI a algunos de los personajes de Don Quijote de La Mancha. Una mirada motivada por las clases de uno de sus profesores de literatura que se presentaba en el salón ataviado como el caballero de la triste figura creado por Cervantes.

La película cuenta con financiación del propio equipo de producción a la que se ha sumado el aporte de algunas instancias de la Universidad Nacional, de Dago García Producciones y de Caracol Televisión.

En videoconferencia con la profesora y cineasta antes del estreno oficial de su tercera película, nos cuenta de su pasión por la docencia y por el cine y cómo este arte le ha dado la posibilidad de contar sus historias, de expresar su personal manera de mirar el mundo. Como lo muestra al hacer cabalgar a Alonso Quijano por el campus de la universidad en una tragicomedia y thriller musical que se desarrolla “entre la realidad y la imaginación, entre risas y llantos, entre la revelación y el ocultamiento”.

Afirma que su película no es una adaptación, “sino que estoy trayendo a Bogotá a los personajes. El profesor protagonista es un amante del Quijote que cree que puede huir de su pasado y olvidarse de las cosas que le duelen refugiándose en el personaje”. Es una reafirmación de que la vida es un teatro en el que nos disfrazamos para resistir “Sí, los personajes se disfrazan para sobrevivir, para encajar, para tener un lugar al que pertenecer. Les toca ser otros”.

Autora del libro La mosca atrapada en una telaraña: Buñuel y Los olvidados en el contexto latinoamericano, nos dice que, al contrario de su película Ella, en Un tal Alonso Quijano no hay influencias del director aragonés. Aunque sí reivindica a otros olvidados de la sociedad colombiana como los deudos, las personas que tienen familiares desaparecidos y que han visto truncadas sus vidas.

La directora durante la entrevista (foto: Iñaki Chaves)

Durante el rodaje, que se ha alargado por tres años, tuvo lugar el fallecimiento de Manuel José Sierra, quien interpretaba a Quijano. Algo que supuso un duro golpe ya que el guion lo escribió pensando en él “por ser la encarnación de don Quijote”. Pensó que “la película se había ido al carajo. Pero los estudiantes me animaron y me hicieron ver que faltaban solamente diez escenas con el Quijote. Algunas eran prescindibles y se suprimieron; otras se hicieron en cámara subjetiva, otras de espaldas y otras de lejos. Solamente en dos de ellas se tuvo que sustituir al protagonista con un actor titiritero con máscara”.

A pesar de que la película está entramada en cuatro personajes y sus historias, por encima de todos ellos destaca Santos Carrasco (Sancho Panza), interpretado por Álvaro Rodríguez, que lleva “la voz cantante” de la cinta al ser el personaje que quiere saber la historia de Quijano para comprender la causa de su locura.

Libia dice que su película es una invitación a un viaje plasmado de misterio, risas y música con el que quiere que “el espectador disfrute y que sea un motivo para  reflexionar sobre nosotros mismos, sobre cómo procesamos el dolor. Sobre cómo nos enfrentamos al ejercicio pedagógico, que no puede ser un corsé sino que hay que aceptar otras formas de ver la vida. Y también en este caso entender el papel del punk en la película como una música para la protesta social”.

Tanto Quijote como Sancho son, desde distintas perspectivas, dos idealistas que, como casi todos, “quisieran encontrar ese trozo de felicidad, aunque sea siendo otro. De ahí que el profesor Alonso Quijano se pregunte ´¿Por qué no se me deja solamente vivir la fantasía del Quijote?` Pero la realidad está ahí y nos hace decir adiós a la fantasía”.

En Un tal Alonso Quijano, el protagonista lucha contra los “trasnmilenios” (buses articulados) en lugar de contra molinos: “Una metáfora de la realidad con la que nos tenemos que enfrentar y que le ´obliga` a viajar dentro de ellos”.

Para Libia S. Gómez “El cine colombiano ha puesto la realidad y la violencia tan de frente que es difícil que el espectador la vea”. Por eso prefiere “ejercer un efecto de distanciamiento de la realidad, para que la gente salga mascullando sobre qué le quedó de lo que ha visto. Para que se vaya rumiando y pensando a largo plazo”.

Don Quijote y Sancho en Bogotá (foto: Iñaki Chaves)

El estreno de Un tal Alonso Quijano quiere ser un regalo para la ciudadanía durante el aislamiento provocado por la pandemia y un intento de romper con la tradicional taquilla que en Colombia hace que las películas nacionales apenas se mantengan en cartelera. Es, en palabras de su directora, “una apuesta por el producto nacional. Un regalo de la UNAL, como un bálsamo de Fierabrás que quiere dar un punto de reflexión sobre nosotros mismos y nuestra realidad”.

La película estará gratis y en abierto desde el 1 al 15 de julio por el canal de youtube de la Universidad Nacional y en la página web www.untalalonsoquijano.com pueden encontrar toda la información y contenidos extras. Así que separen una silla para asistir al estreno y prepárense para disfrutar de esta prometedora película.

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