Pablo, romántico y revolucionario

El trovador cubano ha partido dejándonos su isla y nuestros corazones llenos de amor y de revolución

Pablo Milanés fue romántico en la revolución y revolucionario en el romance, tanto monta que tanto da. En el amor, la prefería compartida antes que vaciar su vida. No le preocupaba que no fuera perfecta, mas se acercaba a lo que soñaba. En la revolución, se enorgullecía de haber nacido en el Caribe, gozando de una facultad y sintiendo su libertad que le identificaba y le daba vida.

Portada del álbum «Años» (La Habana, 1979, con Luis Peña «el Albino») y foto interior de Pablo Milanés.

Se nos ha ido un trozo importante de la historia, de la colectiva y de la mía personal. Fue un referente por su música y por sus letras, que cantaban al amor y a su isla, a la mujer y a la revolución. Crecimos escuchando sus canciones, fueran románticas o revolucionarias; caminamos con sus sonidos en dirección a la utopía que nos abrían su música, Cuba y su revolución.

Sabía que no vivía, ni él ni nadie, en una sociedad perfecta. Por eso pedía que no se le diera ese nombre, pero la sentía dentro porque la hacían mujeres y hombres. No todo le complacía, pero por ella daba la vida.

Estaba seguro de que más temprano que tarde y sin reposo retornarían los libros y las canciones que quemaron las manos asesinas, que renacerían los pueblos de sus ruinas y los traidores pagarían por sus culpas.

Creía en el amor y también en la revolución, a pesar de todo. Aunque le diera disgustos siempre volvía a ella, pese a que estuviera llena de contradicciones y presta a soluciones, porque nada hay más humano que prenderse de su mano y caminar creyendo en ella, como creía en su dios, que eres tú, que soy yo, que es la Revolución.

Se preguntaba ¿qué mares han de bañarte, y qué sol te abrazará, qué clase de libertad van a darte? Y se respondía que él se quedaba con todas esas cosas pequeñas, silenciosas, con las más dignas, más hermosas. Con esas él se quedaba.

Y con su Yolanda, que es mi Beatriz o tu Rosa o la María de cualquiera, con la que sabemos que es cierto el temor a hallarnos descubiertos, que nos desnuda con sus siete razones y que nos abre el pecho siempre que nos colma de amores.

Ella le rompía todos los esquemas, pero él llenaba los breves espacios de soledad con sus olores porque se entregaba cual si hubiera un sólo día para amar.

No le importaban los papeles grises, ni las estrellas azules, porque nos llenó los minutos y la vida de razones para respirar, sin negar el pasado ni un futuro que algún día llegará. No le importó la gente que solamente hablaba por hablar, lo que quería era que ella le llenará el espacio con su luz.

Pablo sabía desde siempre que el tiempo pasaba y que nos pondríamos viejos y que no reflejaríamos el amor como ayer, pero que, en cada conversación, con cada beso o cada abrazo el amor se iría volviendo otro sentimiento lleno de razón.

Él se quedó, él siempre estuvo y siempre estará, aunque fuera y viniera y ahora se haya ido definitivamente. Creyó en el amor y en la revolución, que no son perfectas, pero que se acercan a lo que siempre soñó.

Por Pablo, por Cuba y por la revolución, la suya y la nuestra. Hasta la victoria siempre.

Ellas sin sombrero

Mujeres que completan nuestra mutilada historia

Publicado en Mundo Obrero

Entrada a la exposición «Las Sinsombrero» con el video de Maruja Mallo
(foto: Iñaki Chaves)

La exposición “Las Sinsombrero” en el teatro Fernando Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa en Madrid, se inauguró el 19 de octubre de 2022 y estará abierta hasta 15 de enero de 2023.

Ellas son otras más de las incontables mujeres excluidas de la historia oficial en cualquier lugar del planeta. Llamar la atención sobre sus vidas y sus obras y traerlas a la actualidad es pagar una deuda histórica que lastra el compromiso con nuestra memoria y la calidad de nuestra democracia.

Maruja Mallo, una de las Sinsombrero, te recibe a la entrada de la muestra en un video en el que rememora el triste hecho que sufrieron Lorca, Margarita Manso, Dalí y ella misma en la madrileña puerta del Sol. Fueron apedreadas por quitarse el sombrero, como si hubieran hecho “un descubrimiento como Copérnico o Galileo”, les trataron como si fueran “maricones”, como si quitarse el sombrero fuera “una manifestación del tercer sexo”. Porque, según sus propias palabras, llevar sombrero era como “un pronóstico de diferencia social”.

Comisariada por Tània Balló, autora de tres libros relacionados con estas artistas e intelectuales españolas de principios del siglo XX Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa, Las sinsombrero 2. Ocultas e impecables y No quiero olvidar todo lo que sé. Las sinsombrero 3, la exposición hace un más que notable recorrido por una pléyade de mujeres de diversas disciplinas de las letras y las artes tan relevantes como ignoradas y que estaban, como poco, al mismo nivel que sus compañeros de generación.

Mujeres de la historia cuyas historias enriquecen la historia general de un país que parece no querer hacer memoria y que, cuando la tiene, la recuerda de manera selectiva. Fueron “parte y testigo de los acontecimientos sociopolíticos que caracterizaron el siglo XX español […] ellas y su obra son una fuente testimonial importantísima que nos permite conocer de primera mano los avatares de dicho tiempo, no solo desde la perspectiva artística e intelectual sino también desde la mirada femenina que pocas veces ha sido puesta en valor”.

Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, Marga Gil-Roësset, María Teresa León, Maruja Mallo, Margarita Manso, Concha Méndez, Josefina de la Torre, Ruth Velázquez o María Zambrano forman parte de este gran trabajo de investigación y de documentación que nos ofrece una oportunidad histórica, como la historia de estas mujeres, que debería abrirnos los ojos y la mente para no vernos constreñidos por el peligro de la historia única, esa que escriben por lo general hombres y que, en caso de conflicto armado, solamente contiene la visión de quienes la narran y que suelen ser del bando vencedor (si es que en una guerra existen vencedores).

El compromiso político de este grupo de mujeres «Sinsombrero»
(foto: Iñaki Chaves)

“Las Sinsombrero” son imprescindibles, como el documental del mismo título producido por RTVE y estrenado en 2015, en el que se recoge esa mirada necesaria para luchar contra “los puntos ciegos de la historia”, de una historia que no se ha contado entera en una España todavía anquilosada y llena de prejuicios que nunca reivindicó como se merecen a sus mujeres artistas.

En este enlace pueden ampliar información sobre la exposición y acceder a la guía didáctica y al cuaderno de actividades que la complementan y que son buenos recursos educativos para que vayamos aprendiendo de nuestra historia y colaborando a que nuestra población estudiantil también la conozca sin las falencias que padecimos quienes nos formamos durante una época de ocultamientos de nuestra propia realidad. También pueden acceder al proyecto transmedia “Las Sinsombrero” para profundizar en el legado de todas estas grandes mujeres y grandísimas artistas.

Si caen por Madrid, no dejen pasar la ocasión de visitar la exposición. Si no pueden, lean sobre ellas y naveguen por la web de la muestra. Diría que es imprescindible.

COP27, más de lo mismo

Una conferencia más sobre cambio climático que, por desgracia, tampoco conseguirá frenarlo

Publicado en Mundo Obrero

No es ser pesimista, pero con la que se va a celebrar del 6 al 18 de noviembre en Sharm El Sheikh (Egipto) van ya 27 Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y seguimos sin verdaderos avances en la lucha contra esta crisis y todo lo que conlleva.

Logo de la COP27

Tal vez alguien, dentro de muchos años, se rasgue las vestiduras ante un planeta muerto y lamente no haber hecho nada o no haberlo hecho mucho antes. Como en el final de aquella película (¿premonitoria?) “El planeta de los simios”, alguien, quizá un ser de otro planeta porque este será difícil que tenga supervivientes, se encontrará con los restos de lo que fue una civilización diversa y egoísta, inteligente y engreída, más preocupada por la rentabilidad económica que por la social y mucho más por el aquí y ahora que por el mañana que será hoy.

Han pasado treinta años desde la Cumbre de Río en 1992 y veinticinco desde el Protocolo de Kioto de 1997 y las constataciones de los riesgos del cambio climático han aumentado a la par que las inacciones para mitigarlos. Año tras año se siguen llenando documentos y compromisos de palabras vanas que se quedan en el papel y que no se ratifican y, por lo tanto, no se aplican o no todo lo urgente y seriamente que sería necesario.

Manifestación por el clima en Bogotá el 20/09/2019 (foto: Iñaki Chaves)

Hemos cuestionado hasta la saciedad si queremos “planeta o plástico” en un mundo en el que “se calcula que anualmente son casi nueve millones de toneladas de desechos plásticos los que llegan a los océanos”; hemos tenido una mujer árbol premio Nobel de la Paz que nos enseñó a trabajar “por juntar las diferencias de su tierra a partir de la plantación de vida en forma de árboles con su Green belt movement”; tenemos una Greta Thunberg que despertó conciencias con su desobediencia civil y su iniciativa Friday´s for future; contamos con una Amazonia que sigue perdiendo no solamente superficie sino el partido de las finanzas al recibir casi treinta y cinco veces menos inversión que la reconstrucción de la catedral de Notre Dame tras su incendio, y nos hemos movilizado infinidad de veces con acciones por el clima denunciando que “no hay planeta B” y que lo que necesitamos es “cambiar el sistema, no el clima”. Pero, tres años y una pandemia después de todo eso seguimos sin aprender y sin actuar como corresponde por parte de quienes tienen los poderes para hacerlo.

El tiempo se acaba. El futuro es incierto y cambiante en casi todos los aspectos de la vida, pero es seguro y agravado en lo que a cambio climático se refiere. Y ya, será el game over del planeta. Terminará la COP 2022 y seguiremos prometiendo lo que ni gobiernos, incapaces por la pérdida de soberanía y de su papel en el contrato social y, sobre todo, ni grandes corporaciones económicas e industriales van a afrontar y cumplir.

El año pasado en la COP de Glasgow se proponía “Juntos por el planeta”, este año el eslogan es “Trabajar en beneficio de las personas y el planeta”, pero la propia página de Naciones Unidas sobre la conferencia afirma que la 27ª cumbre “busca renovar la solidaridad entre los países para cumplir el histórico Acuerdo de París”. No se necesita “renovar” la solidaridad entre países, la mayoría insolidarios y más preocupados por sus propios intereses que por el planeta y la humanidad a la que dicen defender, lo que hace falta es acción. El Acuerdo de París cumple ya siete años y la vida del planeta Tierra sigue igual o peor, caminando directa y sin freno al precipicio.

Pintada esperanzadora (Univ. Surcolombiana, octubre 2018, foto: Iñaki Chaves)

Ojalá me equivoque y mi nieta y las generaciones venideras consigan vivir dignamente en un planeta menos enfermo, con una población más solidaria y con gobiernos menos enceguecidos y más comprometidos.

Vestigios

Las basuras que conforman el paisaje retratadas con cámara estonepeica y película caducada

Juan Camilo Segura ha obtenido, con la serie fotográfica titulada “Vestigios”, el Premio Nacional de Fotografía, máximo galardón colombiano en reconocimiento a los aportes que las y los artistas del medio hacen al enriquecimiento de la cultura visual del país.

El pasado 21 de octubre se dio a conocer el ganador de la edición de 2022 del Programa Nacional de Estímulos del actual Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia en categoría “fotografía”. En esta ocasión el premio ha reconocido la obra y la trayectoria de Juan Camilo Segura, un profesional con un largo y fecundo recorrido a sus espaldas. La serie presentada al certamen está compuesta por quince imágenes realizadas con cámara estenopeica y rollos de película vencidos y atacados por diversos hongos y bacterias producto de la humedad y del paso del tiempo.

Para el jurado del premio la obra es “Una propuesta experimental, original e interesante, que corre los riesgos que todo proyecto de esta naturaleza exhibe. Con un trabajo en el que se junta lo previsto de un proyecto con lo imprevisto del rastro que deja. Su narración es contundente y refuerza lo efímero y desechable de la existencia […] La analogía de la contaminación que sufre la película con la epidemia que vivimos en los dos últimos años es efectiva y nos hace recordar la angustia y el desasosiego de estos tiempos”.

El proyecto, que compitió con otras veinticinco series de fotos de otros tantos fotógrafos y fotógrafas de todo el territorio, es, para el propio autor, “el registro consciente del paisaje y de objetos ´basura` que me rodean y que deposita el mar en la playa”. Además, forma parte de “la memoria de diversos trayectos realizados alrededor del muelle de Puerto Colombia (Barranquilla)”.

Juan Camilo, que se autoexilió hace veinte años en el Caribe colombiano, es maestro en Artes Plásticas por la Universidad del Atlántico y fue discípulo de David Manzur. Ha ejercido como docente de fotografía en varias universidades colombianas y también ha hecho fotografía teatral para algunos de los grupos más importantes del país.

Con su obra ha participado en eventos y espacios especializados, de forma individual y colectiva, en Colombia, Cuba, España, Gran Bretaña, Noruega y Venezuela, y ha sido publicada en las principales revistas y periódicos del país. Entre otros trabajos sus imágenes forman parte del libro de Beatriz González Dolores: obra reciente publicado por el Fondo Cultural Cafetero en 2001.

En el año 2020 obtuvo la Mención de Honor en este mismo premio con la serie “Entornos”. Tiene sus relatos fotográficos alojados en su blog homónimo, “una publicación virtual que se nutre de pequeñas historias convertidas en imagen a manera de series fotográficas”.

De su “ojo fotográfico”, el poeta colombiano Miguel Iriarte ha escrito “tiene un talento que sabe hallar en el siempre milagroso hecho fotográfico, […], el pretexto para ofrecernos una imagen diferente de aquello que ya sabemos visto y procesado pero que su ojo de fotógrafo se permite reinventar bien sea desde el inocente ademán convencional de la foto analógica o bien desde cualquier asombroso procedimiento experimental con el que agrega o resta razones al pretexto inicial y produce siempre un hecho excepcional para la mirada del otro”.

Una mujer de altura

La “quinta” de los hermanos Marx fue una actriz con más tablas y personalidad que lo reflejado por sus personajes en la pantalla

Publicado en Mundo Obrero

Una mujer entregada a cumplir sus papeles como señora adinerada de la alta sociedad con, aparentemente, pocas luces, cuyas inocentes y bobaliconas réplicas a las diatribas marxistas la sitúan entre las grandes comediantes del Hollywood de la época.

Margaret Dumont junto a Groucho Marx en la versión teatral de 1929 de «Animal Crackers» (foto: Biblioteca Pública de Nueva York en el Centro Lincoln)

Daisy Juliette Baker, más conocida como Margaret Dumont, fue una actriz cómica nacida en Brooklyn (Nueva York, EE. UU.) el 20 de octubre de hace ciento cuarenta años. Coqueta, se restaba edad, y elegante, sus papeles en las siete películas de los hermanos Marx en las que participó le dieron fama, un lugar en el universo fílmico y una relación más allá de bambalinas, dicen que oculta pero real, con el más marxista de los Marx.

Antes del cine ya había formado parte de dos de las obras teatrales de los hermanos Marx, “The coconuts” y “Animal crackers”. En la gran pantalla, sus conversaciones con Groucho forman parte de la historia de los mejores diálogos cinematográficos sinsentido. En escena le seguía la corriente a un siempre simpático y charlatán personaje que pretendía embaucarla mientras ella se dejaba querer y engañar.

Aunque lo aparentara, ella no era tonta. Lucía magistral en su papel de mujer de clase alta que soportaba a un grupo de grandes actores algo pagados de sí mismos que, pese a respetarla, le hacían la vida imposible.

Stefan Kanfer, en su libro Groucho, una biografía, cuenta que, tras una de las interminables y pesadas bromas sufridas a manos de los Marx, también fuera del escenario, ella terminó en una estación de tren donde Groucho la encontró llorando y, haciéndose el arrepentido, le dijo: “Oh, Maggie. No te enfades. Sabes que nunca haríamos nada que te pudiera herir”. Ambos sabían que era una mentira, pero también sabían que a ella “le encantaba aquel papel, que era insustituible y que necesitaba el trabajo”.

En el mismo texto, el autor señala que el guionista George S. Kaufman admiró su trabajo en la comedia “The Fourflusher” y, mientras la veía sentada con gran dignidad, concentrada en sus palabras, pensaba que “estaría fabulosa como gran dama de Florida”. El propio Kanfer la califica como “una minuciosa profesional que se sabía bien sus papeles y los bordaba” a pesar de ser víctima de las cansinas travesuras de Groucho y sus hermanos.

Pese a todas las historias sobre su valía y sobre su aguante, en 1974, en la gala en la que Groucho recibió el Oscar honorífico a toda su carrera, la recordó como una gran mujer, aunque insistiendo en que no entendía sus bromas. Algo que, seguramente, formaba parte de la misma broma. Porque años después Victoria Dumont, sobrina de la actriz, declaró haber encontrado en un baúl un montón de cartas entre ella y el cómico llenas de cariño y fino e inteligente humor. Fueron una gran actriz y un gran actor, metidos con fuerza y convicción en sus papeles, que no podemos separar porque forman parte fundamental de las películas de los geniales hermanos marxistas.

Así lo confirma Simon Louvish en Monkey business: vida y leyenda de los Marx al escribir que “Los hermanos Marx sin Margaret Dumont son como sopa de pollo sin fideos, como un bagel sin queso crema”.

Este año se ha publicado Straight Lady – The Life and Times of Margaret Dumont “The Fifth Marx Brother”, escrito por Chris Enss y Howard Kazanjian, un merecido reconocimiento para esta mujer de altura, artística y física, medía 175 cms., que siempre supo estar al nivel de sus compañeros en el escenario y que cumplía con creces sus papeles teatrales y cinematográficos como la quinta de los hermanos Marx.

Filmografía de Margaret Dumont con los hermanos Marx:

“The cocoanuts” (1929), como Mrs. Potter.

“Animal crackers” (1930), como Mrs. Rittenhouse

“Duck soup” (1933), como Mrs. Teasdale

“A night at the opera” (1935), como Mrs. Claypool

“A day at the races” (1937), como Mrs. Upjohn

“At the circus” (1939), como Mrs. Dukesbury

“The big store” (1941), como Mrs. Phelps

Uno de los más famosos diálogos de Margaret Dumont con Groucho Marx en la escena de la recepción presidencial de “Duck soup”

Fotógrafas

Mujeres documentalistas levantan sus voces y sus imágenes contra los poderes establecidos

Publicado en Mundo Obrero

El miércoles 21 de septiembre de 2022 se inauguró la exposición fotográfica “Contra toda autoridad (menos la de mi mamá)” en el museo de Artes Visuales de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.

De izquierda a derecha las fotógrafas Nathalia Angarita, Lina Gasca, Diana Rey y Natalia Pedraza (foto: Iñaki Chaves)

En diciembre de 1977, la revista Diners se preguntaba “¿Quiénes fueron las primeras mujeres en Colombia que se dedicaron a la fotografía?”; en octubre de 2020, Natalia Pedraza se cuestionaba en El Espectador “¿Dónde están las fotógrafas colombianas?”. Hoy podemos decir que Colombia tiene un buen grupo de mujeres fotógrafas que están ahí, en la brecha, produciendo y narrando con fuerza su visión del mundo. Una parte representativa de ellas estuvo en la charla previa a la inauguración de la exposición que recoge algunas de sus fotografías.

Nathalia Angarita, Lina Gasca, Natalia Pedraza y Diana Rey, egresadas del programa de Fotografía de dicha universidad, volvieron a su alma mater para conversar sobre su labor y sus experiencias. En la biblioteca de la Tadeo mantuvieron una amena charla con la periodista Marina Sardiña, dando su particular versión de lo que significa ser fotógrafas en un mundo de hombres -“el ejercicio fotográfico que cada una asume, sorteando las miradas patriarcales de un entorno acostumbrado a que sean hombres quienes realizan el registro visual de la realidad” como reza la presentación de la muestra- y de lo que les ha significado pelear por ser lo que querían ser y que ya son.

A continuación, abrieron la muestra fotográfica “Contra toda autoridad” en la que presentan una parte de los trabajos que han venido realizando en las calles durante los últimos tres años. Es la mirada femenina de cuatro fotodocumentalistas que luchan por abrirse espacio en una profesión mayormente masculina y que demuestran que ellas también pueden, sin tanto ruido, sin tanto alarde y con mucho menos ego, pero con trabajos valiosos y comprometidos, documentar con solvencia la realidad.

Ellas manifiestan su rebeldía a través de las imágenes contra el poder macho y blanco que se han encontrado en su desempeño profesional. No sólo el de las autoridades, sino el de sus propios compañeros de gremio a los que han tenido que enseñar que ellas SÍ SON, son profesionales que saben estar y saben hacer.

Entrada a la exposición «Contra toda autoridad» (foto: Iñaki Chaves)

La muestra fotográfica nos permite observar las calles y sus protestas vistas por los ojos críticos de cuatro jóvenes fotógrafas que reivindican su poder contra los otros poderes, los que tradicionalmente las han excluido. Contra toda autoridad, menos la de sus mamás, que ellas sí han estado presentes para respaldarlas, para animarlas y para hacerles creer que sí podían. Estos trabajos, y los que están por venir, así lo certifican.

Las cuatro nos ofrecen una visión femenina y feminista de la realidad social y de la realidad de las mujeres, siendo “testigos de los acontecimientos que capturan con sus imágenes para narrar no sólo el momento fotografiado, sino, de alguna manera, dar cuenta de su posición ética y política frente a los hechos”, en una actividad en la que, pese a todas las dificultades, no pueden ser neutrales. Porque son seres humanos, porque son mujeres y porque son fotógrafas. Con compromiso y con berraquera. La exposición estará abierta hasta el 14 de octubre. Un paso más en esa lucha en la que les toca seguir caminando. Quienes estén por Bogotá no pierdan la oportunidad de visitar la muestra fotográfica de estas jóvenes documentalistas.

El valor de las personas muertas

Todos los días mueren miles de personas en el mundo, pero parece que cada una tiene distinto valor y que viene dado por la clase social

Publicado en Mundo Obrero

Las clases de muertes existen y las clases sociales también, “Toda la historia de la sociedad humana es una historia de la lucha de clases” (Marx y Engels). Pelea en la que las muertes también tienen su propia cancha y su cajón social.

Una variación de la imagen que Sex Pistols llevó a la fama (foto: internet)

El 8 de septiembre de 2022 ha muerto plácidamente, bien cuidada y tan enriquecida como empobrecida una gran parte de sus súbditos (que palabra tan anacrónica), acompañada y rodeada de sus seres queridos, una señora de la alta sociedad, de primera clase social. Los medios se han desvivido por informar sobre ella y su larga vida (96 años), edad que, si tenemos en cuenta los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), supera con mucho la esperanza de vida media mundial que en la actualidad se sitúa en 69,8 años para los hombres y 74,2 para las mujeres.

De ese casi un siglo de existencia, ha estado más de siete décadas reinando porque, según ella, ese era su destino. Otras personas, con mucho menos tiempo en el cargo y menos clase social, y con menos presupuesto -el de esta señora rondaba, descontados los gastos, los 50 millones de euros anuales- son tildadas de casi dictadores, de aferrarse al poder, pese a que, en algunos casos, hayan sido elegidas en las urnas. En este asunto, la urna es su corona.

El 9 de septiembre de 2020 morían asesinadas once personas en Bogotá (Colombia). No fue un día cualquiera, porque se produjeron actos y muertes violentas por parte de las fuerzas del orden; sí, esas que tienen que velar por la seguridad y las vidas de la ciudadanía pero que actúan cual lobos esteparios, como bestias apenas cubiertas “de una tenue funda de educación y sentido humano” (Hesse). Dos años después, “persisten los vacíos y los silencios” (Temblores), los crímenes siguen sin resolverse y apenas ocupan cuatro líneas en la agenda mediática.

Cualquier día mueren en el mundo 16.000 niñas y niños por causas evitables; cerca de 828 millones de personas padecen hambre; el cáncer mató en 2020 a casi 10 millones de ciudadanas y ciudadanos en el planeta, y más de 700.000 personas se quitaron la vida en 2019, lo que supone una de cada 100 muertes globales.

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) cifró para 2021 en más de 89 millones el número de personas desplazadas a la fuerza fuera de sus hogares ya sea por persecución política o religiosa, por conflictos armados o por violaciones de Derechos Humanos, y las cifras aumentan cada año.

Para la Organización Internacional de Trabajo (OIT), en asocio con la ONG australiana Walk Free, en la actualidad hay más de 40 millones de personas víctimas de la llamada ‘esclavitud moderna’ (trata, coacciones y trabajo forzoso). “La esclavitud es la hija de las tinieblas: un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción” (Bolívar). Una de cada cuatro de esas personas son menores de edad.

Casi todas ellas, las asesinadas, las hambrientas, las enfermas, las refugiadas, las esclavizadas, son seres humanos sin nombre que apenas reciben un minuto de atención por parte de los medios o de gran parte del resto de la sociedad.

En estos días han desaparecido de las portadas el resto de las noticias, o al menos el tiempo en los informativos ha quedado reducido a la mínima expresión. Parece que lo que no han logrado la diplomacia ni las armas lo ha conseguido este luto: parar las noticias de la guerra de Ucrania. Muestra palpable de esas estrategias de la manipulación mediática con la distracción como elemento primordial del control social (Timsit). Una más de esas armas silenciosas para guerras tranquilas.

Tras este fallecimiento, alguien añadirá una nueva cerradura a la puerta del castillo que no es ni para entrar ni para salir, sino para que se mantenga cerrada (Borges y las 1001 noches). Como el poder de las clases sociales y las muertes de clase, unas personas en sus fortalezas y otras en la puta calle.

La reina dijo adiós y dejó a la vista el valor de las personas muertas y la hipocresía de este mundo. Todos los días caen miles de puentes de Londres sin que haya ningún plan que intente poner remedio a las muertes, a las violencias o a las injusticias. La vida sigue y las muertes se suceden, unas con más clase y otras casi invisibles y en el olvido.

Desaparecidas, vivir sin saber de la muerte

La triste realidad de las personas de las que no se tiene noticia en un mundo que, pese a estar inundado de información, no sabe cómo cumplirle a la vida

Publicado en Mundo Obrero

Pintada contra las desapariciones forzadas en la entrada de la Universidad Nacional en Bogotá (foto: Iñaki Chaves)

Después de mucho caminar, de vagar por caminos sin rumbo, de tocar puertas y cavar la tierra, hay quienes no encuentran lo que andan buscando: a sus seres queridos desaparecidos. Es una realidad que nos golpea con la fuerza de una ola y nos moja el cuerpo secándonos el espíritu. Esas personas desvanecidas contra su voluntad por la acción u omisión de “agentes gubernamentales (…) grupos organizados o particulares que actúan en nombre del gobierno o con su apoyo directo o indirecto” son víctimas de un crimen de lesa humanidad.

Para las Naciones Unidas la desaparición forzada en un delito imprescriptible, puesto que se considera un crimen contra la humanidad, tal como establecen tanto el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, en vigor desde el 1 de julio de 2002, como la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, aprobada por la Asamblea General de la ONU el 20 de diciembre de 2006. La comisión de estos delitos infunde terror en la ciudadanía y genera una inseguridad que afecta no sólo a las familias de las personas desaparecidas, sino también “a su comunidad y al conjunto de la sociedad”.

La continua preocupación por la frecuencia en la producción de retenciones contra su voluntad de un gran número de personas en el mundo lleva a las Naciones Unidas a aprobar, mediante la resolución 47/133 de 12 de febrero de 1993, la Declaración sobre la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas.

Estableciendo que “Todo acto de desaparición forzada constituye un ultraje a la dignidad humana. Es condenado como una negación de los objetivos de la Carta de las Naciones Unidas y como una violación grave y manifiesta de los derechos humanos y de las libertades fundamentales proclamados en la Declaración Universal de Derechos Humanos y reafirmados y desarrollados en otros instrumentos internacionales pertinentes” (Art. 1).

Las cifras sobre desapariciones forzadas seguramente no se ajustan a la cruda realidad. América Latina, una de las regiones mas afectadas por esta lacra, se enfrenta, según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) “a la falta de cifras confiables y a un problema insuficientemente reconocido». Con base en los datos oficiales, facilitados por los organismos estatales, en México se han producido, desde 1964 a agosto de 2022, 105.000 desapariciones de las que 25.000 eran mujeres y 20.000 tenían menos de 18 años. En Colombia, con la información de su Registro Nacional, ha habido, entre 1930 y finales de 2021, 111.658 personas desaparecidas. Para la directora de la fundación de derechos humanos colombiana Huella de Cristal “Actualmente son más de 120.000, pero todos los días hay nuevas desapariciones, por lo que no hay cifras exactas”. Otros países de la región presentan cifras también alarmantes; como Argentina, con 30.000 desaparecidos entre 1976 y 1983, o Guatemala, con cerca de 45.000 entre 1960 y 1996.

El último informe del Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas o Involuntarias, órgano establecido en 1980 por la Comisión de Derechos Humanos y el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, presentado a la Asamblea General de Naciones Unidas en el período de sesiones del 13 de septiembre al 1 de octubre de 2021, recoge que se han investigado un total de 59.212 casos de desapariciones forzadas en 110 Estados. De los cuales tan solo se han esclarecido 376.

La tragedia social que supone esta mancha en las sociedades, “mucho más que una violación de los derechos humanos”, también hizo que las Naciones Unidas, por medio de la resolución de la Asamblea General A/RES/65/209 de 21 de diciembre de 2010, establecieran el 30 de agosto como el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Conmemoración que se viene dando desde 2011.

La persecución de líderes y lideresas sociales, la eliminación de quienes piensan diferente o defienden los derechos humanos y hasta la limpieza social están detrás de la mayoría de las desapariciones. En 1982 en Bogotá, dos de los desaparecidos fueron los estudiantes de la Universidad Nacional Alfredo y Humberto Sanjuán, autores de la famosa pintada dedicada al Che en la plaza central de dicha universidad. Sus familias, y las del resto de personas desaparecidas en Colombia y en todo el mundo, seguirán luchando “hasta encontrarlos”.

¿A dónde van los desaparecidos?

Busca en el agua y en los matorrales.

¿Y por qué es que se desaparecen?

Porque no todos somos iguales.

¿Y cuándo vuelve el desaparecido?

Cada vez que los trae el pensamiento.

¿Cómo se le habla al desaparecido?

Con la emoción apretando por dentro.

“Desapariciones”, de Rubén Blades

Una oda a la alegría

Hoy, 22 de agosto de 2022, he decidido firmemente no caer en la tristeza

En la soledad en que me encierra la separación de mi compañera pienso que la vida nos está pidiendo echarnos en brazos de la alegría para no hundirnos en el lamento ni en la agonía de un mundo convulso al que hay que buscarle aquello que nos alimente el optimismo.

Una oda a la alegría (foto: Iñaki Chaves)

Una de esas alegrías es vivir y otra, la más grande, es hacerlo con mi socia de vida. Otro gozo más es haber hecho casi lo que he querido: he enseñado y he aprendido, he escrito y he leído, he navegado mis rutas y he caminado sin dar un paso por el camino. También es motivo de alegría que hoy hace siete años que di inicio a esta segunda vuelta al mundo a bordo de mis pateras al Sur. La continuación de un viaje sin mapas, ni siquiera nocturnos, sin una cartografía determinada, sin más brújula que ella, sin más señal que Choike en el firmamento, ni más guías que mis maestras y maestros. La ruta la han ido marcando los tiempos y los hechos.

En estos ochenta y cuatro meses han sido doscientas sesenta y siete las entradas que he publicado. Eso da una media de algo más de tres publicaciones al mes. Mucho más, y creo que mejor, que lo que me había propuesto al iniciar esta travesía bloguera. Entre esas doscientas y pico entradas, y pese a que la pandemia de la covid-19 ha intentado hacerle sombra y mis filias y mis fobias siempre han sido un asunto recurrente, Colombia ha ocupado un lugar destacado por encima del resto de las temáticas. Por eso esta entrada conmemorativa vuelve a tener al país andino como referente y a la alegría como objetivo.

En esta tierra de acogida, en la que he producido casi todo lo que he escrito y he sentido la vida en cada respiro; en la que el verde sigue siendo de todos los colores y sus tierras conjugan todos los sabores; en la que disfrutas de sus paraísos y sufres con sus serpientes, he encontrado grandes seres humanos, anónimos y reconocidos, que son o han sido faros en gran parte del recorrido. Grandes nombres, de Policarpa a Deborah Arango, de Nariño a García Márquez, de María Cano a Camilo Torres, de Carlos Pizarro a Marta Rodríguez o de Camila Loboguerrero a Orlando Fals Borda. Y grandes desconocidos, como ese señor que, frente a la orden de un teniente de policía que le exigía que le entregara las dos personas refugiadas en su casa, respondió ´Mientras esté vivo, esta pareja no saldrá de mi hogar`; o esa muchacha que por aceptarle el periódico que iba ofreciendo por la carrera séptima me regaló una camiseta que rezaba “la verdad del pueblo”. Así es, para lo bueno, y lo que no lo es tanto, esta tierra que no quiere ser la del olvido.

Además de la mujer mestiza que ha querido compartir su vida conmigo, hay otro montón, cientos de miles, de buenas gentes que han entregado y entregan sus vidas, sus almas y sus huellas por hacer de este país y de este mundo un sitio más alegre y un mejor lugar para vivir.

Como la cosa va de júbilos, que mejor que hacerlo con la alegría como bandera y las frases que un cronista colombiano le dedicó a su compañera, con la que recorrió “países, calles y laberintos”, que se entregó “a las tareas de la revolución” y que se dedicó “a la causa sagrada del pueblo”. Ella fue la semilla de su vida y una “demostración viviente de cómo las mujeres pueden efectivamente liberarse en el fuego de la batalla política y social”.

“Nos creíamos inmortales… pero, súbitamente sopló el viento

[…]

O nuestra cita indisoluble en los días gloriosos de la alegría

[…]

Y la risa, la risa como nuestra eterna compañera. Nos creíamos inmortales. Pero, de repente, un viento enorme desgranó puertas y ventanas.

[…]

Luchó precisamente para que nuestra presencia expresara el júbilo, el calor, el latido y la emoción vivientes del acto revolucionario que nos libera.

[…]

¡Parecía inmortal la transparente combatiente!”

Palabras escritas por Manuel Cepeda Vargas, ciudadano, periodista y político colombiano, dedicadas a su compañera de vida fallecida en julio de 1981. Él murió asesinado el 9 de agosto de 1994 en Bogotá, esa ciudad a la que llegó en 1958 desde el “nostálgico pozo de olvido” que era su Popayán natal y a la que sintió “alambrada de indiferencia”, lo que le produjo un escalofrío provinciano.

En esa urbe de todxs y de nadie conoció a Yira Castro, una bandera de alegría que le acompañó durante algo más de 22 años, con la que compartió cobijas y con la que orientó su rumbo hacia el comunismo, única opción para “salvarse del naufragio en que todo se hundía”. Fue en el seno del Partido Comunista Colombiano donde se sintieron rescatados “de la espantosa espiral de mediocridad en que agonizaba la patria. Sin el camino revolucionario que hallamos en el Partido, nuestra vida no habría tenido sentido”.

Juntos marcharon en manifestaciones y juntos dieron en más de una ocasión con sus cuerpos en prisión, donde resonaban “la Internacional, los himnos de la guerra civil española y esas primeras canciones con las que la Revolución cubana daba perfil a esta época”.

Unidos crearon vida, familia y alegría. Iniciaron su ruta “con el hogar a cuestas”, por llevarlo a veces encima y por lo empinado de algunos hogares “Recuerdo que en medio de las penumbras de la ruina y de la universal presencia de la pobreza, en un diminuto jardín cantaba interminablemente un jilguero”. En esas migraciones de casa en casa que convertían en hogar iban acompañados de sus pertenencias, entre las que destacaban “la interminable familia de nuestros libros que comenzaba a crecer en torno nuestro, como una selva confidencial y múltiple a la que siempre quisimos retornar para acariciar y releer sus capítulos olvidados”.

Para él, ella caminaba las callejuelas de la Bogotá de entonces “alumbrándose con la lámpara de su diafanidad errabunda”. Ejercía como su “dinamita jubilosa” la que le empujaba a moverse. Era, como lo es también mi compañera, una apasionada de la educación, una “educadora convincente” que tomaba las palabras “de manera natural, sin la ceremonia ni la escenografía de quien llega provisto de la descomunal espada de la verdad incontrovertible”.

Esto que escribo está dedicado a la alegría de la vida, que en mi caso se llama BHMB. Y a todas las personas, como Manuel Cepeda y Yira Castro, que, aun siendo ateas, siguen creyendo y continúan luchando por la vida, por la paz y por la justicia social teniendo como estandarte el compromiso con la naturaleza y la solidaridad con la humanidad. Y como bandera, la alegría.

Nota: las citas incluidas en este texto pertenecen al libro Yira Castro: mi bandera es la alegría, escrito por Manuel Cepeda Vargas y publicado en Bogotá en 1981.

Hipocresías en el espejo

Los espejos, que están llenos de gentes, reflejan las hipocresías de este mundo, que está vacío de sentidos

Ese mundo que sigue girando como si tal cosa, con el Sol saliendo, para todos, y brillando, para unos pocos, y la Luna ocultando una de sus caras, como muchos humanos.

La espada de Bolívar en la toma de posesión de Petro, un símbolo contra la hipocresía (foto: Alexa Rochi)

Todo parece ´normal`, y así es. El fuego quema, el agua escasea, la tierra se seca, el hambre aumenta, el aire se contamina, las armas matan y, finalmente, como desde el principio de los tiempos, mueren de hambre, quemados, sedientos, secos, contaminados o baleados los de siempre. Hipocresía viene, hipocresía va.

La crisis climática avanza imparable, pero ha tenido que ser Rusia iniciando una guerra, otra, que ya había muchas, la que ha hecho que los países sientan la presión y actúen. La excusa de la guerra en Ucrania da para mucho, además de para armar a su dictatorial presidente mientras la población huye o muere, o no huye y aun así muere. Está sirviendo para afrontar, por fin, la eterna crisis climática. Oh, gran pecado para el neoliberalismo y el libre mercado, se van a apagar los escaparates y a bajar el aire acondicionado. Iluminaciones inútiles que muestran el gasto sinfín, fríos que aplacan los calores del consumir. Muérete de sed por falta de agua, pero no de calor por falta de frío; fallece abrasado por incendios intencionados, pero no desfallezcas por no tener helados.

Esa es la hipocresía del planeta, el del consumo, que los que pasan hambre y sed seguirán en las mismas. Los incendios de por acá callan los fuegos de por allá. Las muertes de por aquí silencian los asesinatos de por allí. Los espejos de la realidad.

Un rey se reúne con grupos de extrema derecha, y se hace fotografías con ellos como algo corriente y normal. Nadie le va a pedir que se disculpe, faltaría más. El mismo rey asiste a la toma de posesión de un nuevo gobernante de Abya Yala, nuestra América, y ante la espada de Bolívar, como acto simbólico de libertad e independencia, sale en la foto sentado y sonriendo. Pedirle una disculpa sería exagerar.

Así que puedes reunirte con fascistas y terroristas que no pasa nada, como tampoco pasa si no muestras respeto a demócratas latinoamericanos. Allá cada cual. Son las hipocresías que nos rebotan los espejos de este mundo.

Si eres, por ejemplo, ruso, aunque seas de los que no matan, ¡vete!, expulsado del planeta de los simios. No serás bienvenido en esta tierra, ni en aquel cielo. Ni siquiera podrás participar en baloncesto, tenis o boxeo.

Si eres, por ejemplo, israelí, tendrás el apoyo del mono de allí, el yanqui, y nadie toserá tu estrella. Podrás cantar en eurovisión, jugar en fibas y uefas y correr en los mundiales mientras los tuyos asesinan palestinos vulgares.

No se trata de prorruso ni de antisemita, solamente de llamar la atención sobre la hipocresía social. Con el clima, con las razas, con las regiones y las religiones… con el mundo y sus moradores.

No basta con denunciar fake news, que las hay y muy graves, también debemos clamar por las fake injustices, que existen y muy peligrosas. Y las hipocresías, que a veces las noticias envuelven en ropajes retóricos.

“Dice la Biblia de Jerusalén que Israel fue el pueblo que Dios eligió, el pueblo hijo de Dios. Y según el salmo segundo, a ese pueblo elegido le otorgó el dominio del mundo. […] En el año 1900, el senador de los Estados Unidos, Albert Beveridge, reveló: ´Dios todopoderoso nos ha señalado como su pueblo elegido para conducir, desde ahora en adelante, la regeneración del mundo´.” (Galeano, E. (2008). Espejos. México: siglo XXI, pp. 7-8).

Y ellos y otros muchos se lo han creído a pies juntillas. Tal para cual, amén.

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