Otro crimen más

Un nuevo asesinato, y van 37 documentados por la ONG Temblores en los ocho días de manifestaciones.

Durante las jornadas de protesta en Colombia contra el Gobierno y las actuaciones de la Policía una de las personas que ha muerto asesinada es Lucas Villa, estudiante, ciudadano y manifestante.

En la esquina superior derecha una imagen de Lucas Villa.

“Nos están matando en Colombia”. “Nos recordamos en los corazones”. Son dos frases premonitorias, dos frases para la historia y la memoria. Las dijo Lucas Villa, estudiante asesinado por civiles desde un carro en Pereira (Colombia) el 5 de mayo durante una de las movilizaciones de estos días. Era una persona pacífica a la que se veía en manifestaciones animando y bailando, saludando al ESMAD, haciendo pedagogía de la paz y de la situación del país en los buses. Se le puede ver y escuchar en multitud de videos que ahora circulan por las redes.

Una persona más asesinada por las fuerzas del orden y sus adláteres, disfrazados o infiltrados; cuesta llevar la cuenta. Este es el desorden en el que quieren convertir el país para justificar la violencia y acabar con la rebeldía de las gentes que ya se cansaron de la resiliencia y quieren existencia, digna y en paz; derechos civiles, pan y trabajo, y libertades públicas, entre ellas de manifestación y de expresión.

Recordemos que las marchas no sólo son contra la reforma tributaria del Gobierno, ya retirada para volver, seguramente, disfrazada e igual de injusta, sino también contra la violencia policial; contra la desigualdad e inequidad presente en todos los ámbitos de la sociedad; contra el incumplimiento de los acuerdos de paz de La Habana de 2016, que nunca fueron del gusto de la derecha gobernante, y contra el asesinato sistemático de líderes y lideresas sociales.

La citada organización social, que se ha reunido con la Misión de Verificación de las Naciones Unidas para solicitarle la creación de una comisión de seguimiento de los casos de violencia policial y que realice un informe que respalde la petición al Gobierno de que cesen los actos violentos de las fuerzas de seguridad, contabiliza, además de las personas fallecidas, más de 80 desaparecidas, 831 detenciones arbitrarias, 222 víctimas de violencia física  y 10 de violencia sexual, entre otros desmanes policiales. Pero los vándalos son los manifestantes.

También recomienda a la ciudadanía volver a sus casas antes de las 18:00 h., seguir sus guías para documentar casos de violencia y que utilice sus canales de denuncia y de asesoría legal: https://www.temblores.org/grita, info@temblores.org, +57 313 677 9720.

No más violencia policial. No más muertes sinsentido. No más guerra contra el pueblo.

¡Vergüenza!

¿Dónde están las democracias y sus demócratas?

Colombia está pasando por uno de los momentos más vergonzantes de su historia reciente y no hay una reacción internacional denunciándolo con contundencia. ¿Dónde están las Naciones Unidas? Apenas algunas declaraciones tibias y tardías.

¡Ay, si fueran Cuba o Venezuela!

El país del sagrado corazón está asesinando y desapareciendo el cuerpo y el alma de su valor más importante: la juventud. Una juventud educada pero ignorada, una juventud pacífica pero violentada, una juventud crítica pero criticada. Para el Gobierno colombiano solamente son una panda de vándalos.

Frente a una reforma tributaria regresiva e injusta, de momento retirada, que es solamente la punta de un iceberg de las graves injusticias sociales que se viven en el país, la población, pese a los riesgos de la pandemia, ha salido a las calles a marchar y a protestar pacíficamente. Sí, en paz. Aunque los medios, nacionales y los pocos internacionales que hablan de ello, se fijen únicamente en los desmanes de unos pocos y sean más importantes los contenedores y las vidrieras que las vidas y los crímenes del Estado y sus secuaces contra la ciudadanía inocente.

Según datos de la ONG Temblores durante estos días de movilizaciones que iniciaron el 28 de abril, y hasta el 4 de mayo, se han producido 1.443 casos de violencia policial, 31 asesinatos, 814 detenciones arbitrarias de manifestantes, 216 víctimas de violencia física y 10 de violencia sexual por parte de la fuerza pública. A eso habría que sumar las personas desaparecidas. Son cifras que alarmarían a cualquiera si los hechos fueran de cualquier “dictadura” o república bananera.  

Lo que está pasando en Colombia no es nuevo. En una tierra hermosa llena de buena gente, se ha instaurado una falsa democracia desde hace doscientos años que mantiene los privilegios de unos pocos y excluye a los muchos; se vive una guerra encubierta camuflada bajo el eufemismo de “conflicto armado”, y se sufre el asesinato sistemático de líderes y lideresas, sociales, políticas, sindicales, campesinas… Si hay un país inequitativo e injusto, y violento contra los suyos, ese es Colombia.

La nación que siempre mira al norte, al gran hermano, y sigue políticas neoliberales en lo económico y neofascistas en lo social y político. No es que nunca haya mirado al sur, al este o al oeste, es que nunca ha mirado hacia dentro; nunca se ha preocupado por los suyos, por los campesinos, por los indígenas, por los afrodescendientes, por los criollos… por sus mayores, por sus mujeres ni por sus jóvenes.

Solamente explotar y vender sus recursos para beneficio de las élites, solamente firmar tratados de libre comercio que empobrecen al país y a sus gentes, solamente gastar en armamento y olvidar la educación, la salud y la justicia. Pero la culpa es del castrochavismo, de las guerrillas, de las izquierdas en general que “quieren acabar con el país”. No, no y mil veces no. Me duele Colombia y me duele la indiferencia.

Como canta Piero, “las cosas se cuentan solas”, pero hay que contarlas, y solamente “hay que saber mirar”, pero no para otro lado. Abran los ojos los de fuera y, sobre todo, abran los ojos los de dentro. A Colombia la está matando su clase dirigente, sus familias poderosas, sus políticos corruptos y sus políticas neofascistas y mafiosas. Y la está matando las balas que sus fuerzas ¿del orden? disparan contra una población que está harta de salarios de mierda, de educación costosa, de sanidad precaria y de justicia injusta. Que está harta de estarlo, que no come más cuento y que quiere un futuro con ilusiones, esperanzas y en paz.

La desigualdad, la inequidad, la injusticia social no se arreglan mirando para otro lado y militarizando las calles del país. No se arreglan con violencia, y menos si es la del Estado y sus brazos armados. La gente ha dicho ¡basta ya! Basta ya de violencia estructural, basta de falta de oportunidades, basta de exigir esfuerzos a la ciudadanía mientras los ricos mantienen sus privilegios, basta de gastar la plata en armamento y en glifosato mientras la población tiene que sobrevivir de la economía informal y el rebusque, basta de señalar a las víctimas y disculpar a los victimarios, ¡basta ya de tanta vergüenza nacional!

Hoy la bandera tricolor colombiana está cabeza abajo: tiene menos amarillo, menos azul y mucho más rojo por la sangre derramada. Y no confundan, ni dentro ni fuera del país, el perdón con el olvido. Colombia necesita un cambio profundo adentro y también un cambio radical en la mirada de los de afuera. Hoy por hoy no es una democracia, aunque haya elecciones periódicas; no es una sociedad abierta y diversa porque se mata por ser distinto y por pensar diferente. No lo olviden cuando tengan que votar. Me duele Colombia.

Ahora, si quieren ser demócratas, firmen por un cambio y denuncien, en los medios, en las calles, en las aulas, en las empresas, en los parques, en el transporte público, en sus casas… denuncien que en Colombia los están matando y no pasa nada.

¡Vergüenza!

Hace treinta años que tengo treinta años

¡Qué curiosidad! Sí, nada y mucho. Seis décadas, doce lustros, veintiún mil novecientos quince días, contando los quince bisiestos. Sé todos los que he vivido y desconozco, por suerte, los que me quedan por vivir.

Fa trenta anys que tinc trenta anys, parafraseando a Serrat y “explotando” ese gran éxito suyo que le ha permitido seguir cantando sin dejar de cumplir, o lo que es lo mismo, pero distinto, continuar cumpliendo sin renunciar a cantar.

A esta edad ya uno sabe muchas cosas, o al menos eso se cree. Sabemos a ciencia cierta, si es que eso existe, quienes son las verdaderas amistades. Esas que están ahí, aunque no aparezcan más que para felicitarte por tu cumpleaños, si se acuerdan, y para felicitarte por el año nuevo que es más fácil de recordar. ¡Qué curiosidad!

Ya has plantado un árbol; ya has criado un hijo (a), o has cuidado una mascota, y ya has escrito un libro o algo parecido a un diario del viaje de tu vida. Ya no dices por decir, ya no evitas llamar a las cosas por su nombre ni guardas la compostura para no molestar. Ya no te miras en el espejo esperando ver qué tal estás, reconoces las arrugas que tienes, que te hablan de los caminos recorridos, y sabes que es más corto lo que te queda por recorrer, pero también cómo lo has de afrontar.

Como recita y canta el noi del poble sec en “fa vint anys que tinc vint anys” : “aún tengo fuerza, y no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Y aún me siento capaz de cantar si otro canta” y nos reafirmamos con él en querer “cantar a las piedras, a la tierra, al agua, al trigo y al camino que voy pisando. A la noche, al cielo, a este mar tan nuestro, y al viento que por la mañana viene a besarme el rostro”. Hace treinta años que tengo treinta años, “y el corazón, aún, se me dispara, por un instante de amar, o al ver un niño llorar… Quiero cantar al amor”.

Queremos, como el Nano, “levantar la voz, por una tempestad, por un rayo de sol, o por el ruiseñor que ha de cantar al atardecer”. Y también, ¡qué curiosidad!, gritar bien alto que queremos una Colombia en paz, sin esos que ustedes saben y sin el esmad, y una España sin fascismos, solidaria y respetuosa de la diversidad.

He reído, he llorado… he leído y he cantado… he dicho y he escuchado… he querido y quiero seguir queriendo. He pensado y debatido, he defendido la razón y le he dejado espacio al sentimiento. He creído en la solidaridad y he combatido la intolerancia. En fin, que he querido estar queriendo ser, para terminar habiendo sido.

He dejado la huella sin pisar, para que el mar la borre si quiere y la vuelva a dibujar una ola despistada que no sabe que no se puede dejar dos veces la misma pisada ni tocar dos veces la misma agua.

Hoy, creo que la primera tercera parte de esta existencia se pasó sin más, y con menos, con altibajos no todos malos, no todos buenos; la segunda tercera porción se escurrió y en el camino nacieron una hija y un hijo y algunas otras cosas que marcaron mi cabeza y tal vez mi corazón, y en la tercera de las tres, que espero no sea la vencida, encontré a mi compañera, la de pa´las que sean, la de pa´siempre, que me trajo la calma después de una tormenta estival en una noche en el Caribe frente al mar. A partir de ahí, puedo decir que he ido creciendo al caminar, siendo Quijote sin lanza o un discurso de Marx, de Groucho o de Karl, ¡qué curiosidad!

Al llegar a esta edad, confirmo mi terquedad y sigo pensando que el hogar está donde esté ella, y mi gata y mi sombrero y una almohada para soñar. Siempre me siento en casa cuando estoy con ella y exiliado cuando lejos está. ¡Qué curiosidad!

Nacemos para vivir, vivimos para morir y en el camino soñar. Confieso que he tenido la suerte de nacer y también la de vivir. Que en esta vida he soñado y que algún día, no sé cuándo, soñaré que viví, que nací y que morí; y en ese recorrido, me han acompañado ella, y la palabra, y la música, y ella, siempre ella.

Por eso, además de la canción de Serrat, les quiero compartir una canción poema obra de Alberto Cortez que dice:

Les invito a que celebren haber nacido, a pesar de los pesares que pesan en este mundo tan mal parido. Porque no importa dónde estén, piensen en la suerte, buena o mala suerte tal vez, que hemos tenido de nacer y, sobre todo de crecer. Por eso también les invito a leer el siguiente poema-canción atribuido al querido y admirado José Saramago:

¿Qué cuántos años tengo?

¡Qué importa eso!

¡Tengo la edad que quiero y siento!

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…

Pues tengo la experiencia de los años vividos

y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo!

¡No quiero pensar en ello!

Pues unos dicen que ya soy viejo

otros “que estoy en el apogeo”.

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,

sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,

para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir:

¡Estás muy joven, no lo lograrás!…

¡Estás muy viejo, ya no podrás!…

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,

pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños,

se empiezan a acariciar con los dedos,

las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor,

a veces es una loca llamarada,

ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.

y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Qué cuántos años tengo?

No necesito marcarlos con un número,

pues mis anhelos alcanzados,

mis triunfos obtenidos,

las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas… ¡Valen mucho más que eso!

¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!

Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.

Para seguir sin temor por el sendero,

pues llevo conmigo la experiencia adquirida

y la fuerza de mis anhelos

¿Qué cuántos años tengo?

Eso… ¿A quién le importa?

Tengo los años necesarios para perder ya el miedo

y hacer lo que quiero y siento

Qué importa cuántos años tengo.

o cuántos espero, si con los años que tengo,

¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!!

Ah, por cierto, y para terminar, por si no lo he dicho claro: hace treinta años que tengo treinta años. ¡Qué curiosidad! Así que, resumiendo, como escribiera Benedetti: “estoy jodido y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa”.

Y recuerden: “la vejez empieza cuando se pierde la curiosidad”.

¡Salud! Y feliz año.

María Zambrano

Una mujer transparente

Nacida en Vélez-Málaga el 22 de abril de 1904, hija de maestra y de maestro, no fue, como se suele decir con esa frase tópica, una adelantada a su tiempo. Fue sencillamente de su tiempo, al hilo de la riqueza de pensamiento de la II República. También fue de antes y será de después, una mujer ética y demócrata que estaba convencida de que lo que se vivió en aquellos años en su país y en el resto de Occidente “no fue una crisis sino una orfandad”.

Busto homenaje a María Zambrano a la entrada de su fundación (foto: Iñaki Chaves)

En estos tiempos de crispaciones y violencias es bueno traer el recuerdo de una de las más destacadas personalidades de la intelectualidad española, y de su obra más ligada a su compromiso social y político Persona y democracia. En la introducción de esa obra, Rogelio Blanco, uno de los grandes conocedores de la pensadora y de sus textos, afirma: “María Zambrano es una defensora radical de la democracia, entendida como el hábitat más natural del ser humano y que responde a un alto desarrollo de la conciencia”.

Ella pedía detenerse y mirar para reflexionar, afirmando que el hombre es sujeto cuando se mira a sí mismo. Cuestionarse supone lo más humano del hombre, aunque lo primero del hombre es ser mirado. Hay una frase suya que me ha acompañado desde mi época de bachillerato y que he repetido por activa y por pasiva a mis estudiantes para motivar la reflexión como única manera de llegar al conocimiento: “la actitud de preguntar supone la aparición de la conciencia; de la conciencia, ese desgajamiento del alma (…)”.

Afirmaba que “el que ejerce el poder ha de librarse del fantasma de su sueño convertido en personaje […] porque se trata de desprenderse del poder al mismo tiempo que se ejerce, conservando íntegra la sustancia de la propia alma, de la propia persona […] que la persona sea la máxima realidad y no el personaje”. Y avisaba que “siempre que el hombre occidental ha creído en algo no ha podido evitar hundirlo en el infierno o soñarlo como un paraíso”.

Los sueños acompañaron a Zambrano a lo largo de su vida y están presentes en gran parte de su obra. Entre ellos, su ilusión de conseguir que “sentir y pensar fuesen la misma ‘cosa’, el mismo acto […]”. También estaba convencida de que el sentimiento y la razón eran igual de necesarias en la vida del ser humano; una vida que ha de verse a sí misma viéndose en otro, con otro. Entre sus sueños, creo que ocupaba un lugar destacado su deseo de que el ser humano entendiera que la democracia es la única forma política posible para salvarnos de la crisis y la orfandad en la que vivimos.

Palacio de Beniel en Vélez-Málaga, sede de la Fundación María Zambrano (foto: Iñaki Chaves)

La dama peregrina, la filósofa errante, … Maneras diversas de nombrar y referirse a la pensadora y filósofa malagueña, todas acertadas, todas limitadas porque era todo eso y más. Si hay que elegir me quedaría con lo que decía de ella José Lezama Lima: “una mujer transparente”. José Luis Aranguren, sin embargo, la definía como una “hereje poética de la filosofía” porque sus palabras son, siempre, una fusión permanente entre la filosofía y la poesía; en definitiva, una muestra de aquella vida vivida entre la razón filosófica y la narración poética.

Para Francisco José Martín (Universidad de Siena) la obra de la filósofa es “un levantar puentes para ir al otro lado, para adentrarse en su espesura abriendo caminos, transitando entre sus dificultades y resistencias, buscando la luz en los claros de aquel bosque”. La discípula de Ortega y Gasset se alimenta desde su maestro, ni contra él ni en él, como señala el propio Martín, pero también de Unamuno y de Machado que le dan pie para su razón poética.

La poesía lo era todo para Zambrano: “todo en cuanto al conocimiento, todo en cuanto a la realización esencial del hombre. El poeta se basta con hacer poesía, para existir; es la forma más pura de realización de la esencia humana”. Ella quiso ser una caja de música, pero no una cualquiera sino la que le sonara a sí misma con sus propias notas “tendría que ser una caja de música inédita, de mi música, de la música, de la música que mis pasos, mis acciones…”

Premio príncipe de Asturias de Humanidades en 1981 y premio Cervantes en 1988; hoy su legado está recogido en la fundación que lleva su nombre y que ocupa el antiguo palacio de Beniel, el edificio civil más importante de su ciudad natal. María Zambrano falleció en Madrid el 6 de febrero de 1991 y sus restos reposan en el cementerio de Vélez-Málaga a la sombra de un limonero y recibiendo siempre la visita de sus amados gatos.

Somos 8M

Celebrar a las mujeres porque la vida es femenina

Respetarlas es amar la vida y quererlas es amar la Tierra, celebrarlas es dignificarlas y recordarlo es reconocerlas.

Somos 8M (foto: Iñaki Chaves)

Las mujeres nos acompañan en nuestra ruta por la existencia, son nuestras madres y son nuestras maestras. Son la guía en nuestra vida en esta Tierra. Porque la vida es femenina y también la muerte, su secuela.

Son mujeres África, América y Asia, y Europa y Oceanía. Lo es la Pachamama, la madre Tierra y sus hijas y sus hermanas. Son mujeres la Luna y sus caras ocultas y lo son las nubes y las estrellas. La luz y la oscuridad y las tinieblas.

Femeninas son la victoria y la derrota, y la caída y la gloria, y las huelgas y las manifestaciones. Las artes son mujeres: la música y las partituras y sus notas; la pintura, la escultura y la literatura. La poesía, que se escribe siempre con la inspiración de las musas. Y lo que nos hacen sentir todas ellas: la imaginación, la emoción, la ensoñación y la pasión que nos alimentan.

Y las ciencias: la astronomía, con las órbitas y las galaxias; la matemática, con las sumas, las multiplicaciones, las divisiones y las restas; la física, con la energía y la materia, y la química, con las fórmulas y la tabla periódica.

También la filosofía, con las reflexiones sobre las causas y las consecuencias; la sociología, con las comunidades y sus trasnformaciones; la psicología, con las mentes y las conductas, o la política, con las relaciones y las decisiones para la mejora de las mayorías.

Vemos con la mirada, que es femenina; igual que la lágrima y la caricia. Como la piel y las cosquillas. Y la voz y las palabras que nos relacionan y comunican. Y la danza y su alegría, y la gimnasia con su fortaleza y su fatiga.

De la misma manera que la mar, a la que a la fuerza le quisieron quitar su género, pero siguió luchando con las olas, en las profundidades y en las orillas. Las montañas son mujeres al igual que las cordilleras que las cobijan, también las plantas y las flores y las abejas que las polinizan.

Tu madre, y su madre, y mi madre y la madre Tierra son mujeres. Entonces, ¿por qué tanta violencia hacia ellas? Por eso, manifiesta tu solidaridad y tu empatía que, como la justicia, la vida y la libertad también son femeninas.

Sí, ha lugar. Vivas y libres, siempre. Porque somos 8M.

Maratón del Sahara

Correr en solidaridad con la causa del pueblo saharaui

Una camiseta, un pañuelo, el dorsal y el libro Una huella en el desierto son los elementos de la campaña que acompaña la celebración del maratón del Sahara 2021 y que se entregan a aquellas personas que hayan aportado su pequeño grano de arena inscribiéndose en la carrera.

Anverso y reverso de la camiseta del Sahara marathon 2021

El Sahara marathon es una iniciativa que se viene celebrando de manera consecutiva desde 2001 y que pone el atletismo como excusa para respaldar la causa saharaui y llamar la atención sobre un conflicto que lleva 45 años enquistado y sin solución y con los diferentes gobiernos españoles mirando para otro lado y eludiendo su responsabilidad.

Este año, debido a la covid-19, la carrera se ha adaptado a las circunstancias y se ha convocado para realizarla de manera no presencial en el desierto como en años anteriores. Cada quien la llevará a cabo desde dónde esté y con la posibilidad de completarla en una o varias de las cuatro distancias diferentes permitidas: 5 kilómetros, 10 kilómetros, media maratón y maratón completa y a lo largo de la semana del 22 al 28 de febrero.

Dado que se siguen incumpliendo las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas para la convocatoria del referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui, el compromiso debe estar en poner en marcha iniciativas internacionales como este Sahara Marathon, que coincide en el calendario con la fecha de proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), o el Fisahara, que este año tendrá lugar en el mes de octubre. Todo ello con la finalidad de poner el foco de atención en una realidad ignorada que atenta contra los derechos humanos de esta población de hijas e hijos del desierto.

La frase “42 kilómetros de nuestro esfuerzo por 42 años de vuestra resistencia” encabeza el libro Una huella en el desierto, una publicación del año 2018 que formaba parte del programa cultural solidario SAHARA42 y que fue posible gracias a las ayudas a la creación del Ayuntamiento de Madrid. Ese año se cumplían cuarenta y dos del exilio saharaui y de ahí el texto solidario. “Si el valor de un pueblo se midiera por su compromiso, su lucha y su solidaridad el pueblo saharaui sería paradigmático”, escribí en Nueva Tribuna con motivo de la octava edición del Festival de Cine del Sahara, celebrada en 2011 en Dajla.

Para que la causa saharaui no caiga en el olvido, hágamos fuerza con la cultura y el deporte para que el viento del desierto lleve la voz del pueblo saharaui por todo el mundo.

Camilo, mucho más que un cura o un guerrillero

Una memoria necesaria para un país que sigue buscando hacer de la paz su camino

Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 3 de febrero de 1929 – Patio Cemento, Santander, 15 de febrero de 1966) fue un intelectual crítico, un activista político, un sacerdote comprometido con los de abajo y un guerrillero en sus últimos días. Su figura sigue vigente en el imaginario colombiano como un referente que promovió unificar las bases populares para luchar por la transformación social.

55 aniversario de la muerte de Camilo Torres

Para muchos una cruz de luz y un unificador de los sentimientos de identidad de un pueblo sometido. Más allá de la mítica, el cura Camilo fue mucho más que un cura o un guerrillero, fue un servidor cristiano, un defensor de los derechos humanos y las libertades y contrario al empobrecimiento, material e intelectual, de un pueblo oprimido por las internas clases políticas dirigentes y explotado por las externas multinacionales económicas. 

Conocido y reconocido como el cura guerrillero, este calificativo solamente sirve para opacar sus grandes cualidades humanas y académicas y para que quienes le siguen muestren el valor de su lucha y quienes le denuestan le señalen y proscriban por eso mismo.

Para Camilo Torres el cristianismo tenía que luchar junto al marxismo promoviendo una verdadera transformación social. Un símbolo de una revolución nunca lograda y de una resistencia que aún hoy, medio siglo después, sigue siendo necesaria para no perder la dignidad ni la identidad, aunque siga costando la vida tal como le ocurrió al propio Camilo.

En este mes de febrero se han cumplido 55 años de la muerte de Camilo Torres Restrepo, en acto de servicio. Sí, el servicio que decidió prestar para cumplirle a su país y a sus gentes luchando contra los políticos y sus políticas y denunciando a una iglesia católica ultraconservadora siempre situada del lado del poder y no de los oprimidos.

Camilo fue más que un cura y tiene que seguir siéndolo. En estos tiempos de crisis sanitaria, debe ser otra vacuna más, tan necesaria como las inyectables, para mantener viva la lucha, la resistencia y la reExistencia frente a las otras pandemias, las que asolan Colombia y gran parte del territorio latinoamericano.

Camilo cura y Camilo guerrillero (fotos: archivo “Camilo vive”

Formado en el Liceo Cervantes, tal vez por eso fuera otro de los Quijotes de la historia enfrentándose a gigantes y molinos, estudió en la Universidad Nacional de Colombia, de la que fue capellán, profesor y promotor de los estudios de Sociología junto a Fals Borda, y en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Su activa labor social y académica le llevó a estudiar las desigualdades y el empobrecimiento en el ámbito rural y en los barrios de la capital. Sin ser uno de los firmantes, contribuyó con su trabajo al libro La violencia en Colombia, uno de los mejores estudios sobre la realidad colombiana obra del propio Fals Borda junto al jurista Eduardo Umaña Luna y al también sacerdote Germán Guzmán Campos (autor del texto El padre Camilo Torres).

Camilo Torres construyó un relato de su vida y de su tiempo y las demás personas han ido edificando el suyo propio a partir del personaje y sus hitos y mitos. Por eso se dice que no hay un solo Camilo, sino cientos.

Encontró que en el centro del cristianismo estaba el amor al prójimo y que valía la pena comprometerse con ese amor y por eso se hizo sacerdote, para convertirse en “un servidor del amor al prójimo a tiempo completo”. Afirmaba con convencimiento que “Lo que me hace fundamentalmente sacerdote es hacer que mis hermanos se amen entre sí y en una forma eficaz y yo creo que la eficacia del amor no se logra sino con la revolución”.

En sus enseñanzas destacaba la importancia de amar más, por encima de rezos y plegarias. Su cristianismo era más social y comprometido con los demás que con la institución eclesiástica. A las preguntas que siempre se hizo sobre ¿Por qué tantas diferencias sociales?, ¿por qué tantas desigualdades y tanta opresión? encontró respuesta en el marxismo y su papel en la lucha por el cambio social. De ahí que defendiera que los cristianos deberían estar al lado de los marxistas para pelear juntos por esa transformación de la sociedad.

En política propulsó la creación del Frente Unido del Pueblo, un escenario de encuentro y de política, de acción, simbólica y comunicativa, para la construcción fraterna de la colombianidad y una alternativa política a la oligarquía tradicional colombiana que se ha repartido el poder históricamente. Además, defendió la expropiación de los bienes de la iglesia. Frente Unido fue también el nombre del periódico que fundó y dirigió en sus trece ediciones, que aparecían los jueves según el afiche de su lanzamiento, y que estaba dirigido a las clases populares. La suma de todo esto le puso en una situación complicada recibiendo amenazas que le llevaron a tomar partido por el recién constituido Ejército de Liberación Nacional. Como miembro de esa guerrilla le encontró la muerte el 15 de febrero de 1966. En esa unión, dicen que Camilo se hizo elenista y los guerrilleros se volvieron camilistas.

Portada del primer número del periódico Frente Unido

Su madre, Isabel Restrepo, afirmaba en una entrevista: “Yo dije, me lo van a matar en una esquina y va a morir tontamente (…) es mejor que vaya a lo que él quiere… a que lo maten por defender sus ideas y por defender al pueblo”.

Cincuenta y cinco años después, su imagen y su labor siguen vivas en una parte importante de la población colombiana que sigue viendo en el cura Camilo un referente humano, social, ético y comprometido. Con su desaparición perdieron todos: la iglesia, la política, la academia y el país en general.

Jesús Antonio Mejía, exmilitante del Frente Unido y que compartió con Torres Restrepo, apunta: “Si uno examina obra, trabajo, pensamiento y acción de Camilo Torres todo está orientado a la luz de un espíritu social nuevo para nuestro país, porque él no pensó sino en el bienestar de su gente”.

Por su parte, Fredy Ramírez, sacerdote capellán de la Universidad Industrial de Santander (UIS, Colombia) declara respecto a la obra de Camilo que “En nuestra patria son muy hábiles para que todo lo que suene liberador inmediatamente mandarlo a un lugar donde no cobre mucho valor”.

Camilo Torres fue señalado por los medios de la época de no decir nada nuevo, a lo que él respondía: “Si lo que digo es viejo, si el decir que el poder está concentrado en pocas manos y que los que tienen el poder no lo están utilizando para las mayorías, si eso es viejo, entonces son tanto más culpables los que conocen el problema y no son capaces de solucionarlo”.

Como aviso para navegantes de lo que estamos viviendo hoy, esta frase suya: “Mientras la clase dirigente minoritaria pero todo poderosa se une para defender sus intereses, los dirigentes de izquierda se atacan entre sí, producen desconcierto en la clase popular y representan en forma más fiel los criterios tradicionales, sentimentales, especulativos y de colonialismo ideológico”.

Si quieren conocer más sobre su persona visiten “Camilo vive”; lean la biografía escrita por el colombo-australiano Walter J. Broderick Camilo, el cura guerrillero, otro excura interesado por la problemática entre cristianismo y revolución, o vean la memoria visual de su historia de vida en El revolucionario sonriente obra de Lorena López y Nicolás Herrera.

Camilo no fue un líder que quisiera ser caudillo, sino un despertador y unificador de conciencias, un defensor de la justicia social. Es una memoria necesaria para construir ciudadanía civil crítica y comprometida. Su afán de insistir en aquello que nos une y prescindir de lo que nos separa sigue siendo vigente en un país que continúa buscando hacer de la paz su camino. Camilo Torres Restrepo, mucho más que un cura o un guerrillero.

Garavito

El único verdadero selenita colombiano

Julio Garavito Armero fue el primer latinoamericano en tener un lugar en la Luna. Un cráter del satélite lleva su nombre en honor a sus estudios y aportes a la astronomía.

El matemático e ingeniero colombiano nació en Bogotá en 1865 y falleció en la misma ciudad en 1920. El pasado 5 de enero se cumplía el ciento cincuenta y seis aniversario de su nacimiento y el 2 de diciembre de este año se cumplirán los veinticinco de la emisión del billete de veinte mil pesos que lleva su imagen y que fue el primero con ese valor. Un homenaje del Banco de la República a uno de los grandes, y poco conocidos hasta su inclusión en el papel moneda, científicos del país.

En el anverso del billete azul aparece su cara junto a una imagen de la Luna, en el reverso, una imagen de la Tierra vista desde su satélite junto a figuras geométricas utilizadas por el propio Garabito que acompañan al edificio del Observatorio Astronómico situado dentro de los terrenos de la Casa de Nariño, lugar de la residencia oficial de la presidencia de la República.

Graduado como ingeniero y matemático de la Universidad Nacional de Colombia, fue director del Observatorio Astronómico Nacional, primero de los construidos en América, en el que llevó a cabo numerosos “trabajos sobre el cálculo de probabilidades, óptica matemática y el movimiento de la Luna”, desde 1891 hasta su muerte. Inventó su propio método para el cálculo de la latitud de Bogotá y fundó la Oficina de Longitudes, entidad que con el tiempo se convertiría en el Instituto Geográfico Agustín Codazzi.

Sus trabajos fueron reconocidos y citados en uno de los más importantes manuales de Astronomía escrito por Dirk Brouwer y Gerald M. Clemence, Methods of Celestial Mechanics (del que este año se cumplen cincuenta de su publicación). En 1970, la Unión Astronómica Internacional le reconoció sus aportes dando su nombre a un conjunto de cráteres, hoy cinco identificados con las letras S, C, D, Q e Y, situados en el lado oculto de la Luna en los 47,6 º de latitud Sur y los 156,7 º de longitud Este, el principal con una anchura aproximada de ochenta kilometros.

Dicen que un día, siendo niño, recibió como regalo el libro La pluralidad de los mundos habitados de Flammarion y que un cura del colegio donde estudiaba se lo quitó y lo quemó; lo que provocó que el futuro científico jurara convertirse en “ímpio de tuerca y tornillo” porque no quería tener nada que ver con los enemigos de la literatura astronómica.

Parece que al sabio del billete de veinte mil pesos no le gustaban los halagos ya que afirmaba que “las gentes de estudio, las que aman la verdad, las que se preocupan por descubrir y comprender las leyes naturales, no deben buscar otra cosa que la verdad misma. Investigar la naturaleza para conquistar honores es una labor negativa”.

Sirva este breve texto como un pequeño y merecido reconocimiento al maestro Garavito.

2 0 2… 1

Dicen que va a empezar un nuevo año que borrará lo vivido en un pandémico 2020.

Pintada en la exposición “Por la causa latinoamericana” (foto: Iñaki Chaves)

Imágenes y sonidos para una memoria pixelada, sentida a través de una pantalla. Se acaba el año del confinamiento y ya pedimos que lo que venga pueda ser al aire libre y con contacto para olvidar tanto encierro.

Pero yo no quiero borrar nada, porque he vivido aprendiendo cada día que cualquier noche podría ser la última y que al amanecer del siguiente día me quedaba una nueva jornada por delante para entender y valorar todo lo que tengo, que es mucho.

Tengo una compañera que es un lujo y un tesoro; tengo una hija y un hijo y una nieta; tengo dos hermanxs de sangre y apellido y siete cuñadas y cuñados que son más que eso por todo lo compartido; cuento con un montón de sobrinas y sobrinos; con una gata que me acompaña, que me quiere y a veces araña; con una suerte de maestras, colegas y estudiantes, y tengo también un puñado de buenas amigas y amigos, alguno tan hermano como los que les he dicho.

¿Cómo iba yo a borrar todo esto que también ha estado presente en el año del coronavirus? Para nada, 2020 se va con todo lo que nos ha herido, pero esas cicatrices nos dirán todo lo que hemos vivido.

Y a seguir luchando por la utopía de la justicia social y climática en un mundo desigual, injusto y distópico.

Carteles en la exposición “Por la causa latinoamericana” (foto: Iñaki Chaves)

2021 llega ya y lo que yo solamente le pido: que me deje seguir viviendo para continuar disfrutando de lo que nos une y pelear contra lo que nos separa.

Que… amanece, que no es poco…

Que… a vivir, que son dos días…

Que… a soñar, con esta vida…

La otra, si existe, llegará cuando le diga. De momento, le diré que no es tiempo todavía; que me queda mucho por aprender y más por compartir con quienes llenan mi vida.

Salud, suerte y pa’lante, amigxs.

Ya tengo alma de boquerón

Una familia músico poética de raíces populares heterogéneas que nos pide sonreír para llevarlo mejor.

Chapas del grupo y de su nuevo trabajo

En estos tiempos tan inciertos, apoyar la cultura, como ahora reclaman las y los profesionales del sector, es una tarea tan necesaria como gratificante. Así ha sido como ha visto la luz el último trabajo del grupo catalán Alma de Boquerón. Ellos agradecen el esfuerzo de sus micromecenas y yo quiero agradecerles a ellos la tarea y el empeño para sacar adelante su obra.

Por fin he podido disfrutar de las canciones del cd “Sonrían, por favor” que titula el último disco y que engloba catorce piezas con un, a mi entender, denominador común: la alegría de vivir. Letras y música de ilusión y esperanza para convencernos, a ritmo de esa rumba catalana que tan bien interpretará el desaparecido Peret, de que la vida merece, al menos, una sonrisa.

Uno (unos y unas) se puede identificar con los versos de algunas de las canciones del disco. Podemos ser esos “maduros vintage” que crecimos con el “esto no me mola” y “mamando” la música en radiocasete (los vinilos están de vuelta y de moda. Cara, eso sí); pero también ser de esos locos a los que en algún momento les aprieta la vida y a los que les dan pena (y vergüenza) los telediarios, que creen que la sociedad es un drama y que somos manipulados y engañados.

Además, compartir, con ese “alma de boquerón” que llevamos dentro, aquello de que la vida es “sorda y tozuda” y que la música, en este caso la rumba, “cura las penas y nos lleva momentos de felicidad”. Pese a que la vida siga igual, que “los malos andan ganando”, que “el odio campa a sus anchas”, no queriendo que “maten en nuestro nombre” ni que “sus miserias peinen nuestras canas”.

Así que, si no saben que fer, amb tant esdeveniment i tanta bogeria, pues canten con alma de boquerón. Un grupo que se encuentra en la música (siempre) y en la barra de los bares (cuando se pueda).

Y sonrían, por favor.

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