Infamia

¿Hasta dónde llega la degradación humana?

Pancarta durante una marcha en Bogotá

Pancarta durante una marcha en Bogotá

No hay ninguna duda de que el ser humano es el único animal capaz de matar por diversión, por mandato, por “justicia”, por mil excusas que no respaldan tal acto.

Que en pleno siglo XXI, en Colombia, el país con la democracia más antigua de América Latina, se siga matando gente sin motivos, porque nunca hay suficiente motivo para el asesinato, y sin remordimientos es más que una infamia, es una locura sin sentido. Que, además, a las personas que investigan, denuncian o, simplemente, informan sobre esos crímenes les persigan, amenacen e incluso maten es, si cabe, todavía más grave.

Portada de Me hablarás del fuego

Portada de Me hablarás del fuego

En Me hablarás del fuego. Los hornos de la infamia se concentra todo lo dicho. Se narran y documentan las desapariciones de más de quinientas personas que fueron incineradas en hornos crematorios. Sí, al más puro estilo nazi, aunque alguno de sus protagonistas declare, como si eso redujera el delito, que los quemaban cuando ya estaban muertos.

Un documento inhumano que narra las atrocidades cometidas por unos supuestos seres humanos que habitan una presunta democracia. Y da igual el color del uniforme que les vista, la forma de las armas que porten, el símbolo colgado al cuello que veneren o las siglas ideológicas que les identifiquen. Sea cual sea su posible justificación, la historia de violencia de sus vidas o lo que hubieran sufrido en carne propia o en la de sus familias, son una panda de asesinos descerebrados. Porque nada, nada, nada justifica esas acciones contra congéneres, contra otras personas que son además compatriotas e, incluso, conocidos, amigos o familiares.

Eso sí, luego se unen por los colores de una bandera que no envuelve nada. Si acaso el vacío de un pasado bañado en sangre, de un presente conflictivo y de un futuro riesgoso e incierto.

Y todavía hay quién quiere arrogarse el patrioterismo de defender la nación, la seguridad y el orden. Reclaman el valor de la resistencia civil frente a unas negociaciones que no traerán la paz, pero que pretenden, al menos, ir quitando actores armados del escenario social y político.

Lo que hace falta es eso, sí. Resistencia civil. Pero contra la ignominia, contra la barbarie, contra todos los crímenes y contra los salva patrias que solamente piensan en la suya, la que hay en sus retorcidos cerebros que no dejan lugar para los otros (as). Esas gentes, con conocimiento de causa o sin saberlo, son las que dificultan una convivencia pacífica tan añorada como lejana. Son quienes fomentan los odios porque están tan cargados de ellos, y tienen miras tan estrechas, que solamente piensan en muertes y en venganzas. Promueven el resentimiento entre hermanos como si eso fuera la solución. No defienden la libertad ni la justicia social. Respaldan sus propios intereses y quieren convencer a los demás de que son los de la mayoría.

En ese texto nos encontramos también, por las consecuencias que ha tenido, con la falta de libertad de expresión, la persecución a los medios y sus profesionales, los ataques a quienes defienden la memoria y quieren luchar contra el olvido para reclamar justicia, para firmar un acuerdo de convivencia y que se pueda decir “aquí paz y después gloria”.

Porque en las páginas de ese escrito de investigación periodística están las historias, los gritos y los silencios, las ausencias y las presencias de todas las personas que han padecido esta incruenta e inclasificable guerra fratricida. Es decir, por activa o por pasiva, toda la población colombiana, viva o muerta, de los últimos doscientos años.

Amenazan y violentan a quienes trabajan por reconocer su propia historia. No permiten esas narraciones, no quieren que se sepan. El autor de ese libro está protegido por la Unidad Nacional de Protección, pero sigue amenazado y perseguido. Su vida, como la de muchas y muchos colombianos, estén o no en mitad del conflicto, tomen o no parte o partido por algún bando, se encuentra en peligro.

Pero él seguirá trabajando, haciendo lo que sabe hacer y narrando lo que vea, estudie o investigue. Porque, como señalan Bonilla y Tamayo, “el reto de la cobertura informativa consiste en hacer visibles las voces y los rostros de las mayorías nacionales que día a día se esfuerzan por superar, de manera pacífica y creativa, los conflictos sin acudir a la violencia (…)”.

Trabajando con los medios y sus profesionales para “ensayar otros criterios informativos en los que la paz —la cultura de la paz— adquiera visibilidad como un asunto de interés público. ¿Cómo? Imprimiendo densidad a la deliberación política, fortaleciendo el uso público de la razón y reconstruyendo narrativas que activen la memoria y la reconciliación.”[1]

Las demás personas también tenemos que seguir trabajando, haciendo lo que sabemos hacer y no matándonos, no arriesgando la vida por un juego de tronos que no es real. Sigamos dialogando y denunciando si hay que denunciar. Si tenemos que tomar partido, que sea por la conversación pausada, por la paz poética y por la vida. Ya nos moriremos sin necesidad de matarnos cuando nos llegue la hora.

Una demanda ciudadana

Una demanda ciudadana

Ahí está la paradoja, parece como si estuviéramos obligados a tomar partido. O eres de los blancos o eres de los negros, o con la guerrilla o contra ella, o con el ejército o contra él, o con los paramilitares o contra ellos, o con las bandas criminales o contra ellas. ¿Y si no queremos estar en ninguno de esos bandos?, ¿y si no queremos tomar partido?, ¿y si no nos gustan ni los unos ni los otros?

La mayoría de la gente del común que vivimos en este país, sí la mayoría aunque las encuestas no lo crean, somos grises, de muchos tonos de gris. Somos la Colombia diversa, la de todas y todos, la del verde de todos los colores y los múltiples sabores; somos de los que creemos que podemos ser la Colombia más educada, sin mercantilizar la educación; somos de los que defendemos que este lugar agraciado por la naturaleza puede ser en verdad un paraíso, pero sin serpientes y sin venderlo al capital transnacional; somos de los que le apostamos a una Colombia Humana, somos, en definitiva, los que nos queremos quedar y que nos dejen estar en paz sin que ésta se encuentre inexorablemente en la tumba.

[1] Bonilla, J. I. y Tamayo, C. A. (2007). Las violencias en los medios, los medios en las violencias. Bogotá, CINEP.
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¡Qué país!

Ya sabemos que para el periodismo el título sí importa. Y mucho. Tiene que ser contundente, expresivo, llamativo, breve pero conciso y, sobre todo, enganchar al lector.

En este caso el rótulo es una excusa para englobar todo lo que quiero comunicar acerca de un medio al que respeté y seguí y como homenaje a mi otro hermano, que no lo es de sangre pero sí de corazón y de espíritu, o de lo que cada quien tenga como ese intangible que nos determina.

portada del primer número de El País

Portada del primer número de El País, el 4 de mayo de 1976

Ese hermano mío es PERIODISTA. Sí, con mayúsculas porque ama la profesión, la vive, la siente y la padece. Pero también es DOCENTE, con mayúsculas, porque le encanta transmitir sus conocimientos y experiencias a otras y otros para que sigan queriendo y ejerciendo ese cariño por la profesión que empieza amando las palabras. Aunque luego los que fueron sus pupilos le miren por encima del hombro porque están en un lugar más alto. Yo le digo que tranquilo, que más dura será la caída y que no le llegan a la suela de los zapatos, ni en lo profesional ni, mucho menos, en lo humano por muy subidos que estén ahora en un pedestal.

Y ese periódico al que me refiero y que respeté es El País, de España. Un referente del periodismo con mayúsculas que nos enseñó, y mucho, sobre cómo hacer una buena prensa, seria y de calidad. Algo que fue y que dejó de serlo.

Entre las muchas cosas que nos unen, a mi hermano y a mí, está la pasión por la comunicación, pese a que la veamos él más desde el puro y clásico periodismo y yo desde la otra comunicación, esa que anida en tierras latinoamericanas. Pero también nos juntan haber nacido el mismo año, ser hijos de padres y madres de pueblo emigrados a la capital, habernos criado en barrios populares, animar a los mismos colores en el deporte (tal vez él más forofo y yo más crítico), haber compartido largas horas trabajando en el mismo medio y un montón de conversaciones alrededor de un estupendo café con churros en el bar “los toledanos”.

Nuestros padres, en los primeros setenta, cuando ya se veía cerca, por fin, la caída del bajito del bigote (el hispano, a imagen y semejanza del otro, el alemán), eran lectores de prensa. Su padre del Ya, diario matutino, el mío Pueblo, vespertino. Por todos esos motivos nuestros relatos, aunque tardáramos cuarenta años en compartirlos, han corrido en paralelo.

Además nos une otra cuestión, nuestra afición por el que ha sido uno de los grandes medios, que en sus buenos tiempos no solamente difundía noticias, información, sino también grandes reportajes, estupendas firmas y artículos para el debate y la reflexión. El País, “el diario independiente de la mañana”.

Corría el 4 de mayo de 1976 cuando a los kioscos llegaba un nuevo periódico. Venía a llenar un vacío en la calidad de la prensa, llegaba como independiente y de amplias miras.

Su lanzamiento me costó un castigo en el instituto Cervantes en el que estudiaba entonces. Aproveché el recreo para escaparme al puesto de prensa de la glorieta de Embajadores y comprar el primer número. Era mi regalo de cumpleaños y el profesor de lengua y literatura, qué ironía, me sancionaba por ello. Creo que más por haber elegido tal periódico que por haberme escapado a comprarlo. Era de aquellos viejos profesores anclados en el franquismo que se dirigía a sus estudiantes tildándoles de “sátrapas y correveidiles”, con aires de superioridad y vanagloria.

Para mi hermano la aparición de El País coincidió “con el cambio de un país dormido durante mucho tiempo que quería olvidar las pesadillas y los malos sueños, con un nuevo tiempo plagado de palabras, canciones y gritos como libertad, amnistía, democracia, derechos,…”. Dice que estudió periodismo más que por ser periodista por poder llegar a trabajar algún día en ese medio, porque “el veneno de su tinta” se le fue metiendo en las venas.

foto-falsa-Chávez-El-País

Portada de El País del 24 de enero de 2013 con la foto falsa de la muerte de Chávez

Dicho periódico acaba de cumplir cuarenta años, y durante ese tiempo realmente llenó un espacio grande e importante en el periodismo patrio, poniéndole un verdadero punto de calidad. También ocupó un lugar destacado en el amor que mi hermano y yo le tenemos a la comunicación, a la información y a los medios. Desde ese mismo día le fui fiel a lo largo de casi treinta y cinco años. Lo abandoné por su deriva nada independiente que le llevó a convertirse en “el periódico global en español” pero con algo menos de neutralidad. Su posición frente a la Venezuela chavista, el matar a Hugo Chávez antes de su verdadero fallecimiento y su adscripción contraria a casi todas las decisiones políticas en ese país, incluidas las que afectaban a la editorial Santillana del grupo PRISA, editora del medio, me llevaron a hacerlo. También su “silencio” después del discurso pronunciado por Gervasio Sánchez tras recibir el premio Ortega y Gasset de fotografía en 2008 (tanto en la noticia como en la entrevista no se mencionan las duras y acertadas palabras del premiado contra la política armamentista de los diferentes gobiernos “democráticos” españoles) y algunas otras “desviaciones” políticas, sociales y editoriales que fue mostrando en los últimos años. Además de su mal comportamiento con algunos grandes profesionales de toda la vida. Así que no le veo tan “referente democrático” como el propio periódico se nombra al titular su 40 aniversario.

Durante años guardé con devoción los suplementos dominicales. Hasta que en una mudanza un gran amigo, también periodista y seguidor de ese periódico, los tiró a la basura con el argumento de que si no los había mirado en los últimos seis meses no los necesitaba. Fue una acción contra el síndrome de Diógenes que me ahorró dinero y sesiones de psicoanálisis.

Visité sus exposiciones conmemorativas y le seguí el rumbo fielmente día tras día. Hoy prácticamente no lo leo, ni lo consulto en su edición digital. Salvo que algún amigo (a) me recomiende algo que haya publicado.

Creo que tengo casi todas las colecciones que ese periódico ha ido sacando a lo largo de su historia: la de comics, las de literatura (roja y blanca), las novelas de aventuras, los pocillos con dibujos de Forges, las tazas en homenaje a The Beatles, la vajilla diseñada por Chillida, las guías de ciudades españolas, las colecciones de música, las de cine, la cubertería de Mariscal,…

Hasta me gané un viaje a Viena con mi esposa por haber participado en un concurso sobre Herbie Hancock organizado por El País. Había que contar con quien creíamos que sería bueno que Hancock grabará su siguiente disco. E increíblemente gané el premio. En el edificio de la ópera de la capital austríaca asistimos a un concierto de ese mago del jazz.

Tantas y tantas historias que nos han acompañado y han ido creciendo con nosotros. Sus números especiales durante el intento de golpe de Estado en febrero de 1981 o tras los atentados de Madrid en 2004.

Pero cuatro décadas después las realidades son otras. Según mi hermano, El País “camina hacia un futuro incierto plagado de añagazas y promesas huecas”. Yo creo que ha caído en las redes de ese periodismo vacuo, sumiso del poder, de los distintos poderes, que “informa” en función de intereses financieros y comerciales. Sí, es más global pero es menos independiente.

En el editorial de aquel primer número su director de entonces decía “EL PAÍS que queremos”, y lo quisimos pero ya no. Mi hermano dice que no cree que ese periódico llegué a cumplir los cincuenta años. Al menos no como lo conocimos. Para él y para mí, como para muchas otras personas, hoy es ya casi irreconocible.

Democracia y medios, una pareja divorciada

Medios y democracia deberían ir de la mano.

Pero su relación no ha sido siempre de connivencia, sino que los unos, en no pocos casos, le han hecho flacos favores a la otra.

El 3 de mayo es el Día Internacional por la Libertad de Prensa, día en el que se concede, desde 1997, el premio mundial de Libertad de Prensa Unesco-Guillermo Cano, en honor del que fuera director del periódico colombiano El Espectador, Guillermo Cano Isaza, asesinado el 17 de diciembre de 1986, para reconocer a personas, organizaciones e instituciones defensoras o promotoras de la libertad de expresión en cualquier parte del mundo, especialmente si han arriesgado sus vidas con su acción.

En esta edición el premio ha recaído en la periodista Khadija Ismayilova de Azerbaiyán, por su trabajo de investigación para Organized Crime and Corruption Reporting Project –OCCRP-, una organización de periodismo independiente, con el que denunció la corrupción de su país y que la llevó a ser detenida y permanecer en prisión desde diciembre de 2014.

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De izqda. a dcha. Ma. Cristina Serje, Jaime Abello, Omar Rincón y Damián Loretti

En Bogotá, en día tan señalado han coincidido tres eventos alrededor del periodismo. Uno ha sido el organizado, los días 3 y 4 de mayo, por la Friedrich Ebert Stiftung de Colombia, FesCol, el Centro de Estudios de Periodismo de la Universidad de los Andes, Ceper, y la Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, y que durante esos dos días ha girado alrededor del papel de los medios y sus profesionales en la democracia y las situaciones de posconflicto.

En su inauguración, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, han estado la directora de este espacio del distrito capital, María Cristina Serje, y el director de FesCol, Lothar Witte, y ha contado con una mesa inaugural en la que se han dado cita, Omar Rincón, como moderador, Jaime Abello, director de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), y Damián Loretti, de la Universidad de Buenos Aires.

También estaban convocados Clara López, que iba a acudir como presidenta del Polo Democrático y cuya reciente designación como ministra de Trabajo del gabinete de Santos le ha impedido asistir, y Holman Morris, del partido Progresista y exgerente de Canal Capital que tampoco ha comparecido.

Los dos panelistas presentes han debatido en torno a la actual situación de los medios y su papel en un nuevo escenario digitalizado y abierto al periodismo ciudadano y a las plataformas sociales de opinión.

Para Jaime Abello la comunicación es cada día más importante y se está desplazando desde los medios tradicionales hacia nuevos ejercicios comunicativos en manos de la gente, por lo que el cuarto poder se está trasladando a otras esferas y está más fragmentado. Cree que el periodismo en la región sufre cuatro crisis: la de la transformación de los medios y del negocio, la económica que afecta a América Latina, la democrática con una fuerte polarización y la de las libertades comunicacionales.

Según Loretti, los medios hoy se dedican a muchas cosas, usan las portadas para intentar obtener réditos económicos o políticos y las multinacionales construyen sentido con sus empresas de información. Todo ello hace que exista poca transparencia.

Omar Rincón condensó ambas intervenciones puntualizando que los medios buscan hacer dos cosas: luchar por el mercado de la opinión y difundir los relatos de la hegemonía política. Para terminar señalando que a Colombia le va mal en los ránquines de la libertad de expresión por las chuzadas (intervenciones ilegales de las comunicaciones periodísticas), la judicialización de las informaciones y de quienes las elaboran, la concentración mediática y las amenazas a profesionales y medios.

En la segunda mesa han estado, el propio Loretti y Ana Mielke, de Intervozes, colectivo brasileño de comunicación social, bajo la moderación de Jonathan Bock de la FLIP. Ambos estaban convocados para hablar de la situación de los medios y la libertad de expresión en sus respectivos países. La periodista brasileña ha denunciado el oligopolio mediático existente en Brasil que conlleva una relación de vasallaje y ha pedido garantizar el derecho humano a la comunicación.

Por su parte, el abogado argentino ha explicado el papel jugado en su país por la Coalición por una Radiodifusión Democrática que fue la promotora de los 21 puntos básicos por el derecho a la comunicación.

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Juanita León, Jorge I. Bonilla, Carlos Huertas y Germán Rey (de izqda. a dcha.)

Al día siguiente, 4 de mayo, el encuentro alrededor de democracia y medios ha contado también con dos mesas de debate. En la primera han estado Juanita León, periodista y editora de La Silla Vacía; Germán Rey, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana; Jorge Iván Bonilla, profesor de la Universidad EAFIT, y Carlos Huertas, periodista independiente y fundador de Connectas en un panel para hablar de la calidad del periodismo. Todos han coincidido en partir de la constatación de que en Colombia el periodismo está polarizado.

Germán Rey, relator del informe sobre el estado de la libertad de prensa, ha apuntado que los grandes medios son peces boqueando porque se les acaba el negocio, tal como se conocía hasta ahora, y no están interesados en la calidad. Les falta independencia, pluralidad, rigor y trabajo de investigación y siguen ejerciendo un periodismo dependiente de la colonia.

En palabras de Bonilla existen dos mitos sobre el periodismo y la democracia. Uno, que el periodista está al servicio del bien común y es el perro guardián de la misma y dos, que el periodismo sea un foro de debate público. Para el profesor de EAFIT el periodista hoy es un agente más del mercado.

Para León falta independencia y la calidad de las fuentes es mala. Mientras, la sociedad colombiana es excluyente y con una vida doméstica muy rica pero una vida social muy pobre. Por lo que los medios reciben mensajes contradictorios de la propia sociedad.

La última intervención fue la de Huertas, que propuso mirar con optimismo y ver que el vaso está medio lleno. Pese a reconocer que la calidad se enfrenta a la polarización y al afán por simplificarlo todo, o blanco o negro, y que existe una reverencia absurda al poder y a acomodarse, dejó una puerta abierta a trabajar por reconstruir la confianza de la sociedad en los medios.

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Sierra, Tognato, Villamizar y Martínez durante su intervención en el evento

En el segundo panel, para hablar de los medios en la paz, han intervenido el periodista Álvaro Sierra, el profesor Carlos Tognato y la funcionaria de la Presidencia Alejandra Villamizar, moderados por Ma. Paula Martínez, del Ceper.

Sierra ha iniciado criticando las dificultades para la paz cuando se sataniza al enemigo y cuando la cobertura informativa se centra solamente en lo negativo. Cree que el Gobierno ha hecho esfuerzos pero que la agenda la ha puesto la oposición, en un país con una sociedad ignorante y desinteresada. Y afirma que los medios no están siendo activistas de la paz pero que son uno de los instrumentos necesarios para cambiar los imaginarios. Según él, la gran contribución de los medios y sus profesionales sería producir una información de calidad que le aportara al debate público y hacer pedagogía de los acuerdos.

Es necesario, tal como plantea Villamizar, cambiar el lenguaje para cambiar el discurso y apostarle a la negociación, al diálogo. Por eso considera importante la campaña que ella coordina desde la Presidencia de la República y que promueve “la conversación más grande del mundo” para construir la paz. Denuncia que frente a una oportunidad histórica, los medios no se dan cuenta del reto tan grande que asume el Estado y el país.

Finaliza la charla Tognato demandando recuperar las historias a partir de las resistencias. Haciendo pedagogía para que todos los sectores sociales implicados vean la viga en sus propios ojos y no solamente la paja en los ajenos. Pide respaldar el periodismo y a las y los periodistas para después de la firma de los acuerdos, porque serán fundamentales, con sus narraciones, en colaborar a cicatrizar el tejido social.

Y sugiere contar con actores performativos que sepan transmitir los acuerdos y que tengan credibilidad.

Omar Rincón cierra los dos días de debate, en los que ha destacado la importancia de encuentros como éste para ir creando conciencia. Y aunque cree que Colombia tiene mejores periodistas que medios, pide entender que el periodismo de este siglo debe ser otro, que hay que huir del periodismo mascota, aquel que lame la mano al poder; del periodismo caniche, que es bueno pero no molesta a nadie, y del equilibrista, que cree que hay que balancear la información con fuentes de los dos polos.

En Colombia, los medios deberían tomar partido por un país en pacífica convivencia, al margen de colores e ideologías, de voces e intereses. Hace falta una apuesta clara por la salida del conflicto armado, no sólo con la guerrilla de las FARC-EP sino con todos los actores armados.

Porque hay que trabajar en conjunto por superar las violencias estructurales que condenan y lastran este territorio. Para eso es necesario apostarle a la paz, al diálogo y a la justicia social. Y ahí los medios y sus profesionales, la academia y sus docentes y la sociedad y sus ciudadanas y ciudadanos deben comprometerse con las negociaciones y decirle sí a la salida de esta guerra encubierta que dura casi tanto como este sistema colombiano del que dicen es la democracia más antigua del continente.

Lo curioso de este evento es que no ha sido cubierto por los medios, esos que deberían ser protagonistas de esta relevante etapa en la historia de Colombia para contarle a la ciudadanía y al mundo un proceso que, con todas sus falencias y enemigos, le apuesta a la vida y a la convivencia pacífica.

Resistencias

Una vez más Primero de mayo.

El día en que se conmemora internacionalmente la lucha de la ciudadanía trabajadora por sus derechos.

1mayo-cartelDurante la Segunda Internacional, celebrada en París en 1889, se decide establecer esta fecha para celebrar el día en que los trabajadores debían demandar sus derechos en recuerdo de los llamados “mártires” de Chicago, obreros anarquistas norteamericanos ejecutados por haber iniciado una huelga ese día de 1886 para reclamar la jornada laboral de ocho horas.

Todavía hoy, como siempre, siguen siendo tiempos de resistencias. En cualquier lugar. Por ejemplo, la resistencia de las compañeras y compañeros de Argentina en su lucha contra las arbitrarias decisiones de su presidente; la de la gente que en Brasil combate por evitar la caída de la democracia por motivos supuestamente “democráticos”; de las personas que en Europa pelean contra la violación de derechos y de la legalidad internacional frente a la inmigración. Por todas y todos los que, en cualquier parte del mundo, continúan defendiendo la vida digna, la justicia social y los derechos civiles, políticos, sociales y culturales.

El 1º de mayo de 2016 las organizaciones sindicales en España se movilizarán “Contra la pobreza salarial y social. Trabajo y derechos”. Bien. Pero aprovechemos para demandar primero lo último, lo más básico: DERECHOS. El trabajo es uno de ellos. Antes necesitamos el derecho a vivir en paz y con dignidad. A que nos escuchen y no nos quieran dar limosnas sin haber oído las demandas. No queremos favores que luego nos cobran, queremos DERECHOS.

En Colombia, las centrales sindicales dicen “Vamos a la movilización”, exigiendo al Gobierno trabajo decente y que cumpla los quince puntos de la propuesta que le entregaron el pasado 17 de marzo y entre las que se encuentran: un aumento general de salarios, frenar la venta del patrimonio público, fortalecer la salud y educación, restablecer la mejora salarial cuando se labore por las noches, en domingos o en festivos o cumplir los acuerdos con las personas pensionadas.

También que derogue el Decreto 583 de 8 de abril por el que se legaliza la tercerización laboral en cualquier clase de empresa pública o privada.

Frente a todas las injusticias tenemos el derecho a resistir, a mantenernos firmes contra los embates de esta sociedad neocapitalista y neocolonizadora que nos hunde en las profundidades de las ignorancias y en el consumismo sinsentido haciéndonos creer que somos libres.

También por las luchas silenciosas o acalladas, que las hay y muchas, que los medios no dicen. Tal vez porque no forman parte del “espectáculo” mediático.

bandeauxsouscriptionprintemps2016_2Por estos días está bajo amenaza de cierre el periódico francés L´Humanité, un clásico de los medios que necesitamos que subsista y que no siga el camino de L´Unita, otro histórico tristemente desaparecido . Porque, sean cuales sean nuestras utopías, necesitamos de los medios, de la información y sobre todo de la comunicación. Es otro derecho inalienable, para todas y todos.

Hace ciento doce años, el 18 de abril de 1904, ese diario galo decía en su primer editorial: “No hay necesidad de mentiras, ni medias mentiras, ni de informaciones tendenciosas, ni de noticias forzadas o truncadas, ni de procedimientos retorcidos o calumniosos. No se necesita reducir o rebajar injustamente a los adversarios. Tampoco hay necesidad de mutilar los hechos”.

Por eso creo necesario recordar que tenemos la palabra y recuperar “Una carta por la palabra”, otra entrada del viejo pateras al Sur que también fue publicada en la Tribuna del sindicato CCOO, y dedicársela a todas y a todos los que seguimos resistiendo. Porque no se trata de ser resilientes, sino resistentes.

sábado 15 de septiembre de 2012

“En España, como en Grecia, la cuna de la civilización, quieren acabar con todo”

Sin título1Una carta por la palabra

Ciudadanas y ciudadanos, escribo, tal vez, con la libertad que da la distancia. Con la tranquilidad y el punto de vista que te imprime ser “extranjero”. Escribo, porque me queda la palabra. Escribo como sociólogo, como comunicador, como periodista. Escribo como empleado público, como funcionario, como sindicalista. Escribo, en fin, como persona y como ciudadano. Escribo porque, todavía, me queda la palabra.

En España, como en Grecia, la cuna de la civilización, quieren acabar con todo. Sí, y lo malo es que llevan camino de conseguirlo. Recortes sociales; privatizaciones de servicios públicos; falta de presupuestos para instituciones y organismos públicos, ya sean educativos, sanitarios, judiciales, de investigación, de ayuda a personas dependientes,… ¿Por qué? ¿Para salir de la crisis? ¿Para reducir el desempleo? ¿Para mejorar la competitividad? La respuesta es la palabra NO. No, no y no.

Todo lo que dicen es mentira. Sus medidas buscan empobrecer socialmente el país; perjudicar más a los desfavorecidos; recortar derechos a minorías, mujeres e inmigrantes, y arrasar con más de treinta años de luchas democráticas por los derechos laborales. Persiguen allanar el camino al capital, a la especulación y a la explotación. Están acabando con la democracia. Pero, nos queda la palabra.

Con sus políticas están destrozando los logros sociales de ese sueño, que no se llegó a realizar del todo, que era el Estado de bienestar. Crean la sensación de que todo lo público es malo, que no funciona, que es costoso y que cerrarlo contribuye a mejorar la situación económica y a cumplir con Bruselas. Más mentiras.

Lo que hacen es armarse de falsos argumentos para tener justificación para privatizarlo todo. No nos arruinan económicamente porque nunca hemos tenido patrimonio monetario, como esos que atesoran nuestros políticos y políticas. Pero tenemos un patrimonio moral, tenemos valores,… y nos queda la palabra.

Y no nos van a callar. Aunque nos dejen desnudos, “como a los hijos de la mar”, aunque descabecen sindicatos y sindicalistas a golpe de “reales decretos”. Desde donde estemos, o a donde nos manden, aunque seamos “cuatro gatos”, pese a que no contemos nada para los poderes. Gritaremos alto y claro. Porque nos queda la palabra.

El sábado 15 de septiembre habrá una manifestación multitudinaria, esperemos. Que probablemente, pensarán muchos, no servirá para nada. Pues sí, es posible que así sea porque “ellos” tienen la sartén por el mango. Tienen el poder económico y tienen el poder político, lo poco que les queda de ambos sin vender a los mercados. Pero no importa, hay que movilizarse y luchar para que vean que estamos hartos y dispuestos a enfrentarnos. Porque la ciudadanía española sí quiere hacer política, verdadera política de luchar por el bien común de las mayorías. Porque nos queda la palabra.

En 1947, Camus escribió que “No hay, quizá, ningún régimen político bueno, pero la democracia es, con toda seguridad, el menos malo. La democracia no puede separarse de la noción de partido, pero la noción de partido puede muy bien existir sin la democracia. Esto ocurre cuando un partido o un grupo de hombres (añadamos y de mujeres) cree poseer la verdad absoluta. Por eso, el Parlamento y los diputados necesitan hoy una cura de modestia”.

Y continuaba diciendo “demócrata, en definitiva, es aquel que admite que el adversario puede tener razón, que le permite, por consiguiente, poder expresarse y acepta reflexionar sobre sus argumentos. Cuando los partidos o los hombres están demasiado persuadidos de sus razones como para cerrar la boca de sus oponentes por la violencia (en este caso la legislativa y ejecutiva), la democracia deja de existir”.

En ese mismo texto señalaba que “las civilizaciones no se forjan a reglazos en los dedos, sino con la confrontación de las ideas, con la sangre del espíritu y con el dolor y el coraje”. Y con la palabra.

Pues señoras y señores, el Gobierno español, y sus diputados, senadores y seguidores varios, se cree en poder de la verdad absoluta, no sabe lo que es la democracia y quiere plantar su civilización a base de “reglazos” en los dedos y en la cabeza de toda la ciudadanía. Pero, no tienen el poder de la palabra.

Termino mis citas del gran pensador francés, premio Nobel de Literatura en 1957, con esta otra: “La verdadera desesperanza no nace ante una obstinada adversidad, ni en el agotamiento de una lucha desigual. Proviene de que no sabemos ya nuestras razones para luchar o, precisamente, si debemos luchar”.

Sabemos nuestras razones y sabemos que sí tenemos por qué luchar. Creemos en la democracia, aunque sea mala. Así que debemos seguir esperanzados, convencidos de nuestros ideales y de nuestros motivos, que son los de la mayoría aunque “ellas y ellos” no lo quieran ver. Y creo, como decía el maestro Freire, que “no hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza“. Nosotras y nosotros tenemos la palabra.