Un acuerdo para construir país

Tras años y años de enfrentamientos armados, guerra al fin y al cabo pese a no estar oficialmente declarada, se han firmado los acuerdos de paz de La Habana. Un paso enorme para romper con esa ya casi “costumbre” de vivir en continuo conflicto. No será el único que haya que dar, pero es básico y el primero para intentar alcanzar la llamada paz.

acuerdo-1Lo que se ha firmado en La Habana, entre los representantes del gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC no es la paz, porque la paz es mucho más que la ausencia de guerra. Pero se ha rubricado un acuerdo que da inicio a un proceso social de convivencia que necesita del respaldo del pueblo colombiano para construir país. Por eso es fundamental que la gente entienda lo que hay detrás de tan histórico pacto.

No se ha firmado ni se votará la paz como concepto absoluto, lo que se ha ratificado es un ¡basta ya! a tantos años de beligerancia, a tantas muertes y desapariciones. Se abre una puerta para la convivencia pacífica a partir de la dejación de las armas y el abandono de la lucha por parte de uno de los actores armados. Es el principio de algo nuevo, debería serlo de una larga amistad. Después habrá que intervenir otros aspectos tan violentos como la guerra: la inequidad social, la exclusión, la educación o la salud entre otras muchas cuestiones. Y también habrá que negociar con otros actores de la historia que no han estado en La Habana.

La perspectiva de no violencia entre dos de los actores armados, el Estado y la guerrilla de las FARC, pasa por comprender el pasado, aceptar el presente confiando en el otro y apostarle a construir juntos un futuro común en el que el protagonismo lo ha de tener la ciudadanía.

Día de paz

Después de décadas de conflicto armado, el 29 de agosto de 2016 ha sido el primer día de paz, el primero oficialmente sin guerra en Colombia. Al menos sin la que han venido enfrentando desde hace 60 años el Estado colombiano, sus fuerzas de seguridad, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP).

No he sentido en las calles, al menos en las de Bogotá, una alegría especial, una celebración motivada por el acuerdo político. La gente no ha sonreído más, no se han comportado más felizmente y ni siquiera el Transmilenio ha promovido que sus autobuses reflejaran en los luminosos el júbilo por este primer día “pacífico”. Otras veces sí lo han hecho, celebrando a las mujeres en su día o felicitando el cumpleaños de la capital.

Tampoco las banderas blancas, o la tricolor nacional o las multicolores han ondeado en las calles, las casas, los edificios públicos o los cuarteles. ¿Incredulidad? ¿Tal vez dudas ante lo que pueda significar esta paz? Puede que desconfianza, porque hay muchas personas que suspiran para que el acuerdo no prospere, para que la paz entre Estado, sociedad y guerrilla no sea factible.

Sabemos que construir es muy difícil y costoso, en tiempo y en esfuerzo, mientras que destruir no cuesta casi nada. El símil con el futbol es pertinente: jugar como lo hacía la Holanda de Cruyff o el Barcelona de Guardiola es muy complicado, encerrarse atrás y patadón y tentetieso esperando que pasen los minutos sin encajar goles, pero sin crear jugadas, lo puede hacer cualquiera.

Pero hay que darle una oportunidad a la paz. Porque, a pesar de todo, la mayoría de las y los colombianos anhelan lo que Mandela soñó para Sudáfrica “el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades.”

Eso requiere de un compromiso, y éste empieza por respaldar el acuerdo votando SÍ en el plebiscito convocado para el domingo 2 de octubre. Ahí iniciará un nuevo período histórico para la Colombia diversa, algo que hace tiempo atrás parecería realismo mágico y que puede convertirse en mágica realidad.

Poner en duda el valor de un acuerdo, promover el voto en contra y no apostarle a un escenario social y político mejorado y reducido en tensión y enfrentamientos es no tener visión holística, supone no creer en los otros y, desde mi punto de vista, poner por delante el egoísmo y el odio olvidando la solidaridad y el valor de la vida de los demás.

acuerdo-2Hacerlo sin argumentos y con la cantinela de que se entrega el país a la guerrilla es no haber entendido nada y, por supuesto, no conocer la historia ni el contenido de los acuerdos.

Nadie con dos dedos de frente puede estar en contra de una reforma rural que busca crear “las condiciones de bienestar y buen vivir para la población rural y contribuye a la construcción de una paz estable y duradera. Busca la erradicación de la pobreza rural extrema y la disminución en un 50% de la pobreza en un plazo de 10 años, la promoción de la igualdad, el cierre de la brecha entre el campo y la ciudad, la protección y disfrute de los derechos de la ciudadanía y la reactivación del campo, especialmente de la economía familiar” (acuerdo sobre desarrollo agrario).

Ningún ciudadano debería entorpecer la búsqueda de la “reconciliación y que la política esté libre de intimidación y violencia”, impedir que se pongan en marcha “medidas para la participación de la mujer y promover una cultura democrática de tolerancia en el debate político. El fin del conflicto implica que los enemigos se deben tratar con respeto como adversarios políticos” o no querer romper “el vínculo entre política y armas” (acuerdo sobre participación política).

Que es necesario abordar la problemática de las drogas ilícitas dando “un tratamiento diferenciado a este problema promoviendo la sustitución voluntaria de los cultivos de uso ilícito y la transformación de los territorios afectados, dando la prioridad que requiere el consumo de drogas ilícitas bajo un enfoque de salud pública e intensificando la lucha contra el narcotráfico” (acuerdo sobre solución al problema de las drogas ilícitas).

Que es sensato establecer mecanismos jurídicos que persigan “lograr la mayor satisfacción posible de los derechos de las víctimas, rendir cuentas por lo ocurrido, garantizar la seguridad jurídica de quienes participen en él, y contribuir a alcanzar la convivencia, la reconciliación, la no repetición, y la transición del conflicto armado a la paz” (acuerdo sobre las víctimas del conflicto).

Y que es necesario terminar definitivamente las hostilidades para no afectar a la población y que las y los miembros de la guerrilla se vayan reincorporando a la vida civil.

Todo eso está contenido extensamente en el acuerdo. No hay nada en todo ello que suponga que se “ha vendido” el país o que “ha triunfado” la guerrilla. Pienso que ganan todas y todos los colombianos, sobre todo quienes han vivido y sufrido la guerra sin haber formado parte de ella. Es un triunfo de la sensatez y de la reflexión, es una victoria conjunta de un territorio que no quiere más muertes por el conflicto armado.

Por eso, como ciudadano residente en Colombia, les invito a responder afirmativamente a la pregunta aprobada por el Congreso para que la ciudadanía se pronuncie: “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?”

Sí, sí y mil veces sí.

Porque, recordando el legado de Madiba, para promover la paz, los derechos humanos y la democracia una sociedad debe recordar su pasado, escuchar todas las voces de su presente y perseguir un futuro con justicia social.

Pueden consultar documentos y material pedagógico sobre el acuerdo en http://www.altocomisionadoparalapaz.gov.co/ y en: www.mesadeconversaciones.com.co
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Un asunto que no tiene nombre

El ser humano, de cualquier clase o condición, suele buscar explicación a los temas acudiendo a las consecuencias en lugar de ir a las causas para intentar comprenderlas.

Es muy triste lo que motiva mi deseo de escribir esta nota. Yo sí me escandalizo con hechos como estos que voy a presentar porque creo que debemos ser más éticos y educados y más consecuentes con nuestros actos.

Tiene que ver con un asunto que no tiene nombre. Lo que hay detrás de la columna de Piedad Bonnett en El Espectador y el revuelo que se ha levantado.

bonnett-webNo conocí a Daniel Segura Bonnett, no conozco personalmente a Piedad Bonnett, aunque he leído alguno de sus textos y sus escritos en periódicos, y a Lucas Ospina le leo de vez en cuando y le he escuchado en alguna charla, como en el congreso de Ética organizado en 2015 por varias universidades colombianas, que se celebró en la Javeriana y en el que ambos presentamos ponencia aunque en mesas distintas. El trabajo de Piedad, como periodista y escritora, me parece muy interesante. De los artículos de Ospina aprecio su postura crítica.

Al que no conozco es al estudiante de la Universidad de Los Andes que escribió el texto que ha motivado esta dialéctica en la que parece que todo se arregla con la disculpa y sintiendo lástima por Daniel y por Piedad. Y no tengo ganas de conocerle, pero si fuera mi estudiante creo que hubiese tenido una charla con él y me hubiera cuestionado algo más que la calidad de su trabajo.

Tampoco conozco a David Agudelo, que ha publicado un artículo en Las 2 Orillas y que se presenta diciendo, en el título de su texto, “yo también soy estudiante de Lucas Ospina”.

Vayamos por partes.

Creo que Agudelo debería discernir entre defender al profesor que él conoce, a su profesor Ospina, y lo que ha supuesto y supone el trabajo entregado por ese otro estudiante en una clase y el que Lucas Ospina decidiera enviárselo a Piedad Bonnett. Tampoco tiene mucho sentido que argumente para defender a su docente que los medios aprovechan cualquier cuestión para “atacar” a la U. de los Andes. Además, dice no saber, y que ameritaría un  estudio, “qué motiva al comentarista colombiano de noticias promedio a escribir cosas tan cargadas de odio, de revanchismo y de mala gramática”. Señor Agudelo, el trabajo entregado a su profesor por ese otro estudiante es una muestra de ese odio hacia el diferente, de ese revanchismo contra los que nos dan risa y no sé si lo será de la mala gramática. Sí le puedo sugerir que revise la suya, porque para estar cursando Derecho y Arte y periodismo en el CEPER, porque su universidad permite eso, escribe usted bastante regular. ¿Por qué Piedad es “la Bonnet” y Lucas no es “el Ospina”?, ¿por qué el “Alumno” tiene inicial mayúscula?

Eso sin entrar a evaluar lo que dice en su artículo, con todo el derecho que le da la libertad de expresión que recoge la Constitución Política de Colombia de 1991. Como que la columna de Piedad Bonnett tiene “aire a revancha de una mujer herida”. Discúlpeme pero voy a hacer uso de mi libertad de expresión: “¿cómo puede usted ser tan huevón?”

O decir que “la respuesta de Lucas deja entrever a un hombre que sabe que cometió un error y que lamenta el dolor que generó en alguien a quien consideraba cercano.” ¿Está usted seguro de eso? Porque el señor Ospina dice en su blog “Lamento el dolor que le pude haber causado con mi acto a Piedad Bonnett, me dejé llevar por la persona que he visto a través de sus cursos, del libro y las entrevistas sobre Daniel, ahora comprendo que no la conozco lo suficiente como para entender el efecto que iba a tener mi mensaje.” ¿Cómo que “El dolor que le pudo haber causado”?, señores Agudelo y Ospina, creo que no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta que le tuvo que causar dolor, no que se lo pudo haber causado. Y justificarse con “no la conozco lo suficiente como para entender”, cualquier persona que haya perdido a un ser querido, aunque no seamos madres e independientemente de que podamos considerar conocerla o no, podría imaginarse que ese texto iba a tener un efecto doloroso.

En lugar de analizar el asunto, de pensar porqué un estudiante, al hilo de una película vista en clase, escribe lo que escribió; de porqué hizo lo que hizo años atrás y no tuvo respuesta por parte de la institución educativa; de cómo reaccionó el profesor ante ese escrito, o qué le llevó a mandárselo a la madre del vilipendiado; nos desgastamos en defender o atacar al profesor o a la escritora según lo que consideremos que han supuesto las actitudes de cada quien.

Nos olvidamos de defender la legítima manera de ser del afectado por los hechos, Daniel Segura, de su derecho a su personalidad y de las circunstancias personales que le afectaran, y nos permitimos juzgar la justificada respuesta de una madre. Dejando de lado reflexionar sobre porqué se dan esos comportamientos en colegios y universidades y cuál debería ser la respuesta de ambas, sobre qué papel deberían jugar las instancias educativas y acerca de qué piensa la sociedad en torno a estas violencias.

No sé con qué finalidad el profesor Ospina tomó la decisión de enviar ese cuestionable trabajo a Bonnett porque lo único que dice en su sitio web como disculpa es “Le envié el texto a Piedad, le comenté que estaba escrito en reacción a esa película, y que su contenido era ‘agridulce’.” Qué entenderá él, y que esperaba que sintiera ella, con esa cualidad entre amarga y melosa. Pero nada sabemos de su propia reacción ante la escritura de su estudiante, ni qué le pareció, ni si le interpeló por el contenido de lo escrito.

Supongo que, salvo Piedad Bonnet, nadie ha valorado el fondo de todo esto: el comportamiento social de un grupo de estudiantes contra un docente porque era diferente, como por suerte somos todas y todos. ¿Qué lleva a unos jóvenes en proceso de formación, de un colegio prestante y seguramente de familias “bien”, a actuar de forma tan incorrecta, ignorante y excluyente?

Según parece, el estudiante reconoce en su texto, sin avergonzarse y sin el menor atisbo de arrepentimiento, que acosaron y se burlaron de su profesor, Daniel Segura, por su voz afeminada. ¿Qué hay detrás de un comportamiento como ese?

Qué lástima que después de haber pasado por dos instituciones que, se supone, están académicamente entre las mejores del país, una persona como ese educando (del que me voy a ahorrar expresar los epítetos que me vienen a la cabeza) siga con ese pensamiento tan retrógrado y vanagloriándose de ser tan “machito”.

Si de colegios como el Campestre y universidades como Los Andes han salido y salen los hombres y mujeres que dirigen los designios de Colombia, y entre ellas y ellos se encuentran sujetos como uno de los causantes de toda esta movida, no es de extrañar que sigamos poniendo por delante el sagrado corazón y la bandera y dejemos a un lado la dignidad de las personas y sus derechos, todos. A ser como anhelen y lo que aspiren a ser, a pensar como quieran, a sentir lo que deseen, a querer y disfrutar la vida con quien gusten y a rezarle, o no, a quien les mueva tal sentimiento.

No he leído que haya habido respuestas o comentarios públicos de los dos establecimientos. Pero, si quieren ser verdaderas instituciones educativas de calidad deberían trabajar por evitar “manchas” como esas y promover una educación más igualitaria e incluyente.

frase-aceptar-y-respetar-la-diferencia-es-una-de-esas-virtudes-sin-las-cuales-la-escucha-no-se-puede-dar-paulo-freire-196733Desde fuera de todos estos hechos, confío en que esta metedura de pata del profesor Ospina le hará repensarse si alguna otra vez en sus clases se le vuelve a dar un hecho parecido y que estará realmente arrepentido, y en que no sigamos juzgando a Bonnett por responder a pifias como esas sino que la comprendamos, sin compadecerla pero solidarizándonos con ella.

Creo que hay que ir a la raíz de todo esto y cuestionar una educación que, por muy privada y elitista que sea, da lugar a y consiente que sucedan comportamientos tan poco éticos como los del estudiante sin nombre. Lo que lleva a empeorar la situación de personas que no “encajan” en la “normalidad” de un sistema caduco y trasnochado en el que siguen imperando las conductas machistas y discriminatorias.

Tenemos que pensarnos dos veces, escuchar dos veces y mirar dos veces antes de llevar a cabo acciones que dañan a otras y a otros y que no reportan nada a la convivencia pacífica y al futuro de una sociedad que necesita amplitud de miras, comprensión y memoria colectiva.

El presidente Santos ha afirmado estos días, tras la polémica de las cartillas sobre educación sexual, que “El respeto por la diferencia, la convivencia, protección de los derechos y búsqueda de la paz son valores fundamentales de nuestra Constitución y son guía y norte en todas las actuaciones y decisiones del Gobierno. La violencia, física o verbal, el matoneo y la discriminación son comportamientos que como sociedad debemos rechazar y condenar”.

Toca asumirlo y aplicarlo.

Otra mirada sobre los Juegos

Las relaciones sociales deportivas no entienden de banderas o religiones

Terminan los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, la trigésima primera Olimpiada de la era moderna, aquella que se inició en Atenas en 1896.

Logo de Río 2016

Logo de Río 2016

En todos estos años ha habido ediciones suspendidas, las de 1916, 1940 y 1944 como consecuencia de las dos grandes guerras. También han existido boicots de carácter político, en protesta por la represión sobre Hungría por parte de la extinta URSS en los de Melbourne 1956; o contra las relaciones deportivas de algunos países con Sudáfrica y sus políticas racistas en los de Montreal 1976, o por la guerra fría entre los dos bloques (soviético y aliado) que hizo que las ediciones de 1980 en Moscú y 1984 en Los Ángeles vieran reducida sensiblemente la participación.

Poniendo por delante el valor de todas y todos los deportistas, con especial mención en esta edición a figuras de la talla de Simon Biles, Allyson Felix, Carolina Marín, Wayde Van Niekerk, Mariana Pajón, Rafael Nadal, Katie Ledecky, Katinka Hosszu, Ruth Beitia, Caterine Ibargüen, Mireia Belmonte, los equipos españoles femeninos de gimnasia rítmica y baloncesto y la ÑBA o los inconmensurables Michael Phelps, Mo Farah y Usain Bolt; los juegos nos han dejado algunos hechos para la reflexión, como el comportamiento del público con el pertiguista francés Lavellenie, o con algunos jugadores de baloncesto al enfrentarse a la selección local, o hacia la yudoca brasileña Rafaela Silva.

Rafaela Silva

La yudoca brasileña Rafaela Silva

En Río, esta deportista ha sido tratada como heroína cuando hace cuatro años, en Londres, fue tildada de “mona que debería estar en la jaula”. De denigrada a ídolo. Así somos los seres humanos. Silva ha conseguido en su tierra el primer oro de estos Juegos para Brasil. En los que parece que se han olvidado de lo que soportó en los anteriores y no se han acordado de su condición de mujer, lesbiana, negra y pobre. Ella, además de la medalla, ha logrado su particular triunfo contra la exclusión.

En el medallero, destacar que entre los puestos undécimo y vigésimo, encontramos en el trece a Brasil (con 19 preseas, siete de ellas de oro), en el 15 a Kenia (trece galardones, seis de ellas doradas), en el 16 a Jamaica (once, con seis preciadas) y en el 18 a Cuba (también once, cinco de ellas de oro). Muy por encima de su escalón en el supuesto escaparate político, social y económico mundial.

No me olvido de España, que con diecisiete medallas, siete de ellas de oro, ha hecho un meritorio papel si pensamos en los recortes aplicados por el gobierno a las becas ADO y a la promoción general del deporte. Pero si lo comparamos con países de mucha menor población y “poderío”, tal vez se podría pedir algo más. Ni de Colombia, que estaría situada entre esas naciones menos potentes, y que ha logrado ocho distinciones, tres de ellas doradas.

Una curiosidad, en los deportes de equipo, con partidos por el primer y el tercer puesto, es preferible ganar el bronce que perder el oro. Aunque esto suponga conseguir la plata.

Al margen de los premios y de algunos comportamientos, reprobables pero aislados y casi anecdóticos, aunque no por ello menos importantes, y sin entrar a cuestionar la organización y sus falencias, quedémonos mejor con sus logros, creemos que, una vez más, las Olimpiadas nos han mostrado que sí se puede, que hay que ir más lejos, más alto y con más fuerza. Que existe la solidaridad, también el mestizaje y el respeto por las personas de diferente raza, nacionalidad, religión o cultura. Que se puede convivir peleando por el reconocimiento social sin tener que matarse.

Las y los atletas son una muestra firme de ello. Hamblin, neozelandesa, ayudó a levantarse y esperó a D’Agostino, norteamericana, en la prueba femenina de 5.000 metros; el saltador de altura estadounidense Kendricks, se pasó la prueba aplaudiendo y animando a sus rivales, rompiendo con ello el mal trato dado por el público al francés Lavellenie, medalla de plata, como si así mejoraran el valor de su paisano Da Silva, medalla de oro; las hermanas gemelas germanas Lisa y Anna Hahner que cruzaron la meta de la mano en la maratón, eso sí, en puestos bastante discretos y con críticas por parte de su federación (en esa misma prueba había otras hermanas, las coreanas Kim Hye Song y Kim Hye Gong y las trillizas Luik de Estonia); las gimnastas coreanas, Lee Eun-Ju (del Sur) y Hong Un Jong (del Norte), que se fotografiaron juntas; la caballista holandesa Cornelissen que no compitió para preservar la vida de su caballo Parzival que había sido infectado por la picadura de un mosquito, o el detalle de Usain Bolt dejando a un periodista con la palabra en la boca para ir a saludar al sudafricano campeón olímpico de 400 m.

Cornelissen y Parzival

Cornelissen y Parzival

Y eso sin mencionar lo que supone que uno no pueda asegurar ya la nacionalidad de las y los participantes, o el país por el que compiten, con base en sus nombres y apellidos. Una Okolo y una Manuel en el equipo de los EE.UU.; una Esposito por Australia, una Ohuruogo o una Onuora, además del infalible Mo Farah, por Gran Bretaña; Benedicta Chigbolu o Ayomide Folorunso en la Italia de relevos 4X400, y Zaitsev, Antonov o Juantorena en el equipo italiano de voleibol. Sin contar el papel de Bahrein “fichando” atletas de nivel para engrosar sus filas y tener acceso a las medallas. De los treinta y cinco deportistas bajo bandera del país del Golfo solamente seis nacieron en esas tierras.

Buena prueba de una mezcolanza que no entiende de fronteras y que le quita “peligrosidad” al enemigo social, político o religioso cuando se trata del deporte.

La edición treinta y uno ha tenido por lema “Un mundo nuevo”; ha contado en su Villa Olímpica con un Muro de la Tregua, para intentar concienciar y unificar a todos los y las deportistas participantes alrededor de la paz, y también ha privilegiado el color verde, predominante en casi todos los escenarios y eventos (incluso la piscina de calentamiento tiñó sus aguas de ese tono), junto a la semilla entregada a cada deportista en la ceremonia inaugural.

Traslademos ese espíritu olímpico de colaboración, solidaridad y sana competencia a la sociedad y a la política. Tenemos mucho que aprender.

Tal vez sea cierto que los Juegos Olímpicos han terminado siendo más un negocio publicitario y mediático globalizado, pero es, a todas luces, un lugar único de encuentros y el evento deportivo con más renombre, el destino al que todo deportista quiere acudir.

Ochenta y siete países, de los doscientos cinco inscritos, incluidos quienes lo han hecho como refugiados o bajo la bandera de olímpicos independientes, han conseguido alguna medalla compitiendo en las trescientas seis pruebas de las cuarenta y dos modalidades deportivas presentes en los juegos y celebradas en las treinta y dos arenas (escenarios) habilitados para ello. Un total de once mil quinientos cuarenta y cinco atletas han estado presentes en las primeras olimpiadas celebradas en América del Sur.

Con algunos países conquistando su primera medalla olímpica y con la sensación de que siempre puede saltar una notable sorpresa (el oro de Brasil en salto con pértiga, que supuso un nuevo record olímpico, la victoria de Puerto Rico en tenis individual femenino o el triunfo sudafricano en los 400 m. lisos, con record mundial incluido). Eso es lo bonito de una cita olímpica, se juntan los más con los menos, las estrellas consagradas con las fugaces, grandes con pequeños, y todo el mundo exprime sus fuerzas hasta el límite en la lucha por conseguir la preciada medalla olímpica.

La llama olímpica abandona Río de Janeiro, pero no se apaga, se retira a su cuartel en la griega Olimpia hasta volver a iluminarnos dentro de cuatro años en Tokio 2020.