Un manifiesto por la paz en Colombia

Tras los resultados del plebiscito celebrado en Colombia el pasado 2 de octubre de 2016 para refrendar los acuerdos firmados en La Habana, y ratificados en Cartagena, entre el gobierno del presidente Santos y la guerrilla de las FARC-EP

 

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Nuestro apoyo al proceso de paz y a los acuerdos alcanzados en La Habana.

Pensamos que el pueblo colombiano se merece los acuerdos de paz y finalizar esta larga etapa de conflicto armado. Las manifestaciones de los últimos días a favor de la paz así lo expresan.

El resultado del plebiscito muestra que son precisamente las gentes de las regiones que más han sufrido la guerra quienes más le han apostado a la paz. No tenemos derecho a apropiarnos de un no en su nombre. En toda negociación hay que ceder para obtener algo. No existe el acuerdo perfecto, pero es un acuerdo que pretende favorecer a toda la población colombiana.

Lo firmado no es el resultado de una charla entre Santos y Londoño. No podemos contrariar los acuerdos por venganza, por rencor o por envidia. Al frente de esas negociaciones, largas y duras, ha habido y hay un gran equipo de personas capacitadas para debatir y acordar. Y detrás están expertos, organizaciones internacionales y países que han creído y creen que la paz es posible. Una muestra de ese respaldo es la concesión del premio Nobel de la Paz al presidente colombiano.

No debemos arrogarnos la capacidad de tumbar más de cuatro años de negociaciones con argumentos que nada tienen que ver con lo recogido en los acuerdos. Estos no resolverán todos los problemas de Colombia ni todas la violencias, pero cesarán los enfrentamientos entre dos de los actores de la guerra.

Son un primer paso para la esperanza. Después habrá que seguir trabajando por construir esa paz positiva que supone buscar la justicia social. Tendremos que seguir luchando por los derechos sociales, culturales, políticos y económicos. Pero sin más armas que las palabras.

2016-10-05-photo-00000041Queremos apoyar los diálogos para alcanzar la convivencia pacífica en Colombia. Para que podamos disfrutar de su realismo mágico sin más peligros que el de que nos queramos quedar.

Por eso necesitamos vuestras firmas, las de las y los colombianos, en el país y en el exterior, y las de las personas de otros lugares que habitamos este país y que creemos que se merece la paz y que sí es posible. Porque la paz sí es contigo, con todas y todos nosotros y con todos y todas ellas.

Firma la petición en:

https://www.change.org/p/al-congreso-de-la-rep%C3%BAblica-de-colombia-un-manifiesto-por-la-paz-en-colombia?recruiter=17484822&utm_source=share_for_starters&utm_medium=copyLink

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El conservadurismo del Comité del Nobel de la Paz

Los premios nunca son justos del todo ni complacen a todo el mundo, siempre dejan un regusto amargo.

Vaya por delante la felicitación más sincera al presidente de Colombia por el galardón. Esperemos que se sea el acicate necesario para que Colombia y toda su gente entiendan el valor de lo que está pasando y respalden la paz sin miradas terciadas. Para que los detractores del sí se den cuenta del importante respaldo internacional que tiene el proceso.

Ahora, la concesión del premio Nobel de la Paz al presidente colombiano Juan Manuel Santos Calderón es una prueba de ese sabor agrio. Si se le premia por los esfuerzos, loables y reconocidos, en pro del fin de la larga guerra en su país, el Comité del Nobel se ha olvidado del líder guerrillero de las FARC-EP.

paz-siNo habría sido la primera vez que el premio de la paz, supuestamente el más importante en este ámbito, o al menos el más famoso, se concediese ex aequo. A lo largo de sus ciento quince años de historia, con algunos vacíos por los diecinueve años que no se concedió, han sido varias las ocasiones en que se ha premiado a más de una persona u organización. Y cuando el premio ha sido para reconocer a enemigos que han unido, o al menos lo han intentado, sus fuerzas por la paz, siempre se ha dado a ambos contendientes: Kissinger (EE.UU.) y Le Duc Tho (Vietnam) en 1973; Anuar el-Sadat (Egipto) y Menahem Begin (Israel) en 1978; Mandela (Sudáfrica) y De Klerck (Sudáfrica) en 1993, o Arafat (Palestina) , Rabin y Peres (Israel) en 1994.

Para el Comité del Nobel parece que Santos ha negociado la paz consigo mismo. Ignorar al jefe de las FARC-EP, Rodrigo Londoño Echeverri, “Timochenko”, es una muestra del conservadurismo de los premios. Se han olvidado, por ejemplo, de Cuba y Noruega, países garantes de las negociaciones, y de las personalidades internacionales que han estado peleando por los acuerdos. También han obviado a Humberto de la Calle, artífice material por el lado gubernamental, de la firma de La Habana, o al resto de las personas que han conformado ambas delegaciones.

La breve respuesta dada por Timochenko a la concesión del premio Nobel de Paz al presidente Santos creo que le honra y que reafirma la posición de la guerrilla más antigua del continente en seguir respetando los acuerdos y luchando por la paz: “El único premio al que aspiramos es el de la Paz con Justicia Social para Colombia, sin paramilitarismo, sin retaliaciones ni mentiras”.

También el presidente Santos había declarado hace una semana, en entrevista para la BBC Mundo, que “Nadie está buscando la paz para ganar un premio, el gran premio es la paz de los colombianos”.

El anuncio de la concesión del Nobel de la Paz fue hecho en la capital noruega en la mañana del viernes siete de octubre. En esta ocasión, había un total de doscientas veintiocho personalidades y ciento cuarenta y ocho organizaciones nominadas al premio. Según declaraciones de la coordinadora del Comité del Nobel, Kaci Kullman Five, la distinción se da “por sus decididos esfuerzos para acabar con los más de 50 años de guerra civil en el país, una guerra que ha costado la vida de al menos 220.000 colombianos y desplazado a cerca de seis millones de personas”. Qué pena con la academia, pero esas miles de personas muertas y esos millones de desaparecidas se lo merecen tanto o más que el presidente.

Creo que la decisión del Comité Nobel Noruego no ayuda a reducir la polarización existente en un país en el que quienes votaron en el plebiscito, apenas el 38 % de la población habilitada para ello, lo hicieron prácticamente repartidos al cincuenta por ciento entre el sí y el no. Sería ya mucho si lograra calmar, pese a lo que les pueda escocer, a los sectores contrarios a los acuerdos firmados entre el Gobierno y las FARC-EP.

Decir que premiar al presidente es hacerlo a toda la sociedad colombiana es ignorar gran parte de la historia de ese conflicto armado y excluir a sectores ipaz-si-2mportantes de esa población. De no haber reconocido a la par a las dos cabezas visibles de los acuerdos, Santos y Londoño, el premio se le debería haber concedido al pueblo colombiano por su paciencia, por su lucha y por la sangre y vidas que ha puesto a lo largo de más de cincuenta años de conflicto armado.

Esperemos que la ciudadanía entienda, como en la marcha pacífica del pasado día 5, que la paz es cosa de todas y todos. Que es una apuesta política que requiere del compromiso de todas las personas y todos los sectores y organizaciones sociales del país sin más colores que el blanco y sin más armas que las palabras: sí, paz.

Felicidades al premiado y a todas y todos los colombianos. Que el respaldo de ese premio sea el cimiento para la construcción definitiva de la convivencia pacífica. Colombia se lo merece.

Una humilde petición

Se requiere un manifiesto por la paz y el respaldo de quienes piensan que es posible.

Si queremos la paz positiva, animo a todas y todos los colombianos, en el país y en el exterior, y a toda persona que resida en Colombia, o en cualquier lugar del mundo, que crea que la paz es el camino, a recoger firmas en respaldo de un manifiesto en el que expresemos nuestro deseo de mantener las negociaciones para el fin del conflicto armado y nuestro apoyo a las personas que, en nombre del Gobierno y en representación de las FARC-EP, han trabajado duramente a lo largo de más de cuatro años por alcanzar unos acuerdos para la pacificación del país. No es mucho pedir.

Sí a la paz

Sí a la paz

A quienes han secundado el no, les pediría que se sentaran a negociar y digan qué quieren. Si lo que desean es tener sus quince minutos de gloria, que se personen y se comprometan. Pero con argumentos, que no confundan a la población con falacias y palabras vacuas. Que dejen a un lado las referencias a la familia, la religión, las opciones sexuales y las dependencias de sustancias psicoactivas y que le digan sí a la paz.

Los acuerdos de La Habana son un compromiso político entre dos de los actores armados del conflicto, las FARC-EP que se comprometen a entregar las armas y reintegrarse a la vida civil y el Estado que lo respetará y no usará la fuerza para combatirlos. Ambos entienden que la violencia no es la solución. En esos puntos no se está vendiendo la patria, esa patria que pareciera boba todavía, no se está deshaciendo la familia tradicional, no se obliga a que todas y todos seamos homosexuales ni a que tengamos que consumir drogas, no se plantea convertir el país en otra Venezuela (que dicho sea de paso, igual habría que copiar de allá algunas cosas buenas, que las tienen, como en todas partes).

Querer imponer una postura apelando a otros sentimientos es un rasgo de poco carácter democrático. Creo que una muestra paradigmática del espíritu godo que guía a los negadores de los acuerdos se observa en las paredes de la capital colombiana. Disponiendo de espacio suficiente para que cada opción declarara sus preferencias, los partidarios del no se dedicaron a plantar sus carteles encima de aquellos que promueven el sí. No pretendían ganar en el debate, querían imponer su criterio.

Otro argumento a favor del no era criticar el documento de los acuerdos: que no tenía claridad suficiente, que era un documento de demasiadas páginas, que la gente común no lo podría entender. Me pregunto cuántas de las personas que están en contra se han leído los trescientos ochenta artículos de la Constitución Política de 1991, más los sesenta y siete artículos transitorios. Esa que dicen haber salvado votando no a lo firmado en La Habana y ratificado en Cartagena.

Pues les sugiero que revisen el artículo 22 de la Carta Magna colombiana, incluido entre los Derechos Fundamentales. Dice textualmente “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.”

Las ciudadanas y ciudadanos que habitan Colombia necesitan creer, confiar en que sí se puede alcanzar esa paz positiva, esa que supone mucho más que la ausencia de guerra. Pero es una fe social que no tiene nada que ver con los dioses que cada quien ama ni con las religiones que cada cual profesa.

Para trabajar por la paz positiva tenemos que entender que no todo es blanco o negro, que existen una gran gama de grises y de matices donde caben todas las diferencias, las ricas diversidades que alberga un hermoso país como éste.

Decir, como excusa, que el pueblo es soberano y que las víctimas no han estado presentes en el acuerdo, también es desconocer lo negociado. Precisamente las regiones que más víctimas y desplazamientos han pagado por la guerra son las que han votado mayoritariamente sí.

marcha-paz-20161005Si le queremos dar una oportunidad a la paz, comprometámonos con ella. Pero de verdad. Respetemos a las gentes que realmente han sufrido la guerra y que no quieren seguir poniendo su sangre y los muertos. No queramos ser los dueños de la verdad, porque verdades hay muchas. Al menos tres: la tuya, la mía y la de los demás. Pero la justicia debería ser una y la paz también. Un buen principio sería poner en práctica los principios de la Carta para un mundo sin violencia.

El miércoles 5 de octubre se da un paso más con la “Marcha universitaria por la paz” que recorrerá, de blanco, en silencio y con velas, el centro de Bogotá desde el Planetario Distrital hasta la plaza de Bolívar. Que no sea el único ni el último acto. La ciudadanía tiene que tomar la palabra. Porque la propuesta que se votó el domingo 2 de octubre era para construir juntos, para entender que, por suerte, no somos iguales, que somos diversos pero queremos vivir en paz y de una manera socialmente más justa y equitativa.

La paz es un derecho y los derechos no se silencian. Se gritan. Gritemos: PAZ.

Una tristeza muy grande

El resultado del plebiscito me deja desesperanzado, con una sensación de hastío y un agrio sabor de boca.

El triunfo del no me da mucha tristeza y me impele a una reflexión profunda que tendré que madurar. Tal vez sea la constatación de lo que mucha gente piensa y algunas personas dicen: el problema de Colombia son las y los colombianos. Al menos una parte de ellas y ellos. Esa que se ha permitido votar en contra de los acuerdos de paz porque no debe saber bien lo que es la guerra.

Qué pena con quien se crea en sus cabales, pero siento que nos hemos vuelto locos.

img_2226No quiero culpar a ninguna circunstancia ni a ningún hecho de que se haya inclinado la balanza del lado del mal. Del mal que supone no apostarle a la esperanza. El fiel ha girado hacia el no porque la ciudadanía lo ha votado. Pero eso no quita para que no pueda decir: ¡vaya mierda! Porque vuelven a ganar los de siempre y a perder los que no cuentan.

Yo, que soy ateo y que tengo el alma mitad en la cabeza y mitad en el corazón, me siento dolido. Que la gente recurra a su dios para dar las gracias por haber “triunfado” es todavía más estúpido si cabe. Si la gente que cree en ese dios que representa el papa Francisco fuese consecuente con lo que se jugaba hoy en las urnas, habría barrido el sí. Si la iglesia mayoritaria de este país hubiera declarado abiertamente su postura a favor de la paz, como se supone que debería haber hecho, habría arrasado el sí. Los poderes mediáticos, que con sus medias tintas han contribuido a la duda y al desconcierto, tendrán que asumir su parte de responsabilidad. Si la academia le hubiera apostado con fuerza al futuro, llenando sus paredes de pintadas por la paz y por el sí, éste seguro que habría triunfado.

Pese a mi ateísmo creo que la comunicación que hacemos determina la sociedad en que vivimos. Esa comunicación hoy ha perdido. También la educación ha fallado. Han podido más el miedo y los mensajes desinformativos que la ilusión y los argumentos. La instrucción se ha impuesto a la formación. Las órdenes han superado a los análisis.

Colombia y sus gentes han perdido. Yo, como profesor de comunicación para la transformación social he perdido, porque no sé si he hecho bien la parte, pequeña pero parte al fin y al cabo, que me tocaba. También he fallado como periodista.

Decir que con estos resultados gana la democracia y se salva la constitución, como están diciendo a estas horas algunos intelectualoides de partidos como el Centro Democrático, es no tener dos dedos de frente ni cultura política ni comprensión de la gravedad de decirle no a uno de los pedazos de la paz.

Hace unos meses me sentí triste por la jornada electoral en España, hoy me siento más triste aún porque en Colombia se votaba por la convivencia, por el respeto, la solidaridad y la comprensión de las diferencias. No se trata de poner en duda la democracia, es la gente la que ha votado por el no. Pero es una mala apuesta por el futuro. La victoria del no en Colombia es el triunfo del individualismo y los intereses particulares frente a lo colectivo y los valores sociales. Nadie se lo esperaba, creo que ni siquiera los contrarios a los acuerdos de La Habana.

Pero también hay que preguntarse dónde están los más de veintiún millones de ciudadanas y ciudadanos que no han acudido a las urnas.

¿Es válido un resultado, el que sea, con tan sólo el 37,16 % de participación? No tengo suficiente conocimiento legal para ponerlo en duda; además, el umbral aprobatorio se había establecido en algo más de cuatro millones y medio de votos. Pero sí lo puedo cuestionar desde el sentido común.

¿Habría hecho este comentario en caso de haber ganado el sí? Probablemente sí, aunque tal vez como dato estadístico y no como argumento para dudar del valor del resultado. Que casi dos de cada tres colombianas y colombianos no hayan participado en la que se presentaba como la convocatoria más importante del país para empezar a construir un futuro en pacífica convivencia es un dato para estudiar.

¿Un error haberle preguntado a la gente? No voy a decir tajantemente que sí, pero tampoco que no. El no en el plebiscito puede tumbar más de cuatro años de duras negociaciones políticas. Acaba con la ilusión de la gente que más ha perdido en estos cincuenta y dos años de guerra encubierta. Y deja una sensación de vacío y desesperanza que aprovecharan los violentos, esos que se dicen demócratas y defensores de la patria, para seguir ampliando la brecha social, política y económica de un país que quería vivir el realismo mágico, la magia salvaje, y no dejarse abrazar por la serpiente.

Colombia se ha partido electoralmente en dos: el centro, salvo el distrito capital, a favor del no, y la periferia, por el sí. Que algunas de las zonas más empobrecidas del país, donde más se ha sufrido la guerra y más sangre han derramado en el conflicto armado, hayan votado sí y que ciudades “prósperas”, con grandes riquezas de las que no voy a valorar su procedencia, se permitan votar no, es una muestra de la brecha social y de la esquizofrenia que vivimos.

Triunfó la fe colonialista y anticuada, ganó el no de los del dios del sagrado corazón y el espíritu santo, el de los criollos blancos. Perdieron las buenas gentes, perdieron los otros dioses, las otras culturas y las diversidades. No han perdido las FARC-EP ni Santos, ha perdido Colombia, ha perdido la región y perderá el mundo. Que ya no sé que tan posible sea que algún día pueda ser otro y mejor.

Ayer, en su concierto en Bogotá, Ara Malikian se despedía con una sonata de Bach y deseando al público “mucha, mucha, muchísima paz”. Tristemente hoy, en toda Colombia, han ganado las notas contrarias a esa paz en la que seguiremos creyendo. Aunque ahora no tengamos muy claro qué hacer para alcanzarla.

Una gran tristeza.

Sí, vota. Vota sí

La paz requiere de tu voto

El dos de octubre, la ciudadanía colombiana debe acudir a las urnas a decir SÍ.

Decirle sí al plebiscito es decirle sí a la esperanza, apostarle a abrir una nueva mirada en un país diverso y rico que merece ser disfrutado en paz.

Está claro que la paz no se obtiene solamente por ejercer el voto y dar el sí a la firma de los acuerdos de La Habana. Pero a partir de ahí podemos empezar, quiénes no lo han hecho antes, y continuar, quiénes llevan tiempo trabajando por ella, a construir la paz.

Esa paz que es mucho más que una palabra y que un símbolo representado en una paloma blanca con una rama de olivo en el pico.

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Bogotá le dice “SÍ” al plebiscito por la paz

Según la Registraduría Nacional del Estado Civil, treinta y cuatro millones ochocientos noventa y nueve mil novecientas cuarenta y cinco personas están “habilitadas” para votar en el plebiscito convocado para el dos de octubre. Los once mil treinta y cuatro puestos de votación que se instalarán el próximo domingo están esperando tu voto, y el tuyo, y el de usted, el de todas y todos los colombianos que puedan hacerlo. Las ochenta y una mil novecientas veinticinco mesas en el país, más las mil trescientas setenta y dos en los sesenta y cuatro países del exterior con presencia de población colombiana, están dispuestas a llenar sus urnas con los votos por el sí, por la razón, por la reflexión y la esperanza. Probablemente, la convocatoria más importante en los doscientos seis años de existencia de la República de Colombia.

Es un derecho político que, en esta ocasión más que nunca, amerita el esfuerzo de acercarse a su mesa electoral y votarle sí a unos acuerdos que, como dicen quienes han estado tras la negociación, no serán perfectos pero son los mejores posibles. Colombia y sus gentes se merecen una respuesta afirmativa a la pregunta del plebiscito especial aprobado por la Ley 1806 de 2016 para refrendar los acuerdos de La Habana. ¿Apoya usted el “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”?

No se le puede decir sí a la paz diciendo no al plebiscito. Es una falacia sin argumentos utilizada por quienes están en contra del respaldo a esta oportunidad histórica. No hay que darle la espalda a un proceso en el que lo importante es que todo el pueblo colombiano pueda estar dentro. Porque, como afirma el escritor Mario Mendoza, decir no sería decir sí a la guerra por parte de gente que no ha luchado en ella. Porque no es justo que la sangre caída sea la de los otros. Quien ha vivido una guerra no quiere seguir padeciéndola.

Después del plebiscito habrá que seguir construyendo la paz positiva, esa que se trabaja en distintos campos de la convivencia y que exige resolver los diferentes conflictos de manera pacífica. Empezando por estar en paz con nosotros mismos para luego poder estarlo con los demás y con el entorno natural y social en el que vivimos. Habrá que reducir las violencias, la directa y la estructural, combatir el hambre y la exclusión y luchar por la salud, la educación, el trabajo, la vivienda y la justicia social.

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Faber Grajales canta a favor de la paz en la Universidad Javeriana

Para transformar los conflictos, tal como señalan las guías de resolución de los mismos, debemos enfrentar tres aspectos: las personas, los problemas y los procesos. Siendo suaves con las primeras, duros con los segundos y justos con los últimos.

Ser personas creativas (constructivas), alterativas (positivas) y, sobre todo, no violentas. Aprender a dialogar escuchando. A partir de una conversación fluida, respetuosa y propositiva. Para ello, la Conversación más grande del Mundo, la Organización Internacional para las Migraciones y la Embajada de Suecia en Colombia han editado un Manual de la Conversación.

Como dijo ayer el maestro Óscar Useche en la presentación del libro de CLACSO Paz en Colombia: perspectivas, desafíos, opciones, mejor que cantemos el himno a la alegría. También que callen las armas, como pidió soñar Faber Grajales cantando en ese mismo acto.

¿Verdad que sería estupendo? Pues así lo cantaban Cómplices y podemos empezar a creerlo votándole sí a la paz, al menos a este trozo de ella.