Seguimos siendo gracias a ellos

Cuarenta años después hemos de recordarles con la fuerza que merecen los defensores de la libertad y de los derechos

Gracias a personas como aquellas que trabajaban la noche del 24 de enero de 1977 en el despacho de abogados laboristas de Atocha el mundo ha mejorado un poquito. Por culpa de sujetos como los que las asesinaron, el planeta sigue empeorando. Al final, vamos dando un paso hacia delante y dos para atrás.

"El abrazo", de J. Genovés

“El abrazo”, de J. Genovés

Todo el mundo sabe que llegará el día, en cualquier momento. No sabemos dónde ni cuándo, pero sabemos que llegará. Es la única ley de vida. En un instante estaremos al otro lado de la nada. Pero eso es lo único cierto, una vez que nacemos el final es morir. Lo duro es hacerlo con el dolor y la angustia de no tener respuesta al por qué de una muerte violenta. Si ese último hálito nos lo permite, nos iremos preguntándonos ¿por qué yo?, ¿por qué hoy?, ¿por qué aquí?

Sí, seguimos siendo gracias a ellos. A aquellos y a muchas otras y otros que lucharon, luchan y lucharán por la vida y la libertad. Por eso somos muchos los que continuamos recordándoles. Somos Luis Javier, Serafín, Ángel, Francisco Javier y Enrique. Esas personas representaban al pueblo y defendían a la clase trabajadora en una incipiente y tímida democracia, en una difícil y mal pactada transición. No habían criticado ni atacado a nadie, más allá de las duras defensas en los juicios de la época que eran casi como presentarse ante un pelotón de fusilamiento.

En la calle Atocha nº 55 de Madrid el 24 de enero de hace cuarenta años un grupo de criminales fascistas del tardofranquismo, peligrosamente vivo entonces y hoy no en peligro de extinción, acababa con la vida de cinco personas y dejaba heridas a otras cuatro, todas ellas vinculadas con la izquierda y con el sindicalismo, con el Partido Comunista de España y con el sindicato CCOO.

Un año más, tras la visita a los cementerios de san Isidro y de la Almudena y después de depositar la ofrenda floral ante el monumento “El abrazo” en la plazoleta de Antón Martín de Madrid, las Comisiones Obreras habrán rendido sentido homenaje a los abogados laboralistas de Atocha. Cinco asesinados bajo las armas empuñadas por un grupo de extremistas, descerebrados que no querían perder el poder bajo la excusa de defender la no ruptura de “su” España, esa que decían “una, grande y libre”.

“El abrazo” es la escultura conmemorativa realizada por Juan Genovés basada en su pintura homónima (un acrílico sobre lienzo del año 1976, de dos metros de largo por uno y medio de ancho) que, por fin, después de casi treinta años, salió de las bodegas del Museo Centro de Arte Reina Sofía de Madrid para ocupar un lugar en el Congreso de los Diputados. Una reproducción de ese cuadro, también conocido como “Amnistía”, estaba colgada de las paredes del despacho de los abogados laboralistas cuando fueron asesinados.

La Fundación Abogados de Atocha habrá entregado hoy, por decimotercera vez, los premios creados en recuerdo de aquellos muertos, una reproducción en bronce del cuadro “El abrazo” de Genovés. Lo habrá hecho en el Auditorio Marcelino Camacho de CCOO. En esta ocasión, el propio artista valenciano ha sido el galardonado con este reconocimiento por su labor a favor de la paz a través del arte.

Como escribió el desaparecido José Luis Sampedro cuando recibió este mismo premio en 2012, hay que seguir reivindicando el valor de la memoria y seguir recordando la deuda de las sociedades con personas como las que murieron entonces, y otras que han muerto antes y lo siguen haciendo en todo el mundo, porque ayudan a despertar conciencias. El premio representa, hoy más que nunca, la lucha por la libertad y por la democracia y el reconocimiento a la búsqueda de un ideal de Justicia.

También creo pertinente en este aniversario recordar las palabras de otro defensor de la vida y soñador de la libertad, Marcos Ana escribió:

Si salgo un día a la vida

mi casa no tendrá llaves:

siempre abierta, como el mar,

el sol y el aire.

Que entren la noche y el día,

y la lluvia azul, la tarde,

el rojo pan de la aurora;

La luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga

sus pasos en mis umbrales,

ni la golondrina el vuelo,

ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón

nunca cerrados: que pasen

los pájaros, los amigos,

el sol y el aire.

Día a día vamos pasando la vida, porque lo nuestro es pasar. Aunque de muy diferente manera, vamos haciendo ciertos caminos en nuestro andar. A pesar de los muchos e impresentables idiotas, que los hay, la sociedad sigue intentando avanzar, contra viento y marea, enfrentando los embates del capitalismo asesino y de las políticas neoliberales excluyentes que siguen contando con respaldos entre los desfavorecidos. Así es este mundo. En Colombia ganó la abstención en el plebiscito y complicó el proceso de paz; en los Estados Unidos de América acaba de posesionarse como presidente un personaje al que no tildaremos de nada para no herir al resto, y en España, pese a corrupciones y delincuencias varias, la derecha recalcitrante sigue gobernando. El resto del mundo también tiene lo suyo.

El lema que encabeza los actos de homenaje a los Abogados de Atocha desde su primera edición es una frase de Paul Éluard: “Si el eco de su voz se debilita, pereceremos”. No dejemos que las voces de las luchas por las libertades en todo el mundo se apaguen. Defendamos la memoria y luchemos contra el olvido. En recuerdo de los abogados laboralistas y de todas las personas que viven y mueren defendiendo los derechos humanos y la justicia social:

Libertad, de P. Éluard

(…)

En mis refugios destruidos

en mis faros sin luz

en el muro de mi tedio

escribo tu nombre.

En la ausencia sin deseo

en la soledad desnuda

en las escalinatas de la muerte

escribo tu nombre.

En la salud reencontrada

en el riesgo desaparecido

en la esperanza sin recuerdo

escribo tu nombre.

Y por el poder de una palabra

vuelvo a vivir

nací para conocerte

para cantarte

Libertad

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El Salto del Tequendama

Un lugar en recuperación en las cercanías de Bogotá

Veo con ilusión el titular del diario Público llamado “Los lugares abandonados más bellos del mundo”. Ese interés está dado en parte porque reconozco el edificio que aparece en la foto que lo acompaña, pese a que debe estar tomada hace ya un tiempo. Es el antiguo hotel “El Refugio del Salto” en el lugar conocido como el Salto del Tequendama.

Pero mi gozo se queda en el pozo al desplegar la noticia y ver que la referencia a tan espectacular lugar, que ocupa el cuarto puesto entre los diez sitios descuidados que el autor del artículo menciona, se resuelve con un simple párrafo que dice

“Sin duda, uno de los más espectaculares edificios abandonados del mundo. El Hotel del Salto se ubica en Colombia, junto a las Cataratas de Tequendama. Su altura es tal que muchos han elegido este lugar para lanzarse al vacío y acabar con su vida.”

El Salto del Tequendama

El Salto del Tequendama

Creo que el sitio ameritaba algo más que tres líneas en las que se da un nombre equivocado al hotel, se tilda de cataratas a lo que todo el mundo en Colombia conoce como el Salto y se destaca que es elegido para suicidarse por su elevada situación geográfica.

El Salto del Tequendama es una caída de agua de ciento cincuenta y siete metros, según lo medido en su día por Humboldt con un barómetro, que la coloca como la segunda catarata más alta de la Tierra, después del salto del Ángel en Venezuela.

Está situada a algo más de treinta kilómetros de la capital colombiana y es uno de los obstáculos que se encuentra el río Bogotá en sus trescientos ochenta kilómetros de recorrido, desde su nacimiento a más de dos mil setecientos metros de altitud hasta llegar al caudaloso río Magdalena en donde desemboca después de atravesar cañones como el que se forma en el municipio de Soacha al que pertenece el salto.

El edificio que está en la foto del diario español fue en su día el hotel “El Refugio del Salto” y hoy forma parte de un proyecto conjunto entre la Universidad Nacional de Colombia y una fundación ecologista para convertirlo en museo y contribuir con ello a recuperar la zona. Para lo que también se está trabajando en la rehabilitación del río Bogotá que sufre altos niveles de contaminación.

A ese espacio natural le dediqué una entrada en mi antiguo blog, hoy eliminado, en enero de 2015 después de realizar un recorrido por aquellos parajes durante una salida de campo. Lo titulé “Viaje al principio de todo” y decía lo siguiente:

Por lo general, nos empeñamos en viajar al fin del mundo cuando no sé sabe bien qué es y dónde está.

Nuestro recorrido empezó con una vuelta al pasado reciente, el vehículo que nos transportaba marcaba las ocho de la mañana del día 24 de agosto de 2001. ¿Una premonición? No lo creo, pero sí un aviso de que nos dirigíamos hacia atrás en el tiempo.

Llegamos al lugar previsto hacia las cuatro de la madrugada, un inicio de día frío y ventoso que no nos adelantaba qué sería y cuál iba a ser el calor que nos produciría la experiencia. La niebla nos fue introduciendo en la mañana, el día aparecía lentamente y sin la fuerza del sol. Solamente nos acompañaba un ruido que no mostraba lo que lo originaba y un olor no muy agradable.

Entre la bruma, las gotas golpeaban suavemente el rostro, el poco que quedaba al aire entre una vestimenta cercana a los equipos de intervención ante desastres químicos.

Cuando los tenues rayos de sol hicieron acto de presencia entre las nubes y la niebla, ante nosotros se presentó un espectáculo. El río Bogotá llegaba al salto del Tequendama y se precipitaba en una caída de ciento cincuenta y siete metros, según lo medido por Humboldt con un barómetro, al fondo de unas hoces verdes y rocosas. La majestuosidad del agua en su torrente opaca las contradicciones de una corriente de gotas contaminadas por muchas de las prácticas que los humanos producen, provocan y no limitan en su actividad como depredadores del planeta.

La segunda catarata más alta de la Tierra, después del salto del Ángel en Venezuela, reúne en su imagen la belleza y la tristeza. Un prodigio de la naturaleza perjudicado por el mal uso y escasa protección que se le da por parte de quien la disfruta y la explota. Frente al verde de múltiples tonalidades, los humos blancos y grises de una cementera; contra la prístina agua que acompaña al río en sus inicios en Villapinzón, la alba espuma y el negro aceite de vertidos y desechos que le caen en su recorrido por tierras cundinamarquesas.

Era realmente un viaje al principio de todo, al agua que nos ha permitido la vida en el planeta, a los tiempos de naturaleza virgen y salvaje, a la biosfera sana y al hábitat impoluto. Pero la realidad es muy otra. Llama la atención la poca fauna a la vista en el aire y entre el bosque primario que recorre la margen derecha del Bogotá. Tampoco es probable que haya vida de peces o anfibios en aguas tan castigadas por la contaminación.

Los originarios muiscas desaparecerían como fantasmas si vieran en qué estado se encuentra uno de sus lugares sagrados. Las puertas abiertas, significado de Tequendama, han sido cerradas por la ignorancia y la falta de ética del hombre. El salto no nos lleva al cielo, aunque en su entorno nos sintamos como rozando las nubes.

El lugar pertenece al municipio de Soacha, a unos 30 km al suroeste de la capital colombiana, en el Departamento de Cundinamarca. El Bogotá recorre cerca de trescientos ochenta kilómetros en los que desciende desde los más de dos mil setecientos metros de altitud hasta desembocar, atravesando cañones y valles en el río Magdalena a unos doscientos ochenta metros sobre el nivel del mar.

La falta de interés efectivo por el río y su esplendoroso salto por parte de las administraciones públicas, que no se ponen de verdad a la tarea de recuperar un paraje único de la naturaleza; como de las empresas que se aprovechan de él, desde las curtimbres a la empresa de electricidad pasando por la cementera, como de las personas, tanto las que habitan la zona como las que viven de su atractivo turístico o las que lo visitan, que botan los residuos al cauce como si fuera un basurero, hacen que se pierda gran parte del atractivo del salto.

Antiguo hotel El Salto

Antiguo hotel “El Refugio del Salto”

La casa que “cuelga” al borde de uno de los precipicios de estas serranías fue en su momento el hotel El Refugio del Salto, edificación de arquitectura francesa inaugurada en 1923 como lugar de reposo y alojamiento para las clases pudientes. Hoy, una iniciativa del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia junto a la Fundación Granja Ecológica El Porvenir está intentando recuperar la mansión que acoge ahora la Casa Museo del Salto del Tequendama, propuesta aún en pañales pero que ojalá consiga rescatar no solamente el edificio sino todo su entorno, sobre todo el río y su maravilloso salto.

Al margen de los fantasmas de la hoy casa museo y de los suicidios al borde de la cascada, la zona merece una visita para contemplar un enclave natural sorprendente, para escuchar el ruido del agua al precipitarse a la fosa y para, en definitiva, disfrutar de un viaje al principio del mundo, al lugar donde los muiscas asentaban su hogar y sus dioses disfrutaban de la Tierra, algo que uno no se puede perder. Antes de que la dejadez y la falta de entendimiento de personas e instituciones terminen de llevar a cabo un ecocidio. Un lugar del que von Humboldt, uno de los pintores de la naturaleza, describía a principios del siglo XIX así:

(…) El gran muro de roca, cuyas paredes baña la cascada y que por su blancura y la regularidad de sus capas horizontales recuerda el calcáreo jurásico; los reflejos de la luz que se rompe en la nube de vapor que flota sin cesar por encima de la catarata; la división al infinito de esta masa vaporosa que vuelve a caer en perlas húmedas y deja detrás de sí algo como una cola de corneta; el ruido de la cascada parecido al rugir del trueno y repetido por los ecos de las montañas; la oscuridad del abismo; el contraste entre los robles que arriba recuerdan la vegetación de Europa y las plantas tropicales que crecen al pie de la cascada, todo se reúne para dar a esta escena indescriptible un carácter individual y grandioso. Solamente cuando el río Bogotá está crecido, es cuando se precipita perpendicularmente y de un solo salto, sin ser detenido por las asperezas de la roca. Al contrario, cuando las aguas están bajas, y así es como las he visto, el espectáculo es más animado. Sobre la roca existen dos salientes: la una a 10 metros y la otra a 60 metros; éstas producen una sucesión de cascadas, debajo de las cuales todo se pierde en un mar de espuma y de vapor.” (*)

Nuestro viaje terminaba con el regreso a nuestros días a bordo del vehículo que ahora marcaba la una de la madrugada del 25 de agosto de 2001. Nuestro recorrido había ido mucho más atrás en el tiempo, habíamos contemplado el lugar que el personaje mitológico muisca Bochica creó a partir de romper una gran roca con su bastón, dejando las puertas abiertas para que saltará el agua. Unas aguas que están llamando a que la flora y la fauna vuelvan a llenarlas.

(*) Del libro Memorias, de Jean Baptiste Boussingault. Expediciones científicas e historia natural 1802-1887. En la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/memov1/indice.htm