Mujeres

Una larga lucha por pasar de objeto a sujeto

Un ocho de marzo más la historia se repite. Celebración de una onomástica y denuncia de una inequidad que no parece tener arreglo, al menos hay poca voluntad política de que lo tenga. Han pasado ciento sesenta años desde aquel 8 de marzo de 1857 en que un grupo de mujeres trabajadoras del textil se declararon en huelga y salieron a la calle a reclamar derechos. Casi tantos años como los que dicen los datos que son necesarios para que la mujer “alcance” al hombre en condiciones económicas y laborales.

Este 2017 el Día Internacional de la Mujer será el día del Paro Internacional de Mujeres para reclamar derechos, para denunciar la inacabable desigualdad y la reincidente violencia de género. Porque más que para celebrar es un día para seguir luchando.

La mujer, por suerte, no es igual que el hombre. Las mujeres no piden esa igualdad repetida hasta la saciedad e ignorada hasta la saturación. Lo que la mujer quiere, y me arriesgo a suponerlo porque me podrían tachar, y con razón, de no serlo, es equidad.

igualdad – equidad

No hay que irse a países mal llamados tercermundistas para ver esa discriminación. La vieja Europa, los EE.UU. u otros territorios “desarrollados” también tienen esa lacra hacia quienes nos dan la vida. Y tampoco se libran de ella en los medios masivos de difusión de noticias, donde el lugar de las periodistas está por debajo de sus capacidades y en condiciones de desigualdad respecto de sus compañeros.

Esa diferencia se aprecia en casi todos los sectores sociales, culturales y económicos. Entre ellos en el cine, donde la mujer sigue siendo más objeto que sujeto y donde los papeles se les van cerrando según van llegando a una madurez que, como a todo ser humano, las enriquece y mejora pero que parece lastrarlas frente a una cámara.

El cine, como gran medio de comunicación, debe ser una de las esferas para luchar por la equidad, por la justicia social y el pleno reconocimiento de la mujer como ciudadana con los mismos derechos. La gran pantalla debe ser ejemplo de lucha por superar las tradiciones aferradas a lo femenino como deudor o vicario.

¿Hay alguna actividad en la que, a lo largo de su existencia, la mujer haya sido más utilizada como objeto que en el cine? Pues creo que, publicidad aparte, la respuesta es no. Objeto de deseo, por supuesto. Sólo hay que recordar aquel casposo cine español de finales de los ´70, el llamado del destape, hecho para aplacar los picores de una sociedad pacata, y machista, que empezaba a ver la luz. Un destape que solamente se imponía a las mujeres. O es que alguien recuerda haberle visto algún pelo que no fuera del pecho a los Landa, Pajares, Esteso, etc…

Pero el cine puede aprovecharse para educar desde la equidad. Equidad que todavía hoy, en pleno siglo XXI, sí aunque parezca que socialmente volvemos hacia el XIX estamos en la segunda década del veintiuno, es necesario pelear y cuesta conseguir. El cine es una gran herramienta de comunicación y concienciación, un arte para hacer visible el papel de la mujer, como persona, como ciudadana, en situación de igualdad y contra el patriarcado que domina la sociedad. Porque, pese a que el cine y la televisión han reforzado estereotipos sobre la mujer, han sido también, sobre todo el primero, más crítico, muestrario de los cambios sociales y altavoz para reclamar el lugar de la mujer como sujeto activo de la sociedad.

Hemos de superar las narraciones ancladas en mujeres negociables (esposas, madres) o mujeres consumibles (casquivanas, prostitutas), como decía el profesor Jesús Ibáñez, siempre deudoras del hombre, para reivindicar a la mujer como sujeto, como persona: ni más ni menos que como MUJER. La lucha por la igualdad no se soluciona con decretos, que hay que ponerla en práctica en la vida diaria, en la familia, en la escuela, en la calle y en el trabajo.

Por eso quiero hacer un reconocimiento a las mujeres a través del séptimo arte. El lugar de la mujer en el cine ha estado, casi siempre, frente a la pantalla, en roles protagonistas o secundarios, encasillados o no. Pero, qué decir de otras profesiones relacionadas como guionistas, productoras o directoras. Difícil, muy difícil.

Alice Guy Blaché

La historia de las mujeres directoras de cine, como en otras muchas profesiones, ha sido ardua, muy cuesta arriba y hoy lo sigue siendo. Pese a ello, hay grandes nombres, grandes mujeres que han hecho más grande el séptimo arte. La lista completa de mujeres dedicadas a la realización cinematográfica no nos cabría en este espacio. Tan sólo queremos mencionar nombres de autoras destacadas, algunas reconocidas y otras injustamente olvidadas, como ocurre con demasiada frecuencia, de la historia del cine.

Empecemos por Alice Guy-Blaché (París, 1873 – New Jersey, 1968), la verdadera pionera del cine. Adelantada a su tiempo, incluso al padre de este arte, George Meliés. Realizó, en 1896, la primera película narrativa de la historia, La Fee aux Choux (El hada de los repollos). Productora y directora independiente, usó grabaciones sonoras simultáneas a las imágenes, utilizó efectos especiales como la doble exposición del negativo, el retoque o los movimientos hacia atrás de la cámara. En 1912 dirigió la primera película interpretada íntegramente por personas de raza negra, Un tonto y su dinero, y tuvo su propio estudio.

Charlotte (Lotte) Reiniger, (Berlín, 1899 – 1981), precursora del cine de animación. Guionista y directora de la película animada más antigua que se conserva, Las aventuras del príncipe Achmed. Realizada con más de 300.000 imágenes individuales, tenía una duración de 65 minutos.

Las aventuras del príncipe Achmed

En España, las precursoras fueron Helena Cortesina (Valencia, 1904 – Buenos Aires, 1984) primera directora de cine española con Flor de España o la leyenda de un torero en 1921, estrenada dos años después, y Rosario Pi (Barcelona, 1899 – Madrid, 1967) productora y directora, fue la primera en realizar una película sonora, El gato montés, en 1935. Posteriormente, no hemos de olvidar a Ana Mariscal, que llegó a rodar diez películas, la última El paseíllo (1968), en una época nada fácil; Cecilia Bartolomé, autora de la considerada primera película feminista española, Vámonos, Bárbara (1978); Ana Diez, primera mujer ganadora de un Goya como directora por Ander eta Yul, (1989); Pilar Miró, guionista y directora, primera mujer en dirigir RTVE; Icíar Bollaín, actriz, guionista y directora, Goya en 2004 por Te doy mis ojos; o Isabel Coixet, Goya como directora por La vida secreta de las palabras (2006). Las tres últimas son las únicas mujeres que han obtenido el Goya como directoras en las 31 ediciones del premio. Recordemos que el primer Óscar a una mujer directora fue para Katrhyn Bigelow, en 2009, por The hurt locker (En tierra hostil). Sólo tuvo que esperar a la 82ª edición de los premios de Hollywood.

En Colombia, Gabriela Samper, la primera directora, guionista y productora (Páramo de Cumanday, 1965); Marta Rodríguez, una gran documentalista (de Chircales, 1972, a Testigos de un Etnocidio, memorias de resistencia, 2011) con tal vez más reconocimiento fuera que dentro de su país; Camila Loboguerrero, primera mujer en filmar largometrajes en Colombia (Con su música a otra parte, 1984); Libia Stella Gómez, directora y guionista (Ella, 2015); Patricia Ayala, documentalista (don Ca, 2013), o Patricia Cardozo, ganadora del premio especial del Jurado y del Público en el Festival Sundance, 2002, con Las mujeres de verdad tienen curvas. Mencionar aquí al colectivo Mujeres al borde, iniciativa producto del sueño de dos amigas para dotar de un espacio a las mujeres desobedientes, transgresoras, que quieren crear un mundo distinto practicando el artivismo (arte + activismo) sexodisidente.

Terminamos el recorrido con un recordatorio a otras cineastas que, desde diferentes culturas, han dicho y hecho mucho por el papel de la mujer en el cine y en la sociedad: Deepa Metha (India), Julie Bridgham (EEUU), Niki Caro (N. Zelanda), Mira Nair (India), Marguerite Duras (Francia), Claudia Llosa (Perú), Hana Makhmalbaf (Irán), Lucía Puenzo (Argentina), Rebeca Chavez (Cuba), Liliana Cavani (Italia), Ma Liwen (China), Doris Dörrie (Alemania), Agnieszka Holland (Polonia), Fina Torres (Venezuela), Samira Makhmalbaf (Irán) o Djamila Sahraoui (Argelia).

Y hay muchas, muchísimas más, en el cine y en otros muchos ámbitos de la vida. En un día como el 8 de marzo y el resto de los días del año. Ya va siendo hora de que lo femenino se tome la palabra. Porque son, ni más ni menos y en definitiva, MUJERES.

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Medios y memoria mediada

La memoria se construye en parte con lo que los medios transmiten a la sociedad

El pasado mes de diciembre se publicó el número 4 de 2016 de Media Development, dedicado a los medios y la memoria. Media and mediated memory recoge los artículos de un grupo de personas que han reflexionado en torno a los medios y su memoria (o desmemoria) y el papel que juegan en este mundo digital, hipermediado e hiperconectado en el que vivimos.

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Portada del nº 4/2016 de Media Development

La revista es una publicación trimestral de la World Association for Christian Communication (WACC, communication for all), una asociación no gubernamental con sede en Toronto (Canadá) que promueve el derecho a la comunicación como valor para trabajar por la justicia social. Sus acciones van encaminadas a trabajar por el derecho a comunicarse de colectivos a los que se les deniega por motivos de estatus, identidad o género. Defiende, según sus propias palabras, “el pleno acceso a la información y la comunicación promoviendo medios abiertos y diversos.”

Aunque ya está en la web de la asociación el primer número de 2017 de la revista, quería hacer referencia al último del año pasado por dos cosas: una, porque una vez pasados tres meses la publicación es de libre acceso al público, y dos, porque tuve la suerte de que contaran conmigo para esa edición. Philip Lee, editor de la revista y director de programas de WACC, me permitió compartir páginas con: Catherine Wilson, periodista independiente; Eric Tweel, de Peter A. Allard School of Law at the University of British Columbia; Rahma Wiryomartono, de McGill University in Montreal; Jineth Bedoya, periodista colombiana de El Tiempo; Katharina Niemeyer, profesora asociada del Instituto Francés de Prensa de la Universidad París 2; Christopher Laird, fundador y director ejecutivo de la productora cinematográfica Gayelle; Deepti Ganapathy, periodista y doctora en Medios Sociales y Comunicación de la Universidad de Mysore; Ifeoma Vivian Dunu, profesora en el Departamento de Comunicación de Masas de Nnamdi Azikiwe University, Awka, Nigeria, y Gregory Obinna Ugbo, doctorando de ese mismo departamento y universidad africana.

Como el propio Lee dice en el editorial “La voz de la gente está muy bien siempre y cuando se pueda ignorar. Mientras que los archivos oficiales y las bibliotecas están sujetas a un control autoritario, mientras que los periódicos se pueden confiar para reflejar las miradas y opiniones de los que están en el poder, y mientras la radio y la televisión pueden ser manipulados, las voces y las imágenes de las personas pueden ser editadas y censuradas.”

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Logo de la World Association for Christian Communication

En este número, la revista plantea que, con la llegada de Internet y de plataformas de comunicación digital, todo eso ha cambiado. También respecto a la memoria. Afirma que antes “Los guardianes tradicionales de los recuerdos colectivos eran instituciones estatales, historiadores oficiales y periódicos de registro. Los recuerdos colectivos y su construcción social eran vitales para el modo en que las naciones se veían y se representaban a sí mismas, un proceso que exigía la inclusión y la omisión.”

La apuesta de esta edición es mostrar miradas diversas para enfrentar los grandes olvidos que se dan en los medios y en las estructuras sociales tradicionales, donde se escribe y se recuerda a partir de versiones de la historia transmitidas por los vencedores, por los poderes y sus armas de dominación.

En mi artículo valoro la importancia de la comunicación para mantener viva la memoria, que es necesaria “una labor crítica para que los medios no entierren las otras historias y nos transmitan solamente la ‘historia oficial`”. Porque “Gran parte de la memoria social que tenemos viene determinada por lo que nos llega a través de los medios. La comunicación que éstos hagan condiciona la memoria de la sociedad al crear unos imaginarios colectivos que nos homogeneizan y eliminan las diferencias.”

Por eso el reto hoy es desafiar esas narrativas dominantes construyendo otras miradas, otras voces, otros discursos. No sólo desde los nuevos escenarios digitales, sino reivindicando los viejos espacios de construcción de sentido, como las emisoras comunitarias.

La memoria puede ser un acicate en la defensa de los derechos humanos, su recuperación y legitimidad la convierten en un arma política para luchar contra el olvido, el olvido de aquellos sujetos que han sido deslegitimados por ser los perdedores y quedar excluidos, opacados, ocluidos. Su marginación elimina una parte importante de las voces de la Historia.

La sociedad civil, y los medios deberían ser más parte de ésta que réplicas desinformativas de los intereses del poder, debe defender la memoria. Hoy a la mayoría de esos medios les hace falta recuperar algo de la memoria perdida en un camino en el que se han situado muchas veces del lado del poder y no del de la ciudadanía. Porque, como dice Jineth Bedoya en su artículo, tenemos “la responsabilidad de hacer memoria” y pese a que “también hubo muchas víctimas que puso el periodismo”, ella siente que “quedamos en deuda.”

No debemos aceptar, como decía Brecht, “lo habitual como cosa natural. Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural. Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Tal como termina el editorial de la revista “el derecho a la memoria se convierte en sinónimo del derecho a la justicia.”