La realidad social en imágenes

Un homenaje a uno de los maestros de la tradición fotográfica colombiana

El 29 de junio de 1892 nacía en Caramanta (Colombia) el maestro Jorge Obando Cardona. Un innovador de la fotografía y su uso como documento social gracias a su cámara Cirkut Eastman Kodak. Él  representó como pocos el cuerpo social en la fotografía. Se cumplen ciento veinticinco años del nacimiento del “fotógrafo de las multitudes”.

El accidente que le costó la vida al cantante Carlos Gardel en el aeropuerto de Medellín (foto de Jorge Obando, de dominio público)

El maestro antioqueño no fue en sentido estricto un reportero gráfico. Aunque el cubrimiento del accidente aéreo que le costó la vida al cantante Carlos Gardel le situó en esa línea de la fotografía. Aquel suceso, el 24 de junio de 1935 en el aeropuerto Olaya Herrera, más que poner en el panorama informativo el nombre del fotógrafo, supuso, en palabras de su hijo y depositario de su archivo fotográfico Óscar Jaime Obando, situar en el mapa de la actualidad mundial la ciudad de Medellín.

Obando fue un artista de la imagen, no sólo por lo que supusieron sus fotografías en formato gigante de 360 grados, también porque con su arte y su técnica plasmó la realidad de la sociedad en grupos congregados en multitudinarios eventos (ya en 1930 había registrado la recepción que se le dio en la ciudad de Medellín al entonces candidato liberal a la presidencia de la República Enrique Olaya Herrera con una de sus fotos panorámicas). Captó, como ha señalado Juan Luis Mejía, actual rector de la Universidad EAFIT, “el espíritu de una época”.

Como muchas y muchos otros, Obando se pasó de la pintura a la fotografía para plasmar en imágenes la realidad de su tiempo, aprovechando sus conocimientos con las acuarelas para aplicar técnicas pictóricas a las imágenes dándoles más luz y color con sus “iluminaciones”.

De su gabinete artístico, versión del estudio fotográfico tradicional en el que inicialmente se dedicó a trabajos de marquetería, “salió” a la calle a inmortalizar las grandes manifestaciones, sobre todo las populares, aunque también las más aristocráticas por sus vínculos con las clases altas paisas de entonces, ya que se casó con una de las sobrinas del que fuera presidente de Colombia Pedro Nel Ospina.

Algunas de las fotos panorámicas del maestro Obando en una sala de la sede del Banco de la República en Medellín

De la privacidad que proporcionaba la toma en el estudio a la exposición pública que posibilitaban las calles. En sus instantáneas de las muchedumbres, de ahí el sobrenombre de “fotógrafo de las multitudes”, capturó ese socializar de las gentes y el poder de movilización de las masas en vías y plazas.

En 2010, organizada por EAFIT, se montó la exposición “El gabinete artístico de Jorge Obando” que, casi treinta años después de su muerte, le puso en la mira de la ciudadanía colombiana y le “consagró” como el artista que fue. La muestra inició en Medellín y en septiembre de 2011 fue inaugurada en la Casa de la Moneda del Banco de la República en Bogotá.

Las casi cien fotografías, muchas desconocidas hasta entonces, tomadas entre 1925 y 1957, constituyeron una radiografía de un país desde el punto de vista de un autor que produjo más de quinientos mil negativos que hoy atesora su hijo menor Óscar Jaime.

Esos archivos, de un metro de largo por veinte centímetros de ancho, recogen el período de transición social y política de un país que salía de las penumbras de la primera mitad del siglo XX y entraba con fuerza en los siguientes cincuenta años.

El maestro Obando retrató una etapa de Colombia, el paso de la hegemonía conservadora al período liberal que inauguró el presidente Olaya Herrera en 1930, en la que las multitudes salieron a las vías públicas y mostraron el poder que podía alcanzar la gente movilizándose por una causa, fuera ésta política, social, religiosa o deportiva.

Con don Óscar Jaime Obando admirando una de las fotos panorámicas tomada por su padre (foto: Beatriz Múnera)

Fue, en palabras de Santiago Londoño en su libro Testigo ocular: la fotografía en Antioquia, 1848-1950, el “primer fotógrafo profesional moderno dedicado al arte de la cámara” en Colombia. Él retrató como pocos la ocupación popular del espacio público.

También se cumplen, el 9 de diciembre de 1982, treinta y cinco años de su fallecimiento. Y hoy, creemos que sigue siendo menos conocido de lo que debería. Por eso este pequeño homenaje a uno de los grandes documentalistas sociales, un maestro de la fotografía.

Este texto es parte de la colaboración del autor en la investigación “El cuerpo social y el cuerpo individual en la fotografía colombiana de L.B. Ramos y J. Obando: 1930-1950” que dirige la doctora Beatriz Múnera B. en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.
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El valor de la vida

Hoy la vida, en cualquier lugar del planeta, tiene el valor que los poderes económicos y mediáticos quieran darle.

La vida de la gente del común no tiene un importe muy elevado. ¿Cuánto vale la vida? Invito a investigar cuántas personas mueren al día en el mundo por causas distintas a la muerte natural. Seguramente que la cifra nos dejaría pasmados. O quizá no tanto, porque es tal el número de muertes diarias que nos vamos “acostumbrando”.

Tierra y vida en una pintada en Bogotá

A ello contribuye un cierto afán de los medios por seguir considerando noticioso las malas noticias, aquellas que conllevan víctimas de cualquier tipo. Y dependiendo del sitio donde se pierdan las vidas son más o menos lloradas e informadas. Por lo general, el valor de la vida no alcanza siquiera al esfuerzo que supone su regulación por las distintas legislaciones que nos gobiernan.

Un incendio, las más de las veces intencionado; una pelea por unos colores cualesquiera, deportivos o políticos; un viaje en patera buscando un sueño; una explosión provocada por cualquier medio en lugares perdidos o “civilizados”; un derrumbe en una mina; un accidente de automóvil; un ataque xenófobo por cualquier sinrazón; una hambruna, evitable pero consentida, o la violencia machista contra el género que nos da la vida, todas esas categorías nos muestran el poco valor de la vida humana. En muchas ocasiones, la información, que nos desinforma; el derecho, que tuerce las leyes; el arte, que plasma la vida y la muerte; la religión, que propaga ambas, y la filosofía, que cree combatirlas desde posturas inamovibles, legitiman esas violencias. Lo que hace restar valor a la vida humana, y si ésta no nos importa cómo darle importancia a la del resto de los seres vivos de la Tierra.

La vida tiene su principal fundamento en lo social, en compartir en comunidad, en el respeto y la solidaridad que debería ser lo más preciado de un ser humano que existe porque es reconocido y que muere un poco cada vez que es ignorado o excluido. Es cierto que también hay personas que, para buscarle sentido a la existencia, arriesgan su vida para salvar otras; y otras que ponen en peligro la propia para alcanzar un éxtasis en lucha abierta con la naturaleza.

Pero la vida cuesta lo que queramos que valga. A pesar del empeño de los poderes por negarla. En la relación de más arriba faltaban las pérdidas, humanas y naturales, que producen quienes nos mandan. Sí, porque disfrutamos de una libertad relativa y condicionada que nos coartan como si nos la regalaran cuando les interesa dárnosla. Tortura física y psicológica, pena de muerte, privación de derechos, extorsión, corrupción y obligaciones inequitativas que favorecen al poderoso y perjudican al empobrecido.
Si vivir es lo más difícil que tiene la vida, pelear por ella desde posiciones subordinadas es más complicado y arduo. Sobrevivir en situaciones de violencias estructurales y culturales, que se obvian bajo políticas de ley y orden, es a lo que está abocada una parte muy importante de la población. Las iniciativas políticas buscan atacar solamente las violencias directas, respaldando actuaciones injustas con discursos que justifican sus crímenes pero prohíben y persiguen los de los demás. Recuerdan sus derechos y olvidan los de las demás personas, convirtiendo aquellos en deberes para éstas.

Cultura y vida pintada en una calle de Bogotá

Estamos rodeados y llenos de violencias, de injusticias y, lo peor de todo, de ignorancias. Lo que hace que nos creamos una clasificación de las vidas en función del “valor” dado por quienes detentan un poder que nos intenta convencer de que las vidas importantes son las que se ajustan a los modelos occidentales, aquellas que siguen tradiciones masculinas, blancas y judeo-cristianas.

Pero la vida vale lo que humanamente nos da e injustamente nos quitan. Toda vida cuesta lo mismo que cualquier otra y su valor es su propia existencia e identidad. La vida sí vale, aunque nos cueste vivirla y defenderla. Así que vive tu vida y respeta las otras, las diferentes, las de toda la naturaleza que nos da sentido.

Se buscan paredes que comuniquen

Muros que canten las verdades, para sembrar más vida y alimentar la paz, el grafiti como expresión de la resistencia ciudadana en Bogotá.

Si los poderes son ignorantes de las realidades sociales, la radio se constituye como un proceso en el que el aparato sirve para divulgar esas otras narrativas que contienen los grafitis y que no aparecen en los medios. Pero que son parte fundamental de las historias de vida de una gran parte de la población, que conforman las maneras de situarse en el mundo y de gritar sus verdades frente a la exclusión.

Keshava en el escenario con su obra “Radio grafiti al aire”

En ese terreno se mueve la propuesta Radio grafiti al aire. Una iniciativa de Luis Liévano, alias Keshava; o tal vez sea Keshava, alias Luis Liévano, que lleva a la práctica los planteamientos de aquel maestro de la radio que fue Bertold Brecht. El poeta y autor teatral alemán nos decía, allá por 1932, que “hay que transformar la radio, convertirla de aparato de distribución en aparato de comunicación.”

Y eso es lo que hace este colombiano cuando se pone frente a un micrófono y se sube a un escenario para replicar su idea de juntar la radio con las expresiones del grafiti. Su propuesta se acerca mucho al proyecto que llevamos haciendo desde 2015 sobre las pintadas de las paredes de Bogotá. Los letreros que nosotros “perseguimos” en nuestra investigación son los grafitis político poéticos que produce Keshava. Compartimos esa manera de hacer otra comunicación, de reivindicar las otras narrativas, las que no se expresan en los medios tradicionales. Dar a conocer las historias desde abajo de la gente común y nada corriente.

Nuestra apuesta por las “paredes que comunican” son las palabras en los muros que Liévano difunde a través de las ondas de su emisión. Haciendo que se cumpla la máxima que planteaba Brecht cuando en su Teoría de la radio afirmaba que “arte y radio tienen que ponerse a la disposición de fines pedagógicos”.
Este artista polifacético lo aplica cuando propone hacer “pedagogía de la comunicación para la democracia.” De ahí que las expresiones ciudadanas del grafiti casen perfectamente con las voces de la radio.

En un país de oralidades es más grande si cabe el valor de los cuenteros. Cuentero es el papel que protagoniza Keshava al juntar música, noticias, relatos de cualquier lado e imágenes de grafitis reflejadas en una tela que hace de fondo del escenario. Un lienzo donde empieza y acaba todo, donde se mezclan de manera explosiva, no por el ruido sino por el contenido, los otros discursos, los de la calle, los de los grafitis, con la radio y en el teatro. Sobre el escenario, a través del micrófono de su peculiar emisora, Liévano busca una pared que no ponga resistencia y que “grite” las verdades, que promueva “sembrar más vida y alimentar la paz”.

Keshava y una pintada de Acción poética

Intercalando sus palabras poéticas y algo proféticas, sus demandas como ciudadano que ha pintado las paredes, con esos gritos que los grafitis nos pegan para que tomemos conciencia y espabilemos “Multiplicar los peces, los panes y la paz”.

Grafiti al aire, “donde la vida está contra la pared”, va dejando en el viento su apuesta política, sus manifestaciones públicas contra el statu quo. Criticando el consumo “Soplan vientos de consumismo desmedido”, “con sumo cuidado”, “con su mismo odio”; los gastos militares y las guerras, “cada coca-cola financia una bala”, “contra la lógica del misil, resistencia civil”, “con esos amigos, paras que enemigos”, y las obviedades de una época en la que “los gobiernos no gobiernan, los medios no comunican, los funcionarios no funcionan”. Un período de aceleración desmedida que promueve “la velocidad máxima y el salario mínimo”, con una “tecnología punta y los nervios también”, con una extendida “celulitis”, obsesión por los celulares.

Un trabajo de radio visual en tiempo real que pide “los muros al dial”, para escuchar lo que nos dicen: “tinto mata coca-cola”, “tanta tinta tonta”, “la pederastia tiene cura, la homofobia no”.
Una mesa con un computador y un atril para las hojas del guión, con un espejo de cuerpo entero al frente, la citada tela de fondo y un pequeño pedestal en la mitad de la sala. Esa es toda la escenografía para una obra en la que, en poco más de una hora, Liévano nos hace un recorrido por el grafiti y sus implicaciones sociales y políticas.

Keshava, uno de los nombres del dios Visnú de la religión hinduista, no ejerce de enviado de ninguna deidad. Él se define a sí mismo como “comunicador, grafitero por casi 30 años, activista del humor y de la comunicación, periodista cultural, realizador de radio y televisión, autor de libros infantiles y pedagogo.” Una mezcla peculiar que le da la capacidad necesaria para cubrir la realidad social desde los 80 del siglo pasado hasta nuestros días, presentando en el escenario un cóctel mezcla de poesía, música, denuncia social y crítica política a partir de un libreto original, sarcástico y con un doble sentido para leer el contexto del país y de su capital.

En la sala Seki-sano de Bogotá, esta especie de duende verde de las letras y el espray nos introduce en el mundo del grafiti colombiano de los últimos treinta años. Cuentas y cuentos para mirar desde otra perspectiva, la de las paredes, la de los muros que narran, que gritan esas otras verdades. Las realidades que no cuentan, cuentan, y mucho, en esta actividad artística que no se acaba en la platea de un teatro. Las representaciones terminan, pero la tarea continúa en el accionar diario de un activista social y en sus iniciativas.

Increíblemente, su dedicación al grafiti surgió a partir de una “invitación” que en 1984 hizo el entonces presidente de Colombia Belisario Betancur. Quería que la gente saliera a la calle a pintar palomas de la paz. Keshava grafiteó “No más paloMAS” en alusión a las actuaciones de un grupo de paramilitares que por entonces ya hacían de las suyas bajo el nombre de Muerte A Secuestradores (MAS).

Liévano grafitea “en sus ratos libres y en sus gratos libros”. Ya ha publicado Autobiograffitti, mi vida contra la pared (Intermedio Editorial); Arrume de rimas (Kapeluz); El espejo de la luna (editorial Norma), y Tanta tinta tonta (Icono Editorial).

“Si no escuchan nuestra voz, tendrán que leernos en sus muros”

Puede que el grafiti haya perdido su lado perverso, rebelde y marginal. Hoy se ceden espacios para que los artistas plasmen sus obras, más de tipo muralista, aunque algunas tienen sus mensajes, que pintadas críticas y cítricas; por lo que se difumina su carácter clandestino y reivindicativo perseguido por las fuerzas del orden, del orden que imponen los poderes.

Pero aún así, hay espacio para continuar una “tradición” que constituye, sobre todo, una manera de comunicación ciudadana. Hay expresiones para seguir reivindicando aquel mayo francés del 68 que pedía “la imaginación al poder” y gritaba “prohibido prohibir”.

En Colombia, en Bogotá, artistas como Keshava y muchas otras y otros persisten con sus ideas de buscar paredes que griten verdades con sus pintadas, que denuncien y expresen lo que los medios callan, lo que los gobiernos ocultan y lo que la sociedad o ignora o tapa.

Si Descartes “se pasaba el tiempo descartando para terminar afirmando que pensaba luego existía, en la época del presidente árabe en el país, Turbay Ay Ala, la consigna era ‘pienso luego desaparezco’. Y en los tiempos, todavía cercanos de otro presidente, el innombrable, la regla era ‘disiento, luego le parto la cara marica’”.

Si cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas, las paredes permiten expresar otros puntos de vista. Antes, “el ser humano nacía, crecía, se reproducía y moría”; hoy, “nace, sobrevive, produce o se muere”.
Va siendo hora de ir retomando el lugar que a la ciudadanía le corresponde, y “si usted tiene razón , úsela”. Que si le dicen que “La manzana fruta prohibida y morderla la utopía”, entienda que “la Justicia no es un palacio ni la paz una palabra”.

Que podemos hacer crítica social pintando las paredes, a través del grafiti y de la radio, o con la radio y el grafiti en un escenario, porque “el humor contamina el miedo ambiente”.

Si “La radio sería el más fabuloso aparato de comunicación imaginable de la vida pública, un sistema de canalización fantástico, es decir, lo sería si supiera no solamente transmitir, sino también recibir, por tanto, no solamente oír al radioescucha, sino también hacerle hablar, y no aislarle, sino ponerse en comunicación con él”, (Brecht en Teoría de la radio); las pintadas, o los grafitis, son un medio de comunicación ciudadana, tal vez efímero pero contundente, que permite expresar las otras voces, plasmar las otras narrativas, transmitir las verdades otras, evitando en parte el aislamiento y la exclusión.

Profesional de un maldito oficio

Pedro Cárdenas era un periodista de los de antes. Un periodista empírico, un autodidacta que se dedicaba a repartir periódicos y un día decidió ser quien los produjera. Productor en el más amplio sentido de la palabra, escribiendo su contenido, debatiéndolo en algo parecido a un consejo de redacción junto con su esposa, su hija e hijo, y repartiendo él mismo el producto de ese proceso.

Pedro Cárdenas, periodista colombiano (imagen tomada del programa “En portada” en la web de RTVE)

El 5 de junio se cumplen siete años de la muerte de este comunicador colombiano después de haber sobrevivido a estar en la lista negra de los paramilitares que querían acabar con una voz discordante, un denunciador de sus prácticas corruptas y violentas. Estuvo secuestrado, su hijo menor sobrevivió a las esquirlas de un carro bomba y a su hija se la llevaron para amenazarle y asustarle en la carne de sus seres queridos.

Bajo protección por las amenazas recibidas, Cárdenas siguió con su labor informativa hasta que la muerte le encontró. Uno de esos periodistas hechos a sí mismos que se enfrentaba a peligrosos enemigos y que afirmaba de manera inocente pero rotunda que “solamente me da miedo que un día me dé miedo”.

Voces del Tolima era “su” periódico. A veces con no más de cuatro páginas, sin publicidad, porque, como él mismo dice al terminar uno de esos peculiares consejos familiares de redacción, “el periodismo puede ser malo o bueno pero debe ser libre”.

Conocí a este “periodista en extinción” a través del programa de RTVE “En portada”. En esa edición de mayo del año 2010, bajo el título de “Maldito oficio”, José A. Guardiola nos presentaba a Pedro Cárdenas. El periodista colombiano es el hilo conductor de un documental que explora y denuncia la situación de las y los profesionales del periodismo, los independientes y los vinculados a los medios.

No creo que el periodismo, el bueno, vaya a desaparecer. La actual crisis es más de medios, de empresas de información, que de profesionales de la comunicación y la información. Hago uso del reportaje de “En portada” en mis clases porque invita a la reflexión y porque creo importante mostrar que sí se puede hacer buena información. Y que mientras sigan existiendo profesionales que le apuestan todo a trabajar para lo que se supone que se creó el periodismo, para denunciar las injusticias, no hay riesgo de desaparición.

Historias de periodistas anónimos que se enfrentan al peligro de contar sus verdades y periodistas reconocidos que han sido amenazados por contarlas. En el programa se rescatan los testimonios de grandes profesionales como Jon Lee Anderson, Anna Politkovskaya, Ahmed Rashid, Roberto Saviano, Carmen Arístegui, Omar Faruk,…

Un documento que salpica la narración con situaciones de periodistas y medios alrededor del mundo, de Irak a China, pasando por Colombia, Italia, Somalia, Gaza, México, Pakistán, Cuba, Honduras, Sudáfrica,… y las cifras de profesionales asesinados, secuestrados o amenazados en cada lugar en los últimos años.

Un guión atravesado por este reportero local que se agiganta a los ojos de quienes le ven con la historia de su vida, con su afán por contar la verdad y con su empeño en que el periodismo es fundamental para luchar contra las injusticias sociales en todo el mundo; y lo hace llamando a las cosas por su nombre, “cómo más voy a decir al que roba, ladrón; y al que mata, asesino”. Un pequeño gran cronista que creía que los proyectos periodísticos se sustentaban “a base de puro sueño.” Era, como le decían los habitantes de Honda, la población en la que le secuestraron, un “duendecillo, un ilusionado repartidor de tesoros”.

Cárdenas escribiendo su Voces del Tolima (imagen tomada del programa “En portada” en la web de RTVE)

La propia web de Televisión Española informa que “Maldito oficio” es un documento coral que “trata de mostrar que el periodismo es una buena herramienta en malos tiempos.” Y está dedicado a todas y todos, pero sobre todo a aquellas personas que trabajan la comunicación conviviendo a diario con víctimas y victimarios. El programa se llevaría el premio al mejor reportaje informativo y el premio del jurado en el World Media Festival de Hamburgo en 2011.

Pedro Cárdenas era consciente, tal como advertía al inicio del documental, de que le iban a matar. Pero se murió de un infarto cerebral pocos días después del estreno de este trabajo periodístico. Con su pequeño medio Voces del Tolima, uno de los departamentos de Colombia, situado al suroeste de Bogotá y cuya capital es la ciudad de Ibagué, cumplía con los tres pilares que pedía el maestro Gabo: la prioridad de la vocación, que todo periodismo es investigativo y que la ética siempre debe acompañarlo. A lo que él sumaba su dedicación y profesionalismo.

Dada la actual situación de la libertad de expresión, de la de prensa y de la ausencia de un reconocimiento mundial al derecho a la comunicación, ejercer el periodismo comprometido, libre y ético es y seguirá siendo un maldito oficio, pero tal vez el mejor y más necesario oficio del mundo.