Por una Colombia más humana

Gustavo Petro alcanza la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia

En la primera vuelta, con una participación del 53,38 %, diecinueve millones seiscientas treinta y seis mil setecientas catorce personas han votado en unas elecciones que dejan al exalcalde de Bogotá, Petro, y al delfín del líder del Centro Democrático, Duque, como candidatos a la presidencia de la República.

Imagen del periódico de campaña de G. Petro

El líder del Movimiento Colombia Humana le ha dado otro color a unas elecciones en las que la mayor parte del territorio colombiano se ha teñido de ese azul “de la mano firme y el corazón grande”. Petro ha ganado en los departamentos de La Guajira, Atlántico, Sucre, Córdoba, Chocó, Cauca, Nariño, Putumayo y Vaupés, y Fajardo ha sido el candidato más votado en el distrito capital. Las urnas han recogido 7.569.693 votos para Duque, el 39,14 %, y 4.851.254 sufragios, el 25,08 %, para Petro.

Ahora la ocasión la pintan calva. Por una vez en la historia de Colombia hay posibilidades de que acceda a la presidencia de la República un candidato de izquierdas. Una oportunidad que se ha demorado demasiados años y para la que habrá que ver si el país está ya preparado.

Es el momento de que todas aquellas personas que creen que otra Colombia mejor para la mayoría es posible arrimen el hombro y le apuesten al cambio. Si los candidatos y sus fórmulas vicepresidenciales no quieren, la población sí debe remar unida para contrarrestar al otro aspirante. Habrán de agachar las orejas los seguidores de quienes no han pasado de ronda y apoyar a un candidato que le apuesta a la paz y que promueve luchar contra la violencia y la exclusión.

Enfrente tendrá toda la maquinaria del Centro Democrático, un partido que busca el enfrentamiento, no sólo dialéctico, que ha dinamitado los acuerdos de paz de La Habana y que juega con la ventaja del poder y la política del miedo.

Colombia se merece un presidente que le dé otra mirada a la realidad, que afronté un cambio profundo en sus estructuras para luchar contra la corrupción y la inequidad social. Hace falta un humanismo mestizo en un territorio diverso y pluricultural. No es hora de retroceder en la historia y entregar el mando a un personaje que no se ha declarado abiertamente a favor de la paz y que le juega a los clientelismos.

Resultados elecciones presidenciales de 27 de mayo de 2018 en la web de la Registraduría de la República

Toca hacer fuerza para empujar hasta el Palacio de Nariño a alguien que le cree a la paz sin ambages, a alguien que, en lo que podría ser su primer discurso como candidato a la segunda vuelta, le dice al país que defenderán toda la diversidad de Colombia, incluida la política.

Si Petro llegara a la presidencia, la composición del Senado y de la Cámara no le permitirían mucho margen de maniobra, pero su propuesta, tal vez utópica pero deseable, merece ser tenida en cuenta: educación pública, universal, gratuita y de calidad; salud para la vida, no para el negocio; economía productiva, no extractivista, buscando enriquecer a las personas empobrecidas, no empobrecer a las ricas; una política libre de corrupción; una justicia independiente, libre de presiones políticas, y el reconocimiento y el respeto por un país diverso y multicolor que necesita superar las discriminaciones.

La ciudadanía tiene la palabra, la que ha votado por Petro pero, sobre todo, la que lo ha hecho por Fajardo y De la Calle y ese cuarenta y seis por ciento que no ha acudido a las urnas. Queda por delante un reto fundamental, elegir entre retroceder a la falacia de la “seguridad democrática” o darle una oportunidad a una Colombia más humana, solidaria y equitativa.

El próximo 17 de junio la población colombiana tendrá que votar por su futuro y el de su país. Creo que la paz se merece un chance y Colombia necesita un cambio.

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Un solo hueso

La masacre de Barrancabermeja

En Barrancabermeja, el 16 de mayo de 1998, tuvo lugar otra de las masacres perpetradas por algunos de los trágicos protagonistas de ese eufemismo colombiano llamado conflicto armado. En esta ocasión, un grupo de paramilitares, con la connivencia de ejército y policía locales, incursionaron en esta población y llevaron a cabo otra de sus macabras acciones “de limpieza social”. El resultado que queda, al margen de las víctimas directas, son el dolor, la congoja y la incertidumbre de las familias y sus sobrevivientes.

“Nunca más jóvenes para la guerra”, pintada en una calle de Barrancabermeja

Tras una incursión paramilitar en la capital de la región del Magdalena Medio, quedaron atrás siete personas muertas y veinticinco desaparecidas, de las que los asesinos dejaron como rastro un único hueso. O al menos eso es lo que se ha podido recuperar veinte años después de la matanza. Raro y doloroso, pero cierto. Como muchos de los hechos de un país donde la realidad de su historia supera, por desgracia con creces, el realismo mágico de sus narraciones.

De entre las personas asesinadas y desaparecidas, solamente una mujer que no quiso dejar solo a su hermano que era obligado a subir al camión en el que los sacaron del lugar. Ambos desaparecieron y nunca más se supo.

Tampoco tiene noticias de su hijo, dos décadas después de los hechos, don Jaime Peña. Al joven Jaime Yesid Peña Rodríguez se lo llevaron con apenas dieciséis años, pasando por la puerta de su casa sin que su padre se imaginara la tragedia. Cuando al rato salió a buscarle ya no lo encontró, lo habían cargado en una de las dos camionetas en las que se llevaron a veinticinco jóvenes inocentes.

Conocí la historia y al señor Peña a través de una de mis estudiantes de la maestría. Él me confesó, en una entrevista, que todavía le quedaban lágrimas, que le apesadumbraba la indolencia del Estado y que le servía de terapia conversar sobre aquello aunque le volviera un sufrimiento que nunca se había ido. Recordándolo, las palabras le fluían más y le ayudaban a seguir viviendo y a coger fuerzas para luchar por la dignidad de su hijo y de todas las personas desaparecidas y muertas en aquel ataque. No busca venganza ni condenas, quiere, como muchas otras familias de víctimas de la violencia en Colombia, que se sepa la verdad, que se haga justicia conforme al Derecho Internacional Humanitario, que se dé la reparación integral y que no se vuelva a repetir nunca.

Don Jaime vive resistiendo y persistiendo en la pelea y en la vida. Aquella noche de mayo de 1998, él estaba viendo un programa de televisión que se llamaba “Sábados felices”. Qué paradoja, aquel fin de semana a una parte de la población de Barrancabermeja les robaron la felicidad y la tranquilidad, les marcaron para siempre y les quitaron un pedazo importante de su existencia.

Retrato de Jaime Yesid en la casa de sus padres

En su búsqueda de una explicación sobre los hechos, aquella misma noche recorrió el barrio El Campín para encontrar a su hijo Yesid y al resto. Solamente recibió largas y palabras huecas, inoperancia y falta de compromiso y de acción por parte de las fuerzas de seguridad y de las instituciones públicas.

También le duele al señor Peña la doble moral con las víctimas, la falta de decisión política para dar solución a un problema tan grave y tan triste que mancha la historia de un país y una ciudadanía que buscan la paz mientras una parte de la clase política hace negocio con la continuación de la guerra.

Aquella noche de mayo los paramilitares pudieron entrar con toda tranquilidad en ese sector de Barrancabermeja porque tenían la connivencia del ejército y la policía. Después se supo que la única condición que las fuerzas del orden pusieron a los victimarios es que hicieran lo que fueran a hacer en media hora y sin dejar cadáveres en la población.

El Colectivo 16 de mayo, creado a raíz de los hechos y al que pertenece Jaime Peña, sigue luchando por la paz y la verdad. “Un colectivo que le apuesta a la conservación, enaltecimiento y reconstrucción de la memoria”. Dicen que es la memoria la que les “ayuda al esclarecimiento de la verdad de los hechos que nos convirtieron en víctimas, pero también a generar espacios y lenguajes desde las víctimas, a tender brazos de unidad y solidaridad.” No buscan una reparación económica, sino justicia y dignidad. Desde esa organización, según explica don Jaime, renunciaron a una indemnización de unos dieciocho o veinte millones que les ofrecían a plazos. Cree que la Ley 1448 de Víctimas ha sido positiva a pesar de haber echado a todas las personas damnificadas en el mismo saco.

Para él, la desaparición forzada hiere a toda la comunidad y a la sociedad en su conjunto. En su colectivo “no han tragado entero” con la Unidad de Víctimas porque les exigen declarar de nuevo y piensan que eso supone una revictimización. Tampoco está conforme con una sentencia del Tribunal Administrativo de Santander (departamento al que pertenece Barrancabermeja) que condenó a la Fuerza Pública, pero reconociendo como víctimas solamente a madres y esposas. El caso se elevó al Consejo de Estado.

El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, vigente desde el 1 de julio de 2002, reconoce la desaparición forzada de personas como crimen de lesa humanidad y así lo recoge en su artículo 7.1. i) y lo define en el apartado 2.i) del mismo artículo como “la aprehensión, la detención o el secuestro de personas por un Estado o una organización política, o con su autorización, apoyo o aquiescencia, seguido de la negativa a admitir tal privación de libertad o dar información sobre la suerte o el paradero de esas personas, con la intención de dejarlas fuera del amparo de la ley por un período prolongado.”

La sala de la casa de los Peña Rodríguez con el retrato de Jaime Yesid

Jaime Peña, como otras personas del Colectivo 16 de mayo y de otras asociaciones de víctimas, estuvo presente en los diálogos de La Habana entre el Gobierno y las FARC-EP. Ellos creen que su organización cumplió con su meta al “poner nuestro grano de arena para que la terminación del conflicto armado incluya el reconocimiento y realización de los derechos de las víctimas. Así demostramos nuestra opción por la paz con verdad, justicia y reparación integral.”

Ahora falta que el Estado cumpla. Aplauden la creación de la “Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición” (CEV) y la de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado (UBPD); pero, después de todo este proceso, la pregunta que se sigue haciendo este padre, y muchas de las víctimas de esta guerra absurda, es ¿cuánta justicia se va a sacrificar en aras de la paz? Porque así los culpables pagaran cien años de cárcel, nadie les va a devolver a sus hijos.

Una parte llamativa de esta historia es que al señor Peña le llamó “el Panadero”, uno de los cabecillas de la masacre, para pedirle perdón. Él le respondió que le diera las coordenadas del lugar en que se encuentra el cuerpo de su hijo y de las demás personas desaparecidas. Está convencido de que si luchan pueden perder, pero si no lo hacen están perdidos, y reconoce que solamente descansará el día que le devuelvan los restos de su hijo, cuyo espíritu le da las fuerzas necesarias para seguir viviendo y luchando. Pero eso no cree que se llegue a dar nunca.

Mientras, él y su esposa, igual que hacen miles de personas en el país, mantienen viva la memoria por dignidad y contra el olvido. Porque la memoria es un instrumento de incidencia política en la búsqueda de la verdad y la justicia. Las familias de las víctimas siguen esperando conocer la verdad, que se imparta justicia y que se haga la necesaria reparación. Por eso don Jaime reconoce que es fundamental que “la historia que se cuente sea la vivida por las víctimas; pues esa será la verdad real de lo que ha pasado, y no la historia interpelada por los victimarios que, con sus argumentos querrán entrar a justificar sus crímenes.”

Para Jaime Peña, como también para una parte importante de la población colombiana, la paz no es solamente el silencio de los fusiles; es necesario acabar con la corrupción y con tanta inequidad social.

Pueden encontrar algo de la historia de la masacre del 16 de mayo de 1998 en Barrancabermeja en el libro “Memoria de la infamia. Desaparición forzada en el Magdalena Medio” (págs. 380 y ss.). Ese texto es un informe elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH, 2017) que recoge ciento veintiocho casos de desapariciones forzadas ocurridas entre 1970 y 2013 en diez de los municipios de ese territorio colombiano en las márgenes de uno de sus grandes ríos. Esas poblaciones pertenecen a cuatro departamentos de la región: en Antioquia, Yondó y Puerto Berrío; en Bolívar, san Pablo y Cantagallo; en Cesar, Aguachica, y en Santander, Barrancabermeja, Cimitarra, Puerto Wilches, Sabana de Torres y san Vicente de Chucurrí.

Portada del informe del CNMH sobre desapariciones forzadas en el Magdalena Medio

El documento constituye el sexto trabajo del CNMH en su afán por dar a conocer los hechos y las víctimas del delito de desaparición forzada, una violación del derecho que tuvo que esperar hasta el año 2000 para ser tipificado con la Ley 589. En la sentencia C-317 de la Corte Constitucional del año 2002 se define dicho delito: “El particular que someta a otra persona a privación de su libertad cualquiera que sea la forma, seguida de su ocultamiento y de la negativa a reconocer dicha privación o de dar información sobre su paradero, sustrayéndola del amparo de la ley”.

Anteriormente, el CNMH publicó los informes: “Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia”, “Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)”, “Entre la incertidumbre y el dolor: impactos psicosociales de la desaparición forzada”, “Balance de la acción del Estado colombiano frente a la desaparición forzada de personas”, todos ellos en 2014, y “Hasta encontrarlos. El drama de la desaparición forzada en Colombia”, en 2016, en el que se informa que en los últimos cuarenta y cinco años de esta guerra sin sentido 60.630 personas han sido desaparecidas en Colombia.

En el discurso de presentación del informe “Nunca más”, elaborado en 1984 en Argentina por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), el escritor Ernesto Sábato, presidente de ese organismo, señalaba que las personas víctimas de ese delito pasaban “a formar parte de una categoría fantasmal: los ´desaparecidos`”. Y afirmaba: “Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimiento y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.”

El doctor Christian Salazar Volkman, en su intervención como representante de la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, recogida en el documento “La desaparición forzada” como presentación de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, manifestó que es un delito que constituye “una de las violaciones de los derechos humanos más graves y terribles. Viola varios derechos, incluyendo el derecho al reconocimiento como persona ante la ley, el derecho a la libertad y a la seguridad de la persona y el derecho a no ser sometido a la tortura u otro trato o castigo cruel, inhumano o degradante, y también viola o constituye una grave amenaza al derecho a la vida.”

En 2017, cuando se cumplieron diecinueve años de la masacre de Barrancabermeja, el Colectivo 16 de mayo hizo público un comunicado en el que declaraban: “Si queremos que los horrores del pasado no se vuelvan a repetir, se tendrá que destapar todo lo que está detrás de esa línea oscura que trazó la política de enemigo interno, enseñada desde los cuarteles de Estados Unidos a nuestros militares, que hizo volver las armas de la república contra sus propios ciudadanos.”

Recordar los sucesos acaecidos en Barrancabermeja hace ahora veinte años debería contribuir a que la sociedad colombiana en su conjunto demande justicia y reclame que se conozcan las historias ocultadas. El Colectivo 16 de mayo cree que es inexcusable e importante recordar “Porque la impunidad se alimenta del olvido, el silencio y la indiferencia.”

Recuperar la memoria es un ejercicio necesario para salir del silencio y la apatía. Para resistir y, parafraseando a Mejía Vallejo, no extraviar los primeros recuerdos de tanto andar a solas y evitar morir porque nos hayan olvidado.

Espero que a don Jaime Peña y a su esposa les ayude a seguir existiendo, a mantener vivo el espíritu de Yesid y a continuar luchando para que algún día se conozca toda la verdad.

Por la dignidad de las víctimas y sus familias, nunca más contra nadie, nunca más desapariciones forzadas.

El río Magdalena a su paso por Barrancabermeja

“La muerte va borrando / el nombre de los hombres

como borra el océano / la memoria de los grandes ríos.

También el olvido se paga en las letras de las viejas tumbas.

El hombre –sólo el hombre– / sabrá que ni siquiera

quedará memoria del olvido.”

(Manuel Mejía Vallejo)

“Seamos realistas, sigamos pidiendo lo imposible”

50 años del mayo francés

La “noche de las barricadas”, el 10 de mayo de 1968, fue la constatación de que las calles pueden ser de la ciudadanía. Una nueva Comuna de París casi un siglo después de aquella primera en la que un movimiento popular llegó a gobernar la capital francesa.

Todavía hoy podemos y debemos soñar las utopías que nos mantienen vivos medio siglo después de unos hechos que las pintadas marcaron en la historia y que buscaban un cambio social que aún permanece encerrado bajo los adoquines.

La realidad hoy es tan dura como virtual, por ello es pertinente continuar soñando. Es tiempo de creer en ideales que nos sitúen en un horizonte de ilusión para combatir la indecencia de un sistema que nos oprime mientras nos hace creer que tenemos algo. Pero ese algo nos cuesta tanto que no merece la pena contar con ello. Nos venden humo y compramos quimeras, por eso es mejor perseguir las utopías que hace ahora cincuenta años movilizaron una sociedad que se negaba a seguir tragando anzuelos.

“Somos la gente que resiste”

Aunque los poderes nos lo sigan negando, hay que continuar insistiendo. Porque somos las ciudadanías de las resistencias y las insistencias. En un mundo que se pliega en banda ignorando las injusticias y las exclusiones, en sociedades que protegen al poderoso mientras persiguen al oprimido, hay que persistir y gritar “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder” y todas aquellas arengas de las que ahora se cumplen cinco décadas y que supusieron un grito contra las autoridades, el sistema y el poder establecido.

Podemos poner en cuestión los resultados y las consecuencias, pero el significado de aquél movimiento estudiantil y obrero en un París adormecido y aburguesado, y sus reflejos en otras latitudes, son parte destacada de la historia del mundo. Allá se juntaron el “a las barricadas” anarquista de la Guerra Civil española con el “cambiar la vida” de Rimbaud y con el “transformar la sociedad” de Marx. El mayo francés fue un oasis en un desierto. Un lugar en donde la belleza estaba en la calle y en el que los muros hablaban. Pintadas y más pintadas inundaban las paredes exclamando y gritando consignas políticas y eslóganes sociales, pero también poemas y canciones libertarias y reivindicativas que propugnaban otra existencia y una manera distinta de vivir.

En ese mes de movilizaciones hubo una “semana rabiosa” de trece días en la que se concentraron la mayoría de los eventos destacados de las acciones estudiantiles que contaron después con el apoyo de la clase trabajadora y con la simpatía y respaldo de la ciudadanía en general. La movilización inicia el 3 de mayo en el patio de la Universidad de La Sorbona en solidaridad con sus compañeros de la de Nanterre.

Plaza de La Sorbona de París

El lunes 6 de mayo más de medio millón de estudiantes secunda la huelga general convocada. El martes 7 se produce una multitudinaria manifestación tras una pancarta que reza “Viva la Comuna”, el barrio Latino está en estado de sitio, los sindicatos comienzan a “pellizcarse” y la solidaridad con el movimiento crece tanto en el interior del país como en el extranjero.

Al principio, la propia izquierda no entendía al movimiento estudiantil. Marchais, del Partido Comunista Francés, los denunciaba en L´Humanite y pedía “Es necesario combatirlos y aislarlos…, se trata, en general, de hijos de grandes burgueses… son pseudo revolucionarios.”

Daniel Cohn-Bendit, entonces uno de los líderes estudiantiles de la Universidad de Nanterre, donde comenzó todo, declaraba a Le Nouvel Observateur que “Es al sistema en conjunto al que atacamos en nuestras reivindicaciones: al poder político, al capitalismo, a su concepción de la Universidad.”

El día 10 de mayo de 1968 es recordado como “la noche de las barricadas”, un punto de inflexión en un conflicto que venía palpitando desde que se creara en la citada universidad el “Movimiento 22 de marzo” en contra de las reformas universitarias y que contenía el malestar de una juventud estudiantil que veía con asombro y preocupación cómo la Francia gaullista iba decayendo social, económica y políticamente. La represión policial fue contundente y la resistencia de las y los manifestantes heroica. Según datos oficiales de la época hubo más de quinientos detenidos, cerca de mil personas heridas y el barrio Latino quedó prácticamente arrasado. Fue la mecha que prendió el movimiento popular favorable al estudiantado y sus propuestas.

Para el lunes 13 de mayo se plantea una huelga general en toda Francia. Ese día tuvo lugar la manifestación más grande desde la Liberación al finalizar la Segunda Guerra Mundial, casi un millón de personas desfilaron por las calles de París desde la plaza de la República hasta la de Denfert-Rochereau.

El encierro de trabajadores de la fábrica Renault en sus instalaciones, el miércoles 15 de mayo, da mayor fuerza al movimiento de huelga. Esa factoría se convierte en la “Nanterre obrera”. Sin la coordinación sindical de las grandes centrales, Francia se paraliza al unirse al paro diez millones de trabajadoras y trabajadores.

“La imaginación al poder”

Por esos días, Herbert Marcuse declaraba a Le Monde y a Le Nouvel Observateur “Me identifico con las motivaciones profundas de una lucha estudiantil que ataca no sólo a las estructuras perimidas de la Universidad, sino a todo un orden social, donde la prosperidad y la cohesión tienen por fundamento la incentivación de la explotación, la competencia brutal y una moral hipócrita.” Y un grupo de escritores e intelectuales de la época, entre los que se encontraban Gorz, Lacan o Sartre, hacían una declaración pública en la que sostenían “Estamos dispuestos a afirmar que, frente al sistema establecido, el movimiento estudiantil es de una importancia capital y quizás decisiva, ya que, sin hacer promesas y, por el contrario, descartando toda afirmación prematura, opone y mantiene una potencia de rechazo capaz, creemos nosotros, de abrir un porvenir.”

Cinco décadas después, la pregunta podría ser ¿qué nos queda de aquél mayo francés del 68? Tal vez, como se afirma en la contraportada del libro de Serrat Crespo “Sed realistas, pedid lo imposible” (Barcelona, Edhasa 2008) “El recuerdo de un espectáculo de gritos y carreras y de imaginación desbordada que denunciaba una manera de ver la política y la vida.” Si asumimos que eso fue así, y que, por desgracia, sigue siendo así, la vida y la política actuales ameritan que sigamos gritando e imaginando que otro mundo es posible, mejor, por supuesto, y que tenemos que continuar la lucha hasta encontrarlo. No sabemos bien si será debajo de los adoquines, tras las fronteras que nos excluyen, al otro lado del océano o en la Luna. Pero en algún sitio está y la tarea es seguir buscando esa utopía.

Nos queda, en cualquier caso, la memoria y la esperanza de que sí se puede. Lo decían la juventud y el proletariado, lo recogieron las paredes en aquellas pintadas creativas y reivindicativas y está escrito en la historia: “La imaginación al poder”, “Quieren haceros creer que el ser es el tener”, “Amnistía: acto por el que los soberanos suelen perdonar las injusticias que ellos han cometido”, “Nadie llega a comprender si no respeta, conservando su propia naturaleza, la libre naturaleza del otro”, “La revolución debe hacerse en los hombres antes de realizarse en las cosas”, “El sueño es realidad”, “Desabrochad vuestro cerebro tan a menudo como vuestra bragueta”, “Solo puede haber revolución donde hay conciencia”, “Cambiad la vida, transformad su modo de empleo”, “No a la revolución con corbata”.

La imaginación, la creatividad y la rebeldía al servicio de la ilusión y la esperanza pintando la vida con los deseos perseguidos. Poesía y política para la reflexión y la acción. Esos muros franceses gritaban, y todavía hoy muchas paredes alrededor del mundo siguen clamando, por un cambio social que, por una vez y para siempre, favoreciera a esa mayoría que no cuenta, sean estudiantes, trabajadoras, obreros, pensionistas u otros colectivos explotados.

“las paredes tienen orejas, pero hay orejas que tienen paredes”

Dicen que las paredes tienen oídos, pero lo peor es que algunos oídos siguen teniendo paredes. Recordar sucesos y movimientos como el acaecido en aquel mayo francés continúa siendo necesario para la transformación de la realidad y la toma de conciencia, para seguir creyendo que lo que protestaban los muros es posible.

Antes y después del mayo francés hubo muchos movimientos sociales, luchas políticas y reivindicaciones: de Ghandi a Martin Luther King pasando por la revolución cubana, la primavera de Praga, los movimientos de liberación del denominado Tercer Mundo, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam o el movimiento estudiantil de México en ese mismo año. El París de 1968 puso ese poso de esperanza obrera y juvenil que alimentó las propuestas de lucha contra el capital y el liberalismo como los movimientos ecologistas, feministas o altermundistas, de los 15M al Ocuppy Wall Street pasando por Yosoy132 o la mal llamada primavera árabe.

Sin más bandera que la imaginación, la creatividad y la ilusión por cambiar un mundo que se sigue resistiendo a ser modificado; con la insistencia y la resistencia de las rebeliones populares de los de abajo, de quienes no son escuchados y quedan afónicos gritando sus ansias de libertad, independencia y soberanía, fue una semilla importante y para nada baladí en una época de indignación y reclamos sociales, desde las universidades a las fábricas.

Una gran parte de ese movimiento quedó plasmado en los muros de París al llenarlos de proclamas y demandas: “Las barricadas cierran las calles pero abren los caminos”, “Tomen sus deseos por realidades”, “El patriotismo es un egoismo de masa”, “Si lo que ven no es extraño, la visión es falsa”, “Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre”, “Yo me propongo agitar e inquietar a las gentes. No vendo el pan, sino la levadura (Unamuno)”, “La libertad de los otros prolonga la mía hasta el infinito (Bakunin)”, “La revuelta y solamente la revuelta es creadora de la luz, y esta luz no puede tomar sino tres caminos: la poesía, la libertad y el amor (Breton)”, “Si usted piensa por los otros, los otros pensarán por usted”.

Las pintadas y aquella poética de las paredes inundaron una ciudad adormecida que despertó con las barricadas estudiantiles y con la recuperación de la utopía, buscando la arena de la playa bajo los adoquines. Como canta Ismael Serrano pidiendo a su papá que le narre esas luchas, las de los que siempre han perdido pero han resistido los embates de la historia, las peleas por la dignidad humana y por el reconocimiento.

Fue muy dura la derrota, todo lo que se soñaba / Se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas

Y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos ya no hay parias / Pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza

Queda lejos aquel mayo, queda lejos Saint Denis / Que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos aquel París

Sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual / Las hostias siguen cayendo sobre quien habla de más

“La beauté est dans la rue”, en la Alianza Francesa de Bogotá

En París, en mayo de 1968, la belleza estaba en la calle y las demandas en las paredes. La fuerza de las pintadas, que siguen siendo parte de esa comunicación ciudadana, reivindicativa pero también festiva, política y callejera, social y popular, que nos transmite lo que una parte importante de la población piensa y siente y plasma en sus muros, en esos espacios públicos a la vista de todas aquellas personas que las quieran leer.

En Bogotá, en la sede centro de la Alianza Francesa han estado expuestos durante mes y medio, casualmente cerraron la exposición antes de que llegara el mes de mayo, los grafitis de tres artistas colombianos en conmemoración de ese mes de las flores en el París de hace medio siglo. Bajo el título “La beauté est dans la rue”, Keshava, Chócolo y Toxicómano han plasmado su particular homenaje a aquel momento histórico. Tres maneras distintas de abordar un hecho que nos dejó mucha historia precisamente en las pintadas, en los grafitis que poblaron las calles de la ciudad de la luz. Los juegos de palabras críticas de Keshava junto al humor negro de Chócolo y las propuestas transgresoras de Toxicómano. Tres contestarios de hoy para mantener viva la protesta de hace medio siglo. Junto a sus pinturas, una pequeña selección de algunos de los carteles más destacados de la movida de entonces: “L´etat cest chacun de nous” (el estado somos cada uno de nosotros), “La police s´affiche aux beaux arts, les beaux arts affichent dans la rue” (la policía se muestra en las bellas artes, las bellas artes se exhiben en la calle) o “Sois jeune et tais toi” (sé joven y cállate).

Tal vez fue casi una derrota y se perdieron muchos sueños y algunas esperanzas. Pero lo cierto es que una juventud inconforme y rebelde rompió el cascarón y llenó las calles de belleza buscando otra manera de estar y ser en el mundo. No encontraron la playa, pero movieron las arenas y las conciencias.

Pintada de Keshava en la Alianza Francesa de Bogotá

Para que nada dé igual y las hostias no sigan cayendo sobre los de siempre, salgamos a esas calles y llenémoslas de pintadas, embellezcámoslas con gritos que pidan lo imposible.

La lucha continúa.

La historia de mi barrio

Un barrio de los de antes

Este barrio, el mío, me vio crecer entre los tres y casi los diecinueve años. Era, entre otras cosas, los arcos, el solar, la plazoleta de José de Villareal, la calle de Embajadores y el paseo de las Delicias, el pilón de la plaza Rutilio Gacis, Legazpi, un poco más allá de sus límites el parque de la Arganzuela, la iglesia de la Beata y el Goype.

Mi visión del barrio, y la que el barrio tenía de mí, cambió el 4 de mayo de 1972. Ese día, coincidiendo con mi cumpleaños, se inauguró el Goype, el bar que mi padre y mi tío Paco cogieron en subarriendo en la plaza de Rutilio Gacis n° 2 de Madrid. Los dos estaban tan elegantes con su chaquetilla blanca, su camisa blanca y su corbata negra. Mi tío no sabía nada de hostelería, había sido toda su vida pintor de brocha gorda. De los de antes. Eso sí, mini empresario con su propia cuadrilla. Aquello era un reto para él. Mi padre, en cambio, había mamado el negocio desde chiquito, pasando por todos los puestos: repartidor, mozo, camarero y encargado; en definitiva, un hostelero de los de antes. Casi siempre en las antiguas bodegas “el Maño”, de las de antes.

Letrero de la plaza de Rutilio Gacis de Madrid (foto: internet)

Este año se cumplen cuarenta y seis años de aquella apertura con nuevos dueños. Ahí empezó una nueva historia de mi vida, pasé de ser privado a ser público. Era el hijo de Ignacio, el del Goype. Un bar de los de antes, que estuvo en manos de Goyo y su sobrino Pedro, de ahí lo de Goype. Lo regentaban junto a la madre de Pedro, hermana de Goyo, que se encargaba de la cocina. Cuando entraron mi tío y mi padre, Goyo y su hermana se jubilaron y Pedro puso unos billares, de los de antes, en otro local de la plaza.

Esa plaza ya no existe, no como entonces. Era una plaza de las de antes, con mucha vida, con gente pasando a todas horas, chiquillería jugando y con un buen número de negocios: la peluquería, la churrería, la imprenta… Sigue estando al lado de la iglesia de la Beata María Ana de Jesús, pero ya no es lo mismo. La vida en sí no es lo mismo. La plaza antes tenía un pilón en el centro, las más de las veces sin agua, y jugábamos al fútbol esquivando, además del pilón, a la gente que se cruzaba. Yo iba al colegio del mismo nombre que la iglesia, pero en la versión pública ya que había otra que pertenecía a la parroquia. Esta parroquia estaba en manos de don Eusebio, un cura de los de antes, y de Ignacio, el sacristán, de los de antes. Ambos ejercían su poder, sobre todo el sacristán, en el despacho parroquial. Allí hice mi primera comunión y la confirmación, de las de antes. Antes de que me desencantara y descreyera de lo poco o mucho en lo que había creído, hoy creo en otras cosas y en algunas personas. En la pila bautismal de esa iglesia bautizaron a mi sobrina española.

La iglesia de la Beata merece mención especial por su cura. El compañero historiador José Luis Salas ha escrito hace poco en nueva tribuna sobre aquel personaje. Le llama “el último héroe de la clase obrera”. Para mí, más que un héroe era un cura de los de verdad; es decir, de los que se dedican a los demás y no a ensalzar la institución eclesiástica. No era un cura rojo porque no le recuerdo muy político; pero sí muy social, muy entregado a la gente y a intentar resolver sus desgracias de la manera más humana y con ayudas también humanas, como las de mi padre. Creo que tenía claro que no podía esperar otra ayuda divina que la de tener fuerzas para acometer tamaña tarea.

Él y mi padre formaban un buen dúo para el auxilio a personas necesitadas, ayudaban a los habitantes de calle de entonces. Las personas buscaban la ayuda del cura en la sacristía y él les daba un “vale” (una nota manuscrita y firmada por don Eusebio en la que decía que ese papel valía por “un café y un bocadillo”) que llevaban al bar de mi padre para su conversión en los productos mencionados. Creo que ya he contado alguna vez que la mayoría de esas personas solicitaban cambiar el café por vino. Mi padre se negaba en redondo, o café con leche o un vaso de leche y el bocadillo, casi siempre de tortilla de patatas (aquellas tortillas que mi madre, y luego María, que aprendió su técnica, bordaban).

Mi padre y don Eusebio eran como una sociedad, casi un destino en lo universal. Lo digo porque la mayoría de las veces mi padre no veía ni un duro de la deuda contraída por el cura. Así que, por lo general, el uno ponía las buenas intenciones, primer paso indispensable, y el otro la mercancía, sustento necesario. Cuando don Eusebio murió, quedaron pendientes de pago bastantes cafés y bocadillos. Supongo que como don Camilo y Pepón, andarán por algún lado discutiendo sobre todo eso. Dos personajes de los de antes.

La iglesia de la Beata Ma. Ana de Jesús (Zaratema Creative Commons CC0 1.0 Universal Public Domain Dedication)

Casualmente, como las historias de los personajes de Guareschi que fueron llevados a la gran pantalla, la iglesia sirvió varias veces como escenario de algunas películas españolas de los años setenta y ochenta del siglo pasado, de las de antes. Personajes del cine, José Orjas y Aurora Redondo entre otros, pasaban de la iglesia al Goype en los descansos de los rodajes.

Los locales de la sacristía de la iglesia eran lugar de reunión en el que nos encontrábamos creyentes y no tanto para pasar las tardes, conversar, bailar y, si se terciaba y te gustaba, echar un pitillito o beber un trago (estas dos cosas al escondido). Allá hicimos nuestras primeras fiestas, de las de antes, con música de tocadiscos, refrescos y patatas fritas. Los recuerdos son difusos y los nombres borrosos. Estaban un grupo de hermanas vascas, de las que recuerdo algunos nombres pero no los apellidos, Anemiren y Amaya eran dos de ellas; los hermanos Cuadrado y los Sarría, éstos también vascos, José Luis, Iñaki y Patxi eran algunos de ellos. También, aunque unos años menores, el citado José Luis Salas, Juli, Alberto (de apellido Olivares, recuerdo a su hermana, pero no su nombre, y que me prestó un disco de Barry White que no sé si llegué a devolverle), y muchas y muchos más que los años han ido aparcando en algún rincón poco accesible de la memoria. Sí recuerdo que algunas y algunos de ellos formaban parte de los grupos que amenizaban con su música la misa de los domingos.

En la calle de Guillermo de Osma se ponía el mercado del barrio, de los de antes, con sus carretas para vender lo que llegaba de las huertas y del cercano mercado de Legazpi, plaza central de abastos de frutas y verduras. Después, construyeron el mercado de dos plantas en la calle Miguel Arredondo, en lo que fue por mucho tiempo “la montaña”, un refugio para jugar, esconderse y divertirse en aquellos lugares, de los de antes, que hoy ya no encuentras en esas tierras. El mercado se siguió llamando de Guillermo de Osma, creó que fue “bendecido” en su inauguración precisamente por don Eusebio, y hoy ya no es lo que era.

En la parte de atrás de mi casa todavía había chabolas con fuentes públicas, de las de antes. Callejuelas perfectas para jugar al escondite y a todos esos juegos de los de antes. El solar, parte trasera de los talleres Juliá, era el sitio ideal para jugar a las chapas, ya fueran carreras o partidos de fútbol; los arcos para pídola, churro-media manga-manga entera o al pingüino, y la plazoleta de José de Villarreal, de las de antes porque casi no pasaban coches, para jugar fútbol. Eso sí, teniendo cuidado con Manolo, el de la farmacia, y con Juanito, el lechero. Innumerables los balones, de los de antes, que nos quitaron en esos años. También estaba el zapatero, remendón, de los de antes, que creo que había sido, o era, en sus ratos libres policía o guardia civil. En esa plazuela, con nombre de un maestro albañil del siglo XVII, estaba el taller de televisores, de los de antes, que reparaban y producían y que nutría a todo el barrio. Ah, y ahí vivía Jomi (José Miguel), todo un personaje. Un amigo, de muy baja estatura, con un gran corazón y con una memoria de elefante, tan pequeño como gran forofo del Real Madrid. Él se reunía en el Goype con Palomeque, hijo de los porteros de ese número 2 de Rutilio Gacis; Andrés, al que llamaban el marqués por lo señorito; Paco, el del atleti, y otro montón de gente para jugar al dominó, al mus, al mentiroso u otros juegos de mesa, de los de antes.

Fachada del mercado de Guillermo de Osma (Malopez 21 – Trabajo propio CC BY-SA 4.0)

En ese mi barrio estaban el matadero y la nave de patatas, de los de antes, y la torre del reloj, hoy tenencia de alcaldía y centro cultural. Por allá contábamos con el cine Embajadores, en la calle del mismo nombre, y el América, en el paseo de las Delicias. Estaban el metro, la pastelería póker y la de la china y un montón de bares, el manzanares, el viñas (antes había sido un tinte encima del cual estaba mi colegio). Y el barrio de la China, hoy sede de la Caja Mágica, y toda la zona industrial con calles de nombres sonoros por lo metálicos: plomo, cromo, hierro, bronce. Ahí quedaba la sede de Enpetrol, antecesora de Repsol, y donde iba a jugar al hockey sala con mi amigo Daniel, hijo de la portera de General Ricardos donde vivían mi abuela y mis tíos. Acudí juiciosamente, de ocho a diez de la noche, hasta que en una ocasión una bola (macizas aunque forradas) me dio duro en el dedo gordo de un pie, no recuerdo cuál de los dos, y ese deporte pasó a mejor vida.

También había probado antes con la natación en las instalaciones municipales de La Latina, cercana al Rastro, el barrio de casi toda la vida laboral de mi padre antes de adquirir el Goype. Allá nos hicieron pasar unas pruebas a mis amigos y vecinos de edificio, Manolo, no recuerdo su apellido, y Jorge Sánchez Morales (tal vez para compensar, de éste recuerdo los dos, o quizás porque fuimos muy amigos mucho tiempo). Después de hacer dos largos de aquella pileta de veinticinco metros, solamente me aceptaron a mí. Me seleccionó un entrenador cachas como él solo al que llamábamos Sancho Gracia por su parecido con el actor. Creo que mis tareas académicas en el Instituto Nacional de Bachillerato Cervantes, junto con la pereza de ir solo, me quitaron las ganas y me cortaron las aletas.

Pues sí, mi padre y don Eusebio, el Goype y la iglesia de la Beata. Personajes y lugares que, entre otros muchos con menor impacto en mi historia, daban vida a mi barrio, un barrio de los de antes. Luego me marché a Vallekas, otro barrio de los de antes al que considero también, por muchas y poderosas razones, mi barrio. Pero eso será otro relato, de los de antes.