Mi última morada

Que no será un cementerio, sino una galería de sueños

Escribo esto, qué casualidad, un once de septiembre para rendir un tributo a la vida y a las personas vivas, y a las muertas que le apostaron a algo cuando existían.

Una fecha que la mayoría de la población actual recordará por el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, pero que tuvo un precedente más grave en contra de la democracia y la ciudadanía en Santiago de Chile en el año 1973. Dieciocho y cuarenta y cinco años después, respectivamente, son muchas las pérdidas, en vidas humanas y en ilusiones, derechos y esperanzas.

Por eso escribo este epitafio, que no es un texto triste sino de una alegría encubierta por tumbas y sueños.

Hoy me he visto en sueños caminando por un cementerio. Me he sentido extraño porque no es un lugar que suela visitar. Aunque a veces he acudido a ellos para rendir cierto homenaje a algunos de esos personajes que han marcado mi historia de vida.

Tumba de Antonio Machado en Colliure (Francia)

En una de esas ocasiones, la más cercana al corazón, fue la última vez que me puse una corbata. Era el entierro de “el Chato”, mi padre. Pero jamás he vuelto a aquel camposanto de Carabanchel. Él ya no estará allá, era de esos nichos por diez años, así que sus restos materiales no residirán en ninguna parte. Los otros, los importantes, me acompañarán siempre.

Junto al Chato, las tumbas conocidas: las de Antonio Machado, migrante, enterrado casi desnudo de ropaje, como los hijos de la mar, pero revestido de toda la política de su poética, en la costa francesa; Walter Benjamin, caído en tierra de nadie, huyendo para no dejar de ser alguien y mirando a un horizonte de agua y cielo en la costa catalana, o María Zambrano, en lares veleños cercana al Mediterráneo del sur, visitada por gatos que tanto amaba y rodeada del olor de esos limones que apreciaba tanto. Y las desconocidas: Salvador Allende, que se fue antes de que lo acabaran y que nos convenció de que la historia la hacen los pueblos, o Frida Kahlo, cuya pintura lleno su vida y la de mucha gente y cuyas cenizas llenan la Casa Azul.

Esos eran algunos de los pensamientos de aquel yo en un lugar tan lejano a este yo. Era una ilusión de tumbas y sueños.

En las tumbas de seres anónimos, más bien desconocidos, al menos para mí, se detenía mi otro yo preguntándose quién sería y porqué y cómo habría llegado allí. Muerte natural, enfermedad terminal, accidente de tránsito, … a qué se dedicaba, era funcionaria, empleado de sucursal bancaria, enfermera, albañil, abogada, bombero, escritora, camarero, escultor. Soledad entre tanta piedra y tanto olvido.

También pensaba cuál sería su religión. Sí, aquel camposanto era católico, pero seguramente muchas y muchos de los allí presentes, o ausentes, no practicaban esa religión. Pero la familia creyó mejor y más seguro darles santa sepultura y hasta los últimos sacramentos para que, por si acaso, fuera a su cielo. En esos asuntos las familias suelen ser desobedientes y se dejan vencer por sus miedos frente a la muerte y no respetan las últimas voluntades de la persona finada. Es la vida.

Entre cipreses que hace tiempo dejaron de creer en su dios, entre mármoles albos y fríos, observado por efigies familiares que intentan mostrar el poder que sus moradores tuvieron en vida, daba mi otro yo sus pasos firmes a ningún lugar. Era sorprendente porque no tengo intención de ocupar una tumba, no porque no me vaya a morir nunca, sino porque tengo donados mis órganos, si es que al final alguno sirve, y el resto de mi cuerpo. Tumbas y sueños.

En esas estaba cuando, en una de las estrechas callejuelas que recorren los límites corpóreos de esas parcelas del cielo en la tierra, fui a dar con una tumba abierta cuya losa reposaba a los pies de un pequeño olivo. Sí, era extraño encontrar un olivo allá, también era raro que un nicho estuviese sin cubrir, como esperando a su inquilino. Pero lo más extraño era que sobre la lápida había una inscripción, un nombre y unos números. Lo primero que mi otro yo pensó fue que el finado había salido a dar su paseo vespertino para disfrutar de la luz otoñal y del viento del norte que en pocas horas cubriría de bruma todo el lugar.

Tumba de Walter Benjamin en Port Bou (España)

Pero antes de que mi imaginación siguiera volando, fijé la mirada en el escrito fúnebre. Y leí: “A aquel ciudadano ateo y soñador de ninguna parte que creía en la comunicación y en las personas”. La frase me resultó conocida. Un creyente ateo, un soñador sin sueños, un sujeto que buscaba, como todo el mundo, su lugar y que comunicando pensó que lo iba a encontrar. Una utopía a realizar en un mundo incomunicado y fugaz.

“No pensar nunca en la muerte / y dejar irse las tardes / mirando como atardece.

Ver toda la mar enfrente / y no estar triste por nada / mientras el sol se arrepiente.

Y morirme de repente / el día menos pensado. / Ese en el que pienso siempre” (M. Alcántara)

No es triste morir porque la muerte te encuentre o porque salgas a buscarla, lo triste es que te maten o que te ignoren tras tu ida. Este sueño me ha enseñado que la vida es un ratito que no sabemos cuánto puede durar, y que no la podemos gastar sin estar. Intentaré repartir las horas de mis días dejando tiempo para el disfrute de mi existencia, y dejaré que las noches me mezan en los de mi amada para soñar juntos con castillos en el aire.

La lápida no tenía fecha exacta, como dejándola abierta a lo que el destino fijara, 11 de septiembre de 20… Un día diferente, tanto como cualquier otro. Desde esa alucinación, celebraré el derecho al delirio que escribiera Galeano, e intentaré vivir  cada noche como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Y cada año, cuando se acerque esa fecha, esperaré soñando que se escriban esas dos cifras que le faltan a la muerte. Ese día, alguien correrá la losa y cerrará la tumba. Será mi última morada, aunque el cuerpo no esté dentro. Cuando la muerte venga a visitarme no me llevarán al sur donde nací, ni con mis cenizas un árbol plantarán. Ahí se acabará mi historia, una historia como cualquier otra, de tumbas y de sueños.

Y aunque yo no tendré tumba, seguiré teniendo sueños.

“El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero / nadie puede abrir semillas / en el corazón del sueño…” (F. García Lorca)

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