Muertos y monstruos

Noches de muertos y de monstruos para rememorar a algunos que se fueron, a otros que inventamos y a esos “vivos” que nos siguen asustando.

Desde la soledad y el sadismo de Drácula a la ternura y la desproporción de Frankenstein, pasando por la incomprensión y el odio al hombre elefante o la inteligencia y la maldad del doctor Jekyll y el señor Hyde. Y tantos y tantas otras y otros.

Noches de monstruos (foto: Iñaki Chaves)

Ninfas, gigantes, sirenas, brujas, magos o seres antropomórficos. Mitos y realidades, leyendas urbanas o figuras religiosas que premian o castigan, que acompañan o persiguen. La literatura y la oralidad cuentan en sus narraciones las historias de formas monstruosas, en función de lo que cada quien entienda, que son parte de y conforman las psiques individuales y los imaginarios colectivos.

Los monstruos son causa y consecuencia de la humanidad. A Bachué, la madre de ese linaje y condición, se la tildaba también de monstruo, de mito fundacional, por lo que la monstruosidad es consustancial al ser humano. Son los monstruos las representaciones de la humanidad y de su deshumanización. Son esa mirada aviesa al otro, al extraño que llevamos dentro y al desconocido que nos asusta afuera.

Juntamos muertos con monstruos, o viceversa, para no asustarnos de los unos ni olvidarnos de los otros. En las noches, no sólo todos los gatos son pardos, sino que todos los seres humanos expresan sus propios miedos y sufren sus propias pasiones.

Noche de muertos para vivir la vida con el recuerdo de los que se fueron, para pensar la muerte con la vida que tenemos. Ya no cumplimos años, vamos cumpliendo días que nos suman a la muerte y nos restan a la vida, o al revés.

Disfraces de muertos para ocultar los monstruos, esas aberraciones que llevamos dentro y que nos asustan. Como si disfrazados nos quitáramos los miedos o se nos facilitara mostrar las pasiones. Asustar para no ser asustados.

Esos monstruos que nos acompañan y a los que tememos y queremos por igual. El (la) monstruo (a) que llevamos dentro y que expresamos fuera cuando la vida nos cuestiona qué hacemos, quiénes somos y qué queremos. Al fin y al cabo, todas y todos somos, en mayor o menor medida, pequeños grandes monstruos.

Grandes figuras de la historia mostraron su lado monstruoso, cada quien en su contexto saca las uñas en alguna situación. Nadie está libre de monstruosidades, por otro lado, muestra de las bajas pasiones y las altas aspiraciones de ese ser humano que no quiere verse en el espejo.

Una mirada sesgada a una realidad negada y mantenida en estado de adormecimiento para no agravar la anomia inherente a la sociedad de humanos que se esfuerzan por regular el fiel de una balanza que oscila entre la pasión y la razón.

Nuestros monstruos sienten y piensan, el resultado de esa mezcla de sentimientos y pensamientos es lo que nos pone a uno u otro lado del espejo. Revisen sus propios monstruos, y contrólenlos. Afuera hay ya más que suficientes, y son los reflejos de la vida. Pero, ténganle más miedo al monstruo que al muerto.

Noches de muertos (foto: Iñaki Chaves)

Muertos y monstruos, ¿ficción o realidad? Ahí están, ahí estamos. Que cada quien cargue con los suyos, los muertos que tenemos afuera y los monstruos que llevamos dentro. Nuestra relación con ellos determinará nuestra existencia. Mientras, celebremos la noche de muertos con los monstruos. Viva la vida y vivan sus monstruos, sin monstruosidades.

Por estos días, en muchos lugares del planeta, la gente se disfraza de muertos y monstruos, de los propios y de los ajenos. Ni trato, ni truco, ni llanto, ni canto. Yo hoy me he parado frente al espejo y he decidido disfrazarme de mí, con mis monstruos y mis muertos.

Anuncios

A ti, por ti, para ti

Lo hago hoy, 28 de octubre, pero podría haberlo hecho un 20 de abril, un 30 de agosto o un primero de enero. El caso es que he decidido hacer públicos mis sentimientos. Emociones profundas que en parte guardo y en otra comparto, pero que quiero ahora socializar. Darlas a conocer a bordo de una patera que boga por un Sur que es nuestro hogar.

Beatry

Está dedicado a ti, a ella, a mi pareja y socia de vida desde hace quince años años y con la que mantengo una afinidad desde que nos encontramos en un congreso en La Habana en mayo de 1999.

Tu nombre me sabe

Tu cuerpo me mira

Tu alma me respira

Creo que la felicidad es más cuando se comunica, y este es un blog que cree en la comunicación. Así que voy a gritar a los cuatro vientos, bajito pero clarito, que te quiero. TE QUIERO, sí. Con un sentir del Sur, con un pensar mestizo y con mis pateras puestas rumbo a tu playa.

Un ser de otra parte, que no tiene patria ni pueblo, quiere tener su embarcadero en las calas de tus mares, en los puertos de tus senos y fondear entre tus piernas. Y si es necesario, cambiar el rumbo de mi nave si es tu estrella la que guía.

Tengo claro que la vida es un ratito y que vivirla es lo más difícil. Pero sé que mi vida lo ha sido desde que estoy contigo, desde que compartimos. Son años de ilusiones, de proyectos, de sueños y de verdaderas hojas de vida. Por ti reconozco que la vida merece la pena ser vivida.

Porque tú y yo somos dos, y juntos somos mucho más que eso. Somos ACTO: arte, comunicación, tierra y obra. Somos EROSCOPIO, somos dos cuerpos en uno, el refugio íntimo de nuestra psique. Nuestro lecho, lugar de encuentros y pérdidas, presencia física de nuestras ausencias. Nuestros cuerpos son la jaula de cristal de nuestra mente, la urna transparente de nuestro corazón, el espejo de los sentimientos que convergen en el tú y en el yo.

Quiero seguir viviendo, sí. Pero a tu ladoY morir dignamente cuando así lo decidamos. Pero a tu lado.

Porque te quiero a ti

Porque te quiero

Cruce el atlántico y me vine acá

Porque te quiero a ti

Porque te quiero

Cambié Madrid por Bogotá

“Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la patera (*). Hacia la hora del mediodía, con la marea, la Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma”.

Me gusta navegar contigo hacia esa isla, desconocida, para encontrarla, o conocida, para entenderla, y juntarnos en la ruta, bajo las estrellas y sobre el mar.

Porque contigo tenía y tengo muchas más de diez razones para vivir. Y quiero seguir despertando a tu lado. Con un mar, con una flor, con una canción, con un beso.

Por todo ello, te dedico este breve cuento que escribí para vos hace ya tiempo: “La osa bajo las cobijas”

La mano del oso se posa suavemente en la cadera de su osa

Ella da un respingo y se gira lentamente, mirándole a los ojos

Él la abraza por la cintura y ella, con la piel “ARROSUDA”, se estrecha con él

Juntan los labios, entornan los ojos, respiran profundo y sueñan

Un silencio tierno y cálido llena el aire bajo las cobijas

Los cuerpos tiemblan de sentido vívido mientras sus mentes, eléctricas,

Vuelan por el éter del cuarto oscuro

Hasta alcanzar la nube más blanca del firmamento

Felices cincuenta y dos, mi mestiza. Y los que vengan.

(*) Saramago, J. (1998): La isla desconocida. Madrid, Alfaguara. En el original del premio Nobel portugués la embarcación que aparece es una carabela. Me he permitido el lujo de cambiarla por una patera.

Bienvenido al infierno

Será un cuento, tal vez una fábula, una quimera, un espejismo, una alucinación, un relato o, sencillamente, la vida.

Esta historia la escribí hace mucho tiempo, y desde entonces ha dormido en el arcón de brujas junto a otros textos que esperan ver la luz algún día. Casualmente, por estas fechas, la dueña del arcón, que también lo es de mi corazón, ha abierto uno de los cajones para que la narración tome cuerpo, se junten las letras y se construya esto que aquí escribo. No es un cuento romántico, ni navideño, ni de terror, tampoco pretende despertar espíritus; es, simplemente, una fantasía que les comparto.

Bienvenido al infierno

Aquel día me desperté bruscamente tras haber tenido el mismo sueño que me perseguía últimamente y que no me dejaba descansar. Me asomaba a la ventana con la intención de atrapar aquella ilusión que flotaba cual nube blanca de algodón. Y de repente, me daba cuenta que estaba en el aire, que bajo mi cuerpo no había nada salvo el vacío y, lo peor de todo, que la ilusión no se encontraba allí.

Era tomar conciencia de eso y, como en los dibujos animados, comenzar a caer. Y descendía, y caía y caía y, mientras lo hacía, a mi cabeza me venía lo que siempre me dijo mi abuela cuando de pequeño tenía algún tropezón que me hacía darme de bruces contra el piso, sintiendo chascar todos los huesos: “del suelo no pasas”. Pero yo seguía cayendo. Y caía, caía, caía, caía, caía,…

La velocidad iba aumentando y no se vislumbraba nada que me pudiera frenar. Me volvía a retumbar la bendita frase: “del suelo no pasas”, acompañada de esa otra que le oía decir a mi padre siempre que me daba un trompazo: “ven que te levanto”. Y seguía cayendo, cayendo, cayendo, cayendo, cayendo,…

En ese momento atravesé una enorme y densa nube gris. Repentinamente me golpeé contra algo y perdí el conocimiento. No sabría decir cuánto tiempo pasó. Cuando desperté, no había ningún dinosaurio cerca pero estaba en un maravilloso y mullido tapete de hierba verde. A mi alrededor, grandes árboles no me impedían ver el bosque ni recibir los cálidos rayos del sol; sonaban cantos y trinos y revoloteaban mariposas de variados colores. También se oía el latir del agua cuando fluye por el cauce de un río y golpea las piedras que cubre a su paso con ese tintineo cristalino.

Me incorporé para poder apreciar aquella riqueza natural en toda su extensión. Recorrí con la vista todo a mi alrededor girando la cabeza hasta que, de repente, me llamó la atención un enorme cartel que colgaba de las inmensas ramas de una frondosa ceiba. Fijé la mirada en las letras pintadas de diferentes colores y leí: “bienvenido al infierno”.