No me gustan los lunes

La muerte llega cualquier día, no hay un día determinado para morir

Pero el lunes es ese día señalado de síndrome post fin de semana, para quiénes tienen los domingos como día de descanso. Algo que se da por hecho en las culturas occidentales, blancas, judeo-cristianas y “desarrolladas”.

No sé qué pasa por nuestras cabezas, ¿será que se desconecta el chip de nuestros cerebros? ¿Por qué buscar la muerte sin esperar a que nos llegue? Que llegará, más temprano que tarde, un lunes o un martes, en marzo o en septiembre. Vivir te da las razones para morir, pero no te las debería dar para matar.

Cuando las neuronas cortocircuitan se pueden producir efectos no deseados que provocan la muerte. Da igual que sean supremacistas blancos, terroristas de cualquier pelaje o jóvenes hastiados de una vida acomodada y sin futuro.

“No me gustan los lunes” (foto: Iñaki Chaves)

Este 2019 se han cumplido cuarenta años de aquel lunes maldito, uno más. Ese día, 29 de enero, una jovencita de dieciséis primaveras (niña le decían los medios de entonces) despertaba a su mundo harta de todo (nos podríamos preguntar, ¿de qué en tan pocos años de vida?) y decidía pagar su anodina existencia empuñando el arma que su descerebrado padre le había regalado en navidades, en lugar de la radio que ella había pedido. Desde la ventana de su casa apuntó a su colegio, en San Diego (California, EE. UU.), y apretó el gatillo: dos personas muertas, el director y el conserje, y nueve heridas, ocho niñas y niños y un policía. Seis horas después, esposada de pies y manos era conducida a comisaría y meses más tarde condenada a cadena perpetua con un mínimo de veinticinco años de cumplimiento. Tiempo para pensar y reflexionar sobre su aburrimiento, su cansancio y su fastidio con la vida, en especial con esos días que declaró no le encantaban: “no me gustan los lunes”.

Ese suceso sirvió para que Bob Geldof, hoy sir, que leyó la noticia en un fax mientras le entrevistaban, compusiera y publicara ese mismo año, con su grupo The Boomtown Rats, uno de sus grandes éxitos. I don´t like mondays, una canción en la que se preguntaba si hacen falta razones para morir. Más bien, diría yo, si necesitamos razones para matar. Aquella niña, que nadie entendió porqué las iba a tener, actuó, asesinó a otros y mató gran parte de su vida:

Portada de “I don´t like mondays” de Boomtown Rats (foto tomada de: https://www.efeeme.com/)

They can see no reasons

Because there are no reasons

What reason do you need?

Tell me why

I don’t like Mondays

Tell me why

I don’t like Mondays

Tell me why

I don’t like Mondays

I want to shut

the whole day down, down, down

shut lock down

Pablo Neruda describía ese día de la semana en su “Walking around”:

“Por eso el día lunes arde como el petróleo

cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,

y aúlla en su transcurso como una rueda herida,

y da pasos de sangre caliente hacia la noche”.

Aquella radio que esa niña no tuvo ha servido para propagar por el éter, en forma de canciones, esas posturas del no saber qué hacer y de odiar los lunes que reflejan en parte los síntomas de sociedades que no escuchan los gritos de sus juventudes y que no abordan sus propias enfermedades. Este año también se han cumplido veintiocho del suicidio, frente a su profesora y sus compañeros, de un estudiante, Jeremy, que se cansó de vivir acosado. El grupo Pearl Jam lo musicó y el video que realizaron, además de que estuvo prohibido por algún tiempo en ciertos lugares, produjo tal controversia que Vedder y su gente estuvieron varios años sin filmar sus canciones.

También este año se cumplirán veinte de la masacre en la escuela secundaria de Columbine (Colorado, EE. UU.) que sirvió de base a Michael Moore para su película documental sobre la violencia y el uso indiscriminado de armas de fuego.

Vivimos extraviados buscando ese tiempo perdido, intentando encontrar quien nos escuche, y mientras lo hacemos parece claro que, ante la falta de incentivos e ilusiones, ante las agresiones y exclusiones, algunas personas eligen atentar contra el mundo o contra sí mismas.

Personas que decidieron claramente, sin pensar en nada más, que no les gustaba su vida, que no les gustaban los lunes.

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Aurora Boreal

Una editorial “para los amantes del español”

La entidad danesa presentó el pasado mes de febrero, en la sala Alonso Arte Galería de Bogotá, el último número de su revista homónima. Un especial dedicado a autoras y autores colombianos vivos.

Según Guillermo Camacho, su editor, Aurora Boreal es más una pasión que un negocio y su difusión se hace de manera gratuita a universidades americanas y europeas. Para él, este número especial tiene que ver con su “ inexplicable pasión quijotesca por difundir creadores y sus obras” y con “la lectura e indagación de autores para su posible traducción al danés”.

Portada del número especial de Aurora Boreal dedicado a autoras y autores colombianos

Camacho reside en Copenhague y desde allí lleva a cabo su labor editorial comprometida con la idea de difundir cultura. En esa tarea le ha tocado el turno a la literatura colombiana, después de números anteriores dedicados a Puerto Rico y a Ecuador (mayo y septiembre de 2013, respectivamente), a Perú (mayo de 2015) y a escritores hispanoamericanos en Finlandia en septiembre de 2017.

Un número doble, el 23 y 24, de 234 páginas que supone “una fotografía de la literatura colombiana actual” cuyo proceso de indagación y recopilación le ha servido para encontrarse con “una reserva de prosistas, ensayistas y poetas que seguramente están cumpliendo un papel clave en el funcionamiento del ecosistema literario al permitir su perpetuación y su regeneración, proporcionando recursos literarios de diferentes variedades, intercambiando continuamente ideas y propuestas, regularizando el equilibrio de la literatura y previniendo contra la erosión”. En ese esfuerzo le ha tocado asumir “las inevitables omisiones de nombres voluntaria e involuntariamente, ya sea por desconocimiento, espacio, criterios, gustos, economía, y aquellos que no se entusiasmaron con la idea o no se lograron finalmente contactar o por la razón que venga al caso”.

En la sala donde se presentó se inauguraba una exposición del pintor bogotano Fernando Perdomo, una de cuyas obras sirve de portada para la revista.

Además de la nota del editor y una muestra de las pinturas de Perdomo, la revista recoge textos literarios de setenta y ocho autoras y autores colombianos divididos en dos apartados: en el de “poesía” aparecen treinta y dos de ellas y ellos, entre los que se encuentran Piedad Bonnett y Pablo Montoya, y en el de “puro cuento”, los otros cuarenta y seis, con fragmentos de Pilar Lozano a Santiago Gamboa pasando por Juan Gabriel Vásquez o Tomás González.

También incluye una sección de reseñas, una sobre los 10 libros menos vendidos, una recomendación de lectura, otra sobre cine y libros y una más “in memoriam”.

Mi encuentro con esta revista ha sido fortuito, o más bien impensado ya que se dio por la invitación que me hizo una de las autoras recogidas en el número, Judith Nieto, quien me pidió que asistiera en su nombre al lanzamiento.

“Ante el papel, a la hora de la escritura se está extremadamente solo, como cuando el cuerpo caído, abandonado, muestra lo inalcanzable que es la salvación” (Judith Nieto, Signos).

Índice del número especial de Aurora Boreal

Así que allá me encontré, rodeado de algunas de las autoras y autores de esta especie de antología de la literatura colombiana. Una revista que manifiesta ser “Un foro para difundir, discutir y gozar el español entre la gente que lo habla y lo estudia. Una ventana abierta a las inquietudes de los artistas”.

Agradezco a Judith la oportunidad de codearme con una parte de este nutrido grupo de escritoras y escritores que Aurora Boreal nos presenta y recomienda. Y bienvenida a estas tierras una nueva luz sobre la ya de por sí radiante narrativa colombiana.

“Viajar es ignorar el punto de llegada, y quisiera continuar hasta encontrar algo semejante al fin. Pero soy tan sólo un hombre y es necesario volver al sitio de partida” (Pablo Montoya, “Cinco poemas en prosa” en Viajeros).

“Para mis días pido, señor de los naufragios, no agua para la sed, sino la sed, no sueños sino ganas de soñar. Para las noches, toda la oscuridad que sea necesaria para ahogar mi propia oscuridad” (Piedad Bonnett, Oración).

El Chaval

Un gran tipo, campechano, risueño y muy amigo de sus amigos

Frutos murió en Madrid, el 17 de noviembre de 1984. Hace tanto tiempo que no está que, pese a pensarle siempre, tengo que esforzarme por traerle vívido a mi memoria. Hoy, 12 de marzo, le vuelvo a recordar porque hubiese cumplido 101 años. Había nacido en Puertollano, Ciudad Real, el 12 de marzo de 1918. Contaba con 66 años en los que creo disfrutó plenamente de la vida, pese a sus dificultades.

Vivió la guerra civil sin sufrir heridas físicas, aunque fueron muchas las emocionales. Desde los desplazamientos familiares a la pérdida de algunos de sus hermanos. Antes, siendo un adolescente, ya tuvo su “herida de guerra”. Acostumbraba con sus amigos, que no le faltaban porque se hacía querer, a saltar la tapia de una de las huertas que en aquel entonces bordeaban el río Manzanares, todavía libre y utilizable por la población madrileña. Un día de agosto de 1932, el guarda les descubrió robando y disparó su arma, con tan mala puntería que acertó y los perdigones le volaron el ojo izquierdo.

Noticia en ABC del disparo sufrido por Frutos

Sus historias

Era un gran jugador de cartas, sobre todo de tute y de mus. Pero no le gustaba jugar con la familia, decía que no sabían jugar y que encima le ganaban. También era bueno al dominó, llevaba la cuenta de las fichas y de quién pasaba a cada punto. Recuerdo las veces, no muchas porque era bastante independiente y no le gustaba estar siempre con los de su sangre, que compartimos el verano en Benidorm. Por las mañanas, en la playa, siempre estaba dispuesto a jugar fútbol, cosa que se le daba bastante bien. En las tardes nos íbamos a los billares Ruzafa y ahí era donde ponía su arte en movimiento. Porque lo que yo creo que mejor se le daba era jugar al billar. Era capaz de hacer carambolas increíbles, de subir la bola por el borde de la mesa y recorrerlo, pegada a otro de los tacos ahí dispuesto, hasta caer y golpear a la otra que le correspondía. Además, se le daba muy bien el futbolín. Y todo eso con un solo ojo, qué tal que hubiese tenido los dos.

Frutos era muy de costumbres fijas. Por las noches lo último que solía tomar era un vaso de leche. También fue en aquella población alicantina, por entonces un verdadero pueblo de pescadores y no la mole turística que es hoy, donde una noche, sentados en una terraza, pidió su acostumbrado vaso de leche. Casualmente, el bar no tenía. Así que le tocó a uno de sus sobrinos ir hasta la casa donde residían a por una botella de leche. Obediente, su sobrino se fue, tomó la botella de leche y volvió para la terraza. Con tan mala suerte que en el camino se le cruzó un perro, por el tamaño creo recordar que era más bien un proyecto de futuro perro; y este sobrino les tenía pánico. Así que echó a correr con la botella de leche en una mano y el perrito pisándole los talones. Resultado, llegó a la mesa agitado y sudoroso y sin la leche. Botó la botella por el camino, lo que sirvió para que el perro se entretuviera lamiéndola y él pudiera llegar a su destino. Las carcajadas del Chaval se oyeron en todo el pueblo.

Podría decirse que Frutos era un lobo solitario que tenía muchos amigos. Nunca se le conoció novia, pero andaba de parranda con la alegría siempre dibujada en el rostro. Bebía botellines de cerveza Mahou, le gustaba la carne tostada como si fuera una suela de zapato de Chaplin y era muy amante de los frutos secos. Al menos es lo que recuerdo de él. También me vienen a la mente las imágenes de cuando fuimos a verle a Málaga, donde estaba trabajando. Nos alojamos en la casa donde se hospedaba y la señora, en las tardes, nos regalaba pan con tomate y aceite. Cuando tenía tiempo nos acompañaba a la playa, todavía tengo por ahí guardada una foto de los dos en la arena jugando con muñecos de plástico que representaban indios y vaqueros.

Otra de sus aficiones era coleccionar cajitas de cerillas, mixtos que iba guardando de los muchos sitios que visitaba. Las tenía de muchos colores, tanto la cabeza del fósforo como el cuerpo, con mezclas imposibles. Como buen carpintero encofrador, oficio heredado de su padre, recorría el país de ciudad en ciudad y de obra en obra. En esos viajes siempre recolectaba las cajitas. Él y su cuadrilla debían ser muy buenos porque nunca les faltó el trabajo.

En una ocasión nos acompañó en un viaje al norte de Europa. Allá residían una hermana suya y un sobrino que acababa de tener su segunda hija. Visitamos una isla en los mil lagos finlandeses, su nombre era, traducido al castellano, “la isla de las piñas” y era cierto porque estaba repleta de pinos piñoneros. De hecho, su dueña nos contó que la Unión Soviética, tiempo ha, estaba muy interesada en adquirirla, por su riqueza maderera y su estratégica situación geográfica. Él y yo nos alojamos en una choza que parecía el telar de la casa principal. Sendos camastros nos servían para el descanso y la ventaja es que nos quedaba cerca la otra chocita en la que se hacían las necesidades fisiológicas. Allá, en las noches y a la luz de las velas jugábamos cartas.

Madridista

Fue asiduo lector de Marca y As, seguidor de todos los deportes y, sobre todo, futbolero. Socio y abonado del club de Chamartín, segundo anfiteatro Sur, durante muchos años. Era seguidor del Real Madrid hasta la médula, hoy sufriría con este fútbol más pendiente de la publicidad, la imagen y el VAR, y tan alejado de la afición y de la gente corriente.

Era tan aficionado al fútbol que en una ocasión en la que los merengues jugaban fuera de casa, un domingo, porque entonces los partidos eran siempre ese día y casi a la misma hora por eso el Carrusel Deportivo de la radio vibraba con las conexiones con todos los campos; pues eso, que su afición era tal que en esa oportunidad se fue al Manzanares a ver un partido del Atleti. El estadio le quedaba muy cerca de casa, por lo que nos extrañó que tardara tanto en volver. Estaba justificado, le había atropellado un coche al pasar el puente de Toledo. Como no tenía su ojo izquierdo no vio bien al cruzar y se lo llevaron por delante. Le partió la pierna izquierda por tres sitios. Nos enteramos cuando nos llamaron del hospital. Pero ni aun así perdió la sonrisa y la afición por el color blanco.

Frutos en 1966 (foto: archivo familiar)

Despedida

Seguro que tengo muchísimas más anécdotas de su vida, pero tendría que buscar en lo profundo de los recuerdos. Y hoy solamente quería rendirle este tributo rememorando lo que mejor retengo.

Murió en un hospital madrileño, tras una muy mala atención médica que se le llevó antes de tiempo. Tal es así que su hermana enfermera presentó una demanda contra el hospital por negligencia. Ahí quedó la cosa, la demanda no prosperó y Frutos nos dejó. Yo no me pude despedir porque no llegué a tiempo. Pero intento devolverle algo de esa compañía dada durante años sin pedir nunca nada a cambio.

Esté donde esté, andará refunfuñando por el poco fútbol, el escaso carácter y el insuficiente amor a los colores “merengues” que los jugadores demuestran hoy. Pero se contentará recordando una de aquellas alineaciones de los sesenta del siglo pasado que siempre me preguntaba y que yo soltaba de carrerilla. A saber: Betancort; Calpe, De Felipe, Sanchís; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

Fue una de las personas a la que más quise de pequeño, nos acompañaba casi todos los domingos y nos daba la mejor propina de todas. Pero el cariño no venía por la plata, sino porque nos trataba como adultos y no perdía el tiempo en repetirnos aquello de “eso no se hace, no digas esto, no cojas aquello,…”. Simplemente nos dejaba ser.

Porque su vida fue una gesta deportiva, así termina esta historia, con un ¡hala, Madrid! en honor de Frutos Gil Revilla, mi tío. Más conocido por todo el mundo como “el Chaval”.