El Chaval

Un gran tipo, campechano, risueño y muy amigo de sus amigos

Frutos murió en Madrid, el 17 de noviembre de 1984. Hace tanto tiempo que no está que, pese a pensarle siempre, tengo que esforzarme por traerle vívido a mi memoria. Hoy, 12 de marzo, le vuelvo a recordar porque hubiese cumplido 101 años. Había nacido en Puertollano, Ciudad Real, el 12 de marzo de 1918. Contaba con 66 años en los que creo disfrutó plenamente de la vida, pese a sus dificultades.

Vivió la guerra civil sin sufrir heridas físicas, aunque fueron muchas las emocionales. Desde los desplazamientos familiares a la pérdida de algunos de sus hermanos. Antes, siendo un adolescente, ya tuvo su “herida de guerra”. Acostumbraba con sus amigos, que no le faltaban porque se hacía querer, a saltar la tapia de una de las huertas que en aquel entonces bordeaban el río Manzanares, todavía libre y utilizable por la población madrileña. Un día de agosto de 1932, el guarda les descubrió robando y disparó su arma, con tan mala puntería que acertó y los perdigones le volaron el ojo izquierdo.

Noticia en ABC del disparo sufrido por Frutos

Sus historias

Era un gran jugador de cartas, sobre todo de tute y de mus. Pero no le gustaba jugar con la familia, decía que no sabían jugar y que encima le ganaban. También era bueno al dominó, llevaba la cuenta de las fichas y de quién pasaba a cada punto. Recuerdo las veces, no muchas porque era bastante independiente y no le gustaba estar siempre con los de su sangre, que compartimos el verano en Benidorm. Por las mañanas, en la playa, siempre estaba dispuesto a jugar fútbol, cosa que se le daba bastante bien. En las tardes nos íbamos a los billares Ruzafa y ahí era donde ponía su arte en movimiento. Porque lo que yo creo que mejor se le daba era jugar al billar. Era capaz de hacer carambolas increíbles, de subir la bola por el borde de la mesa y recorrerlo, pegada a otro de los tacos ahí dispuesto, hasta caer y golpear a la otra que le correspondía. Además, se le daba muy bien el futbolín. Y todo eso con un solo ojo, qué tal que hubiese tenido los dos.

Frutos era muy de costumbres fijas. Por las noches lo último que solía tomar era un vaso de leche. También fue en aquella población alicantina, por entonces un verdadero pueblo de pescadores y no la mole turística que es hoy, donde una noche, sentados en una terraza, pidió su acostumbrado vaso de leche. Casualmente, el bar no tenía. Así que le tocó a uno de sus sobrinos ir hasta la casa donde residían a por una botella de leche. Obediente, su sobrino se fue, tomó la botella de leche y volvió para la terraza. Con tan mala suerte que en el camino se le cruzó un perro, por el tamaño creo recordar que era más bien un proyecto de futuro perro; y este sobrino les tenía pánico. Así que echó a correr con la botella de leche en una mano y el perrito pisándole los talones. Resultado, llegó a la mesa agitado y sudoroso y sin la leche. Botó la botella por el camino, lo que sirvió para que el perro se entretuviera lamiéndola y él pudiera llegar a su destino. Las carcajadas del Chaval se oyeron en todo el pueblo.

Podría decirse que Frutos era un lobo solitario que tenía muchos amigos. Nunca se le conoció novia, pero andaba de parranda con la alegría siempre dibujada en el rostro. Bebía botellines de cerveza Mahou, le gustaba la carne tostada como si fuera una suela de zapato de Chaplin y era muy amante de los frutos secos. Al menos es lo que recuerdo de él. También me vienen a la mente las imágenes de cuando fuimos a verle a Málaga, donde estaba trabajando. Nos alojamos en la casa donde se hospedaba y la señora, en las tardes, nos regalaba pan con tomate y aceite. Cuando tenía tiempo nos acompañaba a la playa, todavía tengo por ahí guardada una foto de los dos en la arena jugando con muñecos de plástico que representaban indios y vaqueros.

Otra de sus aficiones era coleccionar cajitas de cerillas, mixtos que iba guardando de los muchos sitios que visitaba. Las tenía de muchos colores, tanto la cabeza del fósforo como el cuerpo, con mezclas imposibles. Como buen carpintero encofrador, oficio heredado de su padre, recorría el país de ciudad en ciudad y de obra en obra. En esos viajes siempre recolectaba las cajitas. Él y su cuadrilla debían ser muy buenos porque nunca les faltó el trabajo.

En una ocasión nos acompañó en un viaje al norte de Europa. Allá residían una hermana suya y un sobrino que acababa de tener su segunda hija. Visitamos una isla en los mil lagos finlandeses, su nombre era, traducido al castellano, “la isla de las piñas” y era cierto porque estaba repleta de pinos piñoneros. De hecho, su dueña nos contó que la Unión Soviética, tiempo ha, estaba muy interesada en adquirirla, por su riqueza maderera y su estratégica situación geográfica. Él y yo nos alojamos en una choza que parecía el telar de la casa principal. Sendos camastros nos servían para el descanso y la ventaja es que nos quedaba cerca la otra chocita en la que se hacían las necesidades fisiológicas. Allá, en las noches y a la luz de las velas jugábamos cartas.

Madridista

Fue asiduo lector de Marca y As, seguidor de todos los deportes y, sobre todo, futbolero. Socio y abonado del club de Chamartín, segundo anfiteatro Sur, durante muchos años. Era seguidor del Real Madrid hasta la médula, hoy sufriría con este fútbol más pendiente de la publicidad, la imagen y el VAR, y tan alejado de la afición y de la gente corriente.

Era tan aficionado al fútbol que en una ocasión en la que los merengues jugaban fuera de casa, un domingo, porque entonces los partidos eran siempre ese día y casi a la misma hora por eso el Carrusel Deportivo de la radio vibraba con las conexiones con todos los campos; pues eso, que su afición era tal que en esa oportunidad se fue al Manzanares a ver un partido del Atleti. El estadio le quedaba muy cerca de casa, por lo que nos extrañó que tardara tanto en volver. Estaba justificado, le había atropellado un coche al pasar el puente de Toledo. Como no tenía su ojo izquierdo no vio bien al cruzar y se lo llevaron por delante. Le partió la pierna izquierda por tres sitios. Nos enteramos cuando nos llamaron del hospital. Pero ni aun así perdió la sonrisa y la afición por el color blanco.

Frutos en 1966 (foto: archivo familiar)

Despedida

Seguro que tengo muchísimas más anécdotas de su vida, pero tendría que buscar en lo profundo de los recuerdos. Y hoy solamente quería rendirle este tributo rememorando lo que mejor retengo.

Murió en un hospital madrileño, tras una muy mala atención médica que se le llevó antes de tiempo. Tal es así que su hermana enfermera presentó una demanda contra el hospital por negligencia. Ahí quedó la cosa, la demanda no prosperó y Frutos nos dejó. Yo no me pude despedir porque no llegué a tiempo. Pero intento devolverle algo de esa compañía dada durante años sin pedir nunca nada a cambio.

Esté donde esté, andará refunfuñando por el poco fútbol, el escaso carácter y el insuficiente amor a los colores “merengues” que los jugadores demuestran hoy. Pero se contentará recordando una de aquellas alineaciones de los sesenta del siglo pasado que siempre me preguntaba y que yo soltaba de carrerilla. A saber: Betancort; Calpe, De Felipe, Sanchís; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento.

Fue una de las personas a la que más quise de pequeño, nos acompañaba casi todos los domingos y nos daba la mejor propina de todas. Pero el cariño no venía por la plata, sino porque nos trataba como adultos y no perdía el tiempo en repetirnos aquello de “eso no se hace, no digas esto, no cojas aquello,…”. Simplemente nos dejaba ser.

Porque su vida fue una gesta deportiva, así termina esta historia, con un ¡hala, Madrid! en honor de Frutos Gil Revilla, mi tío. Más conocido por todo el mundo como “el Chaval”.

3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Juan Carlos Pascual Chaves
    Mar 12, 2019 @ 10:51:32

    Quiero unirme a esta memoria del tío Frutos, mencionando algo que siempre me viene a la cabeza cuando le recuerdo, Puede parecer algo sin importancia pero no lo es cuando se trata del recuerdo de un niño. Porque fue él quien nos llevó a mi hermano y a mí por primera vez al cine (recientemente me preguntaba alguien si recuerdo dónde y cuándo fui por primera vez al cine). Fue en los cines de verano de Benidorm (Alicante, España) y no solo una, sino miles de veces. Durante muchos veranos tuvimos la oportunidad de ver todas las películas del Oeste que estaban de estreno en esa época, las de Bruce Lee, las de Bud Spencer y Terence Hill y alguna otra que ya no recuerdo. Fácilmente íbamos al cine 2 o 3 veces por semana y siempre nos invitaba. Por aquél entonces, el cine allí costaba unas 25 pesetas.
    También fui partícipe de esas lecciones de billar que nos daba verano tras verano en los recreativos de aquel lugar. Lo poco que aprendí de este juego fue gracias a él. Y recuerdo también su habilidad al dominó y al mus y la cantidad de novelas de “Estefanía” que guardaba en su habitación y que llevaba consigo cuando salía de viaje a Benidorm.
    Su mala leche pero buen corazón también formaban parte de su persona. Así le recordamos y así le quisimos. Yo le quise mucho, los años que compartí con él los recuerdo con gran cariño. Pasamos muchas horas en su casa de General Ricardos. Recuerdo esa sonrisa de dentadura blanca, su madridismo, sus historias de cuando había participado en la construcción de este o aquel edificio.
    Qué gran tipo el chaval…

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  2. Ricardo
    Mar 13, 2019 @ 12:57:32

    Me uno a estos recuerdos del Tío Frutos, tan lejanos pero tan entrañables al mismo tiempo. Yo también le quise mucho y mis veranos de cuando tenía 10-15 años están unidos a él en la playa de Benidorm (éramos afortunados de poder disfrutar de una estancia en la costa más popular de aquella época gracias a nuestra familia materna y, por ende, a él)
    Efectivamente, él era muy espléndido: nos invitaba a jugar al billar, a ver la última película de Terence Hill y Bud Spencer o de Bruce Lee en los cines de verano que abundaban en ese “pueblo” alicantino; y me acuerdo de una película que le “obligamos” a ver mi hermano y yo en los cines Colci (porque no le atraía demasiado el tema), Poltergeist, durante la cual los protagonistas hablaban en voz muy baja y, como el Tío Frutos, aparte de haber perdido un ojo y andar con cojera, era un poco “duro” de oído se puso a gritar en medio de la película diciendo que no entendía nada, con todo en silencio, y amenazándonos con que si seguía así se marchaba… y allí nos dejó.
    Mis últimos recuerdos me llevan al sofá del salón de su casa en General Ricardos donde vivía con su hermana Crescen y su cuñado Guillermo (con el que discutía “muy de vez en cuando”) tumbado, ciego y harto de no poder ser útil, ni de valerse por sí mismo por culpa de una enfermedad que no distingue a las buenas personas (entre las que se encontraba él) de las malas.

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  3. Fermin borrell
    Ago 17, 2019 @ 10:54:05

    Cualquiera de la familia tiene recuerdos entrañables del tío Frutos, El Chaval. El tío que nos comprometía con el Madrid, que nos colaba en el Bernabeu, que nos invitaba a helados en Benidorm, pero sobre todo que nos daba cariño.

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