Una taza para la paz

Un símbolo para caminar entre ríos y silencios

En el centro de ese largo e interminable camino para la paz nos podemos encontrar simbolismos como una sencilla y simple taza.

La lámina de Goya (izqda.) y la obra de Echavarría y Grisalez (dcha.) (Composición Iñaki Chaves)

Alrededor de ella se pueden construir narrativas para la paz. Un objeto inerte que cobra vida para narrar la memoria individual y colectiva. Una taza que, en este caso, ha recorrido dos países y doscientos años, desde la España de Goya y sus grabados hasta la Colombia de los trabajos de Juan Manuel Echavarría y Fernando Grisalez.

Hay otras miradas sobre un pocillo como símbolo que nos une a la vida a través de sus usos y significados. En ese recipiente hay cooperación, colaboración, hay solidaridad, hay reconocimiento, hay, tal vez, desde un “compartir” hasta un “amar”.

En las tazas hay alma de la vida, de las vidas que se pierden en la huida o en la persistencia. Una taza, además de su función cotidiana, podría ser también cualquier otra cosa, como la imagen de la paz en la que se concentran todo el dolor y toda la poesía que rodean las guerras y sus desastres humanos y sociales.

La taza como vínculo con la vida en territorios asolados por la muerte, por los desastres de una guerra dieciochesca o por las incongruencias de un conflicto armado que por sus ilógicas no tiene ya ni fecha. Un utensilio que une en su concepto la muerte y la resistencia.

¿De qué sirve una taza?, titulaba Goya una de sus láminas de los desastres de la guerra. El mismo título toma prestado Echavarría para enmarcar uno de los restos encontrados en las visitas, con su colaborador Grisalez y su equipo de la Fundación Puntos de Encuentro, a los campamentos abandonados por la guerrilla de las FARC-EP.

Todavía hay una guerra en Colombia, aunque haya quienes la nieguen, hay muertes violentas sin sentido en una tierra que necesita muchas tazas para la paz. Que busca sus ríos y sus silencios, para que los primeros queden limpios de cadáveres y para que los segundos hagan escuchar sus gritos de ¡basta ya!

Deberíamos ponerle el oído a esas tazas que rememoran lo humano y lo salvaje, lo compasivo y lo grotesco, lo pacífico y lo guerrero de unas guerras inhumanas e inútiles, como todas. Que escuchemos cómo los ecos y los sorbos de una taza nos gritan paz.

En esos útiles caseros hay soledades compartidas para entender las exclusiones y los desplazamientos de las víctimas de las guerras. Hay realidades ocultadas, hay, más que despojos humanos, desechos espirituales que no tendrán descanso en la vida terrenal y no deberían tenerlo en la otra, donde quiera que se encuentre.
Una taza será el camino de la paz, quizás un viaje a ninguna parte. Pero en el recorrido artístico, ético y estético nos sirve de nexo social para seguir caminando y creyendo que sí hay una meta y que el café que compartimos nos puede unir en esa búsqueda de la paz.

¿De qué sirve una taza?

Sirve para construir la memoria, para narrar los cuerpos y los territorios en el conflicto, para ponernos en diálogo con la historia, para vincular la vida y la muerte, para un saludo y una despedida. Porque entre la supervivencia y la huida hay una taza como símbolo de lo que fue y lo que ya no será, la taza como lazo de unión con la vida que se nos va o la que nos quitan.

En una taza hay ríos y hay silencios, y en su discurrir entre las aguas y los sonidos encontramos o podemos encontrarnos con esa taza que nos une a la vida cuando tomamos el tinto mañanero, o el jugo del almuerzo o el agua panela para intentar calentar los cuerpos antes de dormir, o en el insomnio que nos mantiene vigilantes ante la incertidumbre de si habrá un mañana, de si alcanzaremos a ver la luz del nuevo día.

“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito. Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna”. (W. Blake)

 

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Nuria de la Fuente
    Jun 09, 2019 @ 14:54:52

    Hermoso texto, Iñaki. Un abrazo desde el otro lado del mar…

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