Gubern, el director de cromos

Un encuentro con un “teórico con manos” de la imagen y el cine

Todo esto que les voy a contar ocurrió en el mes de noviembre del año 2013. Por avatares de la vida, de la existencia, a veces inexistente, de múltiples idas y venidas, de circunstancias que hicieron que el Tribuna de la FSC-CCOO dejara de publicarse como tal y de otras muchas situaciones que han acaecido en estos seis años, no había podido narrar tan maravilloso y fortuito encuentro.

La vida tiene esas grandes casualidades que construyen las pequeñas historias de los seres humanos. Y a este lado del planeta esas cosas suceden, creo yo, con más frecuencia y facilidad. Caminábamos tranquilamente hacia el occidente por la acera sur de la calle 23 y, a la altura del teatro Faenza, nos encontramos con el director de cromos. Sí, parecería hecho a propósito, pero era pura suerte. A la puerta del auditorio Fundadores de la Universidad Central estaba el profesor Román Gubern, el que fuera en su juventud director de cromos de la editorial Bruguera. Él y yo ya habíamos cruzado algunos correos electrónicos, cuando todavía me encontraba en la secretaría de Comunicación de la FSC-CCOO, y habíamos comentado la posibilidad de que le entrevistara. Y mira tú por dónde, nos vamos a cruzar en una calle de Bogotá. Me acerqué a él, le saludé y cuadramos para vernos en su hotel por la tarde.

Román Gubern durante la entrevista (foto: Beatriz Múnera)

Román Gubern nació en Barcelona el 8 de agosto de 1934, es doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona (1980). Desde 2004, tras su jubilación, ejerce como Catedrático Emérito en la misma institución y dirige, desde 1998, el máster de Documental Creativo. Profesor honoris causa de la Universidad de Lima (1995), medalla de la Asociación Española de Historiadores del Cine (2004), medalla de Oro de las Bellas Artes (2010), Premio Sant Jordi de Cinematografía de Radio Nacional de España (2011) y doctor honoris causa de la Universidad Carlos III de Madrid (2013), entre otros títulos y premios.

Es autor de más de cuarenta libros, desde La televisión (Bruguera, 1965) a Dialectos de la imagen (Cátedra, 2017) pasando por la inigualable Enciclopedia erótica del cómic (Cátedra, 2012, en colaboración con Luis Gasca), y de una veintena de guiones para el cine. Un académico, un semiótico y un estudioso del lenguaje y de la imagen que creo que es, sobre todo, un amante del cine. Su Historia del cine (Danae, 1969) es una palpable muestra de ello, una visión biográfica de un arte que es espectáculo, industria y comercio: “Quien defina el cine como arte narrativo basado en la reproducción gráfica del movimiento, no hace más que fijarse en un fragmento del complicado mosaico. Quien añada que el cine es una técnica de difusión y medio de información habrá añadido mucho, pero no todo. Además de ser arte, espectáculo, vehículo ideológico, fábrica de mitos, instrumento de conocimiento y documento histórico de la época y sociedad en que nace, el cine es una industria y la película es una mercancía” (1989, p. 11).

En El simio informatizado (Fundesco, 1987) nos avisaba de las brechas producidas por las tecnologías: “La civilización tecnológica (…) impone (…) la reconversión del Homo faber de la era industrial en el nuevo Homo informaticus, so pena de degradar a quien no dé tal salto a la categoría de arcaico, obsoleto e inútil socialmente. Al nuevo Homo informaticus se le exigen no sólo unas nuevas habilidades (el know-how), sino, además, una nueva conciencia. Esta presión puede conducir a (…) aumentar la fosa o desnivel de información y de poder entre los ciudadanos de status socioeconómico alto (…) y los ciudadanos pobres preinformáticos, que suelen padecer además por similares razones una discriminadora marginación massmediática (…). De modo que tal desequilibrio vertical consolida bolsas de población con más dificultades para acceder a una información variada, solvente y pertinente, por falta de canales técnicos de comunicación apropiados” (p.95).

Y en Del bisonte a la realidad virtual (Anagrama, 1996) hacía un análisis de nuestro entorno adelantándonos que “La progresiva difusión de la tecnología de la realidad virtual, irradiada desde los centros de investigación informática de las sociedades posindustriales, ha coincidido con una creciente colonización del imaginario mundial por parte de las culturas transnacionales hegemónicas, que presionan para imponer una uniformización estética e ideológica planetaria” (p.7), tras hablarnos de la leyenda de la doncella de Corinto que Plinio el Viejo señala como el invento del arte de la pintura y que da inicio a la práctica de dibujar lo ausente mediante su imagen virtual (p.9).

La última de sus obras que he leído, Metamorfosis de la lectura (Anagrama, 2010), me llamó la atención por ese afán que tengo últimamente de perseguir todo lo relacionado con esa palabra tan kafkiana y que en el texto de Gubern se materializa en cómo cambian las palabras y la lectura que hacemos de ellas. Dicen que es una “historia portátil de la lectura”, un recorrido por la evolución de la escritura y la lectura desde el alba hasta el ocaso y lo que nos deparará el futuro a los seres humanos y a nuestras relaciones con los libros y sus lecturas. Las múltiples metamorfosis habidas en las personas y sus culturas.

Coincidiendo con su ochenta y cinco cumpleaños, creo que es momento de hacer públicos algunos extractos de lo conversado entonces como un pequeño homenaje a uno de los grandes pensadores de la imagen. Entonces, estaba alojado en plena avenida Jiménez, en el mismo centro de la capital. Le llamamos desde la recepción del hotel y en quince minutos se presentó en el hall. Nos sentamos a charlar amigablemente de su estancia en Colombia, después de tres años sin venir, de cuál era la situación del país, de cómo nos iba en la ciudad, de qué hacíamos y de que si nos habíamos adaptado.

Al cabo de una hora de contestar más a sus preguntas que de hacérselas, le planteamos la entrevista y, amablemente, accedió. Buscamos un buen lugar donde conversar. En una salita del tercer piso, por la que apenas transitaba gente, justo encima del restaurante, nos situamos e iniciamos el diálogo. Como buen narrador, nos presentó una panorámica de sí mismo jalonada de flash backs. Un repaso a su vida, a sus libros y al cine. Un encuentro de más de dos horas con mucha miga, buen ambiente y una sonrisa en el que nos ofreció multitud de estampas en blanco y negro que con sus palabras se fueron tiñendo de colores.

Su primera visita a América Latina. Fue como enviado de la Unesco en 1977, tiempos en los que asistió a un congreso en una universidad de Lima, con Miquel de Moragas y Martín Serrano, que se llamaba “Comunicación y Poder” y del que recordaba dos cosas: “una, en la sesión última apareció un aymara que dio una conferencia en su idioma; y otra, que una estudiante se me acercó para decirme que en su clase daban mi separata, una fotocopia de un capítulo de uno de mis libros. Años después la rectora me nombró profesor honoris causa”.

Por aquel entonces todavía no había recibido el honoris causa de la Carlos III ni había entrado a formar parte de la Real Academia de Bellas Artes, distinción esta última que ya le habían ofrecido y que había aceptado. Confesándonos que “lo que la gente no sabe es que aceptar esta distinción te cuesta dinero porque tienes que correr con todos los gastos de viajes, alojamiento y coctel. Así que, antes de aceptar, hay que preguntarse cuánto cuestan los honores”. Reconocimientos que admitió que, en España, casi siempre llegan tarde.

Narraciones de su infancia. Nos contó de aquellos años de la guerra civil española: “Soy niño de la guerra civil con una familia dividida políticamente en dos, como, por desgracia, muchas otras. Y además, de la alta burguesía. Mi familia paterna era republicana, mi abuelo fue presidente del Tribunal Supremo de Cataluña durante la República. Por la rama materna mi abuelo era banquero, monárquico y de derechas. Perdió la rama paterna, con exilio, represalias y depuración, y nos tocó vivir de la rama banquera y fascista materna. Estas cosas a un niño pequeño, aunque no se dé cuenta, le marcan. Por ejemplo, durante la segunda guerra mundial mi padre iba a favor de los aliados y escuchaba la BBC y mi abuelo materno estaba a favor de Hitler. Las tensiones se vivían y seguro que me afectaban. Un día mi padre, escuchando la radio, pegó un bote de alegría y le pregunté ¿qué pasa? Él me contestó que los aliados habían desembarcado en Sicilia, lo cual para mí no significaba nada. Durante la comida que siguió, con el abuelo presidiendo con cara larga, el aire se podía cortar”.

Primeros estudios. De sus inicios en los estudios nos comentó: “Mi padre me llevó a un centro de la Diputación para que me hicieran una prueba psicotécnica. Al terminar, el director me dijo que tenía capacidad para estudiar lo que quisiera. Me preguntó que qué quería estudiar y le dije que ingeniería de telecomunicaciones, y el sabio director me contestó ´eso no tiene ningún futuro`. Era el año 1951 y sólo podría trabajar en transmisiones del ejército o en la compañía aérea de aviación. Ahí se acabó la reflexión sobre mi futuro. Era lo que me gustaba y, en el fondo, lo que aprendí estudiando electrónica ha tenido relación con mi actividad y me ha servido para mi labor como comunicador”.

Secretos. Nos compartió algo que estaba seguro no sabíamos: “y que merece la pena que se sepa. Durante una cena, hace años, Jorge Semprún me contó que cuando fracasó la guerrilla en los Pirineos, porque los aliados rápidamente valoraron a Franco como un freno para el comunismo soviético, el politburó, en el que estaban Pasionaria, Carrillo y Claudín, se fue a Moscú a pedirle consejo a Stalin. Según Semprún, Stalin les dijo que recordaran lo que habían hecho los bolcheviques cuando fracasó la revolución en 1905, infiltrarse en las fábricas, en los sindicatos, en las universidades, en los colegios o en los aparatos del Estado. Y esa fue la política del Partido Comunista de España y de ahí vienen las Comisiones Obreras”.

La Historia del cine de Gubern en la edición de 1989 de la editorial Lumen

El mundo del cine. Sobre su primer contacto con el mundo del cine como infiltrado en el cineclub del sindicato fascista de estudiantes SEU nos dijo: “En la universidad, con una gran incultura cinematográfica, yo tenía un gran interés por el cine. Así que, cuando un directivo del SEU me ofreció hacerme cargo del cineclub, yo, con una gran irresponsabilidad, dije que sí. Por entonces se estaba preparando en Madrid una asamblea de cineclubes del SEU y Barcelona no podía faltar. Fui un infiltrado porque yo ya era, por sensibilidad, un antifranquista silvestre, con poca información, pero lo era. De hecho, lo primero que hice fue buscar contactos en Francia e importar copias de películas que no se veían en España: El acorazado Potemkim, Tierra sin pan, etc. Teníamos una gran incultura política, pero sabíamos que los buenos eran los soviéticos, y Buñuel, del cual, por cierto, no habíamos visto ninguna película. Y he de decir que todas se lograron proyectar salvo Potemkin que fue expresamente prohibida por el gobernador civil”.

Su primera experiencia en París. Fue su primera escapada: “En mi familia habíamos pasado de ser alta burguesía a clase media. Y como no me veía en la gestoría de por vida, un verano decidí el paso más importante de mi vida: la fuga. Tenía unos pequeños ahorros y supe que en agosto de 1958 había una reunión de cineclubes cerca de París. Ya me había atrapado el veneno del cine y pensé que si encontraba una oportunidad me quedaba en Francia. Llegué allí y conocí a un debutante director de cine, un tal Polanski, que presentaba un corto titulado Dos hombres y un armario. Como yo hablaba bien francés, puesto que había pasado la guerra civil en Francia, y éramos tocayos hubo un buen entendimiento. Al acabar la reunión me fui a París y contacté con algunos exiliados de la Universidad. Tuve la extraordinaria suerte de que se iba a inaugurar la asamblea bienal general de la UNESCO en un nuevo edificio. Y estaban buscando gente con idiomas para atender a las delegaciones. Hablaba español, francés e inglés y me admitieron. Te contrataban desde unas semanas antes hasta unas después de finalizar la asamblea y tenía un buen sueldo. Coincidí con los viejos republicanos españoles que todavía colaboraban con la organización e intenté quedarme en la UNESCO, aunque no pudo ser pero me quedé un año en París, donde visitaba la Cinemateca francesa y aprendía de cine en aquel lugar que para los españoles era un paraíso en todo”.

La editorial Bruguera. De su paso por esta entidad nos confesó que fue su “primer trabajo fetén, asalariado y estable en España fue al terminar la carrera de Derecho”. Una empresa que era “la reina de los quioscos con las novelas del Oeste, Corín Tellado, las del FBI, …” y en la que ejerció como director de la sección de cromos: “Había que planificar las colecciones, encargar los dibujos, realizar los textos, etc. Fue mi primer contacto profesional con las industrias de la imagen, como asalariado y de plantilla”.

Nos ilustró su paso por esa labor con otra anécdota: “En el despacho de al lado tenía al jefe de portadas de las novelas baratas para los quioscos. Venían los ilustradores a presentar los diseños para las carátulas y este señor las miraba, les decía que estaban bien y les despedía pidiéndoles a cada uno de ellos que le pusieran un poco más de amarillo y que se las volvieran a traer. No me aguanté la curiosidad y le pregunté que por qué les pedía a todos lo mismo. Y me respondió ´el señor Bruguera tenía la teoría de que en el mosaico que es un quiosco el amarillo es el color que más destaca`. No era ninguna tontería, sino la visión del amo experto y veterano que sabía qué paño trabajaba. Estuve dos años en ese puesto. Honradamente, debo decirte que aprendí bastante. Mi última colección de cromos de Bruguera que edité fue La conquista del Oeste, que se iba a estrenar en cinerama. Me dieron el guion en inglés y unas trescientas diapositivas y tuve que ir identificando cada una de ellas con la parte del guion a la que correspondía”.

Colaboraciones cinematográficas. Dejó la editorial cuando Vicente Aranda le ofreció colaborar en un guion de cine: “Aranda era miembro de una familia obrera modesta que había emigrado a Venezuela en la posguerra, volvió a España con sus ahorros y quería dedicarse al cine. Yo había colaborado con Goytisolo en la fotografía de ´Campos de Níjar` y un día Luis me presentó a Vicente y me planteó colaborar en un guion de cine. Él iba a ser el productor y el director, trabajamos juntos en el guion, e hicimos la película. Pasó la censura del ministerio de entonces pero hubo un requisito que no consiguió. En esa época, el compañero Bardem presidía la ASDREC (Agrupación Sindical de Directores y Realizadores Españoles de Cinematografía), cosa que hacía con orgullo porque decía que había conseguido crear una “célula” horizontal dentro del sindicato vertical del espectáculo. La famosa infiltración que decía Semprún. Para poder hacer una película, esta especie de sindicato tenía que dar un visado y como Aranda acababa de llegar de Venezuela no tenía ninguna historia dentro del gremio y no se lo dieron. Así que lo tuve que pedir yo y buscar una forma de colaboración entre los dos. Él la financió y dirigió y yo figuré como codirector. La película, ´Valiente porvenir` (1964), era una especie de crónica de la burguesía catalana y tuvo una vida gris sin mucho éxito. Fue mi debut profesional en el cine y, la verdad, no quedé muy contento”.

Los contactos con el Partido Comunista. Tuvo sus primeros escarceos con el comunismo durante su estancia en París. Después, en España, se acerca de nuevo a través de la productora UNINCI: “Los años 60 se corresponden con mi contacto orgánico con el Partido Comunista a través del vínculo con la productora que se había creado en Madrid, con Juan Antonio Bardem y Domingo Dominguín, ligada al partido. Empecé a frecuentar esa productora y a militar en el PSUC a mediados de los sesenta. Lo hice hasta 1968, con los eventos de París y la invasión de Checoslovaquia, ataque contra el que había hecho una intervención Pasionaria. En Francia se consiguen buenos y merecidos beneficios laborales pero lo que se quería, ilusoriamente, era derribar el Estado burgués. No hice ningún escándalo ni declaración pública pero comencé a distanciarme y a alejarme de la militancia activa. Seguí colaborando en acciones puntuales”.

La escritura bajo seudónimo. Gubern ha publicado varias obras bajo diferentes seudónimos que “siguen siendo una cruz” para él. Algo a lo que ha intentado poner orden en la oficina del ISBN donde existen varias fichas con diferentes nombres suyos: “Estando dirigiendo la sección de cromos de Bruguera, había colecciones de divulgación. Escribí diferentes títulos firmados con seudónimos. El único que firmé con mi nombre, de los cinco o seis que hice, fue La televisión porque aportaba cosas novedosas frente a los otros que eran refritos. Aunque algunos tuvieron éxito y se reeditaron, como La historia de las religiones”.

Pero lo volvió a hacer en su libro La confesión de Carmen, título que escribe bajo el seudónimo de Claire Guillot: “Sí, es cierto. Lo de Claire Guillot ha sido una recuperación, no diría nostálgica pero sí intencionada, de esa práctica de escribir con seudónimo que había hecho en los años 60. Lo hice por varios motivos, es mi primera y única novela y me parecía bien que lo firmara una mujer ya que es la historia de Carmen contada por ella misma. Lo escribí a raíz de otro libro mío al que tengo mucho cariño, Máscaras de la ficción (Anagrama, 1970), sobre grandes arquetipos narrativos (entre ellos la Carmen de Merimée). Al escribir el capítulo de Carmen ya expliqué que su historia la conocemos a través de la voz de un hombre, ese don José, condenado a muerte y vengativo, que se la cuenta al narrador. Y añadía que su historia sería muy distinta si la hubiera contado ella misma. Esa idea me quedó larvada y un verano con tiempo libre me decidí a escribirla. Lo hice como entretenimiento, cambiando el final y guardándola en un cajón. Hasta que cenando con una amiga filóloga se lo conté, le encantó y me dijo que lo tenía que publicar. Le comenté que sólo lo haría si tuviera un aval académico, un prólogo de alguien con autoridad literaria que lo avalase. Envió el texto a Darío Villanueva (entonces secretario de la RAE), que le ha hecho un prólogo espléndido. Y ha tenido muy buenas críticas” (Babelia, 1 de septiembre de 2012).

Imagen de la cabecera de la serie documental “El ojo y la palabra” dirigida por Gubern para Televisión Española

Los documentales. Román Gubern dirigió para televisión “El ojo y la palabra”, una serie documental sobre la relación de la Generación del 27 y el cine a partir de su libro Proyector de luna. La Generación del 27 y el cine (Anagrama, 1999): “A raíz de este libro, Televisión Española me llamó, concretamente el jefe de canales temáticos, para hacer una serie de televisión con ese tema que es muy atractivo y recuperar el idilio de los jóvenes del 27 con el cine y la modernidad. De ese encargo nació una serie que tenía que tener seis capítulos y que quedó reducida a cuatro por falta de presupuesto. Se pasó por televisión con éxito y se proyectó en la Residencia de Estudiantes de Madrid”.

Cuando le planteé que ese material no estaba siendo bien aprovechado, ni por la sociedad en general ni por las escuelas de cine en particular, me respondió: “Estoy de acuerdo contigo. No voy a decir que la serie es muy buena pero sí creo que es muy útil porque está muy bien documentada y con muchos testimonios. Precisamente el año pasado tenía que haber venido a Colombia para dar una conferencia en torno a esos documentales con motivo del curso sobre televisión y periodismo. No me voy a quejar porque yo cobré lo que debía por la serie, pero sí estoy algo frustrado porque comparto tu opinión de que ha sido subutilizada”.

El erotismo en el comic. Terminamos hablando de su Enciclopedia erótica del cómic, que define como “el primer libro sobre el erotismo en el cómic que se publica en el mundo”. Gubern, como teórico de la imagen, ha sido pionero es el estudio del cómic: “Mi primer libro sobre el cómic es del año 1972, El lenguaje del cómic, una época en la que estaba de moda la semiótica. Yo conocí a Eco, que ya había publicado Apocalípticos e integrados, un libro que nos influyó mucho, y en comunicación y colaboración con Enric Sió hablamos de sistematizar el lenguaje de los comics. Gasca, que me hizo el prólogo de El lenguaje del cómic, y con el que he colaborado varias veces, tiene la mejor colección de comics de Europa”.

Esto es una parte de lo que dio de sí nuestra conversación con este práctico de la imagen que es, tal vez, más conocido como teórico: “Porque creo que con la práctica se enriquece la teoría y viceversa. A mis alumnos siempre les he comentado lo que decía el gran maestro húngaro, del que casi nadie se acuerda, Béla Balázs, que hacía un elogio de lo que él llamaba el teórico con manos. Y yo me considero así, un teórico con manos al que la praxis le ha enriquecido su reflexión teórica y cuya teoría ha sido muy útil para su praxis. Hay una retroalimentación”.

¡Felicidades, maestro Gubern!

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