Dilan, blowing in the wind

¿Cuánto tiempo ha de pasar?

¿Cuántos muertos más habrá?

¿Cuántas vidas perdidas se necesitarán?

No sé si la respuesta estará en el viento, la ciudadanía es la que tiene ahora la palabra.

¿Hasta cuándo?

¡Basta ya!

Y no es una expresión vacua o el título de un informe más, es el grito que ha de sonar y volar como un silbido hasta hacer salir a este país de un letargo colonialista de dos siglos.

Ya no es tiempo de llorar, han sido océanos de lágrimas. Ya no es tiempo de resiliencia, son demasiadas mejillas abofeteadas.

Es tiempo de decir ¡basta ya!

No más Dilans, no más lideresas asesinadas, no mas voces silenciadas.

No más crímenes de Estado ni falsos positivos, no más Esmad, ni más mentiras políticas.

Por todas las personas caídas a manos del sinsentido de una violencia que es la única que debe morir

Por una Colombia en paz, con justicia social.

Váyanse, politicuchos de mierda (con perdón)

¡Elecciones, ya!

A Dilan y a todos los que dieron su vida por una Colombia en paz

“Si llegáis tarde un día

y encontráis frío mi cuerpo;

de nieve, a mis camaradas

entre sus cadenas muertos…

recoged nuestras banderas,

nuestro dolor, nuestro sueño,

los nombres que en las paredes

con dulce amor grabaremos.

Y en la soledad del muro

hallaréis mi testamento:

al mundo le dejo todo

lo que tengo y lo que siento,

lo que he sido entre los míos,

lo que soy, lo que sostengo:

una bandera sin llanto,

un amor, algunos versos…

y en las piedras lacerantes

de este patio gris, desierto,

mi grito, como una estatua

crucificada y rota, en el centro”

                                Marcos Ana

El 21N ha triunfado la ciudadanía

Una gran marcha pacífica en contra de la situación del país y del Gobierno.

No voy a hacer la crónica de un paro anunciado. No quiero dar pábulo a que se critiquen las manifestaciones sociales, se criminalice a sus participantes y se minusvalore el libre ejercicio de la protesta social.

Para mí la jornada de paro nacional del 21N en Colombia ha sido un éxito de participación y un ejemplo de civismo. Habrá quien solamente se quede con las imágenes de la violencia callejera y no entienda que detrás de la protesta hay grandes y legítimos motivos para hacerla.

Demandas ciudadanas en la marcha del 21N en Bogotá (foto: Iñaki Chaves)

En una mañana soleada que se tornó en tarde lluviosa, la marcha que ha secundado en Bogotá el paro nacional convocado en todo el país ha sido, en la parte que en la que la he caminado, un ejemplo de acción ciudadana cívica, pacífica y con sentido. Con una elevada participación que no sabría medir, pero más numerosa que la mayoría de las que he vivido en estos años, las y los manifestantes han dado muestras de respeto, de ciudadanía, de ejercicio sano y democrático de la legítima protesta social con una gran creatividad e imaginación para hacer públicas en las pancartas sus demandas de paz, de justicia y de dignidad.

Por las lideresas y líderes asesinados; por los acuerdos de paz de La Habana; por el derecho a la protesta; por la justicia social; contra un Gobierno mentiroso que amenaza con reformas pensionales y tributarias que luego niega; contra la corrupción generalizada; contra las privatizaciones y contra el holding financiero, y contra el tarifazo (subidas del costo de la energía para cubrir los errores las empresas eléctricas). Hay suficientes motivos para manifestarse y la gente lo ha hecho pacíficamente.

Después de un día de crítica constructiva a una serie de problemas serios afrontados con una sonrisa, llegó una noche algo oscura en la que los presagios de los más pesimistas se fueron cumpliendo. Un grupo de gilipollas descerebrados, como suele pasar en estos casos, y que no se sabe a qué lógica ni a que amo responden, reventaron la paz de la jornada y con sus acciones vandálicas le dieron la razón a quienes están en contra de la paz y las libertades y derechos ciudadanos y quieren prohibir las protestas y las manifestaciones. También le dieron pie a los escuadrones antidisturbios, el denostado y excesivo Esmad, para que respondiera con fuerza y agrediera sin diferenciar a ciudadanas y ciudadanos inocentes (vean las fotos de un reportero de El Tiempo) de sujetos provocadores y violentos.

Pero eso no debe nublar una jornada reivindicativa pacífica y festiva que era y es justa y necesaria. Que tenía argumentos más que suficientes para salir a las calles y las plazas para escribir otra página histórica de un país que ya no quiere más mentiras ni más muertes violentas.

La ciudadanía muestra sus motivos para secundar el paro (foto: Iñaki Chaves)

“La violencia es el mal, la no violencia el único camino de aquellos que han despertado. Este camino nunca será el de todos y nunca el de los gobernantes, ni el de los que hacen la Historia y dirigen las guerras” (Hermann Hesse).

Para rematar, algunos políticos y algunos medios han caldeado el ambiente con sus declaraciones y noticias y han estigmatizado la protesta, como suele ser habitual, metiendo en el mismo saco a tirios y a troyanos.

“Prefiero una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila” (María Zambrano).

Al día siguiente, la ciudadanía ha querido volver a tomar las calles pacíficamente con sus cacerolas pero ya no estaba el horno para bollos. En Bogotá, la policía antidisturbios ha vaciado la plaza de Bolívar cargando con vehemencia contra quienes buscaban demostrar que se puede reivindicar y protestar sin causar daños. Se ha decretado “ley seca” y “toque de queda” en algunas ciudades. Aún así, la gente, desde sus ventanas o en las calzadas, sigue mostrando su desacuerdo a golpe de olla o de sartén.

“El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el comienzo de la razón” (Erich Fromm).

Nunca justificaremos la violencia, mucho menos la ejercida por el poder y sus secuaces. La gente quiere paz y una vida digna. Hace falta visión de Estado y escuchar a la ciudadanía. Señores politiqueros, lean lo que les dice la población en sus pancartas y piensen.

 

Marcha en Bogotá 21N 2019 (foto: Iñaki Chaves)

Motivos para secundar el paro nacional (foto: Iñaki Chaves)                                                         

Demandas ciudadanas en la marcha del 21N en Bogotá (foto: Iñaki Chaves)

Dialogar con las personas ausentes

Familiares de personas desaparecidas ponen cuerpo y voz a una guía periodística para cubrir de manera ética este flagelo social

Portada y contraportada del libro Diálogos con la ausencia

En la sede de la Casa de España de Bogotá se presentó, el pasado 29 de octubre, el libro Diálogos con la ausencia. Pistas para investigar la desaparición y búsqueda de personas publicado por Consejo de Redacción (CdR) con la participación del Programa de Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) y la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana.

Un acto alrededor de un libro tan necesario como doloroso al abordar uno de los temas más graves del conflicto armado colombiano. En un país en el que, entre 1958 y finales de 2017, fueron 82.998 las familias afectadas por este delito y en donde se estima en cerca de ciento veinte mil las personas desaparecidas, conviene tener referentes éticos para escribir sobre quienes no están y promover la sensibilización con el tema desde la reflexión.

Hacen falta palabras y miradas a las desapariciones forzadas del conflicto armado colombiano, su parte tal vez más dolorosa por lo que supone la incertidumbre de no saber, por esa búsqueda de una respuesta a una pérdida que, en muchos casos, nunca logra obtener la materialidad corporal de la persona ausente.

El evento contó en su presentación con la participación de Dora Montero, directora de CdR, quien señaló que el libro busca las historias perdidas de Colombia para encontrar la verdad; con Lina Toro, en representación de la presidenta de la UBPD, que destacó el papel de la guía como herramienta orientadora para evitar la revictimización; con Christoph Harnisch, delegado del CICR, quien resaltó que, como trabajador humanitario que es, las que deben contar en estos trabajos son las familias, y con Alejandro Pacheco, representante del PNUD, quien llamó la atención sobre la responsabilidad de los medios para acercar posiciones y sobre la esperanza que supone vivir en la memoria de las familias.

Después, tres paneles para conversar sobre el libro y esta realidad inhumana de un delito que fue ignorado por diferentes gobiernos colombianos durante décadas hasta que la presión internacional hizo que se reconociera como tal. En el último de esos diálogos, dos mujeres familiares de desaparecidos conversaron con Margarita Isaza sobre su labor en la lucha por encontrar a todas las personas víctimas de desaparación. Tanto Luz Almansa, de Barrancabermeja, como Luz Elena Galeano, de la Comuna 13 de Medellín, reclamaron de periodistas y medios que “se unten de pueblo”, que informen sin manchar los nombres de las víctimas y sus familias, que den visibilidad y sean sensibles a un delito muchas veces ignorado, que contextualicen sus trabajos y que vayan más allá del llanto que les es tan útil para las primicias.

Luz Almansa (izqda.) y Luz Elena Galeano (dcha.) conversan con Margarita Isaza (foto: Iñaki Chaves)

En el segundo conversatorio, el periodista Juan Gómez charló con la periodista Alejandra Guillén, coautora del trabajo de investigación “El país de las dos mil fosas” sobre desapariciones en México, ganador del premio Gabo 2019 en la categoría cobertura y que sacó a la luz las fosas clandestinas que, durante el período 2006-2016, bajo la estrategia de seguridad llamada “Guerra contra las drogas”, llenaron casi todo el territorio mexicano.

El primer panel fue dedicado directamente al libro guía y contó con la presencia de María Teresa Ronderos, editora del texto y que presentó a las personas que lo escribieron y sus trabajos. Para ella, Diálogos con la ausencia es más que una guía, es un repaso histórico para incluir en la sociedad un delito que “siembra miedo y rompe el tejido social” y que es “un arma de guerra perversa”. También destacó que el texto es una “reflexión sobre cómo nos hemos equivocado” y cuán “mezquino ha sido el colectivo periodístico para narrar esto”. Anotó la deuda que tienen los periodistas con el país en el cubrimiento de la desaparición forzada.

Además del prólogo a cargo de Ronderos, el libro consta de cinco capítulos a cargo de cinco profesionales del periodismo de investigación. Margarita Isaza, periodista y profesora de la Universidad de Antioquia (UdeA), entrevistó a familiares de víctimas para narrar su solitaria búsqueda de justicia, una tarea mayoritariamente de mujeres. En su relato afirma que se queda “con la voz de una madre agradecida de ser escuchada” y que el periodista debe asumir la responsabilidad de su trabajo y honrar la lucha.

Nelson Matta, periodista integrante del área de investigaciones del periódico El Colombiano destacó las lecciones aprendidas en los errores del cubrimiento periodístico de un hecho tan dramático y pidió no hacer las preguntas en pasado para no enterrar la esperanza. Para él, la experiencia de la familia y su narración deben estar siempre por encima del relato del profesional de los medios.

El capítulo a cargo de Gloria Castrillón, directora para El Espectador de la campaña pedagógica Colombia 2020, se centra en la larga lucha social para conseguir que el Estado colombiano reconociera y tipificara la desaparición como un delito para poder buscar a las personas desaparecidas y castigar a los culpables. Sitúa el comienzo de esa larga historia de impunidad en la desaparición de Omaira Montoya Henao, bacterióloga de la UdeA y militante del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN) ocurrida el 9 de septiembre de 1977 en Barranquilla. Ese largo y tortuoso camino encontró una meta en la firma de los Acuerdos de Paz de La Habana, ratificados en el teatro Colón en noviembre de 2016, con la creación de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).

El capítulo del profesor y periodista Javier Osuna, director de la Fundación Fahrenheit 451, es el que da título a un libro del que destacó que está firmado por periodistas que aceptan que han podido equivocarse. Resaltó también algo que le ha martilleado la cabeza, el paisaje. Término utilizado, según contó, para normalizar la desaparición y banalizarla. Por lo que reclamó escuchar a las familias, que son la continuidad de quienes se niegan a desaparecer en ese paisaje. Pidió dialogar con lo invisible del paisaje para poder nombrar la dimensión de la pérdida y escuchar la voz de las personas ausentes.

El quinto y último capítulo está firmado por el periodista y miembro de Rutas del conflicto Juan Gómez. Su relato se pregunta ¿dónde están las historias?, para responderse que se encuentran en la memoria de los propios desaparecidos. Memorias difíciles de recuperar cuando la propia verdad ha desaparecido también con la víctima. Por eso pidió que es importante escuchar a las familias y elaborar los procesos de memoria para dignificar a las personas ausentes y a sus familiares muchas veces señalados.

De izquierda a derecha: Javier Osuna, Nelson Matta, María Teresa Ronderos, Juan Gómez, Gloria Castrillón y Margarita Isaza (foto: Iñaki Chaves)

Luchar contra la opinión pública letárgica

Además de la tragedia de la desaparición, está la desgracia de la no recuperación por la falta de pruebas para la búsqueda. Siendo así, tal vez nunca se sepa la verdad porque el tiempo va construyendo “sus” verdades en los imaginarios y hace que se pierdan las huellas en el paisaje de un país que apenas reconoce los rastros. Desconocemos a los demás porque nos desconocemos a nosotras mismas.

En el libro, el número catorce de las guías publicadas por CdR para acompañar la labor periodística de las y los profesionales de los medios en los territorios a la hora de cubrir las noticias, se juntan reflexiones que, desde los propios creadores de opinión pública, buscan romper el letargo y reconocer esas ausencias que están en las numerosas huellas que toca hacer visibles para entender esta problemática alrededor de las desapariciones. Son relatos como los que nos proponen en este libro, un panorama de experiencias con aprendizajes, aciertos y errores, los que nos pueden llevar a romper el velo que cubre esta lacra y a que construyamos esa empatía tan necesaria con las víctimas y sus familias.

Las cifras, las oficiales y las oficiosas, son solamente números hasta que las ponemos en contexto y forman parte de la tragedia, una más, de las que azotan este país y a sus gentes. Las desapariciones son una práctica contraria al más elemental derecho humano, violencias inenarrables con el mayor de los agravantes: la eliminación o negación de la propia identidad. En uno de los períodos más cruentos, de 1998 a 2004, se han contabilizado 33.736 personas desaparecidas violentamente. Eso da la espeluznante cantidad de trece personas cada día.

Esta guía invita a la lectura para promover la escucha que nos permita dialogar en una sociedad que, por numerosos motivos, ha sido y sigue siendo sorda, ciega y muda. Es hora de descoser los labios, destaponar los oídos y quitar las telarañas de los ojos ante esta dura y grave realidad. Hay que hablar de las y los desaparecidos.

El evento presentación homenaje finalizó con una canción dedicada a las víctimas en la voz y la guitarra de Javier Osuna. Para dialogar con las ausencias, nada mejor que escuchar las voces de quienes se han muerto. Y para entender dolores por la no presencia, notas musicales que pueblan paisajes llenos de memorias.