Puro teatro

Estamos viviendo una gran obra representada a la vez en teatros de todo el mundo

Máscaras del Valle del Sibundoy del maestro tallador Carlos Mutumbajoy (foto: Iñaki Chaves).

La vida es puro teatro, resultado a veces de las musas inspiradoras, de la adaptación de la realidad, de la casualidad o del ahínco literario. Lo que hoy estamos viviendo pudiera ser un sueño, o más bien una pesadilla. Pudiera tratarse de un llamado de atención del universo, de la naturaleza o de los dioses. Pero tal vez sea algo mucho más sencillo: hemos chocado con nuestra propia imagen en un espejo. Un espejo que nos rebota la máscara de un bicho insignificante, como nosotros, que es capaz de acabar con lo que se supone es la civilización más avanzada de la historia de la humanidad, como nosotros. El vidrio nos devuelve la rota representación de nuestra obra.

Sí, somos los seres más avanzados, o al menos eso nos creemos, los que más han progresado y también los que más han depredado. Por eso estamos ahora paralizados, viendo que no hay que tener armas nucleares ni un gran poder militar para eliminarnos. Basta un simple virus que, de alguna manera, hemos hecho que salte al vacío, que ocupe nuestro espacio vital y que pueda enfermarnos.

Una paradoja, un teatro del absurdo, un montón de personajes -profesionales de la medicina, de la ingeniería, de la política o de la sociedad civil- se afanan buscando al autor de esta insensata tragicomedia para encontrarle remedio. Pero no ha sido el relativismo de Pirandello, ni la experimentación de Beckett, ni la burla de Ionesco, ni una de las amenazas de Pinter o de los sinsentidos denunciados por Camus… no, ha sido COVID-19, un virus zoonótico. Una obra de la naturaleza que no tiene guion, por eso no se la puede, por ahora, anular; que no tiene un solo escenario de actuación, se mueve por todo el planeta; que no registra una edad para ser representada, sirve igual para mayores y para la infancia, aunque esta está menos expuesta que aquella, a la que una vida más o menos larga, más llena, por lo general, de luchas y padecimientos que de victorias y alegrías, ha dejado a la intemperie; que no tiene una dirección que pueda controlar cómo se lleva a cabo la representación, por lo que fluctúa y ataca a diestra y siniestra, y que carece de banda sonora, lo único que ha dejado en manos de quienes la enfrentan para que le puedan poner música (y aplausos) al trabajo de combatirla.

No parece que sea una obra de fanáticos extremistas, ni de colectivos fundamentalistas, ni de una asociación de científicos pagados por poderes fantasmas. Tampoco tiene la firma de ninguna raza, religión, ideología o país concreto. Es quizás el resultado global de una crisis sistémica mundial que desde hace tiempo viene presentándose a audiciones humanas avisando de la que nos puede caer encima.

Ahora resulta que se ha ganado el primer premio de todas las academias, de las artes y de las ciencias, y se representa, con éxito desigual, pero con gran asistencia de público, en escenarios de todo el planeta. Ha conseguido meterse en nuestras vidas e inocularnos una acción paralizante, se ha saltado el negacionismo que muchos proclamaban ostentosamente y nos ha puesto delante de una realidad innegable: en este mundo todo se globaliza, hasta los virus (en gran parte por habernos saltado durante siglos el guion lógico de la vida en la Tierra rechazando, nivel tres de negación –Riechmann dixit-, la gravedad de las situaciones que hemos venido provocando por mor de ese capitalismo devastador).

COVID-19 ha destronado de los altares informativos las relaciones internacionales, los conflictos armados, las hambrunas, los sistemas políticos, las violencias de cualquier tipo… hasta ha desplazado al deporte, incluido el deporte “rey”. También ha superado, sin anularla, la urgencia y la gravedad de la crisis climática. Tal vez porque el microscópico protagonista de esta obra es, aunque invisible al ojo humano, menos indeterminado que las amenazas de la catástrofe ambiental.

Pero todos esos problemas siguen ahí, y estarán después de superar, cuando lo consigamos, si es que lo hacemos, esta crisis epidémica. Mientras, la crisis climática avanza su representación de manera inexorable, solamente que el éxito global de la función del coronavirus la ha aparcado a un lado debido a lo impactante que ha sido la entrada en escena de este diminuto actor.

Puro teatro.

Propuestas

Martes 24 de marzo, un día antes de la entrada en vigor de #cuarentenaporlavida en Colombia

Mediante el Decreto 457 de la presidencia de la República se establece un período inicial de cuarentena que abarcará desde las 00:00 del miércoles 25 de marzo hasta las 00:00 del lunes 13 de abril. Este tiempo se suma en muchas zonas del país al “simulacro vital” decretado en Bogotá por la alcaldesa Claudia López y que secundaron otras ciudades y departamentos.

Una de las muchas propuestas que circulan estos días por las redes virtuales

A trompicones, de una manera algo improvisada y casi que siguiendo la estela que ha abierto la mandataria de la capital, el presidente de Colombia ha dictado un decreto de 14 páginas de las que siete están dedicadas a los “considerandos” (para otra ocasión quedará analizar lo expuesto sobre “el orden público como derecho ciudadano”) y cuatro a recoger los ocho artículos que lo componen y que establecen las instrucciones que regirán durante los diecinueve días de encierro domiciliario obligatorio. El resto de páginas recogen la firma presidencial, la de doce de sus ministras y ministros y la del director del Departamento Administrativo de la Función Pública.

Tras hacer varias apariciones vacías de contenido en televisión, en un concierto de varias de las principales cadenas del sistema televisivo colombiano, tanto público como privado, en las que, rodeado de expertas y expertos, desde personal de su gabinete a médicos epidemiólogos pasando por directivas de algunas entidades de salud y de organizaciones internacionales con representación en Colombia, por fin ha decidido algo sensato y mandado a publicar un decreto necesario que medirá la situación general del país frente a la epidemia.

La tarea del máximo mandatario del país no debería ser aparecer en pantalla diciendo que hay que lavarse las manos y cómo hacerlo, tampoco encomendarse a la virgen de Chiquinquirá. Su labor, creería, es explicar qué medidas sociales, sanitarias y económicas va a tomar y cómo va a afrontar la crisis de salud aprovechando que tiene el conocimiento y la experiencia de lo aplicado, o dejado de hacer, en otros países.

El adelanto, en establecer la cuarentena y en cerrar el transporte privado, aéreo, terrestre y fluvial salvo para mantener el abastecimiento necesario, respecto a otros países que se demoraron bastante más, como Italia y España, no servirá de nada si no se cumplen otras recomendaciones que van aparejadas a intentar frenar el avance de la epidemia con un buen comportamiento social ciudadano.

Nos inundan los videos con consejos e instrucciones, con experiencias, con propuestas comunitarias de apoyo a quienes más se juegan la vida en esta situación crítica, con iniciativas de aseo e higiene, pero descuidamos lo más elemental: la precaución y la prevención. No tiene sentido “encerrar” a las personas en casa y que estas hagan uso de servicios de reparto a domicilio que incumplen todas las medidas: ni tapabocas, ni guantes, ni mantenimiento de la distancia social de seguridad.

Tampoco procede que, sirviéndonos de las excepciones establecidas en este decreto, salgamos a mercar lo necesario para seguir la cuarentena y no utilicemos guantes ni tapabocas para ingresar en los supermercados, donde compartimos espacios más o menos reducidos con otras personas sin saber si somos, o no, portadoras asintomáticas del virus, no guardando el debido cuidado y tocando alimentos y productos allí almacenados.

Tan necesarias como las instrucciones sobre el concepto de orden público y su valor para la libertad, son las propuestas para un comportamiento ciudadano diario consecuente con una crisis como la del coronavirus. Tenemos la ventaja de contar con un tiempo prudencial antes de que la epidemia se expanda por todo el territorio nacional y nos implique mayores riesgos y sacrificios.

El Decreto 457 “Por el cual se imparten instrucciones en virtud de la emergencia sanitaria generada por la pandemia del coronavirus COVID-19 y el mantenimiento del orden público” deroga el 420 de 18 de marzo y ordena el aislamiento preventivo obligatorio de todas las personas habitantes de la República de Colombia limitando “totalmente la libre circulación de personas y vehículos en el territorio nacional”, con las excepciones previstas en el artículo 3 del mismo.

Esas excepcionalidades buscan garantizar “el derecho a la vida, a la salud en conexidad con la vida y la supervivencia” para lo que establece que tanto gobernadores como alcaldes permitan “el derecho de circulación” en 34 casos concretos que enumera y entre los que se encuentran, además de los servicios de salud, de asistencia al cuidado de la infancia y de adultos mayores y de la provisión de bienes de primera necesidad, las cadenas de producción, abastecimiento, almacenamiento, transporte y distribución de productos sanitarios y de alimentación, las emergencias, la seguridad, los servicios funerarios, toda la cadena de servicios agrícolas, la infraestructura de los servicios públicos de agua, alcantarillado, luz y gas y los servicios bancarios y financieros.

Y es precisamente con estos rubros relacionados con empresas y finanzas con los que el mandatario ha provocado controversias entre la clase política y la ciudadanía al aprobar otro decreto, el 444 de 21 de marzo que ha pasado más desapercibido que el de la emergencia del coronavirus, por el que se crea el Fondo de Mitigación Emergencias (FOME), como un fondo cuenta sin personería jurídica del Ministerio Hacienda y Crédito Público con el objetivo de “atender las necesidades de recursos para la atención en salud, los efectos adversos generados a la actividad productiva y la necesidad de que la economía continúe brindando condiciones que mantengan el empleo y el crecimiento”.

El choque frente a dicha resolución está en que en su artículo 4 recoge que los fondos se podrán destinar, entre otras cosas, a: “Efectuar operaciones de apoyo de liquidez transitoria al sector financiero a través de transferencia temporal de valores, depósitos a plazo, entre otras” (art. 4.3) o a “Proveer directamente financiamiento a empresas privadas, públicas o mixtas que desarrollen actividades de interés nacional” (art. 4.5). Dos apartados que necesitarían una explicación clara a la ciudadanía porque parecen hechos a la medida del sector privado.

El compromiso debe ser de toda la ciudadanía

En cualquier caso, todo un sinsentido en tiempos de una posible grave crisis para la salud en los que lo que se esperaría es que se destinaran recursos a prever las futuras emergencias sanitarias, que visto lo visto en otros países, van a golpear muy duro. Ya que, en Colombia, según el Ministerio de Salud y Protección Social apenas se cuenta con 1,7 camas hospitalarias, la mayoría privadas, por cada mil habitantes con una población de más de 46 millones (mientras que, por ejemplo, en Cuba, son 5,1 cama por mil y en Uruguay, 2,5). Se debe dotar de equipamiento adecuado a todo el personal de la salud que son, y el ejemplo está en Europa, quienes se encuentran en primera línea en esta lucha.

También se debe aumentar el compromiso social para evitar que la pandemia se propague sin control. Se necesita una mayor concienciación, algo que las indicaciones del decreto 457 no contemplan ya que son, y así lo ha denunciado la alcaldesa López, demasiado laxas frente a la crisis.

Hacen faltas medidas sociales y sanitarias y proveerse de los insumos necesarios para minimizar en la medida de lo posible esta pandemia. Bienvenidas las propuestas para mejorar el diario vivir de las gentes.

Aislamiento

Es sábado 21 de marzo de 2020, apenas el segundo día de retiro domiciliario y mi yo racional, pero rebelde, sigue luchando para no creer que esto esté pasando y de esta manera

Ayer en la noche, por fin, el presidente de la República de Colombia tomó medidas sensatas y consensuadas para enfrentar la epidemia. La decisión es drástica, aislamiento total y obligatorio desde el próximo miércoles 25 de marzo, un día después de que finalice el “simulacro vital” decretado por la alcaldía, hasta el 13 de abril.

Riesgo social (foto: Iñaki Chaves)

Una cuarentena de diecinueve días completos que pondrán a prueba nuestro convivir enclaustrados y nuestro valor ciudadano para luchar conjuntamente contra lo que se viene. Ahora, los días ya no serán días, después del domingo dará igual si viene el lunes o llegará el viernes. Todo se va convirtiendo en números vacíos de contenido, un día, dos, tres, otro más… ¿hasta cuándo?

Es como ir marcándolos en una pared solamente para ir tachando y sabiendo cuántos van, pero, en este caso, sin saber cuántos nos quedan. Sí, dicen que hasta el día tal de tal, pero… ¿y después? ¿Acabará ahí? No sabemos si se habrá conseguido batir a este enemigo casi invisible y silencioso. Empezamos a cumplir una condena sin fecha, como todas nosotras, que nacemos un día y moriremos cualquier otro que no sabemos cuándo llegará y que alguien registrará.

Estamos fuera del entramado social, nos han dejado a un lado por una enfermedad que no conocemos y que tal vez nunca lo hagamos ni sepamos cómo llegó a causar esta situación de ficticia realidad. Cierto que está siendo dura, que a estas horas van casi trescientas mil personas infectadas en todo el mundo y más de once mil ochocientas fallecidas, y cierto que la labor del personal sanitario es encomiable en todas partes.

Pero la situación de aislamiento no nos permite vivir la vida, no sabemos qué pasa ni podemos acercarnos para intentar saberlo. Las redes virtuales nos inundan de mensajes de ánimo, de solidaridad, de esfuerzos titánicos en la lucha contra el virus; también de falsas verdades, de opiniones desde todos los ángulos, de elucubraciones sobre el origen de la epidemia, de lo que habrá detrás, de las consecuencias catastróficas, de que nada volverá a ser lo mismo, de un nuevo orden mundial… Tenemos que creer en lo que nos dicen (¿?).

Sigo pensando que después de todo esto el mundo por venir no será muy distinto del que teníamos antes del coronavirus. Recuerdo la viñeta de El Roto en El País de cuando la crisis de 2008, un enorme yate de nombre “capitalismo” al que le daban una mano de pintura y “como nuevo”. Entonces se llevó la economía de las personas más débiles, incluso algunas se quitaron la vida; ahora arranca directamente las vidas, pero mañana el yate seguirá navegando tal cual y las pateras hundiéndose en el mar. Creo que seguiremos engañadas, que nos han engañado siempre. Ojalá me equivoque, tal vez no llegue a ver ni lo uno ni lo otro.

Pero no hay que caer en el pesimismo. Eso es justamente lo más difícil de un encierro, mantener la cabeza en su sitio y alimentar la esperanza. Toca imaginar, igual que nos asaltan pensamientos trágicos, un futuro posible en el que estemos vivas, sanas y orgullosas de ello. Pese a que hayamos perdido seres queridos en el camino.

Viñeta de El Roto publicada en El País

Tal vez hayamos pasado el encierro viendo la cara de nuestra pareja, pensando qué pensará y sin decirnos todas las preocupaciones que nos asaltan para no dificultar la convivencia ni desanimarnos. O puede que hayamos tenido enfrente únicamente el rostro inocente de nuestra mascota o que, hora tras hora, viéramos el reflejo de nuestra propia imagen solitaria frente al espejo. En cualquier caso, tenemos, queremos, debemos salir de esto.

Vivir, dice aquella canción, es lo más duro que tiene la vida. Pero es mucho más difícil si te la hacen vivir aislado, así que no nos desanimemos. Aunque no sepamos si volveremos a vernos físicamente, aprovechemos las tecnologías y, en lugar de reenviar declaraciones de políticos desnortados que intervienen sin saber o charlas de influentes que dicen por decir, mandémonos mensajes propios, originales, escritos de puño y letra, de salud y de ánimo, digamos cuánto nos queremos o confesemos nuestro malestar para desahogarnos. Pero estemos más cerca de quienes nos importan, para que lo sepan, para que lo sepamos. Una poesía, una canción, una frase sencilla llena de amor para acompañar la reclusión forzada y abrirnos una ventana en el corazón.

Tal vez “una llama eterna” o un “volver a reencontrarte”

La soledad ataca las raíces / cuando “volver” es llegar a una puerta / tras la que se acumulan solo objetos, / la llave no abre nada / porque la puerta no descubre nada / porque la noche no anochece nada. / La vida que nos hace y nos deshace / no alberga más que días, siglos de días iguales, / furia y ruido.

Pero un día… llega el amor. / ¡Nacemos! / y volver es volver / porque cada día es nuevo / y ya no hay noches, llaves, puertas, ¡nada!, / solo la paz, la fiesta y la esperanza / que hasta el dolor / nos duele de otro modo.

Si volver hay, / volver a ti, mi amor, / es reencontrarme, / volver es sentir llena la jornada, / vivir dos veces, mil, cada detalle, / saborearlo todo y renacerlo, / ¡volver es encontrarte! / Ya todo a punto siempre, / y todo listo, con su mejor traje, / como para una fiesta.

Porque una fiesta es saber que tú existes / y poder abrazarte. / Si volver hay / es volver a nacer a cada instante.

(mi maestro, Jesús Martín Barbero).

Simulacro

Segunda crónica desde el sofá. A veces no nos creemos realmente lo que sucede, tal vez porque la situación general del país no ayuda a pensar que funcionen las rutinas como para imaginar que puedan marchar las situaciones críticas.

Logo institucional de la alcaldía de Bogotá

Estamos en el día antes del simulacro decretado por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, para poner a prueba posibles mecanismos de contención de la epidemia provocada por el COVID-19.

Si nuestro tiempo ya era de por sí veloz, parece que el coronavirus lo ha acelerado aún más. Todo avanza muy rápido, también las cifras de la epidemia en algunos países. En otros, las cosas van a otro ritmo o tienen otras prioridades. Esas prelaciones dan cuenta de cierta idiosincrasia, mientras en Holanda se aprovisionan de cannabis, en España hubo desabastecimiento de papel higiénico y en Colombia se han agotado los tapabocas y los geles antibacteriales, en EE. UU. se han dedicado a comprar armas. Sin comentarios.

En Colombia, la más rauda para tomar decisiones ha sido la alcaldesa de la capital junto con algunas otras personas mandatarias de ciudades y departamentos del país (Boyacá, Cundinamarca, Meta y Santander). Claudia López no ha tenido reparos en plantear y tomar medidas para que se sienta que estamos ante una emergencia y que la clase política, al menos una pequeña parte, no se queda de brazos cruzados.

Después de tener a Bogotá en alerta amarilla, como consecuencia en primer lugar de la emergencia por contaminación del aire y después por la incipiente llegada de la epidemia, ayer socializó un borrador de decreto para que la ciudadanía aportara sus comentarios antes de hacerlo público y efectivo el día de hoy.

Aunque es cierto que el Gobierno colombiano emitió el Decreto 417 de 2020 por el que declaraba el estado de emergencia económica, social y ecológica en todo el territorio nacional, por el término de treinta (30) días calendario, con ocasión de la pandemia del COVID-19, su inoperancia es tal que ni siquiera ha sido capaz de ejercer el control sanitario del aeropuerto internacional El Dorado en Bogotá que es, junto con el puerto de Cartagena de Indias, el principal “foco de infección” del país, según cifras del Instituto Nacional de Salud hay en Colombia (a las 16:00 del 19 de marzo de 2020), ciento ocho personas infectadas, de las que setenta y una han sido “importadas”, es decir, que han ingresado al país, mayoritariamente por vía aérea, desde otras naciones en las que la epidemia ya era un hecho constatado.

Casos confirmados de coronavirus en Colombia (fuente: Instituto Nacional de Salud, tomado de elespectador.com)

Pese al decreto mencionado, desde el Palacio de Nariño, sede de la Presidencia de la República, no se ha planteado ninguna medida concreta para afrontar la situación (salvo recluir en sus casas hasta el 31 de mayo a las personas mayores de 70 años, incluidas profesionales del periodismo o la política), pero sí se ha manifestado en contra de las decisiones de alcaldías y gobernaciones.

En la capital, la alcaldesa, desoyendo al presidente y haciendo uso de sus atribuciones sí se puso manos a la obra y, junto con el gobernador del departamento de Cundinamarca, tomó decisiones como el denominado “simulacro vital”. Acción que se ha concretado en el decreto nº 090 de la Alcaldía Mayor de Bogotá de fecha 19 de marzo de 2020 “Por el cual se adoptan medidas transitorias para garantizar el orden público en el Distrito Capital, con ocasión de la declaratoria de calamidad pública efectuada mediante Decreto Distrital 087 del 2020”.

Iniciando con un repaso histórico de lo que ha sido la epidemia “Que el 06 de marzo de 2020, se confirma el primer caso de COVID-19 en el Distrito Capital, procedente de Milán, Italia, por lo cual, a partir de ahora, todas las Entidades Administradoras de Planes de Beneficios (EAPB), Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS) públicas y privadas, deberán tomar las medidas que permitan garantizar la detección temprana, contención, la atención y vigilancia epidemiológica ante este evento”, y con toda una relación de leyes y disposiciones que le permiten actuar así, la alcaldesa asume, “como primera autoridad de policía en la ciudad, adoptar las medidas y utilizar los medios de policía necesarios para conservar el orden público, garantizar la seguridad ciudadana, la protección de los derechos y libertades públicas”, su papel y entiende que debe asegurar “el conjunto de condiciones de seguridad, tranquilidad y salubridad que permiten la prosperidad general y el goce de los derechos humanos”, por lo que decreta “LIMITAR totalmente la libre circulación de vehículos y personas en el territorio del Distrito Capital de Bogotá entre el día jueves 19 de marzo de 2020 a las 23:59 horas hasta el lunes 23 de marzo de 2020 a las 23:59 horas”. De ahí quedan exceptuadas las personas y vehículos indispensables pan la realización de actividades como el abastecimiento y adquisición de alimentos, productos farmacéuticos, de salud, y de primera necesidad; la prestación de servicios públicos y privados de salud; el cuidado institucional o domiciliario de mayores, personas dependientes, enfermas, con discapacidad o personas especialmente vulnerables y de animales; el orden público y la seguridad general, y la atención de asuntos de fuerza mayor o de extrema necesidad.

Estos últimos días algunas empresas se habían sumado a las universidades mandando a su personal a realizar labores desde sus casas. La población bogotana ya se había ido concienciando de que era necesario hacer algo como lo que ahora se plantea en Bogotá y se habían ido abasteciendo, a veces con ansías inusitadas e innecesarias, de productos básicos. También se manifestaron anoche con una cacerolada para criticar la pasividad del Gobierno central y su reacción contraria a medidas como el simulacro.

Como casi siempre, la ciudadanía tiene más iniciativa y acción que la mayoría de sus gobernantes. La salud, la solidaridad, la comprensión y una política inteligente frente a esta epidemia hará más fácil sobrellevarla. Creo que en América Latina debemos aprender de lo que se está viviendo en Europa y, por supuesto, de cómo China ha gestionado la crisis. Además, una oportunidad histórica para la defensa de LO PÚBLICO, empezando por la sanidad.

Por al menos cuatro días más seguiremos reflexionando desde el sofá. Ánimo y salud para todas y todos en Colombia y en el mundo, especialmente un fuerte abrazo y nuestra solidaridad en la distancia para España y el resto de la vieja Europa.

 

Crónicas desde el sofá

Entre la obediencia a las órdenes con aspecto de recomendaciones, la sensatez tan poco común, el aburrimiento dominguero, el temor a un bicho raro o la falta de otras alternativas, es tiempo de reflexionar desde el sofá.

Pensando desde el sofá (foto: Iñaki Chaves)

Del #EstáEnTusManos al #quedateencasa, los medios emiten y repiten campañas para evitar la propagación de esta nueva plaga. La principal recomendación para “no contagiar” es quedarse recluido en casa y evitar el contacto físico, lo que eso conlleve ya se verá y se tratará de minimizar, si es que es posible.

Las sugerencias para pasar la cuarentena provocada por el coronavirus y aplicada por muchos países van desde visitar virtualmente los grandes museos a disfrutar de películas en tiempos de epidemias, pasando por lecturas para superar la crisis del encierro, recetas “apropiadas” para reclusiones o ejercicios físicos sin salir del salón. Todo ello después de haber acumulado productos a lo loco como en una economía de guerra y prestarle más atención a la limpieza del culo que a la de las manos (por la escasez de papel higiénico).

Así que, en estos momentos de globalización del miedo por culpa de un virus global, que está de alguna manera extendiendo la solidaridad de la misma forma que cierta psicosis, y dejando al aire muchos trapos sucios, es hora de pensar, desde el encierro, voluntario o “forzoso”, y compartir los otros miedos, los que durante siglos nos han tenido encadenados y cuyos retos han costado tantas vidas como costará, supongo, esta última plaga.

Para empezar, no podemos minusvalorar el poder de COVID-19 para infectar a la humanidad, que ha sido pillada desprevenida. Está atacando a una población miedosa que no quiere perder la vida, algo que, inexorablemente, sucederá en algún momento, a manos de un desconocido. El tipo, por su aparecer inesperado y su incidencia, ha metido el miedo en el cuerpo al más pintado, en Washington o en Berlín, en Bogotá, Madrid o Beijing.

Aunque te puede matar la gripe de siempre, la tuberculosis impenitente, el dengue, un estúpido novio despechado, un vecino descerebrado, un hincha del equipo rival o del brazo armado de otro partido político, el hambre o la miseria a la que nos ha llevado este supuesto progreso ilimitado, parece que este caso es más importante porque no se conoce bien al asesino.

Estamos viviendo la democratización del miedo. Puede que sea la única cosa, y la única vez, que las personas ricas comparten sus “logros” con las empobrecidas. Pero los mayores esfuerzos, como siempre, serán de las más desfavorecidas, las que dan lo poco que tienen mientras los que más poseen miran cómo sacar beneficio de la desgracia (¿ajena?).

Este mundo está loco, loco, loco… y no es de ahora ni por culpa de un ser microscópico, es desde hace mucho tiempo y por asuntos tan grandes que podían verse sin usar ningún aparato. En este marco de locura, además del cuidado de la salud debemos afinar el cuidado con el lenguaje: el coronavirus es ya, según la OMS, una pandemia, pero eso no significa que sea más mortal, sino que afecta a varias regiones geográficas distintas dando cuenta de su facilidad de expansión.

Y también aumentar la precaución a la hora de (des) informar. Hay otras graves realidades que nos van eliminando poco a poco. Como el cambio climático, que nos afecta directamente, aunque sus efectos no sean tan visibles y por ello no les prestemos la atención requerida. Total, son solamente glaciares, corales, fondos marinos, biodiversidad, hambre de otros, escasez de agua potable… tal vez es por eso que no han puesto el mismo esfuerzo e interés para combatirlo, y en estos días informarlo, que los aplicados con esta epidemia.

Según los responsables máximos de dos organismos internacionales al presentar en Nueva York el pasado 10 de marzo el “Informe sobre el estado del clima mundial”, hoy por hoy el cambio climático sigue siendo más peligroso, sus consecuencias son y serán mucho más devastadoras que las del COVID-19 y más prolongada su permanencia en el tiempo, si es que el planeta no desaparece antes. El secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, António Guterres, ha afirmado que “El coronavirus es una enfermedad que esperamos que sea temporal, con impactos temporales, pero el cambio climático ha estado allí por muchos años, se mantendrá por muchas décadas y requiere de acción continua”.

Para el secretario general de la Organización Meteorológica Mundial, Petteri Taalas, “el virus tendrá un impacto económico a corto plazo, pero las pérdidas serán masivas si pensamos en el calentamiento global. Estamos hablando de un problema de mayor magnitud, con consecuencias mucho más graves en la salud de las personas y en nuestras sociedades”.

Uno de los carteles de la campaña de la Alcaldía de Bogotá para enfrentar el coronavirus

En Colombia, mientras el planeta padece la grave crisis climática y en el mundo se toman medidas para paliar la expansión del virus, el presidente de la República rechaza la oferta de colaboración y acción conjunta de su homólogo de Venezuela y se encomienda a una virgen para afrontar el reto de la posible expansión vírica.

Por su parte, la mayoría de las universidades han cerrado sus aulas y virtualizado sus clases por precaución. Hasta se han cancelado las ceremonias de grado, uno de los actos más importantes para estudiantes y sus familias que, en muchos casos, invierten su plata no solo en los estudios sino en el vestuario para el evento de graduación y la fiesta posterior.

En Bogotá, la alcaldesa declaró hace días la alerta amarilla y ha decretado, desde el lunes 16 de marzo, medida de calamidad pública para poder afrontar la triple crisis que amenaza la capital ya que al virus se suman la llegada de la temporada invernal y la alta contaminación ambiental.

Con sesenta y cinco casos detectados (al mediodía del 17 de marzo), los tapabocas y los jabones antibacteriales ya escasean en farmacias y supermercados. La gente que puede se aprovisiona de productos básicos y de primera necesidad por si acaso. Luego tal vez los revendan para ganarse una plata extra o los regalen por amor al prójimo o para conseguir un trocito de cielo.

¿Qué habrá económicamente detrás del virus?, ¿y políticamente? Tal vez dentro de unos años alguien podrá explicárnoslo. Entre tanto, actividades desde el sofá.

Virus

Los virus no son solamente los que afectan a la salud física del ser humano, son también las toxinas que infectan las raíces más profundas de las sociedades actuales

Las aguas están muy turbias, las corrientes submarinas revuelven los fondos del humanismo y los mares permanecen embravecidos como queriendo romper con sus olas las altas, excesivas, dosis de enfermedades que nos asolan.

cartel que circula por las redes virtuales en Colombia

En los dos territorios que me tocan directamente se están dando una serie de virus que se suman al COVID-19, alias “coronavirus”, entre los que podríamos citar algunos de los más mortíferos, como los denominados “Ñeñe”, “falsos positivos”, “Corinna y corona”, “Gürtel”, o más sencillamente mencionando a la familia que los engloba a todos ellos: “corrupción”.

Cierto que hay una nueva enfermedad, sacada a la luz pública en un momento muy oportuno para algunos de los clásicos poderes, que está afectando de manera impactante a las poblaciones de ciertos países. Pero no es la más grave, aunque por lo novedosa y repentina esté creando una psicosis a la que contribuyen, contribuimos, sobremanera los medios masivos de difusión de noticias y quienes nos dedicamos a la comunicación y a la educación. Lo que, en cierto modo, es lógico si con ello, y sin meter el miedo en el cuerpo de la gente, lo que se intenta es evitar una pandemia. Pero lo que está mal es que la excesiva, desde mi punto de vista, atención informativa deje de lado otros temas tan graves y perentorios como el maldito virus.

En España se han detectado, a diez de marzo, 1.622 contagios y 35 personas fallecidas. De los casos positivos, un centenar se encuentran en cuidados intensivos y 195 han sido ya dados de alta. Mientras que, en Colombia, a la misma fecha, solamente se han reportado una decena de personas infectadas. En el mundo, incluida China, base del virus, son 113.672 los casos confirmados.

Las cifras de personas fallecidas por otras enfermedades o por otras violencias sociales son mucho más numerosas y cotidianas.

Pero esos otros virus no reciben la misma atención mediática ni tampoco son abordados con similar afán para buscarles solución. Virus sociales que enferman también nuestras sociedades y las corroen en sus raíces. La lista sería casi interminable: violencia contra las mujeres, 15 víctimas en España en lo que va de año según datos del Ministerio de Igualdad; asesinatos de líderes y lideresas sociales, 57 en Colombia en este 2020 con base en datos del Instituto de estudios para el desarrollo y la paz; exclusión, que se refuerza con el coronavirus, inequidad y desigualdades; hambre y desnutrición, la FAO registra 42,5 millones de personas subalimentadas en América Latina y el Caribe; sarampión, que en 2019 acabo con la vida de seis mil habitantes de la República Democrática del Congo tal como reconoció la OMS; falta de recursos públicos para educación, justicia y sanidad; mafias insertadas en el Estado; falta de libertad de expresión; guerras, recuerden Siria; persecuciones por pensar diferente; desplazamientos forzados; explotación laboral y sexual; recortes de libertades públicas y violación de derechos humanos; actuaciones policiales violentas y descontroladas; rechazo de la memoria histórica; presos políticos…

En fin, que sin desconocer los riesgos que puede entrañar una enfermedad como el COVID-19, los otros patógenos son más numerosos y peligrosos y no llenan ni páginas o pantallas de medios ni reciben la atención que deberían para ser contrarrestados y vacunar a la ciudadanía contra ellos.

el virus de la corrupción (foto: Iñaki Chaves)

 

Virus que, generalmente, funcionan junto a otras epidemias que llevan años marcando el devenir social de la historia y que actúan a beneficio propio excluyendo aún más a las poblaciones vulnerables y en muchos casos vulneradas.

Las propuestas serían, con todos los peros y limitantes que les queramos poner: que los miedos, que son libres, no nos paralicen ni nos enfermen. Que los medios, que no lo son tanto, no nos asusten ni condicionen.

Prevención, sí. Pero también reflexión y calma. Y analizar los otros virus, a ver qué exigimos y qué nos responden los gobiernos y las organizaciones internacionales frente a ellos. Sobre todo, frente al virus más grave y mortal, el de la corrupción, que nos enferma el cuerpo individual y el cuerpo social.