¡Adiós, abuelo!

El creador del jardín y la galería de los afectos nos ha dejado

Héctor P. Gallo P. (foto: Beatriz Múnera)

Se ha ido un artista, un periodista clásico, un encantador de cuentos, un barbero diplomático que fue toda su vida un luchador y un soñador. Hoy, 23 de mayo de 2020, ha dado su último aliento y nos ha dicho adiós Héctor P. Gallo Portieles, mi abuelo cubano.

Había cumplido 96 años el pasado 17 de mayo. Hace un mes, por el aniversario de mi boda, le incluí en una presentación conmemorativa como uno de mis maestros, pero era mucho más que eso. Además de mi abuelo cubano, era un amigo que siempre tenía una risa dispuesta, un afecto construido con cualquier desecho desde lo más profundo de su corazón, un espíritu preparado en todo momento para compartir su energía y su vitalidad, la de un chaval de casi un siglo.

Un personaje que fue testigo de las gestas revolucionarias de Cuba; que era capaz de definirse así: “Y a mucha honra soy barbero de oficio, periodista de profesión, soñador por naturaleza, optimista por convicción y por ley un dichoso comemierda. Yo”, y que dejó escrito su congénito agradecimiento a la vida y su disposición natural a la muerte: “Si la paz relativa que disfruto, con los sueños activos acompañantes y las fuentes que los generan son el preludio de la muerte, bienvenidos sean por el peculiar sentido que dan a mi vida. ¡Gracias arte! ¡Gracias fuentes! ¡Gracias vida!

Gallo delante de algunos de sus refranes en la galería de Lavapiés en 2006 (foto: Iñaki Chaves)

En una de sus visitas a España, en la que presentó una parte de su obra en una galería de arte del madrileño barrio de Lavapiés, y aprovechó para elaborar y dejar una muestra de su obra en el extremeño pueblo de Aldeacentenera, nos entrevistamos. Nos porque fue más una conversación íntima y personal, de ida y vuelta, que una serie de respuestas a preguntas preparadas. De ese encuentro salió lo que se publicó en Tribuna de CCOO en el número de octubre de 2006.

Le vi por última vez en 2015, hace ya cinco largos años. Estuvimos en su casa, un museo al aire libre por fuera, con el jardín de afectos, y una sala de arte al interior, con su galería de afectos. Allí nos ofreció, como siempre, todo lo que tenía: su ser entero sonriente, su charla viva y perspicaz y su corazón abierto para abrazar.

No quiero que sea un día triste, sino todo lo contrario. Un día para celebrar la vida; para agradecer haberle conocido y haber estado entre sus afectos desde que nos encontramos en la peña Luis y Péglez en Alamar en agosto de 1995; para ser consciente del valor de haberle abrazado, y la suerte de haber escuchado sus historias, disfrutado de su presencia y admirado sus obras. Allá, en el barrio Micro X de Habana del Este, quedará su recuerdo, sus creaciones inteligentes, sus hierros y alambres imposibles y sus frases certeras llenas de poesía.

Fue uno de mis navegantes, de las personas que han marcado el rumbo de mi vida y de mis pateras, por eso tiene un lugar destacado en mi historia. Mi pequeño homenaje a este ser especial, único e irremplazable va a ser doble: por una parte, comerme en su honor una onza de ese chocolate que tanto le gustaba y disfrutaba saborear en compañía de su inseparable Emilia; y por otra, publicar nuevamente ese texto que vio la luz en el viejo blog de paterasalSur en agosto de 2014 y que está incluido en las páginas 30 a 33 de mi libro más personal:

Artista y soñador. Mi abuelo cubano ha cumplido 90 años con toda la fuerza infantil de quien luchó, defendiendo siempre la esperanza, para que su tierra fuera un eterno Baraguá.

Creo que le debo este retrato en vida. Él me ha brindado su sabiduría y su historia, no sólo a mí sino a todo aquel que haya tenido la suerte de conocerle. Siempre dice que nosotros le dimos vida. Yo digo que él nos ha dado tiempo, para pensar y para entender que el tiempo hay que vivirlo para no perderlo.

Mi abuelo Gallo en su “Galería de afectos” en La Habana (foto: Iñaki Chaves)

Su nombre es Héctor Pascual Gallo Portiéles y nació, salvando los errores de un funcionario con más tragos que conocimientos, un 17 de mayo de 1924 en Campoflorido, a 35 kilómetros del Capitolio de La Habana (Cuba).

Y vive, con su inseparable esposa Emilia, en Micro-X, un barrio de Alamar, al este de La Habana, donde ha convertido el paisaje en un museo al aire libre en el que nos presenta sus artefactos imposibles y sus frases imponentes.

Yo formaba parte de Ceiba, una asociación que estaba en Cuba llevando a cabo un proyecto solidario con el que habíamos aportado material escolar a la Escuela Secundaria Básica “XI Festival”. Estábamos colaborando en la pintura y reparación de algunas de sus instalaciones y, como parte de las actividades culturales que el gobierno municipal de Alamar nos había programado, una tarde tuvimos un encuentro en la peña de Luis y Péglez, en la que escritores y artistas cubanos de toda edad se reunían en la Biblioteca Tina Modotti para intercambiar pensamientos, deseos, artes e ilusiones.

Por allí apareció, con su blanca barba, sus lentes de pasta, su gorra calada y su recio cayado el que se convertiría en mi abuelo. Eran las 3:15 de la tarde del 21 de agosto de 1995, como muy bien recuerda él mismo. En ese momento el tiempo se detuvo en el “caimán dormido”. Me miró con una sonrisa que surgía de entre sus barbas y que le llenaba la cara de lado a lado y me dijo “que pullover tan bonito llevas”. Asombrado, me quité la camiseta y se la entregué diciéndole que era suya. Me respondió con un sencillo “gracias” y se echó la mano al bolsillo del pantalón. Sacó una llave y me la entregó mientras me decía “como no puedo darte la llave de mi corazón, te entrego la de mi casa que es donde mi corazón duerme; tú me das lo que te viste y yo te doy lo que me cobija”.

Así empezó una historia que, con ausencias evidentes por las distancias geográficas, lleva casi veinte años escribiéndose. Desde entonces nos hemos visto varias veces. Me acompañó, como el más destacado de mis invitados, en 1997 cuando celebré mi cumpleaños en casa del amigo Edgar en el casco histórico de Habana vieja.

Con motivo de su quinta visita a España en el año 2006, en la que presentó una parte de su obra en una galería de arte de Lavapiés (Madrid) y empezó a trabajar una réplica de su jardín habanero en Aldeacentenera (Cáceres), le entrevisté para el periódico Tribuna, de la extinta Federación de Servicios y Administraciones Públicas de CCOO. La conversación tuvo lugar en Extremadura, en la casa que ocupaba cedida por el ayuntamiento extremeño, y se alargó durante horas que parecieron minutos y que supusieron toda una lección de vida.

Entrevista a Héctor Gallo publicada en el número de octubre de 2006 de Tribuna (foto: Iñaki Chaves)

Nos vimos también en 2009, cuando asistí con mi compañera de vida al XIII Encuentro Latinoamericano de FELAFACS que se celebraba en La Habana. Le visitamos junto a dos amigos cubanos, los entrañables Gilberto Javier Cabrera y su esposa la doctora Sonia, profesores allá en la Universidad. Disfrutamos de la reunión los seis viendo cómo Gallo no paraba de sonreír y de hablar mientras nos servía un pudín de gelatina en platos hechos con viejos discos de vinilo.

Héctor Gallo me ha acompañado en el corazón, aunque nos separe la distancia, y me acompañará siempre porque me ha enseñado que el tiempo no borra las huellas, sino que las graba. Y él ha dejado su huella en mi mañana.

Su libro Radiografía de Gallo, cuya primera edición, libro + DVD, se publicó gracias al trabajo del amigo Jorge Morejón, otro nieto cubano- español con más solidaridad en su alma vallekana que muchas ONG de peso, ha tenido una segunda edición en 2012, esta vez solamente en DVD, pero también gracias a la apuesta física y económica de Jorge. En él se hace un repaso biográfico de la trayectoria histórica vital de este barbero, periodista y diplomático. Pueden hacerse una idea visitando virtualmente “el mundo de Gallo”.

La publicación se detiene, sobre todo, en su producción artística de los últimos veinte y cinco años, cuando la caída del bloque socialista le hizo ponerse manos a la obra tras pensar que si no podía alimentar el cuerpo tendría que alimentar el espíritu. Si hay algo que agradecer a la caída del comunismo, es que un comunista se dedicara a llenarnos el tiempo y la vida con sus reflexiones, su arte y sus deseos de compartirlos.

Un espíritu jovial que, con nueve décadas a cuestas, mantiene la vitalidad del aquel joven revolucionario que llegó a ser representante diplomático en Madrid (España), después de efímeros cargos como secretario de negocios en Paraguay, Costa Rica o México.

La sencillez de un artista reciclador que vive para y sueña con su Emilia, sus hijos y nietos, su jardín y su galería de afectos y con su Habana, su Cuba y su revolución. ¿Trasnochado? No, utópico, reflexivo y soñador.

Portada del DVD con su vida y obra editado por Jorge Morejón y amigxs

Gallo ha sido barbero de oficio y periodista de profesión, y sigue siendo soñador por naturaleza y optimista por convicción. Afirma que “Sólo tenía 3 deseos: vivir, seguir viviendo y vivir en mi obra” y sigue creyendo, aún a su edad, que “le queda todo por hacer.” Es “un grano de arena incrustado en la base de la revolución, con muchísimos defectos y con la virtud de tener conciencia de su imperfección y la decisión de perfeccionarla.”

A quien vaya a Cuba le recomiendo que visite Micro-X, en Alamar, en Habana del Este, y a mi abuelo, que disfrute de su jardín y de su galería y, sobre todo, de su compañía y de su charla. Seguro que no se van a arrepentir.

¡Ah!, y no olviden llevarle una tableta de chocolate. Emilia y él la disfrutarán sentados en sus hamacas viendo los hermosos atardeceres cubanos.

¡Hasta la victoria, siempre!

Hasta siempre, abuelo.

Incidente

Una mirada desde la comunicación a la (s) realidad (es) trastocada (s) por el acaecimiento de la pandemia

Logo revistas Universidad Nacional de La Plata

Bajo el título genérico de “Incidente III. Pandemia (s): Virus en comunicación” la revista Question/Cuestión de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) ha publicado un número especial sobre el panorama de crisis provocado por la covid-19 visto desde la comunicación.

En este número, en el que la revista se sale, por tercera vez en sus veinte años de historia, de la “formalidad académica”, se recogen los artículos aportados por personas del campo de la comunicación que, desde la academia y desde la calle, abordan la actual situación para contarnos y compartirnos pensamientos, reflexiones, sentimientos y experiencias vividas en estos dos largos meses de cuarentena.

Desde Question/Cuestión convocaron a quienes pensaron “que tenían mucho por decir, que algunxs lo estaban diciendo en otros medios y que otrxs no lo estaban pudiendo decir o lo estaban diciendo como pueden”, todo ello porque sentían, como comunicadoras y comunicadores, la “responsabilidad de hacer circular la palabra, compartirla, ver si encontrábamos el lazo con esos tantos otrxs que nos han confiado (de alguna manera, al menos) el lugar que ocupamos”.

La primera de las dos partes de que constará la publicación ya está disponible y se estructura en siete epígrafes (conflictos, relatos, prácticas, recorridos, experiencias, análisis/origen y análisis/consecuencias), con un total de setenta artículos encabezados por uno a modo de editorial, común para todos las secciones, firmado por el editor de la revista Carlos J. Giordano. La segunda parte está previsto que se suba a la web el 30 de mayo. Lo ya publicado está en acceso abierto en este enlace.

Para Giordano, los materiales que les llegaron en respuesta a la convocatoria son “profusos, profundos, aluvionales. Hermosos y potentes. Casi inclasificables, inagrupables, de tan originales” y van desde lo íntimo y personal hasta lo analítico y descriptivo, pasando por lo polémico y controversial a partir de trabajos individuales o colectivos.

Uno de esos escritos, incluido en la sección relatos, es el titulado “Cuatro cuentos incidentes”, una narración escrita a ocho manos, cuatro cabezas y cuatro corazones en la que sus autoras (es) expresan algunos de los temas que les ha provocado el aislamiento en sus vidas en estos días “envueltos” en coronavirus. Lo pueden leer completo en este otro enlace.

Acá les adelanto su introducción:

Muchas veces, lo que hacemos en nuestras clases buscando la atención de nuestras estudiantes es “echar cuento”. Ahora, en tiempos de cuarentena, queremos plasmar cuatro cuentos sin buscar denodadamente llamar su curiosidad, sino para convocarles a la reflexión pausada, o no tanto.

Dos profesoras nacidas en Colombia y dos profesores, uno también del país andino y otro de la península ibérica, queríamos escribir un cuento, o una carta, a estudiantes y colegas en estos tiempos de pandemia, la primera del siglo XXI, para contarles nuestros abordajes personales y académicos ante el nuevo panorama.

Un incidente en cuarentena

Todos nosotros residentes en Bogotá, aunque eso no importa mucho ahora porque a través de la pantalla, sin la presencia física, da igual dónde te encuentres, nos conectamos con la idea de construir un texto a ocho manos, o cuatro textos de a dos manos que sumaran uno solo. Tal como hicieran lord Byron, Mary Shelley y compañía, provocando el nacimiento de una de las novelas de “terror”, diríamos de denuncia de la exclusión, más interesantes de la literatura universal, nos juntamos, sin tantas pretensiones y no en un castillo sino frente a un computador con cámara, para conversar y dar a luz lo que ahora se les presenta en este texto como cuatro cuentos incidentes.

Cuatro pensamientos fraccionados por la infodemia que acompaña a la pandemia. Cuatro maneras de contar lo que nos está pasando y cómo lo estamos llevando. Los cuerpos hoy aislados de estas cuatro personas dedicadas a la docencia universitaria reflexionan, sin poder discernir claramente si lo que cuentan es más resultado de sus cabezas que de sus corazones, sobre los sentimientos y conocimientos que se han visto sacudidos por lo que supone enseñar, y aprender, bajo una crisis sanitaria como esta de 2020.

Producir imágenes con sentido para interpretar el mundo que habitamos. Pero ¿cómo hacer si el mundo se reduce a tu espacio íntimo, a las cuatro paredes de tu apartamento? Abordar el valor de la fotografía social desde la individualidad de la vida cotidiana en aislamiento es una labor que requiere mucha imaginación.

Afrontar una cartografía social de los cuerpos sin tener presencia de ninguno de ellos es otra tarea ardua. Se extrañan los cuerpos cuando las clases se reducen al aula que supone tu estudio y la pantalla, imágenes y voces pixeladas, por la que intentas conectar tu cuerpo con las corporalidades de tus estudiantes.

Añoramos las clases, los ruidos y los silencios de las aulas cuando intentamos explicar la tarea del día. Pero ¿para qué las clases presenciales si cuando las había las estudiantes se abstraían de todo conectadas a sus dispositivos móviles?, ¿será distinto después de la epidemia? Seguro que será diferente, pero tal vez sea el momento de reflexionar si realmente queríamos y necesitábamos de la presencialidad para enseñar a pensar el mundo.

Un bicho microscópico ha conseguido lo que tanto tiempo venían buscando aquellas personas que defendían a ultranza la internet y sus posibilidades. El triunfo de las individualidades por encima de lo colectivo. Pero no es tan fácil, porque ahora resulta que echamos de menos encontrarnos, las reuniones y los abrazos. ¿Qué vendrá en lo comunicativo después del coronavirus?

La suma de esas cuatro miradas da como resultado una especie de cuento o carta, de mensaje en una botella dirigido no solamente a estudiantes y a la academia, sino a todas las personas que sientan que esta crisis nos da pie para hacer una revolución y proponer el tiempo de la escucha, de redescubrir el tiempo (los tiempos) del otro (de los otros) (Han, 2018), de luchar contra el yoísmo de internet haciendo acciones políticas para prestarnos atención.

Esta es una carta cuento colectiva de ilusiones, de añoranzas, de críticas y de esperanzas. ¿Optimista o pesimista? Más bien, “optipesimista” o “pesioptimista”. O ni lo uno ni lo otro, simplemente cuatro voces que hemos escrito lo que creemos que podemos aportar para que volvamos a escucharnos, haciendo así mas llevadera una situación de crisis inesperada en la que nadie sabe cuándo y cómo saldremos de ella.

Mientras lo conseguimos, aquí tienen estos cuatro cuentos incidentes de las vidas de cuatro docentes que reclamamos, cada una a nuestra manera, el poder de la escucha y el valor de lo corporal para la transformación social.

Anguita y Genovés

Dos referentes de la vida política, artística y social de los últimos cincuenta años.

Genovés (foto tomada de su propia web) y Anguita (foto tomada de la web del Ayuntamiento de Córdoba)

Cada vez van quedando menos personalidades que nos sirvan como ejemplos a seguir. Se han ido dos de ellas, dos seres de la talla de Juan Genovés Candel (Valencia, 1930 – Madrid, 2020) y Julio Anguita González (Fuengirola, 1941 – Córdoba, 2020).

Sería muy difícil glosar la vida y la obra de cada uno de ellos, y más si intentara decir algo distinto a lo que profesionales de los medios, políticos y artistas están manifestando en estos días. Así que he optado por transcribir lo que me he cruzado por correo con mi hermano, amigo, periodista y profesor Manuel.

Después de comentar la pérdida y la soledad en la que dejan un panorama bastante desolador últimamente en cuanto a guías y referentes espirituales y el vacío intelectual que llenaban, me escribe sobre Genovés que “era uno de mis héroes y esa obra por la que se hizo famoso siempre me subyugó. Quizá fuera porque tuvo influencias del pop-art, mi movimiento artístico preferido, pero aquella obra tenía algo de enigmático. Siempre quise conocer el envés, el rostro de las personas que se abrazaban, pero a lo mejor esa era parte de su encanto, la belleza de lo misterioso”.

A lo que le he contestado: “Me movía y conmovía con sus obras. Le he tomado fotos al monumento de Antón Martín cada vez que paso por delante, algo que en estos años de residir fuera he intensificado aprovechando que en cada viaje al foro nos hemos alojado cerca. A tu inquietud, curiosidad, sobre el rostro de las personas abrazadas en la pintura, te invito a ´pensarlo` en la escultura: se están mirando entre sí, sin importar sus rostros, los colores de su piel, la edad de sus arrugas, la tristeza o alegría de sus miradas o la religiosidad de sus creencias. Simplemente se abrazan, un gesto mayúsculo. Una obra paradigmática que estuvo encerrada en un sótano sin merecer siquiera la posibilidad de que la gente pudiera observarla. Algo que tampoco es posible ahora, porque queda para quienes ocupan el edificio de los leones de la carrera de san Jerónimo y no para el disfrute de la ciudadanía. Yo solicitaría que el cuadro formara parte de las salas abiertas del Centro de Arte Reina Sofía o del Museo del Prado o, en últimas, colgando del techo del Auditorio Marcelino Camacho de CCOO”.

Y de Anguita me expresa que contó con “la oportunidad de conocerlo más de cerca. A finales de los ochenta y principios de los noventa, creo que ha había dejado Europa Press para pasar a Servimedia, tuve la ocasión de hacerle una entrevista personal y larga en su despacho. Siempre me gustó -y respeté en grado sumo- su honradez, sus valores casi machadianos, su integridad y su compromiso. Sus orígenes humildes y su discurso a favor de los más necesitados y en contra de los poderosos. Otra cosa bien distinta fue el ejercicio de la política y su comportamiento a veces errático y a veces inexplicable. Recuerdo aquellas largas reuniones del Consejo Federal de Izquierda Unida, que se celebraban en hoteles alejados del centro de Madrid. Se sabía cuándo empezaban, pero no cuando terminaban. Horas y horas interminables de debates, turnos de palabra, contraste de opiniones… Terrible, al menos para mí y para muchos compañeros que, con algo de sorna, definían a esa formación política como ´Izquierda Hundida`.

Tampoco entendí ese buen rollito con Aznar en tiempo de la famosa ´pinza`. Aquellos cafetitos que compartían en la cafetería del Congreso a la vista de todos los periodistas y gustándose a la hora de posar para los gráficos. Machacó mucho a Felipe González, quizá justamente, o puede que no tanto. Ahí no voy a entrar”.

Y ha continuado diciéndome “Me reivindiqué con él y con su figura cuando dejó la primera línea de la política y renunció al mesianismo y a las diatribas sin sentido. Renunció a la jugosa pensión parlamentaria y se quedó con la de maestro. Y entretanto, perdió a un hijo en una injusta guerra, como todas las guerras. Más dolor para su ya maltrecho corazón. Puede que ahora esté muy cerca de él”.

En mi respuesta sobre el político le he contado que: “fue mi esperanza de la recuperación política de la izquierda, de ´mi` izquierda. Después de esa concesión al aire que supuso ceder el poder ciudadano del comunismo apoyando al psoe para las elecciones de 1982, de la bajada de respaldo popular del PCE de Carrillo, y después de Iglesias, y de la pérdida de ilusiones por un verdadero ´cambio`, que se quedó en ´otra manita de pintura`, la llegada del Califa fue un soplo de aire, no sé si fresco pero al menos renovado frente a lo que había. Un político de los de antes, de discurso argumentado y encendido, capaz de charlar durante horas, al más puro estilo de comunista ilustrado, un Fidel Castro de la península ibérica. Sus posibles ´desvaríos`, como lo de la pinza con Aznar que mencionas y que no nos gustaba a la mayoría, tal vez fuera más una llamada de atención porque lo de Felipe en esos tiempos ya era de juzgado de guardia (¿dónde quedó lo que había en aquél de la chaqueta de pana con coderas?).

Y para demostrar su coherencia política y ética, la renuncia a esa vergüenza de pensión vitalicia de unos personajes que son elegidos por un pueblo que requiere 35 años cotizados, 67 años cumplidos y otros requisitos para acceder a una pensión mínimamente digna frente a la desfachatez de quienes les ´representan`”.

Monumento “El Abrazo” de Genovés en la madrileña plaza de Antón Martín (foto: Iñaki Chaves)

He despedido mi epístola reafirmándole que “sí, se nos van los referentes y con el pasar de los años no hay en el horizonte quienes puedan tomar el testigo. Pérdidas irremplazables. Dos días de luto dentro de la tristeza acumulada por la cuarentena, dos personajes que se acompañarán al otro lado del espejo para conversar sobre las contradicciones de ese país y de este mundo”.

Los dos pasaron como entrevistados por las páginas de nuestro añorado Tribuna. Anguita en el número 46 de junio de 1993 y Genovés en el número 152 de febrero de 2003 tras haber decidido el Ayuntamiento de Madrid, a propuesta de CCOO, colocar la escultura “el abrazo” cerca del lugar de la matanza de Atocha del 25 de enero de 1977.

Ambos firmaron, en abril de 2006, junto a cientos de personas del mundo de la política y la cultura, en el 75 aniversario de la II República española, el manifiesto “Con orgullo, con modestia y con gratitud” evocando los valores del republicanismo español como símbolos para un mejor país, más libre y más justo.

Dos luchadores, cada uno desde su trinchera, por la libertad y la dimensión social del ser humano.

“Todo lo que vemos”

Sobre la capacidad de resiliencia en momentos de pandemia

Imagen de portada del programa “Todo lo que vemos”

“Todo lo que vemos” es un programa de Señal Colombia, el canal de televisión del sistema de medios públicos RTVC con emisiones en abierto sobre educación, cultura y deportes.

El programa comenzó sus emisiones en 2009 y actualmente sale al aire los sábados de 13:30 a 14:00. De la mano de su presentador, Eduardo Arias, quien ejerce de defensor de las y los televidentes, se abordan las temáticas generadas por la audiencia a través de sus inquietudes y ahondando en los comentarios que suscitan. A ello se suman las preguntas que realizan en cada programa a un par de personas que se supone saben del tema del día.

Señal Colombia se presenta como “Más que un canal de TV, es una experiencia multiplataforma que acompaña a sus audiencias a cuestionarse, a desaprender y a destruir prejuicios”, siendo, tal como el propio canal afirma, “Una alternativa para los televidentes colombianos. Una experiencia desafiante”.

Según la propia página web del canal, “Todo lo que vemos”, en apenas veinticinco minutos de emisión, “te enseña a comprender la labor de hacer televisión pública y escucha lo que tienes que decir sobre nuestra programación, además de contar un poco sobre lo que hay detrás de nuestros contenidos y el por qué los seleccionamos y emitimos para ti”.

En el capítulo 559, emitido el sábado 2 de mayo de 2020, el tema fue la resiliencia. Un concepto que se define como la capacidad que tiene un ser vivo de adaptarse a una situación adversa provocada por un agente externo. Sobre ello se preguntó a la psicóloga e investigadora Haidy Sánchez Mattson, quien habló de Colombia como una sociedad muy resiliente en la que se juntan grandes riquezas y enormes tristezas.

Para ella, pese a la cantidad de acontecimientos dolorosos, el país ha mostrado su resiliencia para salir adelante. Algo que opina que, en tiempos de cuarentena por el coronavirus, puede ayudar a sobrellevarla de forma sostenible. Según la especialista contribuye a que no nos volvamos pesimistas, a que no perdamos la esperanza y a que tengamos la posibilidad de rediseñar nuestros estilos de vida de forma positiva.

Como contrapunto, el programa contó con mis opiniones como descreído del término en cuestión. Una expresión con la que no estoy de acuerdo y que veo vinculada de manera directa con una cierta actitud cristiana de poner la otra mejilla, de superar los golpes para volver a la situación anterior. De hecho, la resiliencia se usaba más para hablar de cómo un material era capaz de recuperar su estado inicial tras una perturbación a la que se le había sometido.

Que el ser humano se adapta a las circunstancias para sobrevivir es algo que no se pone en duda. Ahora, asumir sin más lo que “nos venga encima” y acomodarse a ello me parece una postura conformista que elimina el valor de la lucha para transformar y mejorar las situaciones sociales.

Que en momentos de dificultad se aviva el ingenio y la recursividad para encontrar salidas tampoco es cuestionable. De hecho, la creatividad puede que sea lo que más se ha potenciado en estos tiempos de aislamiento. Tal vez porque, como afirma Ken Robinson, la escuela, como sistema uniformizador, mata la creatividad y ahora la hemos tenido que dejar a un lado. Pero eso sería tema para otra reflexión en torno a ciertas contradicciones, como la que se está dando al echar de menos, tanto por parte de docentes como de estudiantes, las relaciones del salón de clase frente a la virtualidad impuesta por el virus cuando llevábamos tiempo reclamando al estudiantado mayor atención y menos dependencia de los dispositivos móviles y sus pantallas.

En cuanto a la resiliencia, prefiero hablar de resistencia, no para aguantar y sufrir, sino para pelear y salir adelante. O también de reexistencia, de otra manera de afrontar las situaciones, de luchar por la justicia social y demandar aquellos derechos puestos en riesgo por una, o varias, crisis. Es apostarle a estar y ser en el mundo de manera diferente, intentando metamorfosear lo existente para mejorar las condiciones de la mayoría de forma alterativa.

Eduardo Arias en el estudio de “Todo lo que vemos”

Pese a su extendido uso y estar tan en boga, no es aceptable pedir ser resilientes, por ejemplo, a las miles de víctimas del eufemístico conflicto armado, a las familias de las personas asesinadas por defender lo que creen y reclamar derechos, a las mujeres víctimas de violencia de género o al campesinado expropiado y desplazado con una mano delante y otra detrás. En fin, que no es de recibo que en Colombia se alabe la resiliencia porque es quitarle valor y calidad a las acciones y actitudes de un pueblo que lleva demasiados años aguantando las infamias del poder y reclamando justicia.

Es tiempo de cambiar la situación, de hacer otras cosas, o de hacerlas de otra manera, de aprovechar el impacto del virus para modificar el statu quo impuesto e intentar salir de esta crisis sanitaria con, por ejemplo, mayores y mejores servicios públicos para la ciudadanía. Entre ellos, medios de calidad que hagan que la gente piense, reflexione y actúe.

Sobre la televisión pública y programas como “Todo lo que vemos”, su presentador ha declarado en alguna ocasión que “le muestra a los pocos televidentes que tiene, que el país es algo más, que no todo es blanco o negro ni tan farandulero”.

Chaves Nogales, un contar demócrata y republicano

Las cenizas del olvido cayeron durante años sobre la vida y la obra de un periodista con mayúsculas

Chaves Nogales, de pie en los talleres de El Heraldo de Madrid.

Manuel Chaves Nogales fue un profesional entregado en cuerpo y alma al periodismo. Tras permanecer muchos años, demasiados, olvidado, vuelve a ser un espejo para la profesión y su autonomía por encima de colores y poderes políticos.

En unos tiempos inciertos en los que la comunicación y la información están siendo agredidas por los recortes de derechos provocados por la pandemia; en una semana en la que se ha conmemorado el Día Mundial de la Libertad de Prensa y Expresión, con la concesión del premio Unesco-Guillermo Cano a la periodista colombiana Jineth Bedoya, le dedicamos estas líneas a uno de los grandes periodistas españoles de todos los tiempos.

Se definía a sí mismo como “un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”. Cuando el país que le vio nacer perdió esa condición, él decidió tomar el camino del exilio. Antes había dejado sus aceradas y acertadas reflexiones en torno a la locura de una guerra en la que tan víctimas fueron las gentes comunes de un bando como las del otro; pero que fue provocada por una rebelión militar contra el poder legítimamente establecido que hizo tumbar un sistema político que él defendía y que, con sus fallos y limitaciones, como todos, abría la libertad y los derechos humanos a la mayoría.

Chaves Nogales (Sevilla,1897 – Londres, 1944) fue un ejemplo de independencia y ecuanimidad que se mantuvo fiel a la República, pese a que no quiso ser bandera de ninguno de los bandos contendientes en la guerra civil. Sus relatos no gustaban a los totalitarismos y a él el terror de la batalla y la sangre derramada no le dejaban vivir, le ahogaban. Por eso, ante el empuje del fascismo y del bolchevismo, creyó preferible “meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo” para iniciar unos duros años de un exilio del que no volvería.

Se fue porque consideraba que ya no quedaba en el país quien defendiera su causa, la de la libertad. Se exilió porque estaba convencido, como así dejó escrito en el prólogo de A sangre y fuego, que había contraído méritos suficientes para que lo hubiera fusilado cualquiera de los dos bandos enfrentados en la guerra civil española. ¡Qué paradoja!, ¡qué crueldad!

Primer número del diario Ahora, 16 de diciembre de 1930

En la década de 1920 fue redactor jefe de El Heraldo de Madrid, época en la que le concedieron el premio Mariano de Cavia por su reportaje sobre la aviadora Ruth Elder, primera mujer en cruzar en solitario el Atlántico en avión; y en diciembre de 1930 fue nombrado subdirector del diario Ahora. En el momento del alzamiento en armas contra la legalidad constituida por la II República ya es el director y publica un editorial en la portada de la edición del 18 de julio de 1936 que es toda una declaración a favor de la tolerancia y de apoyo a la legitimidad republicana. Bajo el título “Por nosotros y por los que nos miran”, afirma:

“La idea, sea la que fuere, cuando es idea, es cosa noble, patrimonio exclusivo del ser humano, y el crimen es la desposesión de ese mismo sentido de dignidad humana. Pero ya hemos llegado a un punto en que no basta la execración del crimen ni su persecución y castigo, individualizando las delincuencias, sino que es necesario fijar una línea de conducta en que a la máxima garantía para el hombre de orden acompañe la máxima sanción para el que lo perturbe. Y eso se contiene en la declaración del Gobierno. Pide el Poder público la asistencia de los ciudadanos para afianzar el orden y restablecer la convivencia…”.

Fue un cronista de los hechos, el hombre que estaba allí, un periodista de corte galdosiano y barojiano que defendía la democracia y la libertad por encima de todo. Un notable escritor que ya en 1924 había publicado su libro Narraciones maravillosas, con el subtítulo explicativo de “Biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos”. Ésta supuso su única obra editada como libro sin haber aparecido anteriormente en la prensa.

En el cortometraje documental “El hombre que estaba allí”, obra de dos periodistas ajenos al cine profesional Daniel Suberviola y Luis Felipe Torrente, se relata la relevancia de Chaves Nogales como periodista y su valor como liberal independiente y demócrata a la hora de narrar los acaecimientos. Un documento visual que fue nominado a los premios Goya en la categoría de Corto Documental. Fue publicado en 2014 por libros.com como libro junto con un DVD.

En el prólogo de ese texto, la periodista Soledad Gallego Díaz escribe: “fue quizás el exponente más valioso del periodismo de la Segunda República Española, no solo por su brillantez como escritor o su espíritu aventurero, que le llevó a escribir reportajes prácticamente sobre todos los puntos conflictivos de Europa en aquellos años, sino, sobre todo, por su testimonio de independencia. Por su radical negativa a dejar de ver lo que sucede ante sus ojos, a someterse a la interpretación obligada que exigen los bandos en contienda. Una independencia que le llevó a un exilio muy temprano y a su expulsión, durante décadas, de los manuales de periodismo y de literatura”.

Primera entrega del folletín-reportaje sobre Juan Martínez publicado en la revista Estampa

En 1934 se publica El maestro Juan Martínez que estaba allí, una especie de novela picaresca que construye a partir de los relatos de un personaje, Juan Martínez “flamenco, de Burgos, bailarín. Tiene cuarenta y tres años, una nariz desvergonzadamente judía, unos ojos grandes y negros de jaca jerezana, una frente atormentada de flamenco, un pelo requetepeinado de madera charolada, unos huesos que encajan mal, porque, indudablemente, son de muy distintas procedencias —arios, semitas, mongoles—, y un pellejo duro y curtido como el cordobán” (p. 3), que conoció en un cabaré de París y que le cuenta que se encontraba en Rusia con la Sole, “una moza de pueblo, alegre y bonita como una onza de oro” (p. 3), cuando se produce la Revolución de 1917. Se publicó por entregas semanales, iniciando en marzo de 1934, en la revista Estampa. Es, en pocas palabras como dice un profesor de bachillerato en su blog Me sé cosicas, “un libro que cuenta cosas y las cuenta muy bien”.

Tal vez el texto más conocido de Chaves Nogales sea Juan Belmonte, matador de toros, quizás porque fue la única de sus obras que circuló durante y sobrevivió al franquismo. Asiduo de algunas tertulias del Madrid de la época, en una de ellas conoció al torero sevillano. Sin ser aficionado a esa fiesta, dicen que nunca fue a una corrida, escribió un relato “ameno y profundo” sobre cómo era la España precaria e inestable de la primera mitad del siglo XX a partir de las notas que tomaba e interpretando lo que Belmonte le decía para relatar una especie de “falsa autobiografía”. La obra, presentada en su momento como “biografía novelada”, como “novela de la realidad” y como “novela vivida”, ha tenido interés tanto para aficionados como para detractores de la mal llamada “fiesta”.

“Me mandaron a la escuela, como castigo. Era, de verdad, un castigo aquel caserón triste, con aquellas cuadras húmedas y penumbrosas y aquellos maestros malhumorados, en los que no suponíamos ningún humano sentimiento. Se decía que el edificio de la escuela había sido en tiempos una de las prisiones de la Inquisición, y había corrido la voz entre los niños de que en los sótanos se conservaban los aparatos de tortura que usaron los inquisidores. Todo aquello daba a la escuela un aire siniestro. Lo temíamos todo, y cuando traspasábamos aquel portalón sombrío, era como si nos metiésemos en la boca del lobo. Frente al maestro teníamos una actitud hostil y desesperada de alimañas cautivas. El miedo real a la palmeta y un terror difuso a no sé qué terribles torturas inquisitoriales que nos imaginábamos, nos acorralaban ordenadamente en los duros bancos de la escuela. Una vez un maestro se entusiasmó golpeando a un niño. Le tiramos un tintero a la cabeza y nos fuimos” (pp. 12-13).

Portada y solapa de la edición de A sangre y fuego publicada por LIbros del Asteroide

Pero creo que la más sorprendente de sus obras es A sangre y fuego. Un compendio de relatos sobre la guerra civil y los héroes, bestias y mártires que dejó a su paso. Una crónica apartidista que muestra el carácter “Antifascista y antirrevolucionario por temperamento” del autor. En ella se presentan las acciones sin sentido y los sinsentidos de muchas acciones que tiñeron de sangre el mapa de un país que siguió estando, por todos los años venideros de dictadura, atrasado, oprimido y desconectado del mundo. Escritos en 1937, cuando todavía no se sabía qué bando sería el “vencedor”, si es que ese papel existe en una guerra, los textos son un ejemplo de la mirada crítica del periodista sobre un país enfrentado en el que fue la gente corriente, como siempre, quien puso los muertos y fueron la ira, el odio y el irrespeto por lo distinto las que provocaron el asesinato de las libertades y el fallecimiento de la esperanza. El libro recoge el empeño que puso en luchar por sacar adelante su trabajo, “su verdad de intelectual liberal”, que no era otra que “un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad” en un país que creía que estaba sembrado por las semillas de esos dos pecados.

En el relato titulado “Massacre, massacre” (sí, con dos “s”) describe el comportamiento de la población de Madrid, “la gran ciudad más insensata y heroica del mundo”, narrando de la manera más hermosa que se puede contar lo absurdo y violento de una guerra como si estuvieran jugando a la lotería: “¡No nos ha tocado!, parece que dicen con alborozo. Y se ponen a vivir ansiosamente sabiendo que al otro día habrá un nuevo sorteo en el que tendrán que tomar parte de modo inexorable. Pero ¡es tan remota la posibilidad de que le toque a uno la lotería! Esta de las bombas toca, sin embargo, con impresionante prodigalidad, y los madrileños que juegan despreocupadamente al azar del bombardeo han tenido que ir aprendiendo a protegerse” (pp. 16-17).

El prólogo de A sangre y fuego publicado en el número 29 de la revista cubana Bohemia el 18 de julio de 1937

Durante su estancia en Londres, donde moriría el 8 de mayo de 1944, fue “representante” (corresponsal) para el periódico bogotano El Tiempo. Una colaboración que comenzó en septiembre de 1941 con un artículo en el que, “aprovechando el ancho margen de libertad de opinión que aún es posible disfrutar en la Gran Bretaña, voy a intentar una exposición lo más objetiva y desapasionada posible del curso de la guerra, tal y como desde este observatorio de Londres puede verse”, llevaba a cabo “un resumen lo más claro y sucinto posible” de la situación de la guerra y que tituló, dando muestras de su confianza en el triunfo aliado, “La fe en la victoria”.

Fue enterrado en el cementerio británico de Fulham el día 11 de mayo de 1944, en la tumba CR19, en un espacio vacío entre otras dos, como se sintió él entre dos Españas que, como a Machado, le helaron el corazón y le condenaron a un largo e injustificado ostracismo. Tres piedras, cada una con uno de los colores de la bandera republicana, tienen escrito su nombre y sus dos apellidos para dejar constancia de que ahí reposan sus restos y de su fidelidad a una causa.

En estos tiempos de pandemia, es un modelo a seguir para pensar con criterio, sin colores de partido, sino con los colores de los seres humanos, para evitar que la infodemia que la acompaña nos haga perder la ilusión, la esperanza, la visión crítica y las ganas de luchar por los derechos y las libertades tanta veces denegados, tan fáciles de perder y tan costosos de conseguir.

Manuel Chaves Nogales, un ciudadano que estaba en contra de los totalitarismos, del signo que fueran, y que se situaba dentro de lo que se ha denominado “la tercera España. Los que apelaban a la cordura y al diálogo”. Tal vez ha sido, como afirma Martínez Reverte, “el mejor periodista español del siglo XX”. Puede que, como afirmaba Kapuscinski, fuera un buen periodista porque era una buena persona.

Según Andrés Trapiello, y así lo leyó en el homenaje que el Instituto Cervantes de Londres rindió al periodista ante su tumba en noviembre de 2019, “ningún escritor español ha sido más víctima de ambos lados de la España dividida que Manuel Chaves Nogales. Perdió la guerra y se perdió para los manuales de literatura al mismo tiempo”. Sin embargo, “hoy es quizás la resurrección literaria más incontestable y feliz de la historia reciente de la literatura”.

La tumba de Chaves Nogales en el cementerio londinense de Fulham (foto tomada de https://www.facebook.com/526059520806346/photos/a.526067097472255/2434109830001296/?type=3&theater).

Para María Isabel Cintas, autora de Chaves Nogales, el oficio de contar, premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías en 2011 y la persona que más ha investigado sobre su vida y su obra, “lo suyo fue un periodismo de acción, analítico, culto, cosmopolita, que compaginaba con su aprecio por el periodismo cultural y literario”. Ella pondría a Chaves Nogales en el Olimpo de la profesión, porque era un periodista que se realizaba en la calle; no en la redacción, sino en contacto directo con los acontecimientos y sus protagonistas, con la intrahistoria de los acontecimientos.

Un periodista autor de grandes escritos que fue, es y será, como decía J.R. Jiménez, “actual; es decir, clásico; es decir, eterno”.

 

¿Cuánta tierra necesita el ser humano?

En este 1º de mayo atípico y pandémico, recuperemos la trascendental pregunta del campesino-noble ruso

Portada de la edición gratuita publicada en Medellín en 2019 por la cooperativa Confiar

Aunque un poco tétrico, sería bueno comenzar por dar la respuesta que, al final de aquel ilustrador texto, nos daba el genial L. Tolstoi: “Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba”. Así es, al final, por mucho que luchemos, que robemos o que acumulemos, solamente ocuparemos, en el caso de quien sea enterrado, lo que mide un ataúd, menos de dos metros cuadrados.

No necesitamos más tierra, pero sí más pan, más salud, más educación y más trabajo. Más conciencia de clase para luchar por los derechos y libertades tantas veces sustraídos. Porque las clases sociales siguen existiendo; y si no, échenle un vistazo a cómo estamos llevando esta crisis en función de los territorios, las poblaciones, los niveles de renta, la calidad de los servicios de salud, etc.

Pese a que no hayamos tomado buena nota de ello, ya nos lo enseñó Tolstoi con su irónica filosofía de la vida “Hay tierras en abundancia, ¿pero me dejará dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!”. La parábola de la existencia en un cuento que nos mostró que la ambición no nos salva de morir empobrecidos. Las enseñanzas del novelista ruso están tan vigentes como a finales del siglo XIX. El acopio, tan consustancial al capitalismo y a su consiguiente consumismo, no nos servirá de mucho. La insatisfacción por seguir acumulando de quienes mucho tienen no mejorará la vida sobre la Tierra de las personas que no poseen casi nada.

Es necesario recuperar el valor de la lucha de la clase trabajadora y constatar que la actual pandemia no cambiará mucho el problema de la tenencia de la tierra en el planeta ni el panorama de la clase trabajadora. Habrá que seguir combatiendo.

La tierra del mundo está cada vez en menos manos. La inversa reforma agraria existente en todas las geografías ha logrado darle la vuelta a la lógica del reparto y acentuar aún más si cabe la desigual distribución de la tierra. Un campesinado empobrecido que apenas cuenta con superficie que cultivar y cuyos productos son comprados por las industrias agrarias o sus intermediarios a precios irrisorios. Una producción agrícola que llega a los mercados a un mínimo de diez veces su valor y que deja los beneficios por el camino.

Hay muchos titulares para pensar:

“Mucha tierra en pocas manos”

“Creciente concentración de la tierra en la región más desigual del mundo”

“Un millón de hogares campesinos en Colombia tienen menos tierra que una vaca”

E informes para constatar:

“Concentración y extranjerización de tierras productivas en Colombia”

¿Seremos más humanos después de la pandemia? Permítanme que lo dude. Esta crisis sanitaria ha mostrado muchos de los grandes valores del ser humano y muchas de las miserias que padecemos. Puede que, después de la incertidumbre por el mañana, vuelvan la certeza de la explotación, la exclusión de las personas y la destrucción del planeta.

¿Cuánta tierra necesita un hombre? Lo que necesitamos es seguir reivindicando derechos y luchando por la clase trabajadora, demandando justicia social para una vida digna y buscando el buen vivir para la mayoría explotada de esta tierra.

Para conmemorar el Día del Trabajo, los sindicatos CC.OO. y UGT en España han pedido: “Trabajo y servicios públicos. Otro modelo social y económico es posible”; mientras, en Colombia la CUT denunciaba que “Si el presente es de lucha, el futuro es nuestro”, para lo que pedía ir “Contra el sistema capitalista y por los derechos de la clase obrera”.

Así que, feliz día a las trabajadoras y trabajadores del mundo. ¡Qué viva el 1º de mayo!