Un tal Alonso Quijano

Don Quijote rompe la larga cuarentena dictada por el coronavirus

La película Un tal Alonso Quijano se estrena en línea y de forma gratuita el 1 de julio de 2020 por el canal de YouTube de la Universidad Nacional.

Cartel promocional de la película Un tal Alonso Quijano

El primer largometraje colombiano en ser presentado gratis a través de las redes virtuales es una producción de la Universidad Nacional (UNAL) bajo la dirección de la profesora Libia Stella Gómez que cuenta con la participación de estudiantes de dicha universidad, de la Escuela Superior de Artes de Bogotá (ASAB) y de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

La película surge como parte de un proyecto de investigación de su directora, docente del programa de Cine y Televisión de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, quien ha llevado al cine su personal visión de la obra trayendo a la Bogotá del siglo XXI a algunos de los personajes de Don Quijote de La Mancha. Una mirada motivada por las clases de uno de sus profesores de literatura que se presentaba en el salón ataviado como el caballero de la triste figura creado por Cervantes.

La película cuenta con financiación del propio equipo de producción a la que se ha sumado el aporte de algunas instancias de la Universidad Nacional, de Dago García Producciones y de Caracol Televisión.

En videoconferencia con la profesora y cineasta antes del estreno oficial de su tercera película, nos cuenta de su pasión por la docencia y por el cine y cómo este arte le ha dado la posibilidad de contar sus historias, de expresar su personal manera de mirar el mundo. Como lo muestra al hacer cabalgar a Alonso Quijano por el campus de la universidad en una tragicomedia y thriller musical que se desarrolla “entre la realidad y la imaginación, entre risas y llantos, entre la revelación y el ocultamiento”.

Afirma que su película no es una adaptación, “sino que estoy trayendo a Bogotá a los personajes. El profesor protagonista es un amante del Quijote que cree que puede huir de su pasado y olvidarse de las cosas que le duelen refugiándose en el personaje”. Es una reafirmación de que la vida es un teatro en el que nos disfrazamos para resistir “Sí, los personajes se disfrazan para sobrevivir, para encajar, para tener un lugar al que pertenecer. Les toca ser otros”.

Autora del libro La mosca atrapada en una telaraña: Buñuel y Los olvidados en el contexto latinoamericano, nos dice que, al contrario de su película Ella, en Un tal Alonso Quijano no hay influencias del director aragonés. Aunque sí reivindica a otros olvidados de la sociedad colombiana como los deudos, las personas que tienen familiares desaparecidos y que han visto truncadas sus vidas.

La directora durante la entrevista (foto: Iñaki Chaves)

Durante el rodaje, que se ha alargado por tres años, tuvo lugar el fallecimiento de Manuel José Sierra, quien interpretaba a Quijano. Algo que supuso un duro golpe ya que el guion lo escribió pensando en él “por ser la encarnación de don Quijote”. Pensó que “la película se había ido al carajo. Pero los estudiantes me animaron y me hicieron ver que faltaban solamente diez escenas con el Quijote. Algunas eran prescindibles y se suprimieron; otras se hicieron en cámara subjetiva, otras de espaldas y otras de lejos. Solamente en dos de ellas se tuvo que sustituir al protagonista con un actor titiritero con máscara”.

A pesar de que la película está entramada en cuatro personajes y sus historias, por encima de todos ellos destaca Santos Carrasco (Sancho Panza), interpretado por Álvaro Rodríguez, que lleva “la voz cantante” de la cinta al ser el personaje que quiere saber la historia de Quijano para comprender la causa de su locura.

Libia dice que su película es una invitación a un viaje plasmado de misterio, risas y música con el que quiere que “el espectador disfrute y que sea un motivo para  reflexionar sobre nosotros mismos, sobre cómo procesamos el dolor. Sobre cómo nos enfrentamos al ejercicio pedagógico, que no puede ser un corsé sino que hay que aceptar otras formas de ver la vida. Y también en este caso entender el papel del punk en la película como una música para la protesta social”.

Tanto Quijote como Sancho son, desde distintas perspectivas, dos idealistas que, como casi todos, “quisieran encontrar ese trozo de felicidad, aunque sea siendo otro. De ahí que el profesor Alonso Quijano se pregunte ´¿Por qué no se me deja solamente vivir la fantasía del Quijote?` Pero la realidad está ahí y nos hace decir adiós a la fantasía”.

En Un tal Alonso Quijano, el protagonista lucha contra los “trasnmilenios” (buses articulados) en lugar de contra molinos: “Una metáfora de la realidad con la que nos tenemos que enfrentar y que le ´obliga` a viajar dentro de ellos”.

Para Libia S. Gómez “El cine colombiano ha puesto la realidad y la violencia tan de frente que es difícil que el espectador la vea”. Por eso prefiere “ejercer un efecto de distanciamiento de la realidad, para que la gente salga mascullando sobre qué le quedó de lo que ha visto. Para que se vaya rumiando y pensando a largo plazo”.

Don Quijote y Sancho en Bogotá (foto: Iñaki Chaves)

El estreno de Un tal Alonso Quijano quiere ser un regalo para la ciudadanía durante el aislamiento provocado por la pandemia y un intento de romper con la tradicional taquilla que en Colombia hace que las películas nacionales apenas se mantengan en cartelera. Es, en palabras de su directora, “una apuesta por el producto nacional. Un regalo de la UNAL, como un bálsamo de Fierabrás que quiere dar un punto de reflexión sobre nosotros mismos y nuestra realidad”.

La película estará gratis y en abierto desde el 1 al 15 de julio por el canal de youtube de la Universidad Nacional y en la página web www.untalalonsoquijano.com pueden encontrar toda la información y contenidos extras. Así que separen una silla para asistir al estreno y prepárense para disfrutar de esta prometedora película.

Cien días

Se dice pronto, un centenar de jornadas en aislamiento por culpa del bichito de marras.

Dos mil cuatrocientas horas enclaustrados para enfrentar una pandemia causada por un virus al que no vamos a nombrar para que no se crezca más. Para ver si silenciándolo deja de actuar y podemos volver a la “normalidad”, sea vieja o nueva.

Cien días (foto: Iñaki Chaves)

Hasta ahora se ha escrito lo que nunca antes por un mismo motivo. Creo que ni las grandes guerras ni las paces pequeñas habían llenado tantas páginas y pantallas ni habían vaciado tantas calles como lo ha hecho la “presencia” de este tóxico germen.

A pesar de todo lo dicho, oído y registrado apenas sabemos cosas concretas. Eso sí, conocemos mucho de los números, de lo que nos dicen las estadísticas, esas que miramos y miramos para ver cómo crecen las cifras de personas contagiadas y las de vidas que han dejado de estar. Las observamos como si formaran parte de la tabla de clasificación de la liga de algún deporte, ¿qué lugar ocupa este o aquel país?, ¿cuánta gente recuperada?

Dígitos y más dígitos, datos que aumentan a la misma velocidad que crecen las dudas sobre el futuro que nos espera. Después de más de tres meses seguimos viviendo en una situación de incertidumbre desconocida. No podemos decidir si huir o escondernos, si mirar con esperanza el mañana o asustarnos ante un presente desconocido.

Hemos perdido las seguridades, que no fueron nunca muchas, pero que ahora tiemblan ante nuestros ojos por un virus que se ha cobrado, a las 16:35 hora colombiana de este 27 de junio de 2020 y según cifras oficiales de la Johns Hopkins University, un total de 495.993 vidas y ha dejado una suma de nueve millones ochocientas ochenta y dos mil cuatrocientas noventa y seis personas infectadas.

Página web de la Johns Hopkins University

Los números creciendo y los días del calendario sumándose a nuestro tiempo en aislamiento. Días y más días en los que los pensamientos se van acumulando a una soledad llena de dudas y desconocimientos de lo que somos o lo que seremos. La vida no nos está enseñando nada sobre una situación de la que no tenemos idea de cómo saldremos ¿Hasta cuándo?

La estupidez naranja

Poner un día sin iva en plena pandemia

La estupidez naranja (foto: Iñaki Chaves)

Los esfuerzos de una parte de las y los gobernantes y de gran parte de la población por mantenerse a salvo de la pandemia se han ido al garete por la ineptitud del Gobierno Nacional, con su economía naranja, y por la imbecilidad del resto de los gobernados que, sin plata para comer, despilfarran en compras inútiles a precios desorbitados que pagarán en más cuotas de las que sus cortos cerebros pueden contar.

Solamente a los defensores de esa estupidez naranja, que son a la vez enemigos de la vida y la sensatez, se les ocurre promover no una, sino tres jornadas sin iva en el comercio para acabar en 72 horas con los esfuerzos de más de noventa días intentando mantener la distancia física, y social, para contener el pico de la pandemia y no saturar los hospitales.

Y únicamente a una manada de descerebrados “engañados” se les antoja arriesgarse a un contagio asistiendo personalmente, ya que muchos comercios no ofrecían el descuento para compras virtuales, a las tiendas para adquirir, con un descuento que no es ni tanto ni tan cierto, lo que no necesitan.

Este 19 de junio ha podido ser el Covid Friday para Colombia acabando, de la mano de un carrito de la compra, con el aislamiento inteligente y demostrando que mucha gente no tiene ni dos dedos de frente. Un país que no sale a votar, que permite que gane el no a la paz pero pierde el culo por ir a comprar.

Meme alrededor del día sin IVA en Colombia

¿A quién se le ocurrió los tres días sin iva en plena pandemia? A esos gobernantes, defensores de la economía naranja, esa que no da jugo, la que enarbola la bandera del emprendimiento individual sin más para que el Gobierno se pueda lavar las manos con menos culpa por sus muchas carencias, no les aplaudimos su política de fuegos artificiales que fomenta el consumo insensato; que no respalda la paz ni las instituciones que la promueven; que permite el asesinato de líderes y lideresas sociales y la impunidad de sus criminales; que cree que el sagrado corazón les dará el cielo y les liberará de la pandemia, y que saben que los surcos de dolores de la letra de su himno no son para ellos sino para los que menos tienen y más necesitan.

Si la covid-19 no lo impide o a alguien con una mirada de seguridad sanitaria no se le ocurre hacerlo, a este 19 de junio se sumarán, el 3 y el 19 de julio, como fechas para relanzar la economía anaranjada. Esperemos que no sirvan para disparar las cifras de personas contagiadas y fallecidas por el coronavirus, lo que hará que las únicas finanzas que aumenten sean, como ha escrito el caricaturista Vladdo en sus redes virtuales, las de los servicios fúnebres y las de las empresas de ataúdes que se llenarán de incautos.

Una de las caricaturas sobre el día sin IVA que ha circulado por las redes virtuales

El 19 de junio han salido a comprar sin el 19 de iva para aumentar tal vez un 19 % el número de personas contagiadas por la covid-19. Desde hoy puede que sea elegido como el número de la estúpida, o peor, de la macabra, economía naranja. Puede que la vida en este país valga menos de ese 19 por ciento.

El encierro como una película

Estamos viviendo la cuarentena dictada por el coronavirus como una película, una sucesión de imágenes que nunca hubiéramos imaginado y que van grabando en nuestra memoria, fotograma a fotograma, unos hechos inesperados y sorprendentes que se nos dan a conocer casi que virtualmente y nos llevan de la incredulidad al temor y a la incertidumbre.

COVID-19, la película de la pandemia (foto: Iñaki Chaves)

El reducido espacio de nuestro apartamento es nuestra particular sala de proyección en la que vamos colgando esas imágenes como si fueran carteles de cine. A ellas se suman las que captamos a través de nuestras ventanas y que nos conectan con un exterior al que hemos dejado también en cuarentena para no juntarnos con un virus que está al acecho de nuestros cuerpos con la intención de que formemos parte del guion de su película.

Ahí, en ese aislamiento determinado por cuatro paredes y sus ventanales es donde somos protagonistas del filme de moda, el que se está ganando todas las portadas de los medios y que se ha estrenado, con apenas unos días de margen, en las salas de casi todo el planeta con gran asistencia de público. Esta vez sí se puede decir que la imagen del virus, real, inventada o ilustrada, ha dado la vuelta al mundo.

En estas circunstancias nos vemos como un mago del cine, como un Méliès del siglo XXI anunciando: “Amigos míos, esta noche me dirijo a vosotros por lo que sois: magos, sirenas, viajeros, exploradores, ilusionistas… Venid a soñar conmigo”. Bienvenidas y bienvenidos al estreno de la película que lo cambiará todo: la pandemia de la covid-19.

Recluidos cual pez en una pecera “Buscando a Nemo” entre las cuatro paredes de nuestro encierro, caminamos sin más rumbo que recorrer que el pequeño espacio en el que queremos que “La piel que habito” se convierta en la coraza que nos salve de cualquier agresión externa, especialmente del riesgo que supone un virus desconocido.

Mientras, miramos los anaqueles buscando con ansiedad ese libro que nos saque del hastío, que nos haga volar la imaginación para salir de “La historia interminable”, o casi, a lomos de un dragón blanco. También abrimos desesperadamente los roperos, pero no para encontrar qué ponernos, sino buscando a nuestro particular “ET, el extraterrestre” para tener alguien con quien conversar.

Finalmente, nos damos de bruces con la realidad inamovible de nuestra soledad en esa isla en que se ha convertido nuestro lugar de residencia y terminamos hablando con un balón, solitario como nosotros en el fondo de un armario, como si fuéramos un “Náufrago” cualquiera.

En estos largos días hemos escrito y recitado, pensando si estamos al inicio o al final del recorrido, ´¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado`, como fieros aspirantes al “Club de los poetas muertos” gritándole a la sociedad para saber si estaba muerta o los muertos éramos nosotros.

Por correo electrónico nos han invitado a vivir nuestra propia “Noche en el museo” y hemos aceptado introducirnos en sus salas con la ilusión, entre temerosa y confiada, de vivir las fantasías ocultas en un cuadro compartiendo con sus personajes. Echamos de menos y valoramos, por fin, la naturaleza y sus bellezas, sus árboles, sus selvas, sus ríos, sus mares y sus animales, tanto que incluso querríamos sentir “El abrazo de la serpiente”.

Carteles de cine con Mèliés (foto: Iñaki Chaves)

Nos hemos lanzado a la cocina imaginando recetas que nos alimenten o que nos engorden en este confinamiento sin fecha, hemos elaborado sopas, ensaladas, postres y salsas y nuestro especial “Ratatouille” pese a no contar con un Remy, ratón y cocinero, que nos asesore.

Abrimos balcones y ventanas para aplaudir, para cantar o para gritar desesperadamente y que nuestro vecindario sepa que, aunque no componemos un sonido ´celestial` cual “Los chicos del coro”, sí manifestamos nuestro agradecimiento a quienes nos cuidan y compartimos públicamente encierro e ilusiones.

No terminamos de creernos lo que estamos viviendo, elucubrando si no será una “Cortina de humo”, una distracción para hacernos pensar que es el virus lo único importante, mientras entre bastidores siguen sucediendo los hechos de verdad, los que continuarán afectando a nuestra vida y la del planeta después de la epidemia.

El protagonista de toda esta película es un ´simple` virus que nos ha hecho sentir como unos “Parásitos”, entre el encierro aburrido y claustrofóbico para sobrevivir y la ocupación, por más tiempo del que nos gustaría, de un lugar que hasta la llegada de la epidemia era territorio casi exclusivo de nuestras mascotas.

Es cierto que la pandemia ha provocado una especie de resurgimiento de la solidaridad, a veces falsa o forzada, de una nueva unión entre iguales en un escenario en el que no nos estaba importando si tenemos “Ocho apellidos vascos”, o sí son catalanes, germanos, paisas o georgianos.

Nos queda el sinsabor de si no deberíamos aprovechar la situación para reclamar un nuevo contrato social para después de esta pandemia, pero los poderes solamente nos ofrecen “Una noche en la ópera” con su discurso sobre ´la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte`, para llevarnos hasta el hastío porque todo es papel mojado.

Al final, nos gustaría tener un “Despertares” compartido que nos haga salir de esta pesadilla de serie B, entre tragicómica y terrorífica, en la que una droga llamada coronavirus nos ha hecho vivir un mal sueño. Abrir los ojos y sentir que “La vida es bella”, que es una especie de fábula en la que podemos estar tristes y deprimidos, pero también alegres e ilusionados, como nos sentimos a veces cuando vemos una película.

Los sures de la memoria

Navego en la memoria para señalar la vida que estoy viviendo a los 80 días de aislamiento (7 de junio de 2020)

Los sures de la memoria (composición y foto: Iñaki Chaves)

Buceando en el sur de los recuerdos para encontrar que esto que estoy pasando no es una película, tampoco una novela, aunque me haya imaginado dando la vuelta al mundo en estas dos cuarentenas. Es una historia más en este mar de historias en que se está convirtiendo la vida en la pandemia. Narraciones hechas desde videos, fotografías, emoticonos, imágenes, sonidos y palabras para acompañar y hacer más llevadera la soledad, la de algunas personas más que la de otras. Todo ello son, finalmente, tarjetas desde el sur de la memoria en el confinamiento.

Un eufemístico “aislamiento preventivo obligatorio” que es más un encierro frente a todavía no se sabe bien qué. O tal vez este confinamiento no lo esté siendo tanto, porque hemos descubierto, redescubierto, otras opciones para compartir; amistades a las que recurrir y recuperar por si acaso se da lo inevitable, aficiones aparcadas y conversaciones aplazadas. Una muestra más de que la vida sigue y a ella nos estamos aferrando. Sobreviviendo, reexistiendo, soñando; que “si vivir es bueno, es mejor soñar. Y mejor que todo, despertar”.

Mientras despierto de este sueño colectivo, me he encontrado pensando y soñando el Sur, ese sur tantas veces buscado. He meditado rebuscando en la memoria de mis sures o en los recónditos sures de mi memoria. Entre ilusiones y dormires “soñé la tierra del sur, soñé el valle entero, el pastal, la viña crespa, y la gloria de los huertos”.

En esos sueños están siempre presente los sures, esos que también existen y que resisten, con “hombres y mujeres que saben a qué asirse aprovechando el sol y también los eclipses”; esos que navego en mis pateras contando de “mis miradas, mis inquietudes, mis fobias y mis filias”; esos a los que llegué y a los que quiero ir, o que me lleven, cuando la muerte venga a visitarme; esos en los que aún queda sitio para la gente; esos que son “espejismo, reflejo”, como “una flecha de oro, sin blanco, sobre el viento”; esos de los trenes “pequeños entre los volcanes, deslizando vagones sobre rieles mojados por la lluvia vitalicia, entre montañas crespas y pesadumbre de palos quemados”; esos que son “un desierto que llora mientras canta”, que “hacia el mar encamina sus deseos amargos”, en los que “su oscuridad, su luz son bellezas iguales”; esos que nos muestra la cruz del Sur “guardiana de sus misterios, arde, cual cifrando en su acorde de siderales neones la música del mundo en su primera tarde”.

En este encierro, en el que tengo el rostro serio, la mirada perdida y los pensamientos volando sin puerto fijo, pero siempre rumbo al Sur, me queda el goce de estar triste, una “vana costumbre que me inclina al sur, a cierta puerta, a cierta esquina”; a un rincón de los sentimientos donde cuerpo, mente y espíritu, perdidos por la incertidumbre, se encuentran, se miran en el espejo y deciden cambiar el gesto y dibujar una sonrisa.

Una sonrisa que revolotea en la memoria y que pone rumbo a esos sures, como hizo la equivocada paloma, “que creyó que el trigo era el agua, que el mar era el cielo y que la noche la mañana”. Sonreír y respirar hondo al “abrir la ventana y ver el mar del Sur de…” cualquier lugar y sentir que “el deseo de vivir, quien lo busca lo encuentra”. Para continuar el camino de esta vida incierta, como lo ha sido siempre, pero confiando en vivir lo que nos quede no sólo estando, sino siendo Sur, ese “donde la tierra está llena de océano”.

Arriba el ánimo (foto: Iñaki Chaves)

Después, me pararé frente al mundo para enfrentarlo, para seguir buscando, algunas veces creyendo encontrar, las utopías de los sures que se esconden en las metamorfosis que vivimos. Para luchar contra el pesimismo, sin echar las campanas al vuelo pero convencido de que se puede y que debemos cambiar, mirando al Sur.

Todo ello en compañía de la memoria, esa en la que he venido grabando estas rutas por mis sures. Con la confianza de seguir creciendo y avanzando, sin esperar alcanzar algún día el horizonte pero sí con la motivación para intentarlo. Navegando desde los sures profundos de mi memoria para salir sano y salvo de este aislamiento.

El cambio está llegando

Cantar, luchar y morir por el cambio

Un cambio está llegando (imagen tomada de Sam Cooke – A Change Is Gonna Come – Official Lyric Video)

En diciembre de 1964, asesinaron a Sam Cooke. La semana pasada, otro afroamericano, George Floyd, uno más y ya no creo que nadie pueda llevar la cuenta exacta, perdió la vida a manos (rodilla) de un miembro de las fuerzas de orden público (¿?). Una paradoja que quienes tienen que velar por la seguridad de la ciudadanía se dediquen a violentarla e incluso matarla.

En este año del coronavirus, sigue habiendo otras enfermedades sociales que matan tanto o más que la pandemia. El racismo, la exclusión, el hambre, el desempleo, la falta de atención sanitaria gratuita y de calidad son algunas de esas lacras que acaban con la vida de las personas más débiles y desprotegidas, sea cual sea la razón de esa debilidad y de la desprotección.

Históricamente, han tenido que suceder hechos trágicos para que realmente se den cambios, aunque luego no lleguen a nada nuevo en el rumbo de las sociedades. Hace algo más de medio siglo que Cooke combatió desde la poesía de sus letras y la armonía de su música por los derechos civiles de la población negra en Estados Unidos de América. Y terminó pagándolo con su vida. Era ya famoso, pero era negro y activista. Dos pecados imperdonables en aquel país hace seis décadas que siguen siéndolo hoy. Su asesinato continúa sin resolverse; el de Floyd, pese a saberse quien le ha matado, está en el aire y no se sabe si hará el mismo camino.

Am I next? (imagen tomada de Sam Cooke – A Change Is Gonna Come – Official Lyric Video)

Es demasiado tiempo esperando un cambio que no termina de llegar. El racismo continúa campando a sus anchas en el país de las libertades y la democracia más antigua sin que haya consecuencias penales y políticas por ello. Que en la presidencia de aquel país haya un tipo de encefalograma plano, de clara ascendencia y tendencia wasp, que se cree el amo del mundo, que carece de carisma político y que no ve más allá de su flequillo, contribuye a una situación crítica y caótica. Habrá que ver qué deparan las elecciones presidenciales del próximo noviembre. Echarle de la Casa Blanca sería un buen principio para un cambio que no se debería quedar solamente en eso.

La multitud en contra del racismo y la impunidad en el mundo, como la música en los corazones, está creciendo. Deberíamos escuchar los sonidos de la una y atender las demandas de la otra. Será la única manera de conseguir un verdadero cambio alterativo para la mayoría.

¿El cambio está llegando?