Día Internacional Nelson Mandela

En memoria del paradigmático defensor de los derechos humanos

Cartel del Día de Mandela 2020

“He dedicado toda mi vida a esta lucha del pueblo africano. He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. He alimentado el ideal de una sociedad libre y democrática en la cual todas las personas vivan juntas en armonía y con iguales posibilidades. Es un ideal por el cual vivo y que espero alcanzar. Pero si es necesario, es un ideal por el cual estoy dispuesto a morir”.

Con esa cita comienza el libro Un ideal por el cual vivo, una suerte de historia personal, que no biografía, de cincuenta años en la vida de Madiba. Nelson Rolihlahla Mandela, también conocido como Madiba, nació el 18 de julio de 1918 en la pequeña aldea de Mvezo (Sudáfrica), hijo de Nonqaphi Nosekeni y de Nkosi Mphakanyiswa Gadla Mandela, consejero principal de la tribu thembu, hermano de los otros doce hijos de sus cuatro esposas.

En el año 2009, mediante la resolución 64/13, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió nombrar el día de su nacimiento como el Día Nelson Mandela, un Día Internacional por la paz, la democracia y la libertad. Fue, durante toda su larga vida, un ciudadano universal y un servidor y defensor de las libertades públicas, la paz y los derechos humanos.

La hija de Mandela, Zindzi, recientemente fallecida, el 29 de agosto de 1985 en el campus de la Universidad de Ciudad del Cabo (foto: Gideon Mendel / AFP / Getty Images)

Un hombre que con su acción inspiró y llevó a cabo un verdadero cambio social, una metamorfosis que consiguió tumbar el racista y excluyente sistema político del apartheid sudafricano. Él ha sido uno de mis “navegantes”, una de las personas que ha marcado mi rumbo en este viaje por la vida y que me ha servido como referente al aportar sus valores intangibles a mi construcción como ser humano.

En una carta que publiqué por su 95 cumpleaños, y que como se pueden imaginar él nunca leyó, le declaraba mi respeto y admiración por “haber promovido y enseñado al mundo la paz desde uno de los lugares más excluidos y olvidados de la Tierra, hasta que su labor lo puso en el mapa; por haber sido un gran desobediente civil y un gran ciudadano del mundo, porque con su trabajo nos mostró el ´largo camino hacia la libertad`”.

Ya lo he dicho antes y hoy, en el día en que cumpliría 102 años, lo repito “Madiba me enseñó la palabra Ubuntu, esa que deberíamos aprender, asumir y practicar todas y todos para cumplir con los derechos”. Así lo escribí en Nueva Tribuna en 2018, Mandela fue “la personificación de la Ubuntu africana, (…) la humanidad y la fortaleza, la concesión sin rendición, el perdón sin el olvido. Ubuntu es una verdad universal, un modo de vida: el respeto, la comunidad, compartir y confiar”.

Para el filósofo y crítico Todorov, en su artículo de 2014 “El ejemplo de Mandela”, el dirigente sudafricano tenía una personalidad que le situaba en otro nivel entre los mandatarios que en el mundo han sido al poseer “una extraordinaria combinación de sentido político y virtud moral” y cuyo éxito tuvo mucho que ver con su capacidad para reconocer la humanidad de su enemigo “al que trata de comprender y ver como el enemigo se ve a sí mismo”.

Según John Carlin, periodista, corresponsal en Sudáfrica para The Independent de Londres, entre 1989 y 1995, y autor del libro Playing the enemy (El factor humano en su versión en castellano) con el que pretendió “humildemente, reflejar un poco la luz de Mandela”, lo más destacable del líder sudafricano era precisamente su factor humano, lo que le hizo actuar inteligentemente y anteponer los intereses de su país por encima de la rabia que sentía; entendiendo que “no iba a lograr el objetivo de la democracia si iba por el camino de la venganza”.

Mandela ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 22 de junio de 1990 (foto: Don Emmert / AFP / Getty Images)

Su labor en pro de la paz, de los derechos y de la igualdad en Sudáfrica, su “revolución negociada”, es un ejemplo que ilustra y guía las teorías sobre resolución de conflictos que muchos países deberían seguir para superar las diferencias y alcanzar la paz desde el respeto y el reconocimiento del otro.

En dos de sus, en mi opinión, más destacados discursos, con lo difícil que es elegir solamente un par de entre tantos que nos regaló, sus palabras quedaron resonando no sólo por su claridad y contundencia, sino por el simbolismo del momento y el espacio en el que las compartió.

Uno es el que ofreció ante la ONU en septiembre de 1998 y en el que, después de reconocer que sería probablemente la última vez que tuviera el honor de estar en esa asamblea, con toda rotundidad pero con absoluta humildad, afirmó “Si todas estas esperanzas [que a nadie se le niegue la libertad; que a nadie se le convierta en refugiado; que a nadie se le condene a pasar hambre; que a nadie se le prive de su dignidad humana] se pueden traducir en un sueño realizable y no en una pesadilla que atormente las almas de los viejos, entonces tendré paz y tranquilidad, entonces la historia y los miles de millones en todo el mundo proclamarán que valió la pena soñar y esforzarse por dar vida a un sueño realizable”.

Y el otro es con el que abrió el concierto Live 8, “Africa Standing Tall Against Poverty”, en Johannesburgo en julio de 2005, donde aseguró, tras reconocer que no debería estar ahí puesto que ya había anunciado formalmente su retirada de la vida pública, que “mientras la pobreza, la injusticia y la gran desigualdad persistan en nuestro mundo, ninguno de nosotros puede descansar realmente”.

Por primera vez en 2015, las Naciones Unidas concedieron el premio de carácter honorario Nelson Rolihlahla Mandela, consagrado al recuerdo de Madiba y que será entregado cada cinco años a aquella mujer y aquel hombre que hayan trabajado por la comunidad siguiendo el legado del premio Nobel de la Paz. En su primera edición recayó en la doctora Helena Ndume, oftalmóloga de Namibia dedicada a combatir la ceguera en África, y en el ex presidente de Portugal Jorge Fernando Branco Sampaio, luchador contra la dictadura en su país y defensor de presos políticos.

En 2020 el galardón les será otorgado a Marianna V. Vardinoyannis, filántropa griega y defensora mundial de los derechos humanos que lleva más de 30 años luchando por un mundo sin fronteras en la salud y por la protección y el bienestar de niñas y niños, y al doctor Morissanda Kouyaté, médico guineano defensor del fin de la violencia contra las mujeres y las niñas en África, especialmente en contra de la mutilación genital femenina.

Nelson Mandela le entrega la copa de Campeón del Mundo de Rugby al capitán de la selección de Sudáfrica François Pienaar en Johannesburgo el 24 de junio de 1995 (foto: Jean-Pierre Muller / AFP / Getty Images)

Este 18 de julio tendrá lugar la decimoctava conferencia anual Nelson Mandela que contará con la participación y el discurso del secretario general de la ONU António Guterres. El evento será en línea y tendrá por título “Abordar la pandemia de la desigualdad: un nuevo contrato social para una nueva era”.

Todo eso y más produce el navegante Nelson Mandela, un ser humano que nos enseñó que todo “Siempre parece imposible hasta que se hace”; que nuestros viajes por un mundo socialmente injusto podían tener la esperanza de alcanzar finales menos malos de los que por lo general cierran las historias. Mandela, como reza el poema de W.E. Henley, fue el amo de su destino y el capitán de su alma.

Los monstruos y la ética

En estos tiempos difíciles de aislamiento por la pandemia puede que sean más visibles los monstruos que llevamos dentro y los que nos asaltan afuera.

“Nuestros monstruos” (foto: Iñaki Chaves)

La monstruosidad no se contagia, pero sí puede ser transmitida por los medios y condicionar nuestros imaginarios ya de por sí sensibles a ser afectados por lo que nos dicen. Por ello sería pertinente demandar el valor de la ética y reclamar su papel en la producción in-formativa, en las acciones económicas y en las decisiones políticas que afectan a la colectividad.

“Las representaciones alrededor de personalidades complejas, tal vez físicamente deformes, psicológicamente desviadas o de comportamientos ´crueles`, han contribuido a la construcción de ciertos imaginarios sobre esos ´monstruos` para intentar mantenernos al margen de sus actos y pensamientos, para no ´contagiarnos`. Como si los demás no fuéramos también, de alguna manera, ´monstruos`.

El temor a lo extraño, a lo diferente, a lo que se sale de la ´normalidad` impuesta, nos hace comportarnos también como monstruos frente a las personas distintas, ya lo sean por su físico, su religión, su ideología, sus opciones sexuales o cualquier otro atributo que los haga disímiles”.

Una reflexión en torno a los monstruos que parte de la siguiente pregunta: “¿por qué dialogar en torno a la ética de los monstruos?” Y que se intenta responder a partir de “cómo esos monstruos, famosos la mayoría, han colaborado a la construcción de un imaginario colectivo y eso tiene, o debería tener, un trasfondo ético. Algo que, desde los medios y, sobre todo, desde la academia deberíamos plantear a la sociedad y a nuestros estudiantes para poder dialogar sobre la ética de los monstruos, o de la ausencia de esta”.

Pueden leer y descargar el artículo completo “La ética de los monstruos” en la revista Mediaciones Sociales de la Universidad Complutense de Madrid.

Morricone en el paraíso

Allá dónde quiera que esté sonará la buena música del maestro de las bandas sonoras

Foto de Ennio Morricone en el libro de C. Aguilar sobre Sergio Leone

La semana pasada, escuchando esa bella composición para la película Cinema Paradiso, de Tornatore, pensé en escribirle una entrada. Ahora el escrito tiene ciertas notas tristes porque su autor se ha ido y seguirá componiendo en otras alturas.

El cine de los últimos cincuenta años no sería el mismo sin las bandas sonoras realizadas por el genio italiano de Ennio Morricone. Escuchar su música es trasladarse al escenario de la película a la que acompañaba. Así, he podido pisar el lejano Oeste, aunque fuera en desérticos escenarios de Almeria, cada vez que oía los sonidos de algunas de sus más logradas obras; siendo observador privilegiado de esos duelos a muerte en los que las miradas y los gestos dan sentido a la partitura que los describe, haciéndome silencioso protagonista de los personajes de Clint Eastwood, Lee Van Cleef, Gian Maria Volonté o Eli Wallach a través de la música del compositor transalpino.

Con su batuta lo mismo te transportaba al Chicago de la ley seca con los gánsteres y los intocables; a las aventuras del salvaje Oeste con aguerridos vaqueros cazarrecompensas y “traviesos” delincuentes; a las selvas latinoamericanas con sus misiones religiosas para salvar al mundo, que a la ilusión de un niño frente a la belleza del séptimo arte.

Trabajó con los más grandes del cine mundial, pero, sobre todo, formó una pareja casi perfecta de baile cinematográfico con su paisano Sergio Leone, al que acompañó musicalmente en seis de sus siete películas. Una unión de resultados sublimes en la que los elementos conceptuales del cine del uno “el barroquismo escenográfico, la discordancia del ritmo, la geografía delirante, la solemnidad y la ironía, el erotismo elíptico y la violencia frenética, los personajes peculiares y las no menos peculiares que establecen, el aliento mítico, la trascendencia del pasado, la nostalgia, la muerte”, encontraban “su interpretación musical idónea, puesto que nacen de ella” (Aguilar, 2009, p. 79). Leone afirmaba que “si es cierto que yo he creado un nuevo tipo de western, es Ennio Morricone quien le ha dado vida”. Para Giuseppe Tornatore, “egli non è solo un grande compositore film che è un grande compositore”.

Imagen promocional de la gira “The 60 years of music tour” de Morricone

Obtuvo un Óscar honorífico por toda su obra en 2006 y, finalmente, el otorgado a mejor banda sonora original diez años después por la música para The hateful eight de Tarantino. Este año había sido reconocido con el princesa de Asturias de las Artes junto a John Williams, otro compositor de lujo. En 2016 inició la que iba a ser su última gira musical, The 60 years of music tour, que se alargó durante más de tres años y en la que  estaba acompañado de doscientas personas entre músicos y cantantes.

Ese era Ennio Morricone, creador de música celestial para el cine. Nació en Roma el 10 de noviembre de 1928 y ha muerto en la ciudad eterna el 6 de julio de 2020. Que las notas le acompañen en el paraíso al que haya ido como tantas veces su música nos ha embriagado de sueños.

Concierto en la Arena de Verona el 28 de septiembre de 2002