Hace treinta años que tengo treinta años

¡Qué curiosidad! Sí, nada y mucho. Seis décadas, doce lustros, veintiún mil novecientos quince días, contando los quince bisiestos. Sé todos los que he vivido y desconozco, por suerte, los que me quedan por vivir.

Fa trenta anys que tinc trenta anys, parafraseando a Serrat y “explotando” ese gran éxito suyo que le ha permitido seguir cantando sin dejar de cumplir, o lo que es lo mismo, pero distinto, continuar cumpliendo sin renunciar a cantar.

A esta edad ya uno sabe muchas cosas, o al menos eso se cree. Sabemos a ciencia cierta, si es que eso existe, quienes son las verdaderas amistades. Esas que están ahí, aunque no aparezcan más que para felicitarte por tu cumpleaños, si se acuerdan, y para felicitarte por el año nuevo que es más fácil de recordar. ¡Qué curiosidad!

Ya has plantado un árbol; ya has criado un hijo (a), o has cuidado una mascota, y ya has escrito un libro o algo parecido a un diario del viaje de tu vida. Ya no dices por decir, ya no evitas llamar a las cosas por su nombre ni guardas la compostura para no molestar. Ya no te miras en el espejo esperando ver qué tal estás, reconoces las arrugas que tienes, que te hablan de los caminos recorridos, y sabes que es más corto lo que te queda por recorrer, pero también cómo lo has de afrontar.

Como recita y canta el noi del poble sec en “fa vint anys que tinc vint anys” : “aún tengo fuerza, y no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Y aún me siento capaz de cantar si otro canta” y nos reafirmamos con él en querer “cantar a las piedras, a la tierra, al agua, al trigo y al camino que voy pisando. A la noche, al cielo, a este mar tan nuestro, y al viento que por la mañana viene a besarme el rostro”. Hace treinta años que tengo treinta años, “y el corazón, aún, se me dispara, por un instante de amar, o al ver un niño llorar… Quiero cantar al amor”.

Queremos, como el Nano, “levantar la voz, por una tempestad, por un rayo de sol, o por el ruiseñor que ha de cantar al atardecer”. Y también, ¡qué curiosidad!, gritar bien alto que queremos una Colombia en paz, sin esos que ustedes saben y sin el esmad, y una España sin fascismos, solidaria y respetuosa de la diversidad.

He reído, he llorado… he leído y he cantado… he dicho y he escuchado… he querido y quiero seguir queriendo. He pensado y debatido, he defendido la razón y le he dejado espacio al sentimiento. He creído en la solidaridad y he combatido la intolerancia. En fin, que he querido estar queriendo ser, para terminar habiendo sido.

He dejado la huella sin pisar, para que el mar la borre si quiere y la vuelva a dibujar una ola despistada que no sabe que no se puede dejar dos veces la misma pisada ni tocar dos veces la misma agua.

Hoy, creo que la primera tercera parte de esta existencia se pasó sin más, y con menos, con altibajos no todos malos, no todos buenos; la segunda tercera porción se escurrió y en el camino nacieron una hija y un hijo y algunas otras cosas que marcaron mi cabeza y tal vez mi corazón, y en la tercera de las tres, que espero no sea la vencida, encontré a mi compañera, la de pa´las que sean, la de pa´siempre, que me trajo la calma después de una tormenta estival en una noche en el Caribe frente al mar. A partir de ahí, puedo decir que he ido creciendo al caminar, siendo Quijote sin lanza o un discurso de Marx, de Groucho o de Karl, ¡qué curiosidad!

Al llegar a esta edad, confirmo mi terquedad y sigo pensando que el hogar está donde esté ella, y mi gata y mi sombrero y una almohada para soñar. Siempre me siento en casa cuando estoy con ella y exiliado cuando lejos está. ¡Qué curiosidad!

Nacemos para vivir, vivimos para morir y en el camino soñar. Confieso que he tenido la suerte de nacer y también la de vivir. Que en esta vida he soñado y que algún día, no sé cuándo, soñaré que viví, que nací y que morí; y en ese recorrido, me han acompañado ella, y la palabra, y la música, y ella, siempre ella.

Por eso, además de la canción de Serrat, les quiero compartir una canción poema obra de Alberto Cortez que dice:

Les invito a que celebren haber nacido, a pesar de los pesares que pesan en este mundo tan mal parido. Porque no importa dónde estén, piensen en la suerte, buena o mala suerte tal vez, que hemos tenido de nacer y, sobre todo de crecer. Por eso también les invito a leer el siguiente poema-canción atribuido al querido y admirado José Saramago:

¿Qué cuántos años tengo?

¡Qué importa eso!

¡Tengo la edad que quiero y siento!

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…

Pues tengo la experiencia de los años vividos

y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo!

¡No quiero pensar en ello!

Pues unos dicen que ya soy viejo

otros “que estoy en el apogeo”.

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,

sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,

para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir:

¡Estás muy joven, no lo lograrás!…

¡Estás muy viejo, ya no podrás!…

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,

pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños,

se empiezan a acariciar con los dedos,

las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor,

a veces es una loca llamarada,

ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.

y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Qué cuántos años tengo?

No necesito marcarlos con un número,

pues mis anhelos alcanzados,

mis triunfos obtenidos,

las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas… ¡Valen mucho más que eso!

¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!

Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.

Para seguir sin temor por el sendero,

pues llevo conmigo la experiencia adquirida

y la fuerza de mis anhelos

¿Qué cuántos años tengo?

Eso… ¿A quién le importa?

Tengo los años necesarios para perder ya el miedo

y hacer lo que quiero y siento

Qué importa cuántos años tengo.

o cuántos espero, si con los años que tengo,

¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!!

Ah, por cierto, y para terminar, por si no lo he dicho claro: hace treinta años que tengo treinta años. ¡Qué curiosidad! Así que, resumiendo, como escribiera Benedetti: “estoy jodido y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa”.

Y recuerden: “la vejez empieza cuando se pierde la curiosidad”.

¡Salud! Y feliz año.

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