Tristeza

En una sola palabra se condensa la sensación que produce una jornada electoral patética

“Tristeza de amor. Un juego cruel, jugando a ganar has vuelto a perder”, cantaba Hilario Camacho. Y ese es el sentimiento que me producen los resultados del 26J.

Campanas al vuelo, alharacas, cohetes, serpentinas y confetis. Todo falso. ¿Para qué sirven los estudios de opinión, para qué las encuestas, qué de cierto tienen los sondeos a pie de urna?

Unidos PodemosEl mapa de España sigue siendo azul, pero de un azul triste, monótono y neoliberal. Nada de todo lo que hemos leído en días pasados ha ocurrido. Ni triunfo, ni coalición progresista, ni sorpaso, ni…

Pareciera que sí, que las urnas tuvieran patas y hubieran huido con esos votos que creíamos que iban a producir el cambio, supuestamente tan querido y añorado. Las previsiones fallan y los medios también. La gente, sorpresivamente, ha decidido otra cosa.

¿Es inteligente el pueblo que ha votado? Permítanme que lo dude. Será democracia, pero es más de lo mismo. Un partido conservador, retrógrado y filofacha que está hasta el cuello de mierda; otro que se ha pintado de moderno y joven pero que no tiene identidad y que es tan de derechas como sus progenitores, y otro, histórico, que sigue vendiendo cambio y lo único que ha hecho es torcerse, pero para ser cualquier cosa menos de izquierdas.

La unión de gente progresista, con propuestas de verdadera transformación social y con una mirada holística sobre un mundo cada vez más global pero individualista, más conectado pero incomunicado, ha perdido más de un millón de votos respecto a los anteriores comicios de diciembre.

Increíble. Más de lo mismo. Los dos partidos que han gobernado el país los últimos treinta y cuatro años continúan siendo los más votados. Nada. Ahora a esperar otra vez lo que salga de unas negociaciones interminables para repartirse el pastel. Consultas y conversaciones a dos, tres o cuatro bandas para no llegar a ningún puerto que abra una ventana a la esperanza de un cambio para la mayoría. Claro que la mayoría, la de la gaviota, no quiere cambiar. Si haciéndolo tan mal crecen, para qué moverse.

¿Fiesta de la democracia? Creo que las gentes que pensábamos en morado y rojo, en muchos colores, no tenemos nada que celebrar. Las demás tampoco, aunque hayan votado a aquellos que dicen haber triunfado. Porque la victoria será de ellos, no de la ciudadanía. El país ha preferido la tristeza a la sonrisa.

“Sueños de gloria y de poder, calman su gris desolación. Tristeza de amor. Un juego cruel. Son muchos los que mienten para resplandecer y pagan por su vida un interés… Tristeza de amor. Un juego cruel, jugando a ganar, has vuelto a perder.”

Pierden, perdemos, las y los de siempre: las personas ilusas, soñadoras y utópicas que creíamos que otra España era posible. Tendrá que ser en otra ocasión.

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Ciudadano Saramago

Comprometido, optimista, informado y memorioso

Hace seis años, el dieciocho de junio de dos mil diez, nos dejaba una de las personas que más y mejor entendió el papel de la ciudadanía en la construcción de la democracia. En fechas repletas de movimientos estratégicos por detentar el poder, uno, el que sea, porque en el fondo a la mayoría lo que les importa es tenerlo, conviene no perder de vista algunas de sus palabras:

“Ésta es una sociedad falsa. Quiero decir… inexistente. Pienso que para que una sociedad exista, debe darse una cierta unión entre sus miembros, no un continuo estado de competencia. Lo que hoy vivimos es la tiranía de un sistema que ha conseguido que el hombre que se mueve dentro de él sea fácilmente desechable.”

jose-saramagoEra un gran escritor y un buen periodista que analizaba la realidad con optimismo, a pesar de las muchas desgracias que azotaban y azotan el panorama mundial, pero con aguda mirada y sin perder de vista la memoria

“¿Qué es eso de una sociedad mejor? ¿Qué significa eso? Hay que relacionar la sociedad concreta con sus medios. Hace dos siglos no se podían resolver problemas para los cuales tenemos ahora remedio. La cuestión es saber si los medios de que disponemos los usamos para responder los problemas de ahora, de hoy, de nuestro tiempo. No tiene sentido que la gente se siga muriendo de hambre. No me interesa si la sociedad de ahora es mejor o peor. Lo que verifico es que no es mejor de lo que podría ser.”

José de Sousa Saramago nació en Azinhaga (Portugal) el 16 de noviembre de 1922 y murió en Tías (Tenerife, España) el 18 de junio de 2010. Le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1998 “por permitirnos, a través de parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía, aprehender una realidad esquiva”.

De la lucidez a la ceguera

Sus reflexiones sobre la lucidez y la ceguera son profundas muestras sobre el conocimiento de una política hueca en una sociedad huera, al menos esa mitad mal llamada desarrollada que parece no tener más afán que consumir y morir enriquecida por el empobrecimiento de la otra mitad.

Las enfermedades mentales transmutan en físicas para narrar lo débil y falso de un sistema que ha convertido en incompetentes las relaciones humanas y sus instituciones. Tal como él decía: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.”

En estos años desde que se fue, su memoria, sus ideas y sus acciones siguen tan vivas y actuales como cuando estaba entre nosotros. Y si no, revisen, por ejemplo, sus Cuadernos de Lanzarote (1993-1995) cuando nos decía:

“Si el centro no va a la periferia, irá la periferia al centro. Con otras palabras: Europa está hoy “cercada” por aquellos a quienes abandonó después de haberlos explotado hasta las propias raíces de la vida.”

Que tan acertada visión de lo que por estos días se han encargado de publicitar y vender, pretendiendo crear conciencia, estados varios y ciertos organismos internacionales con motivo del día de la persona refugiada (insistiendo además en el masculino “día del refugiado”, cuando la mayoría son mujeres y niñas).

El año de su muerte le dediqué un tardío y póstumo homenaje en la página 25 del número 12 del renovado Tribuna, órgano de expresión de la Federación de Servicios al a la Ciudadanía del sindicato español Comisiones Obreras, curiosamente esa ciudadanía a la que él tan bien leyó y a la que tanto sirvió

Su literatura nos enriqueció, “era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras”. Sus discursos nos motivaron, como el que ofreció hace diez años, el 17 de junio de 2005, en la Casa de las Américas en La Habana (Cuba). Tras explicar cómo en España, unos años antes, le habían reunido junto a un grupo de personas para que presentaran propuestas para el milenio, que se convirtieron en puro delirio, Saramago nombró la décima suya: “regresar a la filosofía”. Todo eso para invitar a los asistentes a pensar: “Regreso a la filosofía no en el sentido absurdo de que ahora nos vamos a convertir todos en filósofos. Filosofía aquí podría significar exactamente todo lo que esperamos encontrar en la filosofía, es decir, la reflexión, el análisis, el espíritu crítico, libre. Es decir, circular dentro del universo humano donde conceptos de otro tipo se enfrentan, se encuentran, se juntan, se separan, es lo que pasa todos los días, pero apuntar la idea de que si el hombre es un ser pensante, pues entonces que piense.”

SaramagoUn político comprometido

Fue un comunista de pura cepa, un ateo militante, un defensor de la justicia social y de las causas justas, aunque pudieran parecer utópicas, que no significa que estuvieran perdidas.

Fue una simiente que dio muchos frutos, sus más de cuarenta obras publicadas, que nos han llevado a tierras de pecado; al cerco de Lisboa; a la caverna; a releer la existencia de Jesucristo o la vida errante de Caín; a la isla desconocida; a viajar con un elefante o en una balsa de piedra; a levantarnos del suelo; al memorial de un convento; a pensar en el hombre duplicado; a no vernos en la lucidez, o a dejarnos deslumbrar por la ceguera. Todas ellas ocupan, por mérito propio, las más destacadas bibliotecas contemporáneas.

Un revolucionario pacífico que era lo que Edward Said, otro de los grandes pensadores éticos, llamaba un intelectual comprometido, que tienen que usar su lugar destacado en la sociedad para luchar contra el statu quo, para criticar a los poderes y a los medios que intentan moldear a la ciudadanía a través de conformar la mal llamada opinión pública.

Como miembro del Parlamento Internacional de Escritores se atrevió a comparar la situación de la población palestina en los territorios ocupados con el campo de concentración nazi en Auschwitz, declarando tras una visita a Ramala que “Un sentimiento de impunidad caracteriza hoy al pueblo israelí y a su ejército. Se han convertido en rentistas del holocausto. Con todo el respeto por la gente asesinada, torturada y gaseada.”

Y un enemigo de las guerras que defendía que no se manipulara la paz para justificar aquéllas, como dejo claro en el manifiesto de 2003 contra la guerra de Irak

“Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos – todos ellos, uno por uno – la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo. Los que estamos aquí somos una parte de la nueva gran potencia mundial. Asumimos nuestras responsabilidades. Vamos a luchar con el corazón y el cerebro, con la voluntad y la ilusión. Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ellos (no necesito ahora decir sus nombres) han elegido lo peor. Nosotros hemos elegido lo mejor.”

Sus pequeñas cosas

Saramago y PastorPodemos conocerle más y mejor visitando la exposición permanente en la Fundación José Saramago (Casa dos Bicos en Lisboa), la Biblioteca Saramago en Tías (Lanzarote) o la delegación en su Azinhaga natal.

Yo les recomiendo, al margen de esos grandes ensayos que son sus novelas, esa pequeña metáfora, obra maestra sobre el derecho de soñar y de buscar la libertad, que es El cuento de la isla desconocida y también el texto que sirvió de guión a un hermoso cortometraje de animación, que yo utilizo en clase para hablar de educación, comunicación y ciudadanía, La flor más grande del mundo, “¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde tanto tiempo venimos enseñando?”

A este mundo insolidario, materialista, grosero y jodón le hacen falta personas como Saramago, gente ética, comprometida y con criterio que piense, que nos haga pensar y que nos invite a la acción tras la reflexión.

Afirmaba: “Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender.”

Le podemos buscar en sus poemas

Ergo uma rosa, e tudo se ilumina                       

Como a lua nao faz nem o sol pode:

Cobra de luz ardente e enroscada

Ou vento de cabelos que sacode.

Ergo uma rosa, e grito a quantas aves

O céu pontuam de ninhos e de cantos,

Bato no chao a ordem que decide

A uniao dos demos e dos santos.

Ergo uma rosa, um corpo e um destino

Contra o frio da noite que se atreve,                  

E da seiva da rosa e do meu sangue

Construo perenidade em vida breve.

Ergo uma rosa, e deixo, e abandono

Quanto me doi de magoas e assombros.

Ergo uma rosa, sim, e ouco a vida

Neste cantar das aves nos meus ombros.

Y “escucharle” en la voz de Luis Pastor para seguirle pensando.

O verle y oírle en esos fragmentos inéditos que ha montado el director Miguel Gonçalves Mendes en “José e Pilar”

 

Estudiantes

Tragedias en la lucha por la educación

“Estudia para que te hagas un hombre”. Era una frase típica y tópica de nuestros mayores en la segunda mitad del siglo XX. Se suponía que pasar por las instituciones académicas, y más por la universidad, nos formaría como ciudadanas y ciudadanos críticos y con criterio y nos darían elementos para que se nos abrieran nuevas y distintas puertas en lo personal y en lo profesional. Nos ayudarían a “labrarnos un futuro”.

Pintada en una calle del centro de Bogotá.

Pero estudiar con esa idea de crecimiento, desarrollo y madurez, es decir: pensando, siempre ha tenido sus riesgos. Cuestionar, hacer preguntas, poner en duda el sistema y elevar la voz contra las injusticias y desigualdades ha sido siempre un deporte de riesgo. Si eres estudiante, o docente, o sindicalista, o defensor (a) de derechos humanos, el riesgo se multiplica por equis.

Precisamente ha sido un profesor de la Universidad Distrital, que fue mi estudiante en la maestría en Comunicación, desarrollo y cambio social, y con el que siempre he mantenido interesantes debates críticos desde el cuestionamiento de los medios, quien me ha sugerido que hable de eso: de las tragedias estudiantiles.

El poder, en sus múltiples formas y manifestaciones siempre ha temido a las cabezas pensantes. Y eso le ha llevado no a entenderlas, sino a reprimirlas y censurarlas. “No leas, no pienses, romperás tu felicidad”, al más puro estilo ejercido contra los libros por el bombero de Bradbury en Farenheit 451.

Cazas de brujas, noches de quema de libros (Bebelplatz en Berlín 1933 o Santiago de Chile en 1973) o incendios de bibliotecas en distintas épocas de nuestra historia (Alejandría, Constantinopla, Granada, Sarajevo o Bagdad). También el cura y el barbero le quemaban a don Quijote los ejemplares de su biblioteca para evitar que fantasease y desvariara.

Son acciones contra las muestras culturales, contra las acciones educativas, contra la lectura y el pensar. También se produce violencia contra quienes defienden la cultura, la educación, los libros y el pensamiento libre.

Podríamos citar numerosos ejemplos de los muchos que se encuentran en los anales de la historia. Haciendo uso de esa memoria que Benjamin dice que es casi sinónimo de justicia porque nos permite abrir aquellos hechos que la propia historia o el derecho habían archivado para olvidar. Y hacer presente ese pasado nos ayuda, como señala Reyes Mate, a ampliar el campo de la justicia; tan enterrada hoy por losas de indiferencias y montañas de mentiras.

En España, en 1969 fue asesinado el estudiante Enrique Ruano, haciendo pasar su muerte por un suicidio. En 1970, otro estudiante, Javier Escalada, era abatido a tiros por la policía. En diciembre de 1979 en los alrededores de la plaza de Embajadores, la policía asesinaba a dos jóvenes estudiantes, José Luis Montañés Gil y Emilio Martínez Menéndez tras una manifestación en contra de la Ley de Autonomía Universitaria que estaba promoviendo el gobierno de la UCD con el presidente Suárez al frente. Hubo juicio, pero ningún policía fue condenado.

En Colombia por estos días se han recordado los hechos acaecidos el 9 de junio de 1954, cuando tres estudiantes fallecían por los disparos del ejército en la confluencia de la carrera 7ª con calle 13, en Bogotá, tras una manifestación. Ese día, dentro de la propia Universidad Nacional, la policía mataba a otro estudiante, Uriel Gutiérrez Restrepo, de un tiro en la cabeza.

La movilización ciudadana se había convocado en recuerdo de otros hechos luctuosos de los que se cumplían veinticinco años, el asesinato del estudiante Bravo Páez a manos de la guardia presidencial que reprimía las protestas en contra de la United Fruit Company por la masacre de las bananeras.

No más brutalidad policial.

Desde entonces se han venido sucediendo las muertes de estudiantes por la acción de las fuerzas de seguridad del Estado. Esa tarea represiva la lleva a cabo principalmente, desde su creación en 1999, el ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios), grupo policial establecido por una directiva que buscaba modernizar la policía como parte del llamado “Plan Colombia” suscrito con los Estados Unidos y que ponía por encima de todo la irónicamente denominada “seguridad democrática”.

El 3 de junio de este año fallecía, tras permanecer mes y medio en estado de coma, Miguel Ángel Barbosa, estudiante de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá. La actuación violenta e injustificada de ese grupo represivo acabó con su vida. Se estaba manifestando, junto a cientos de sus compañeros de estudio, dentro del recinto de la sede de la institución académica en Ciudad Bolívar, contra la situación de caos académico y administrativo que se vive al interior de esa universidad. Un claustro en paro estudiantil por la mala praxis de sus directivos.

En el tiempo transcurrido desde 1999 hasta nuestros días se han ido acumulando las acciones violentas por parte de ese pelotón de asalto que parece ser responsable de algunos crímenes.

Carlos Giovanni Blanco, estudiante de medicina de la Universidad Nacional recibió un disparo durante un operativo del Esmad en el interior del recinto universitario, el 8 de noviembre de 2001. En Bucaramanga, el 20 de noviembre de 2002, fallecía víctima de un tiro en el pecho el estudiante de la Universidad Industrial de Santander Jaime Alfonso Acosta, durante una protesta en esa institución.

Nicolás Neira, estudiante de noveno grado de tan solo quince años de edad, fallecía tras ser agredido brutalmente por algunos miembros de ese grupo de asalto durante la manifestación del Día Internacional de las y los Trabajadores, el 1 de mayo de 2005 en pleno centro de la capital colombiana.

Pancarta en homenaje al estudiante Neira en la plaza de Bolívar.

El 22 de septiembre del mismo año fue asesinado, de un disparo en la nuca, Jhonny Silva Aranguren, estudiante de Química de veintiún años, durante una protesta contra el Tratado de Libre Comercio (TLC) en el campus de la Universidad del Valle en Cali.

Oscar Leonardo Salas Ángel, estudiante también de la Distrital moría por el impacto de una canica disparada “presuntamente” por el Esmad durante una protesta de estudiantes en contra del TLC el 8 de marzo de 2006.

Un exagente declaraba después que habían recibido permiso de sus superiores para utilizar “todo tipo de juguetes”, término que incluye el uso de armamento no convencional. Con armas legales o ilegales el resultado es el mismo, muertes de jóvenes estudiantes por la violencia indiscriminada ejercida por efectivos de la policía.

En Ibagué caía abatido por un disparo de un componente del equipo policial especial, el 9 de junio de 2015, el estudiante de sexto semestre de Ciencias Sociales de la Universidad del Tolima Cristian Andrés Pulido Jiménez.

Parece que todos esos hechos confirman que ser estudiante es peligroso. También que las actuaciones policiales son desproporcionadas. La violencia ejercida por quienes detentan el poder es peor violencia, que el Estado sea el victimario de su población es una demostración de la falsedad de la democracia que, en un aparente estado social de derecho, deja en una situación de mayor peligro e indefensión a la ciudadanía.

El “Manual para el servicio de policía en la atención, manejo y control de multitudes”, publicado por la Dirección General de la Policía Nacional de Colombia bajo el mandato del presidente Uribe, define ese servicio como “la actividad policial que con respeto, defensa de los derechos humanos y adecuada capacitación (…) observa, comprueba, inspecciona y fiscaliza los comportamientos de los ciudadanos actuantes en la conglomeración”, buscando con ello “llegar a una mediación o negociación de conflictos”. Cuyo objeto es “Contribuir con pautas para contrarrestar los desórdenes públicos generados por diferentes grupos sociales mediante la aplicación de procedimientos establecidos, transparentes, buen uso y administración del material de guerra y equipo antidisturbios de la Policía Nacional, restableciendo la convivencia y seguridad ciudadana en la jurisdicción afectada.”

En alguna página web de la policía colombiana se define al escuadrón móvil antidisturbios como equipo de apoyo al Departamento de Policía “en la prevención y control de multitudes, con personal altamente capacitado en manejo y conciliación de masas, en la protección de los Derechos Fundamentales, con el fin de restablecer el orden, la seguridad y la tranquilidad de los habitantes.”

Menos balas y más libros.

Hay mucha incongruencia en todo eso: “… buen uso del material de guerra”, ¿contra la población civil desarmada?

“Restableciendo la convivencia”, ¿la violencia como método para generar la coexistencia pacífica?

“… restablecer el orden, la seguridad y la tranquilidad…” ¿La de quiénes, la de las personas agredidas?

“… la protección de los Derechos Fundamentales…” Y ¿dónde quedan el derecho de la ciudadanía a expresarse y manifestarse y el derecho a la vida?

Creo que algunos derechos no se los han enseñado y que los hechos muestran que ciertos mandos y números de ese grupo represivo no se han leído, o no han entendido, su propio manual, ni la Constitución Política de 1991 ni la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tampoco parece que lo entiendan muchos dirigentes políticos y funcionarios al servicio de la Fiscalía, la Procuraduría y el Ministerio Público.

La Estrategia Global de las Naciones Unidas contra el Terrorismo, puesta en marcha tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE.UU, se presenta desde la ONU como una herramienta para hacer más fuerte la lucha internacional contra el terrorismo. En esa línea plantea cuatro columnas sobre las que sostenerse, la última de ellas es “Garantizar el respeto universal de los derechos humanos y del estado de derecho como pilar fundamental de la lucha contra el terrorismo.”

Pero, ¿qué ocurre cuando son los propios estados los que no respetan los derechos humanos ni el derecho internacional humanitario? Pues, por desgracia y como casi siempre, no sucede nada. O mejor dicho, se produce el llamado terrorismo de Estado. Una práctica bastante extendida, incluso entre las llamadas democracias, y que consiste, según definición de Bayer, Borón y Gambina, en “el empleo sistemático y masivo de métodos violentos físicos o simbólicos, ilegítimos, ilegales y antihumanistas por parte de un gobierno con el propósito de inducir el miedo dentro de una población civil determinada para alcanzar objetivos sociales, políticos, económicos o militares.”

¿Quién paga el pato de la violencia institucionalizada? Principalmente la población civil y dentro de ella los sectores más vulnerables. Hasta ahora, pese a la existencia de numerosas pruebas contundentes, ningún agente del Esmad colombiano ha sido procesado ni se han tomado acciones que cuestionen el papel represivo de las fuerzas de seguridad y la impunidad de sus actos.

El caso de Jhonny Silva está en manos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos desde junio de 2009 sin que haya habido resolución alguna por parte del organismo internacional. En 2014, el Tribunal Administrativo del Cauca declaró responsable a la policía por esa muerte y condenó al Estado a indemnizar a la familia con doscientos cincuenta salarios mínimos vigentes (ciento cincuenta y cuatro millones de pesos colombianos, aproximadamente cincuenta mil euros). Eso vale la vida de un estudiante de 21 años.

Luego, todo se olvida. Los gobiernos argumentan los viles sucesos asegurando que terroristas y provocadores se habían infiltrado en las manifestaciones, que sus acciones fueron proporcionadas, que las muertes fueron accidentales o que siempre actúan con arreglo a la ley, para garantizar la seguridad y el orden.

Nadie dice que lo primero deberían ser la justicia, los derechos humanos y las libertades. A partir de ahí se han justificado y derivado las medidas antidemocráticas y antisociales que en muchos países han cubierto bajo el manto infame de “la ley de fugas” o “los falsos positivos”.

El sociólogo norteamericano Michael Gould-Wartofsky escribió “Hoy (…) los estudiantes se hallan cada vez más en la línea de fuego, no de una guerra contra el terrorismo, sino de una guerra contra el “radicalismo” y el “extremismo”. Prácticamente todos los administradores y educadores universitarios al igual que el personal policial y los ejecutivos corporativos parecen haberse enlistado en las acciones de guerra.

Para muchos, el auge de la seguridad nacional en los campus ha generado algunas preguntas básicas sobre los propósitos y los principios de la educación superior: ¿A quién sirve la universidad? ¿A quién protege? ¿Quién tiene derecho a expresarse? ¿Quién será silenciado? ¿A quién le pertenece el futuro?

Estas preguntas no les interesan a los guardianes de la Universidad de la Represión. Ellos están enfocados en preparar sus armas, poner cerrojos en las puertas y alistarse para el próximo paso.”

Vasconcelos decía, en El espíritu de la universidad recordando a Zaratustra,: “amigos, es indigno de mi enseñanza quien acata servilmente una doctrina; soy un libertador de corazones, mi razón no puede ser vuestra razón; aprended de mí el vuelo del águila.”

Y el propio Nietzsche sentenciaba en Así hablo Zaratustra: “yo os aconsejo así a vosotros, amigos míos: ¡desconfiad de todos aquellos en quienes es poderosa la tendencia a imponer castigos! (…) ¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justicia! En verdad, a sus almas no es miel únicamente lo que les falta.”

 

Bibliografía
Bayer, Osvaldo; Borón, Atilio; y Gambina, Julio. (2010). El terrorismo de Estado en la Argentina, Buenos Aires, Instituto Espacio para la Memoria.
Gould-Wartofsky, La universidad de la represión. Disponible en La línea de fuego. https://lalineadefuego.info/2012/04/04/ee-uu-universidad-de-la-represion-clase-2012-por-michael-gould-wartofsky/
Manual para el servicio de policía en la atención, manejo y control de multitudes. Disponible en http://www.policia.edu.co/documentos/doctrina/manuales_de_consulta/107938_manual%20Atencion%20Multi%2011_12_09.pdf
Nietzsche, F. Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. Disponible en livros01.livrosgratis.com.br/bk000286.pdf
ONU. Lucha contra el terrorismo. En http://www.un.org/es/counterterrorism/
Vasconcelos, J. (2001). Y el espíritu de la universidad, México, UNAM, pág. 43. Disponible en https://books.google.com/books?isbn=968369604X

 

 

 

Clint

Del vaquero “manco” al director oscarizado

Hombre sin nombre, Harry Callahan, Munny, Dunn, comisario, policía, agente federal, astronauta, jinete circense, cazador en África, fotógrafo, sargento del ejército, entrenador de boxeo o viejo cascarrabias.

El bueno, el malo y el feo

Todo eso, y mucho más, delante y detrás de las cámaras para un actor sin fetiche, un músico infravalorado, un director acelerado y un político libertario. Sí, hablamos de Clinton Eastwood Jr.

Quién iba a pensar al ver a aquél vaquero del lejano spaghetti western, escondido detrás de un poncho, un sombrero de alas grandes y un cigarrillo medio encendido, que cincuenta años después estaríamos ante uno de los grandes del cine de Hollywood de toda la historia.

Acaba de cumplir ochenta y seis años. El 31 de mayo de 1930 nacía este currante del séptimo arte, un tipo de más de metro noventa de altura que habla entre dientes y mira torcido, y que hoy es un referente cinematográfico. Dos premios Oscar de la academia norteamericana del cine como director, Unforgiven (Sin perdón) y Million Dollar Baby, que también fueron galardonadas como mejor película en sus respectivos años.

Un cineasta reconocido como pocos en Francia, donde ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras en 1985 y con la Legión de honor, el premio civil más alto de la República, en 2007. Además, cuenta con un premio Cesar a la mejor película extranjera (Los puentes de Madison en 1995).

Se le ha tildado de facha, de machista, de racista, pero creo que, como todo, requiere de una mirada más detenida y reflexiva. Porque también ha mostrado valores sociales al criticar en su día la guerra de Vietnam y la política del presidente Nixon, al defender cierto control de las armas y al colaborar con iniciativas solidarias a favor del aborto o del matrimonio homosexual. Su cine enseñó por primera vez la mirada nipona a la segunda guerra mundial (Letters from Iwo Jima), lo que le valió la Orden del Sol Naciente otorgada por el emperador japonés Akihito.

Tiene su propia productora, Malpaso Company, y ha sido alcalde de Carmel by the Sea en California. También ha ejercido como músico, compositor e intérprete en algunos de sus filmes: Gran Torino, Unforgiven (Sin perdón), Changeling (El Intercambio), Flags of our fathers (Banderas de nuestros padres), Hereafter (Más allá de la vida) o la maravillosa banda sonora de Mystic River.

Million dollar baby

Quien no se emocionó y pensó en la muerte digna con Million dollar baby, o sintió la injusticia tras observar a Freeman en el ataúd de Unforgiven, o se aficionó al rugby y a Sudáfrica con los avatares de Mandela durante el mundial de ese deporte en Invictus, o reflexionó sobre las caras contradictorias en los bandos de las guerras con la dupla Flags of our fathers y Letters from Iwo Jima.

Más de cincuenta películas que, según la lista de Box Office Mojo han recaudado, solamente en Estados Unidos, más de mil setecientos millones de dólares. Pese a todo ello, nunca ha conseguido el reconocimiento como mejor actor. Pero creo que no le hace falta, ha demostrado que más de ocho décadas de existencia le han dado para mucho y gran parte de ello muy bueno.

Con él acompañamos a robar oro a Kelly y sus héroes; habitamos la leyenda de una ciudad sin nombre; desafiamos a las águilas; buscamos un botín de quinientos mil dólares; estuvimos fuera de la ley; nos escapamos con Morris de Alcatraz; cantamos con voz tuberculosa junto al aventurero de la medianoche; caminamos por la cuerda floja; empalidecimos con su jinete; nos situamos en la línea de fuego; pensamos que el mundo podría ser perfecto; paseamos con Kincaid, cámara al hombro, por los puentes de Madison; vimos lo que supone tener poder absoluto; nos encontramos a medianoche en el jardín del bien y el mal; interrumpimos una ejecución inminente; viajamos al espacio con unos adultos vaqueros; tuvimos una deuda de sangre; vivimos el drama al borde de un río místico; peleamos por el derecho a morir dignamente junto a Maggie; enviamos cartas desde Iwo Jima en contraste con quienes izaron las banderas de sus padres; buscamos a Walter junto a Jolie; gruñimos al lado de Kowalski para defender a inmigrantes asiáticos, y jugamos rugby junto a Pienaar y Mandela.

En fin, todo un recorrido por historias mayoritariamente norteamericanas pero con la mirada personal e intercultural de un personaje que tal vez haya disparado primero para preguntar después, al más sucio estilo de la saga del sargento Harry. Nos guste o no, un icono de la pantalla grande, una leyenda viva del celuloide, una estrella del cielo cinematográfico.

Les dejo con algunas muestras de parte de su actividad delante y detrás de la cámara, de esas que algunos críticos llaman inolvidables:

Las escenas finales en castellano de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più)

El tráiler de Unforgiven

Y con el tema principal de Mystic River

y el tema final de Million Dollar Baby