El cambio tendrá que esperar

Con algo más de ocho millones de votos, la Colombia Humana de Gustavo Petro no pudo alcanzar la presidencia de la República.

Gustavo Petro durante su discurso tras las elecciones presidenciales (foto tomada de El Espectador)

Con una participación del 53,04 % del electorado, un 0,34 % menos que en la primera vuelta, Colombia ha elegido presidente de la República al señor Duque. Enhorabuena a Petro y a su equipo y, sobre todo, a los ocho millones de ciudadanas y ciudadanos libres que votaron por el cambio, por la ilusión de otra Colombia posible.

Esta vez no pudo ser, el miedo terminó venciendo a la esperanza. Colombia no se hubiera convertido en otra Venezuela, pero tampoco será, de momento, Uruguay y mucho menos Suecia; el país no hubiese caído en manos de la guerrilla, porque la guerrilla, la más grande y antigua del continente, entregó las armas y aceptó la lucha democrática con la palabra; Colombia seguirá, al menos durante los próximos cuatro años, siendo la misma de siempre: goda, desmemoriada e ignorante.

Con todo el respeto por esas personas que han creído al candidato del miedo, sé que es difícil abstraerse de esas manipulaciones y creencias falsas que llevan décadas calando en el imaginario colectivo, pero esta era una oportunidad histórica. Esperemos que haya otras y que la gente que no ha votado, el 46,96 % de la población, tenga tiempo de recapacitar y unirse a la fuerza de la ilusión, el cambio y la esperanza.

Un país rico y diverso, pleno de naturaleza y de culturas y habitado por gentes queridas, trabajadoras y en su mayoría honestas, ha dejado pasar este tren.

Sabemos que no vale de nada arrepentirse de lo ya sucedido, pero ¿se imaginan qué hubiera pasado si en la primera vuelta las fuerzas progresistas hubiesen acudido unidas? Y ¿cómo sería el panorama si la coalición se hubiera dado para las legislativas? La Cámara de Representantes y el Senado no tendrían ese giro tan tirado a la derecha. Pero eso es política ficción. Ya no hay marcha atrás, lamentablemente.

También pasó en el plebiscito, la reacción llegó tarde, después de que la indiferencia permitiera que el No obtuviese más votos que el SÍ. Primero la actitud apática y después el arrepentimiento. Una manera muy piadosa de caminar por la vida, “pecamos que luego nos perdonarán”. Pues esta vez, la oportunidad para el perdón tendrá que esperar hasta la próxima convocatoria a elecciones.

Una gran parte de la población se ha movilizado y ha votado por el cambio. Ha sido una victoria amarga, porque tan numeroso respaldo no ha permitido alcanzar el objetivo. Pero creo que queda latente que sí se puede. Deberemos aprender de esta experiencia y apostarle a una coalición unida para intentarlo, ya que los otros siguen siendo muchos. Ahora toca seguir trabajando juntas y juntos para ir preparando el abordaje en 2022. Gracias a las abejas que votaron humanismo e inclusión, y gracias a Petro, por su resistencia, por su apuesta por la paz y por la diversidad.

Mientras, seguiremos creyendo en la Colombia Humana, la de las manos limpias.

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En busca del sueño perdido

Hoy me he levantado con ganas de salir a caminar. De recorrer las calles nuevamente con la ilusión de que se puede delirar, porque he tenido un sueño: que nadie tiene derecho a quitarnos las esperanzas ni a cortarnos las alas que la vida nos pone.

Tengo un sueño

Hoy, seguramente, habrá nacido un nuevo niño en la calle. Pero en mi sueño, ese niño podrá crecer en paz y esa niña crecerá sin violencia. Habrá una infancia alegre que será la etapa previa a una adolescencia cuidada, a una juventud animada, a una adultez con opciones, con salud, con educación y con justicia social. En mi sueño, habrá vida digna en una tierra solidaria, comprometida y memoriosa.

He soñado y he caminado la ciudad buscando ese “paraíso” de J.M. Arango “infancia / vuelta a encontrar, al morder la fruta / en su sabor olvidado”. Creo que lo puedo cumplir si se le da una oportunidad a la Colombia Humana.

Queremos, podemos, votemos, soñemos y mañana, cuando despertemos, la Colombia por la que vivimos será más humana, tendrá un dinosaurio que represente a la gente tanto tiempo silenciada, tendrá millones de corazones esperanzados que le habrán dicho sí al cambio, que le habrán apostado al futuro con ilusiones renovadas.

No será fácil, nadie ha dicho que lo sea. Pero será distinto, será otra la letra y otra la música, las letras y las músicas, las voces y los sonidos, las narrativas de la Colombia Humana, de la Colombia diversa.

Dejemos “que entren la noche y el día / y la lluvia azul, la tarde, / el rojo pan de la aurora; / la luna, mi dulce amante. / Que la amistad no detenga / sus pasos en mis umbrales, / ni la golondrina el vuelo, / ni el amor sus labios. Nadie. / Mi casa y mi corazón / nunca cerrados; que pasen / los pájaros, los amigos, / el sol y el aire.” (Marcos Ana).

Que los sueños se hagan realidad y la libertad nos alcance. Ese es mi sueño, ojalá sea el de todas y todos y se cumpla.

La maquinaria es la gente

Es necesaria la movilización popular y votar mayoritariamente por el cambio

“El público al que me dirijo es la gente corriente que lucha por ser más humana”. Eso decía Zygmunt Bauman en The Guardian en 2003. Quince años más tarde, el candidato presidencial Gustavo Petro está haciendo eso con su Colombia Humana.

Por la Colombia Humana

Tal vez la noche del sábado sea la de un duro día, pero si se vota por el cambio, al día siguiente nos sentiremos muy bien. Puede que la selección no sea campeona de fútbol, pero Colombia puede darle un ejemplo al mundo. El domingo 17 de junio puede ser un gran día, plantéatelo así. Que se consiga depende en gran parte de ti.

No es tiempo de abstenciones, es tiempo de tomar partido, de comprometerse y votar para darle una oportunidad a la paz y abordar un nuevo período para el país. Una ocasión para apostarle a la transformación social.

A quienes piensan votar en blanco, que recapaciten. Si lo hacen por convicción, no es momento de tibiezas, ni de botar el voto. Y si lo hacen por seguir las consignas de De la Calle y de Fajardo, recuerden que el “coherente” exalcalde de Medellín y exgobernador de Antioquia decía durante la campaña que “la corrupción vive de la abstención”. Pues en estos momentos, votar en blanco es abstenerse, así que más claro el agua, es darle el voto a la corrupción. No coman cuento, no traguen entero, voten por una posibilidad de cambio.

Y reflexionen, es mucho más lo que se puede perder. Lo que se pueda ganar está por ver, pero no le entreguen el ejecutivo al “nefasto”. Si creen en la democracia y en la división de poderes no hagan que se quede con la presidencia. Ya tiene en su poder el Senado y la Cámara, si junta dos de los tres poderes terminará quedándose con el tercero. La “Justicia” se reducirá a la “justicia”, las libertades y garantías quedarán mermadas y condicionadas a que no nos salgamos de las “normas” de esa extrema derecha. Y este país se someterá, nuevamente, a una dictadura disfrazada de democracia. Sí, la más antigua del continente pero, probablemente, la más corrupta y menos libre.

Si se quiere vivir en democracia hay que darle una opción al cambio. Porque creemos que para la Colombia Humana cuentan todas y todos. Es el momento de que se unan los del polo y los del verde, los de la fuerza de la esperanza, los de un país donde quepamos todas y todos, los movimientos sociales y cristianos, los indigenistas y afrocolombianos. Desde el respeto por las otredades y las identidades. Con compromiso, con coherencia, porque Colombia nos necesita a todas, porque ser coherente es apostarle a un país en paz.

En la Colombia Humana cabemos todas las personas, las que creen y las que no, las que piensan y las que sueñan, las que viajan y las que se quedan, las que opinan diferente, las que sienten distinto, las heterogéneas, las disímiles, las opuestas y las diversas. Es tiempo de que juntemos todas las manos, las negras, las blancas y las mestizas, de construir juntas una muralla contra la corrupción, una tierra abierta a las diversidades y a los derechos humanos y cerrada a la violencia y la exclusión.

La maquinaria es la gente (video 1) ya ha hecho su selección, ahora le toca elegir a usted, y a usted, y a usted también.

Piensen, ¿cuántos años debe la gente existir para que se prohíban las balas, para poder mirar el cielo, para saber que ya ha muerto demasiada gente? La respuesta, en este caso, no está en el viento, sino en las urnas. Votando por el cambio, por la Colombia Humana.

El 17 de junio, por la Colombia Humana

Para que no nos digan “si podemos estar o no, que quien es usted, que donde nací, que entonces no puede venir por aquí, que de que color es…” Para que no dudemos “si somos conquistados o si somos conquistadores… no queremos ser lo uno ni lo otro, simplemente soñar con una vida mejor.”

La gente quiere ser ciudadanía libre para decidir “porque no quieren seguir siendo las sobras de lo que dejaron quienes nos robaron”. Porque quieren ser un “Frente de frío en el medio del verano. Ser el amor en los tiempos del cólera, ¡mi hermano! Ser el sol que nace y el día que muere, no quieren ser la fotografía de un desaparecido. Quieren ser lo que les enseñó su padre, y querer a su patria como a su madre. Ser de Colombia y de una América Latina que camina.”

La gente quiere que se sepa “que no le pueden comprar el viento. No le pueden comprar el sol, ni la lluvia, ni el calor. Que nadie les puede comprar las nubes, ni los colores, ni la alegría, ni sus dolores.”

“Que este pueblo trabaja con orgullo, que comparte pero no se ahoga, que perdona pero no olvida. Que quiere seguir caminando, cantar para que se le escuche, y seguir de pie y que su vida no está en venta, y que vivan Colombia y nuestra América”. Colombia es también parte de Abya Yala.

El domingo Colombia tiene que dar “un canto de los de andamios, para intentar alcanzar las estrellas, porque el canto tiene sentido cuando palpita en las venas.” Ya va siendo hora de que suene otra canción, con otra letra. “Una canción contra los talabosques, contra los armaguerras, contra los cazapatos, contra los bajanota, contra los malavibra. Una canción nueva que traiga otro punto de vista.”

En la sabana, en las montañas, en los mares, en la selva, en los ríos y en los parques. En las calles, en las escuelas, en las comunas, en la academia, en las plazas y en las tabernas. En un país bañado por dos mares y ríos como océanos, de café y de frutas tropicales, que se pueda cumplir que “vivir en esta tierra es una maravilla. Gaitán, Galán, Rojas Pinilla. Bambucos, torbellinos, cumbias, guabinas. Te vas, te vas y no la olvidas”. Y que se pueda romper con esa “pobre Colombia irredenta. Desnuda fría y hambrienta. Y a diario tan descontenta. Con la crisis turbulenta”.

Con la gente

Que podamos pensar que esto puede ser “un verdadero paraíso, muchas lunas fue así. Bailábamos la danza de la lluvia, fumábamos la pipa de la paz, hablábamos con la naturaleza, buscábamos la senda del jaguar”.

Si queremos, dentro cabemos todas, hay sitio para todos, pero con corazón abierto. El próximo domingo es la gente la que cuenta, son quienes tienen la palabra. La gente quiere ser dueña de su destino y elegir lo que ha decidido: si es vivir en un país con esperanza, es votar por una Colombia Humana.

Porque la maquinaria es la gente (video 2). Por ti, por mí, para ellas y para ellos, con nosotras y nosotros, con la gente. Lo del domingo no es un partido cualquiera, puede ser el partido más importante de Colombia.

Participa, vota. Por el cambio y contra el miedo. Sí, se puede. Podemos, hagámoslo.

No te quedes al margen, te invitamos, participa, sé parte de tu futuro, vota por una Colombia en paz.

Por una Colombia más humana.

Periodismo honesto

La campaña mediática contra el candidato de la Colombia Humana saca a la luz lo peor del rancio y godo periodismo colombiano

El periodismo debe ser, al menos, honestamente subjetivo, pero nunca torticeramente tendencioso. La posición declarada del grupo editorial El Tiempo es una muestra de que cada vez es más raro el periodismo honesto y que muchas y muchos profesionales se venden por un plato de sopa. Que si hay hambre es comprensible, pero si no es difícilmente justificable.

Portada y editorial de la edición de El Tiempo del domingo 10 de junio de 2018

El medio históricamente liberal de la prensa colombiana ha girado su rumbo para pegarse sectariamente a las filas de uno de los candidatos para las elecciones presidenciales del próximo domingo. Solamente hay que echarle un vistazo a la portada, el editorial y las columnas de opinión de la edición del domingo 10 de junio de este medio impreso, uno de los periódicos de mayor difusión y mayor poder en la información nacional colombiana.

Este medio no tomó tan claramente partido por la paz, cuando el plebiscito de octubre de 2016, como ahora lo hace, y de manera descarada, por el candidato del Centro Democrático, un rótulo eufemístico alejado de la verdadera posición ideológica del partido y sus miembros. El CD es una agrupación política a imagen y semejanza de su principal ideólogo, que es quien realmente lo gobierna. Los de la mano firme y el corazón grande tienen la mano grande para dar hostias a todo lo que no case con sus pretensiones y el corazón duro para no dejar entrar a lo que no sea blanco, capitalista, heterosexual y cristiano, todo ello a su manera.

Dice el editorial que apoya a la marioneta “uriduque” porque su “programa de gobierno es serio y quien representa una esperanza de moderación y cambio generacional, deseable en la coyuntura”. Añadiendo que “Solo alguien con poco equipaje será capaz de tender puentes y enterrar odios que entorpecen la marcha hacia un futuro mejor”. ¿Ceguera?, ¿hipocresía?, ¿ignorancia? En cualquier caso, desinformación. Parece que tenía razón Kapuscinski cuando decía que los periodistas modernos, el periodismo, parece no tener problemas éticos ni profesionales y ya no se hacen preguntas.

El periódico de Bogotá ha perdido el Sur, ese que alguna vez tuvo. Como cuando libraba batallas editoriales a favor del liberalismo de Olaya Herrera, o contra la censura que le llevo a ser clausurado por el Gobierno de Rojas Pinilla, o cuando conformó aquel “Frente Unido” para denunciar la violencia contra el periodismo en los años 80 del siglo pasado.

Un medio que hoy está en poder de la fortuna más grande de Colombia, el señor Sarmiento Ángulo, y cuyos intereses, sobre todo económicos, han incidido sobremanera en su línea editorial. El Tiempo es el diario de información general más leído de Colombia y fue, durante siete años, los que duró la crisis de El Espectador, el único de circulación nacional. Pueden hacerse una idea de su poder de construir imaginarios sociales a semejanza de sus utilidades espurias.

Si bucean en sus intríngulis verán que la organización empresarial de Sarmiento Ángulo controla el ciento por ciento del periódico a través de sus variadas empresas: Inversiones Vistahermosa, Inversegovia, Seguros de Vida Alfa, Liinus Van Pelti e Inverprogreso. Entre sus propiedades, las ediciones de ADN de las principales ciudades colombianas, las revistas Portafolio y Aló, el canal televisivo City TV.

No voy a discutir que la libertad de expresión, recogida por la Constitución Política colombiana de 1991 en su artículo 20, les permite decir lo que quiera sin censura previa, pero apuesta tan terciada y desvergonzada por el candidato de la guerra, el que no aprueba los acuerdos de paz de La Habana; el que no defiende la diversidad, de ningún tipo, en un país tan diverso; el que sigue llamando públicamente presidente a quien ya no lo es, dejando claro que él es un títere en manos del otro; el que recibe sin reparos el respaldo de asesinos paramilitares; al que solamente le cabe un tipo de familia; el que se mueve con un elenco de corruptos y sindicados; el que mantendría el extractivismo que está acabando con los recursos naturales del país y que cada vez más están en manos de multinacionales extranjeras; el que quiere acabar con la judicatura y concentrar todos los poderes en sus manos, esa apuesta es una jugada contra la paz y una vuelta a la “seguridad democrática” que trajo los falsos positivos y otro montón de injusticias y delitos. Es jugarle sucio a la democracia.

El periodismo honesto es el que le apuesta a la paz

Señoras y señores de El Tiempo, ustedes podrán ser lo que quieran, pero con ediciones como la que han publicado nunca podrán llamarse un medio de información serio y decente. Y sus profesionales, opinadores sin escrúpulos, nunca podrán tildarse de periodistas. También era el fallecido periodista polaco quien afirmaba que el verdadero periodismo es una manera de y una razón para vivir, una identidad que ustedes parecen haber perdido.

Señores y señoras de El Tiempo, periodistas fueron y son Antonio Nariño, García Márquez, Alfredo Molano, Castro Caycedo, Guillermo Cano, María Jimena Duzán, María Teresa Herrán, Javier Darío Restrepo, Patricia Lara, Antonio Caballero, Gloria Pachón de Galán, Jineth Bedoya, Daniel Samper, María Teresa Ronderos, Gloria Castrillón o Juanita León, entre otras y otros muchos en un país de cronistas alimentados por el realismo mágico para narrar.

Gente de El Tiempo, por supuesto que éste es tan solo mi punto de vista. Habrá quienes estén de acuerdo con su propaganda. Pero intenten construir país, dar cabida a todas las tendencias y presentar todas las propuestas aunque se casen con alguna.

Casa Editorial El Tiempo, voten por quien quieran, es su derecho, pero intenten informar y formar decentemente, es un derecho que tiene la ciudadanía colombiana. Es un deber del periodismo honesto.

Esperemos que sus portadas, editoriales y columnas de opinión no provoquen más violencia y extremismos. Siempre será mejor que nos pase como a García Márquez cuando se dio cuenta y escribió que con los Beatles había cambiado todo. En mi opinión, con el delfín todo seguirá igual o peor. El día 17 de junio no será uno más en la vida, será un día en el que deberemos intentar hacer algo para que esto funcione (“we can work it out”).

Como García Márquez con el cambio que supusieron los Beatles, demos una opción a esa posibilidad de transformar el país,  esperando que sus mujeres y hombres, mayoritariamente, le den una oportunidad a la paz (“give peace a chance”); que imaginen (“imagine”) otra Colombia posible; que le entreguen el poder a la gente (“power to the people”); porque es el momento de abrir las alas y volar para empezar de nuevo (“starting over”); porque es tiempo de poder envejecer juntos (“grow old with me”) y reconciliados; porque podremos, como ese “beautiful boy” (chico bonito), cerrar los ojos, sin tener miedo y pensar que el monstruo de la guerra se ha ido; pensar que los verdaderos héroes sean las y los colombianos, todas y todos, incluidos los de la clase obrera (“working class hero”), el campesinado y las poblaciones afro e indígenas, y que se puedan soñar con que las próximas navidades sean felices (“happy Christmas!”), en paz, con esperanza y sin miedo, para los débiles y los fuertes, para los ricos y los pobres, al negro y al blanco, al amarillo y a los rojos, y que termine de una vez el conflicto armado.

Con el cambio tendrán sentido e importancia de verdad palabras como paz, mujer, imaginación, madre, amor, dios…

La verdadera maquinaria es la gente, así que voten por el cambio, para no decepcionar (“don´t let me down”) a la población ni al país.

Mahates y el son de negros

El sentimiento y la solidaridad en una comunidad caribeña colombiana

La vida nos enseña que quienes menos tiene son quienes más dan. En Mahates, Bolívar (Colombia), los cimarrones del son de negros nos dieron todo lo que tenían, que es mucho. Sobre todo nos entregaron su sonrisa, su arte y su pasión: el baile del son de negros.

Son de negros “Cimarrones de Mahates”

Las historias casi nunca acaban como uno piensa. Son tantas las circunstancias que nos median que no podemos tener el control de las múltiples situaciones que nos podemos encontrar. Por suerte, todavía tenemos capacidad de sorprendernos y comprobar cómo en nuestro recorrido siempre es más lo que recibimos que lo que damos.

 

Por eso escribo esto, para intentar devolver a esa comunidad caribeña algo de lo que me llevé, nos llevamos, cuando nos invitaron a compartir. Mahates es un municipio del departamento de Bolívar perdido en un mapa donde se pierden territorios e identidades y que solamente salen a la luz cuando sucede algo extraordinario. Pero lo realmente extraordinario son sus gentes, encontradas en una tierra a la que están unidas por las raíces de la historia, de la tradición y de la lucha.

Llegamos allá invitados por Wilfran Barrios, líder del grupo Atabaques. Quería que pusiéramos en práctica alguno de los talleres que componen nuestro proyecto de investigación interinstitucional, UTadeo – Uniminuto, “Pedagogía, arte y ciudadanía”. Mis compañeras, Beatriz Múnera y María Fernanda Peña, y compañero, Carlos E. Sanabria, ya habían estado allá en otras ocasiones cooperando con diversas actividades. Para mí, era la primera vez. Todo un reto.

La madrugada había estado lluviosa y la mañana nos recibía con las huellas del agua sobre la tierra en forma de charcos. Agua para la existencia y la resistencia. Una casa al borde de la carretera nos abrió sus puertas para entrar en sus vidas. La casa se agrandaba en su interior con un patio que hacía las veces de comedor comunitario y de escenario vital. Sus vidas agrandaban las nuestras según les íbamos conociendo.

La casa de Cimarrones de Mahates

Con toda amabilidad y sin dobleces nos invitaron a desayunar para ir abriendo boca a lo que vendría después. Fueron habilitando el porche de la entrada para convertirlo en un espacio de reunión. Colgaron una tela en forma de toldo para cubrir el lugar, aparecieron varias decenas de sillas, colocaron una pantalla blanca, una mesa con un computador y un proyector.

En pocos minutos aquello se llenó, unas sesenta personas esperaban pacientemente con una sonrisa en los labios. Ya no tenía excusa, estaba el espacio, el material y lo más importante: la gente. Prestaban toda la atención aguardando a ver qué les iba a enseñar. No tenía claro que pudiera siquiera ilustrarles en algo. Tamaña responsabilidad me situaba como el actor ante el público del teatro el día del estreno o como el portero de fútbol ante el penalti en una final de copa con el estadio a rebosar.

Grandes y pequeños, ellas y ellos habían llegado hasta allí convocados por el gestor cultural del municipio y anfitrión en este evento. Todo el mundo había colaborado para preparar el escenario, y niñas, niños y personas adultas eran los verdaderos protagonistas de la historia.

Mientras le iba dando vueltas a cómo abordar mi charla elegí un partenaire de entre ese grupo de seres expectantes. JF, siete años, tímido, quiere ser futbolista, tiene unos ojos grandes negros y almendrados y una sonrisa de piñón que le cubre media cara. Él sería mi cómplice en este encuentro de comunidad para compartir y conversar sobre ciudadanías. Esas identidades otras eran una parte del proyecto utópico que nos inventamos hace año y medio para construir tejido social desde las pedagogías, distintas, que rompieran, como hoy, el salón de clases; las ciudadanías, diversas, incluyentes y universales, y el arte, los artes propios de las culturas populares.

Por suerte contaba con la caja mágica, herramienta que era sostenida por mi joven ayudante como si fuera el tesoro más preciado. Esa urna nos sirvió para romper un hielo que la temperatura del día y el calor de todas y cada una de las personas allí reunidas hubieran derretido de haber existido. El interés y la curiosidad por saber su contenido nos juntaron e hicieron que siguieran mi conversación con atención.

Durante el taller en Mahates

La pequeña caja de madera era el primer paso para conocernos y reconocerNOS. Para hablar de quiénes somos, de cómo estar en comunidad nos permite ser y porqué es necesario saberse importante a pesar de lo pequeños que somos en un universo casi infinito. Todo ello para tomar conciencia y no ser considerados “los nadies” de la historia, porque SOMOS alguien, mucho más que las balas que nos matan. Las palabras se van juntando con las canciones para respaldar las propuestas.

Luis Pastor nos coreaba “En las fronteras del mundo”:

“Soy tú, soy él… y muchos que no conozco / en las fronteras del mundo / (…) Nosotros y todos ellos / esclavos del nuevo siglo / obligados al destierro / (…) Acuarela de colores / humano de muchas razas / olor de muchos sabores / (…) Soy tú, soy él…” Y ellas.

Para seguir luchando para transformar realidades y cambiar los imaginarios, por dignidad, por el buen vivir con nosotras y nosotros mismos, con los demás y con la madre Tierra. Para continuar soñando la utopía y buscando el cambio social que haga que otro mundo sea posible y mejor para las mayorías que ahora están en minoría.

Para soñar y compartir los sueños, las ilusiones y las esperanzas, nos cantaba Sam Cooke de ese cambio por venir:

“Vivir es muy duro, pero tengo miedo de morir / Porque yo no sé qué hay más allá del cielo / Ha sido mucho el tiempo en llegar, un largo tiempo en llegar, / Pero yo sé que un cambio va a venir”.

Reconociendo que estamos, que tenemos nuestro lugar en el mundo y que en este planeta el Sur también existe, como escribiera Benedetti y recitara Serrat. Existimos y resistimos, con sueños eternos de deseos incumplidos pero con las esperanzas siempre vivas:

“pero aquí abajo, abajo / cerca de las raíces / es donde la memoria / ningún recuerdo omite / y hay quienes se desmueren / y hay quienes se desviven / y así entre todos logran / lo que era un imposible / que todo el mundo sepa / que el Sur también existe.”

Buscando la pregunta para encontrarnos, porque respuestas hay muchas pero lo que nos hacen falta son preguntas, preguntas que sirvan a muchas respuestas. Y que éstas no sean las que nos venden sino las que queramos comprar, para creer en lo que queramos creer: “Mi reino por una pregunta”

Para terminar, José Saramago nos cuenta esa bella y mínima historia de la flor más grande del mundo:

“¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo venimos enseñando?”

Hasta ahí lo poco que les tenía para mostrar. Mantuvieron la atención con juicio hasta que el proyector se apagó, a pesar del olor a comida que había invadido el aire. Se fundió a negro la luz del proyector y se encendió la de las ganas de almorzar. A partir de ese momento, la desbandada. Volvimos al patio a degustar lo que nos alimentaría el estómago: un sancocho comunitario cocinado a fuego lento por Ana Beltrán y agua panela para beber. El alimento para el espíritu vendría después.

Sancocho comunitario

En Mahates, Bolívar, el son de negros es la vida. Este municipio, fundado en abril de 1533 por el mismo que fundara Cartagena de Indias, es conocido hoy, más que por su historia pasada, por su historia de futuro. En ella se radica “Cimarrones de Mahates”, una agrupación de son de negros en la que se juntan la tradición de pescadores del atlántico con la música, el canto y el baile que recogen su coraje y dignidad.

Mahates es un palenque, un refugio de y para cimarrones, aquellas personas que huían de la esclavitud. Es una comunidad que conserva las memorias de las luchas negras, de las resistencias y de la búsqueda de la libertad. Una emancipación expresada con rebeldía en el son de negros “una declaración de orgullo, de gozo, una celebración de la vida, la música y el movimiento”.

Los músicos y bailarines del son de negros “SON”, de ser, de sonido y de ritmo. Lo llevan en la sangre y lo expresan con una corporalidad y una estética que asombra a quienes los ven y escuchan.

En la danza del son de negros solamente hay hombres, género mayoritario entre los esclavos. Pero uno de ellos se disfraza para representar a una mujer, la “Guillermina”. En el son de negros se conjugan las artes y la vida, una cultura popular de resistencia y para la existencia. Como dicen en el grupo Atabaques: “La danza es para nosotros la mejor manera de reivindicar nuestro ser individual y colectivo, es nuestra manera particular de resistir, de crear y recrear nuestras realidades, en este espacio; como legan los indígenas koguis en su saber popular; bailamos para no morir.”

Danza del son de negros

Los tambores, las guacharacas y las tablas, una especie de clave, ponen los sonidos que acompañan a las voces que narran sus historias. En el son de negros se juntan el baile, la danza, la música, la literatura, el teatro y las artes plásticas. Baile como movimiento libre de los bailarines y danza como coreografía dirigida por el cacique del grupo. Los ritmos de la rama de tamarindo, del bullerengue o de los versos componen unas interpretaciones nacidas en las almas y los corazones de estos herederos del África: el maestro Eugenio Ospino es la voz y la memoria, Álvaro Beltrán, nuestro anfitrión, es la dirección artística y la gestión cultural, Pacho Sarabia es la historia y el mencionado Wilfran y sus atabaques le ponen la vida a difundir todo esto. Sin olvidar, por supuesto, a ese maravilloso grupo de bailarines, los mayores y los más pequeños.

Una comunidad que se caracteriza, como muchas otras a lo largo y ancho de este país, por las ganas y el sentimiento con que le apuestan a lo que hacen. Y sobre todo, la alegría, una felicidad representada en una sonrisa de dientes blancos que resaltan más bajo esa mano de polvo negro con el que se pintan. Resistir frente a la esclavitud de la modernidad, contra la exclusión, haciendo de su color bandera y de su identidad fortaleza. Cultura como expresión de su condición, sin aceptarla ni someterse, sino para reivindicarla y expresar su independencia y libertad.

Esto es un pequeño y subjetivo resumen de lo que nos dieron en esta visita. Hago aquí un reconocimiento muy especial a todas las personas que nos acompañaron, las aquí mencionadas y las que no aparecen pero que, igualmente, nos dieron lo que tenían.

Para quienes esto lean, espero que hayan podido viajar con la imaginación hasta aquel lugar, que se les haya dibujado una sonrisa en el rostro o que una lágrima haya mojado sus mejillas. Y si no, pónganle música a su vida, bailen al ritmo del son de negros.

La rama del tamarindo